Oct 30 2017
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Cultura

Antonio Ramón Gutiérrez: ¿Qué lleva a los argentinos a insistir en la desdicha?

Psicoanalista y docente, Antonio Ramón Gutiérrez, escritor radicado en la argentina provincia de Salta, nos habla, entre otros temas,  de su eclecticismo de lector y de su forma de dar batalla en las actuales condiciones de la época.

 — Santiago del Estero, pero también Córdoba, pero también Salta.

 Nací circunstancialmente en la ciudad de Santiago del Estero. Mis padres se habían trasladado allí por trabajo. Al año regresaron a su ciudad de origen, Bell Ville, en el sur de la provincia de Córdoba, donde me crié, cursé la escuela primaria, secundaria y dos años de la carrera de periodismo en un instituto terciario. En 1973 me radiqué en Salta, aunque siempre estuve volviendo a Bell Ville, de donde, en cierto modo, nunca me fui. (Toda mi poesía está marcada por la presencia de la llanura, dictada por mis fantasmas infantiles y juveniles que aún hoy caminan las calles del pueblo, bajan por el boulevard Colón y atraviesan el puente Sarmiento hacia el centro.)

Uno no es de los lugares donde por azar nace, sino de los sitios donde están sus fantasmas y sus muertos, donde transcurrió la infancia y comenzó a tener recuerdos. De mi primera infancia evoco la casa vieja de mi abuela materna, en la calle Ameghino, a dos cuadras de la plaza principal, la torre municipal con su gran reloj presidiendo aquel tiempo congelado, el almacén de la esquina, la modista de la vuelta, el fallecimiento de mi abuela, el rumor de los vecinos en la vereda el día que derrocaron a Juan Domingo Perón en el ‘55 (suceso que años después me contaron).

Cursé la primaria en la escuela Ponciano Vivanco en mi pequeña ciudad de clase media, con una mayoría de inmigrantes y una minoría de criollos. Había sido antiguamente la posta de Fraile Muerto, pero, ya convertida en pueblo, vino un día el presidente Domingo Faustino Sarmiento e impuso el nombre de Bell Ville en homenaje a unos colonos ingleses de apellido Bell, amigos suyos, de la zona. Recuerdo las galerías de la escuela, el patio central, las fiestas patrias, las frases “Ay patria mía”, “Muero contento hemos batido al enemigo”, el “Aurora” (nuestra “Canción a la bandera”) en los días de lluvia, el olor de los cuadernos y lápices flamantes, el tintero derramado en el bolsillo del guardapolvo blanco, las plumas “cucharita”, las láminas de la revista “Billiken”, las mañanas gélidas de los inviernos, la escarcha, los juegos en los recreos. Cuando tenía siete años nos mudamos de casa con mi familia a un barrio un poco más alejado del centro, en el que había baldíos y descampados con canchitas de fútbol y encuentros de amigos en la esquina. De esa época fue mi primera y quizá única gran obsesión: el fútbol. Mi madre renegaba a perpetuidad porque me pasaba toda la tarde en el “campito” y no realizaba los deberes de la escuela o no la ayudaba a barrer el patio o a hacer los “mandados”. Es de esos días la frase “ya vas a ver cuando venga tu padre”.

Mi familia paterna era española. Mis abuelos provenían de un pequeño pueblo vecino a Sevilla, Lebrija. Habían arribado a la Argentina alrededor de 1920; venían ya casados y con un hijo pequeño, de nombre Benito, que luego murió de pulmonía. Mi padre nació en 1921 en Bell Ville, según consta en su acta de nacimiento, aunque antes de morir, en 2006, confesó que en realidad él también había nacido en España y que lo trajeron de meses en el barco. Eran pequeños agricultores. Mi abuelo murió muy joven. Mi padre, a los nueve años de edad, tuvo que trabajar en la quinta y ayudar a mi abuela en la crianza de sus hermanos menores.

Con PabloQueralt-y LilianaBellone.

