Nov 6 2007
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Opinión

AVATARES

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El ex presidente Ricardo Lagos abordó el tema del Transantiago. Con una carta contestó a la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados, que lo citó a declarar personalmente. En ella explicó su participación en el mayor bochorno que han tenido que soportar los santiaguinos de parte de los gobiernos de la Concertación.

Como su actitud no le gustó a la oposición y en las encuestas sobre preferencias para las próximas elecciones seguía bajando, Lagos habló. Lo primero que dijo fue que no tenía temor. Y que su valor lo había demostrado durante la dictadura, en que todos callaban y muchos colaboraban con ella. La referencia no venía a cuento, pero lo del silencio y la complicidad de la derecha nunca parece estar de más recordarlas.

Entrando en materia, sostuvo que se hacía responsables de la planificación del plan de locomoción, pero no de su puesta en marcha. Le endilgó todas las fallas a su sucesora, la presidenta Michelle Bachelet. Y agregó que los grandes responsables eran los privados, los operadores del sistema. Se trata de los cuatro bancos más importantes con presencia en el país, que no han sido capaces, en diez meses, de hacer funcionar el esquema que respalda a todo el sistema.

Lo que Lagos no dijo fue que en la planificación estaban considerados todos los estamentos que hoy se encuentran operativos. Y que, por lo tanto, su administración está seriamente comprometida. Pero como es uno de los iluminados, no sintió la necesidad de hacer una autocrítica. Sí, dijo, se siente molesto, contrariado y hasta herido por el padecimiento de sus compatriotas.
Es cierto que al no ir al Congreso demostró que no se amilana fácilmente. Pero no fue eso lo único que ha quedado claro. Su explicación careció de algo que Michelle Bachelet ha tenido en demasía con él: lealtad. Un mínimo de autocrítica habría bastado. Reconocer el error de la planificación inicial y no decir que si en su administración las cosas no estaban listas, no se hacían.

Hubo puentes que se cayeron, calles que se pavimentaron para cinco años y que no alcanzaron a durar uno. La planificación y puesta en marcha de Ferrocarriles no sólo fue un fracaso, fue una vergüenza. Pero todos estos errores son aceptables a escala humana. Y, sobre todo, en un gobierno que tuvo otros aciertos importantes. Sin embargo, es necesario mirar a los líderes como personas y Ricardo Lagos, pese a sus desplantes de estadista, en esta vuelta no ha estado a la altura de la humanidad que se le debe exigir a los referentes. Si se cree tocado por la mano de Dios, está enfermo de soberbia. Y eso lo hace ser desleal y cobijar, tal vez, ambiciones que obnubilan.

Pasemos a los estrafalarios. El cura Hasbún reapareció en la prensa escrita. Y abordó uno de los temas que a él lo estimulan. Todo lo que él crea que tiene que ver, aunque sea colateralmente, con la muerte, lo hace vibrar. En este caso fue la píldora del día después. Por cierto, criticó al gobierno por obligar a las farmacias a tener a la venta el fármaco.

No voy a entrar en los detalles de la argumentación de Hasbún. Él sostiene, como muchos católicos, que la píldora es abortiva. Por lo tanto, las autoridades están atentando contra la divina creación. Hasta allí su aporte a un debate entre valórico y científico. Pero aún falta otra parte, que es el aditamento político con que el sacerdote siempre salpica sus intervenciones. Dijo que obligar a las farmacias a tener disponible el fármaco era la actitud “propia de una dictadura”. Y viniendo de él tal afirmación, me preocupé.

Hasbún sabe de dictaduras. Pese a ser sacerdote, bendijo permanentemente las acciones del gobierno militar. Incluso en los peores momentos. Sus rogativas a favor de Pinochet y de los que hoy sabemos fueron aberrantes violadores de Derechos Humanos, han hecho historia.

Su labia plagada de citas bíblicas y parábolas apostólicas ayudó a envenenar gravemente la psiquis política de Chile. El púlpito y los medios de comunicación los utilizó no para evangelizar, sino para satanizar a sus adversarios. Con el paso del tiempo, eso debería haberlo hecho recapacitar –y a sus superiores también– sobre la necesidad de retirarse a la paz de un convento y buscar allí el equilibrio en la meditación. Pero Hasbún es un remedo de avatar que, como tal, jamás aprenderá, al menos en esta vida, la lección de la humildad.

Finalmente, Joaquín Lavín, a diferencia de Ricardo Lagos, sube en las encuestas gracias a declararse bacheletista-aliancista. Algo así como gobiernista-opositor. Y sus definiciones han hecho lo que el fuego con la leche entre sus adeptos. De inmediato volvió a tener presencia como presidenciable y le amargó la vida a Sebastián Piñera, que creía ya tener segura la representación de la derecha en la próxima elección presidencial.
Lavín es un avatar que no le hace asco a los medios, precisamente porque se siente predestinado a un fin superior. Un iluminado que ha mostrado una trayectoria brillante hasta poco antes de llegar a la meta. Veremos que ocurre esta vez.

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* Periodista.

wtapiav@vtr.net

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