Efectuó diferentes tareas laborales; en su pubertad fue dependiente de una casa de ramos generales, posteriormente se desempeñó como empleado de comercio y luego como mecánico en un concesionario de tractores. Rememoro los tractores Fiat y

Idangel Betancourd, Con Francisco Romano Pérez y Liliana Bellone

Someca, los viajes con mi padre en la “estanciera Ika” o en el “rastrojero Diesel” al campo, a las chacras, para realizar los services a los tractores nuevos. Mi padre, un hombre bueno, el gallego Pitoño, como le decían (aunque su familia proviniera de Andalucía), retornaba a casa con su mameluco lleno de grasa después de trabajar ocho horas en el concesionario, se cambiaba de ropa y se iba al club por las noches, cosa que realizó durante toda su vida. Al regreso, a la medianoche, nos traía chocolatines y paquetes de vainilla que dejaba en nuestras mesitas de luz, quizá como una forma de atenuar la culpa que debe haber sentido por dejarnos, durante algunas horas, solos con mi madre. Mi madre era de familias criollas de la zona; una bella mujer de carácter estoico y algo autoritario, que nos trasmitió la responsabilidad y el deber y, en consecuencia, quizá la neurosis.

 

El secundario lo hice en la Escuela Comercial de Bell Ville. Fueron años donde se alternaban los asientos de la contabilidad con las clases de historia y literatura, la Revolución Francesa con el Mío Cid y el Siglo de Oro Español o el Modernismo de Rubén Darío. De esa época fueron mis primeras fascinaciones poéticas. A los trece o catorce años, una profesora de literatura nos hizo memorizar “Sinfonía en gris mayor” de Rubén Darío. Ese poema, esa música alada, fue quizá mi primer encuentro con la poesía y me acompañó por las calles a la salida de clases y hoy, a pesar del largo tiempo transcurrido, aún me acompaña. Luego vinieron, o quizá volvieron, las lecturas de los poetas españoles de la generación del ‘27, de Federico García Lorca principalmente.

Escribí entonces, en noches de insomnio, algunos poemas, o intentos de poemas, rimados y musicales, modernistas, más por un sentimiento de pérdida y por tristeza adolescente que por una real vocación poética; poemas de amor en los que me dolía imaginariamente por lo que en realidad todavía no había perdido, por amores que aún no habían sido pero que me dolían con anticipación, en un goce con las palabras. Fueron días también donde prevalecía en la atmósfera la música, las canciones italianas, los Beatles, el Credence…, los Rolling Stones, el rock nacional con Los Gatos y Almendra y La Joven Guardia, las confiterías bailables, mezclado todo eso con las consignas de la revolución, las asambleas de estudiantes, el hombre nuevo, las ideas de un mundo mejor. Pero me seguía obsesionando el fútbol, los partidos en el campito cercano a mi casa. Llegué a jugar en las inferiores del club Bell de Bell Ville, con muchachos que con los años serían figuras importantes en el fútbol nacional. Dejé de jugar a los diecisiete, después de una seria lesión con operación en una rodilla. Mi padre siempre decía: “Este chico va a ser profesional”. Él se refería al fútbol. En cierto modo, yo cumplí con su mandato y fui un profesional, aunque no por el fútbol, sino por el título de psicólogo.

Cierro los ojos y evoco los juegos con mis hermanos en el gran patio de la casa: Diego Alberto, dos años menor que yo, Sergio Eduardo, cuatro años menor y Myriam, la más pequeña, que falleció a los veinticuatro años.

— Y ya nos estaríamos acercando a la década del ‘70.

 A comienzos de esa década, en Bell Ville, en el instituto donde había entrado a estudiar la carrera de periodismo, conocí y me hice amigo de unos muchachos que venían de una localidad vecina, Marcos Juárez. Al tiempo ellos abandonaron los estudios y se radicaron en la ciudad de Salta. Se sintieron atraídos por esta provincia. Eran años en que el norte argentino representaba para los jóvenes la búsqueda de las raíces, la hermandad latinoamericana, el hombre nuevo y cosas por el estilo. A los meses vine de vacaciones y, tal vez, escapando del destino que me aguardaba en Bell Ville, me quedé a vivir en Salta. Esta ciudad me brindó un ámbito propicio para la poesía. Descubrí que estaba escribiendo sin proponérmelo, casi inevitablemente, ocasionales poemas reflexivos y obsesivos. Trabajé al comienzo en una imprenta y en el Diario El Tribuno, luego en una agencia de viajes. A los tres años de estar radicado, comencé a estudiar la carrera de psicología en la Universidad Católica de Salta. Me recibí en 1982 e inmediatamente ingresé como docente en esa Universidad. Me desempeñé como profesor en diversas cátedras y fui profesor de Lingüística y Psicolingüística durante treinta y cinco años.

Con Liliana Bellone y el escritor cubano Ernesto Sierra en la Feria del Libro de Buenos Aires

Fue en Salta donde conocí a Liliana Bellone, mi esposa. Ella estudiaba la carrera de letras en la Universidad Nacional de Salta y ya era escritora. Liliana me introdujo en un mundo literario del que no pude escapar y que hoy considero un feliz destino. En 1982 nació nuestra única hija, María Verónica, que es Licenciada en Letras y abrazó la causa de la crítica literaria y los libros. Por entonces sobrevino el grupo Retorno, conformado por poetas que produjimos algunas publicaciones, escritores que compartíamos una estética que nos alejaba de la poesía celebratoria, del canto a la tierra, de esa poesía desarrollada con maestría por la generación del ‘40, y nos acercaba a formas más universales, más independizadas de una correspondencia regional, donde se alternaban las influencias del mito griego y latino, el simbolismo francés, las vanguardias, la generación del ‘27 española, la poesía norteamericana e italiana del siglo XX.

En el caso particular de mi poesía, hubo y hay una presencia del psicoanálisis, pero también una lucha permanente por librarme de esa influencia. Es que del psicoanálisis, una vez que se ha entrado en su territorio, ya no se vuelve. Los temas centrales en mi poesía son el vacío, la falta estructural en la condición humana, la imposibilidad de atrapar con palabras lo real, y de decir aquello de lo que realmente se trata. Se escribe no sólo gracias a las palabras, sino fundamentalmente a pesar de ellas, luchando contra la resistencia del lenguaje a dar en el blanco. No creo en aquello de la Diosa Palabra, sino en el intento, siempre fallido por otra parte, de hacerles decir a las palabras más de lo que éstas pueden decir. Por eso existe la metáfora. De ese modo mi poesía se inscribiría en una línea conceptual, poesía del pensamiento, inclusive de preocupación, motivada no por una disposición contemplativa o emotiva sino por necesidad reflexiva frente a lo real. Mi catálogo de naves literarias es ecléctico y allí están Jorge Luis Borges a quien leía y releía una y mil veces y que ahora empiezo a perder, Roberto Juarroz y su Poesía Vertical, el simbolismo francés, especialmente Paul Verlaine, el creacionismo de Vicente Huidobro y la poesía norteamericana.

Entre los narradores, además de Borges, por supuesto, leí (como la mayoría de los escritores de mi generación) a Julio Cortázar, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Marguerite Yourcenar, Roberto Arlt, Thomas Mann, Edgar Allan Poe, Jean Paul Sartre, y de un modo obsesivo y siempre renovado, pues cada lectura es un acto de habla, a Albert Camus, a Gustave Flaubert y a Marcel Proust y, a veces, a James Joyce. Esas lecturas motivaron algunos artículos que publiqué en revistas de literatura y psicoanálisis. En esos años alternamos con los poetas Joaquín Giannuzzi, quien veraneaba en Campo Quijano con su mujer, la novelista Libertad Demitrópulos, y con Néstor Groppa, de la provincia de Jujuy, quien nos dejó el ejemplo de laboriosidad y compromiso.

— Sigamos con tu escritura.

— Es extraño lo que me ha sucedido: continué escribiendo a pesar de reiterados intentos por dejar de hacerlo. Escribí sin darme mayormente cuenta, como en un sonambulismo, sin demasiada conciencia de hacerlo. Varias veces, por ejemplo, en medio de un congreso de psicoanálisis, mientras escuchaba a los expositores, sus conferencias me iban sugiriendo o inspirando no cuestiones de la teoría, sino poemas. Los otros trataban de articular los conceptos en la teoría, yo de rescatarlos en un poema. Siempre encontré poesía en los textos de psicoanálisis o de filosofía o de física (quizá por un problema de falta de concentración o de aburrimiento, tendía a traducir los textos de las teorías a la poesía). Además la poesía me pareció la única manera posible de decir las cosas y de entenderlas. La poesía como lo más real, como aquello que más se aproxima al hueso de lo que se trata. Bueno, mi desvarío no era tan inconducente. Ya Martin Heidegger habló de la necesaria relación entre la filosofía y la poesía, de la referencia a Friedrich Hölderlin específicamente. Jacques Lacan, por su parte, mandó  hacer un esfuerzo de poesía. También dijo que la verdad tiene estructura de ficción.

Después se agolparon los años, eltrabajo en el consultorio, la muerte de mis padres en Bell Ville. Continué siempre escribiendo poesía y encontré en el género del ensayo un arma, una forma de dar batalla, de asestar una estocada. En 1999 publiqué “El más allá de la época”, en 2005 “La precipitación de lo real”, en 2010 “Lingüística y teoría del significante en psicoanálisis”, en 2011 “La exclusión en la cultura” y en 2016  “Neoliberalismo y caída de los límites”. En este momento alterno la poesía con la escritura del ensayo psicoanalítico sobre las condiciones de la época y sus malestares. Tengo inédita una novela ambientada en Bell Ville, una ciudad de la pampa argentina, muy arquetípica, como dije, texto que en definitiva quizá no sea más que mi propia novela familiar del neurótico y que se anticipa en un libro de cuentos, “La casa del Boulevard Guzmán”, ambientados en la ciudad de Córdoba, algunos en Salta y en especial en la pampa argentina.

Desde comienzos de los ‘80 he formado parte de diversos y sucesivos grupos de psicoanálisis en el noroeste argentino y actualmente soy docente del Centro de Investigación y Docencia del Instituto Oscar Masotta en Salta, aunque, por el hecho de ser escritor, o quizá por no poder ceñirme a una disciplina institucional, la institución nunca ha sido mi fuerte. Hay en mí un cierto estado de inadecuación en lo institucional, una coartación, una especie de constante desacuerdo. Sin embargo he permanecido y he trabajado porque lo considero un deber marcado por mi práctica del psicoanálisis y por mi necesidad de proseguir en contacto con la teoría.

Gracias a la literatura he viajado con Liliana un par de veces a Italia y ya muchas a Cuba, pude participar en recitales de poesía, en congresos de literatura o dictar algunos cursos y un postgrado en la Universidad de la Habana, publicar en revistas, etc. Sobre todo hice amigos, conocí a escritores de otros países y advertí que la literatura es una patria universal que suprime las distancias geográficas y culturales y que escribir es en mi caso el destino “que Dios supo desde el principio”, parafraseando a Borges.

— Hablemos de ese libro de notas difundidas por el diario “Punto Uno”.

Volumen que incluye La exclusion en la cultura, con ensayos de Elisa Moyano y José Agüero Molina

— Siempre he sentido una preocupación por las condiciones del país y la realidad, por esa especie de marca o designio oscuro que lleva a los argentinos a la eterna repetición inconsciente y a una insistencia en la desdicha. Además he adoptado una posición muy crítica hacia la fase actual del capitalismo y hacia todo lo que ella implica; la deshumanización, el entronamiento del mercado como nuevo dios sobre la tierra, la proliferación de las mafias de la especulación financiera, la degradación de la idea de democracia, la rotura del lazo social, el aumento de la violencia, etc. Mis notas en el diario “Punto Uno” fueron (y siguen siendo aunque hoy las escriba con menor frecuencia) una forma de combate a través de la única arma con la que cuento y quizá sepa utilizar medianamente: la palabra, mi única posibilidad de militancia. Y ahora advierto que también portan un intento didáctico, siempre fallido por otra parte, una especie de inútil prédica en el multitudinario desierto de nuestra época. Escribir notas sobre la realidad social y cultural, desde una visión psicoanalítica de las cosas, desde los aportes que el psicoanálisis puede ofrecer a la política, es para mi una manera de asumir un compromiso.

 — Cercados, enchastrados de neoliberalismo como estamos, te has ocupado el año pasado de la “caída de los límites”.

 Es un tema muy preocupante. Jacques Lacan a principio de los ‘70 definió al capitalismo como un discurso circular sin pérdida, capaz de reabsorber y transformar en mercancía y ganancia hasta sus propios desechos y calamidades. Hoy esa sentencia de Lacan cobra especial vigencia. El capitalismo, en su fase actual neoliberal, especulativa financiera, se presenta como una totalidad sin bordes que se ha adueñado del Estado, del Poder Judicial y del conjunto de la cultura y sus producciones. En ese sentido no hay límites, sino exceso, desproporción, desmesura, mandato a un goce incondicional e irrestricto, en un ir por el todo. La pregunta que debemos hacernos y que deben hacerse especialmente los creadores, los artistas, los filósofos, los políticos es: ¿cómo escapar a esa circularidad que todo lo recicla y lo reintroduce en su recorrido?, ¿cómo introducir ahí un punto de falta, de descompletamiento? Esto me llevó en 2016 a publicar el libro “Neoliberalismo y caída de los límites”, que es la continuidad de otros libros que sobre el tema he venido escribiendo.

 — Mencionaste (pero podemos regresar, quedarnos en ellos) a Cuba e Italia: ¿y en Bolivia?

 Liliana Bellone, mi compañera en la vida y en las letras, obtuvo en 1993 el Premio Casa de las Américas de Cuba por su novela “Augustus”, gracias a lo cual estableció un vínculo literario y de amistad con Casa de las Américas y con algunos escritores cubanos: Mirta Yáñez, Roberto Fernández Retamar, Nancy Alonso, Luis Toledo Sande, Juanita Conejero, Roberto Manzano, Susana Haug, Jesús David Curbelo, Ernesto Sierra, entre tantos otros. Para mí, viajar a Cuba, recorrer una y otra vez las calles de la mágica Habana, escuchar su música, percibir su ritmo, conversar con nuestros amigos poetas, reunirnos en sus casas, beber litros de mojito, vivenciar el espíritu cubano que nos evoca la literatura de José Martí, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Guillermo Cabrera Infante y tantos otros, es quizá lo que más se aproxima a la felicidad. Hay una canción folklórica argentina —cuya letra es del mendocino Armando Tejada Gómez [1929-1992]— que dice: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Hay algo en Cuba del orden de lo onírico, del regreso al pasado, de lo subconsciente, de los sueños.

A Italia viajamos porque a Liliana la Editorial Oedipus de Salerno-Milán, le tradujo y le editó dos novelas. Estuvimos durante dos meses —en 2014— en varias ciudades italianas presentando uno de los libros en universidades y centros de estudios literarios. Luego volvimos en 2016 con motivo de la otra novela. Fui invitado a leer poemas en la Festa della Letteratura di Salerno y en la Universidad de La Sapienza en Roma. En Italia me sucedió algo curioso: caminando por las calles de algunas ciudades, principalmente en Roma, de pronto me olvidaba que estaba en un país extranjero y me sentía por momentos más integrado y cómodo que en Salta o Buenos Aires. No tengo ascendencia italiana, pero las ciudades italianas, no obstante su arquitectura diferente de las nuestras, me resultaban familiares como si ya antes hubiera estado en ellas. Una especie de “dejavu”.

Quizá haya estado efectivamente y lo haya olvidado, o mejor dicho, haya estado ahí a través de la literatura, de las lecturas de Giuseppe Ungaretti, de Cesare Pavese, de las películas de Federico Fellini o Pier Paolo Pasolini o del neorrealismo italiano, de los textos de la historia, etc. La primera novela que leí en mi vida, en la infancia, fue “Corazón” de Edmundo de Amicis. Esa novela me transportó imaginariamente a un universo subjetivo vivencial trascendente. Las ciudades, además de ser conglomerados de edificaciones, son esencialmente fantasmas, representaciones mentales, fijaciones. Pero no debo ser injusto y olvidarme de mis vecinos bellvillenses. En la infancia y la adolescencia tenía vecinos de origen italiano, compañeros de la escuela y amigos de juegos cuyos padres o abuelos eran italianos, pronunciaban frases en italiano, amasaban comidas italianas, bailaban tarantelas, etc. Pero si hasta mi madre que era criolla solía amasar “ravioli e gnochi”.  De modo tal que ir a Italia fue como reencontrarme con algún fantasma de los años felices de la infancia, de una Argentina que todos hemos perdido.

En Bolivia, por la proximidad geográfica con Salta, he estado varias veces. En alguna ocasión viajé a La Paz invitado a dictar un módulo en un curso de postgrado en la Universidad de San Andrés, en la carrera de Psicología. De ese viaje recuerdo la hospitalidad, la fascinación que me produjo la ciudad con sus calles empinadas y populosas y, sobre todo, mi apunamiento por la altura, mi desconcierto al no encontrar bares donde sirvieran café de máquina, los cafés, esos ámbitos tan argentinos y europeos donde uno entra para reacomodarse subjetivamente, para rearmarse y organizar las ideas. No concibo las ciudades sin bares. También estuve en la bella ciudad de Cochabamba, y una vez en su Feria del Libro, con Liliana y amigos escritores.

Los viajes son muy importantes, pero no sólo por los países que uno visita o las actividades que realiza, sino porque nos permiten por un tiempo descentrarnos de uno mismo, salirnos un poco de la inercia y de la insistencia monocorde de la propia existencia, que nos cansa y a veces nos harta. En algunos viajes he sentido una especie de liberación, el transitorio alivio de no ser el mismo, la sensación de que perdía mi memoria fantasmática y huían las figuras superyoicas, esa memoria que nos ata a la repetición y a la neurosis.

 

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