Jul 9 2019
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Opini贸n

Bachelet y el golpista Lagos

鈥淟o que corresponde ser铆a decirle a las Fuerzas Armadas que no olviden que est谩n para defender la constituci贸n ante un gobierno que viola las normas constitucionales鈥. No se equivoque. No es una frase de los personajes siniestros de la historia negra de los golpistas chilenos que en 1973 llamaban a los militares a derrocar al gobierno constitucional de Salvador Allende.

No se trata de las diatribas que vomitaba en aquellos d铆as una piara de personajes de la derecha junto a otros no menos funestos de la democracia cristiana, clamando por el golpe de estado que en efecto se produjo con las consecuencias ya conocidas. No, se帽or. Quien as铆 habla golpeando las puertas de los cuarteles en un pa铆s democr谩tico es ni m谩s ni menos que Ricardo Lagos Escobar.

S铆, el mismo, el del dedo parado ante las c谩maras en tiempos de Pinochet, el esperanzador candidato a la presidencia de Chile y electo en 1999, cuando una gran cantidad de ingenuotes and谩bamos a煤n en busca del l铆der que interpretara el esp铆ritu de la antigua 鈥攈oy a帽eja鈥 izquierda chilena.

El golpista Lagos, hoy convertido en el 鈥渟e帽or贸n鈥 Lagos, que reparte consejos, axiomas, sentencias sesudas desde un trono autoconstruido por sobre la fronda pol铆tica del pa铆s, se pone as铆 un pelda帽o m谩s abajo en la cadena de degradaci贸n que alcanzaron sus colegas golpistas del 麓73, porque clama por un cuartelazo en otro estado, es decir al estilo yanqui, y lo que es peor, en un pa铆s como Venezuela que, igual que el Chile de aquellos tiempos, lucha denodadamente por mantener las conquistas populares que la Revoluci贸n Bolivariana ha ido construyendo para su pueblo.

A prop贸sito, y t贸melo como un par茅ntesis, el t茅rmino 鈥渟e帽or贸n鈥 no es un sin贸nimo de gran se帽or, de aquel individuo que, para bien o para mal, se proyecta en su 谩mbito con la solvencia que da la fuerza de sus convicciones, o con la consecuencia de su trayectoria en la que la fidelidad a sus ideas, equivocadas a no, es uno de los pilares fundamentales de su figura.

Contrariae est, este esp茅cimen, el se帽or贸n, a poco o a mucho andar, muestra la cara fraudulenta de lo que fue su trayectoria, dicho en buen chileno dejando de lado los latinazos, simplemente muestra la cola. En pol铆tica, y sobre todo en las 煤ltimas d茅cadas luego del derrumbe de las ideolog铆as, este prototipo del desertor ha proliferado al calor de las contorsiones que permite la carencia de principios en los partidos y movimientos del milenio, los que se trasvasijan militantes entre s铆 con un desparpajo inaudito sin molestarse siquiera en justificar sus prestidigitaciones circenses.

Ahora la pregunta es por qu茅 don Ricardo asciende a la categor铆a de 鈥渟e帽or贸n鈥, ya que si fuera por la manga de contorsionistas que saturan el circo pol铆tico de estos d铆as, todos ellos podr铆an ostentar, o al menos aspirar, a semejante t铆tulo.

Lo que ocurre es que este malabarista, m谩s que los otros, est谩 profundamente convencido que sus 鈥渧ueltas de chaqueta鈥 constituyen el sumun, el dechado de la聽 perfecci贸n de un pol铆tico, lo que proclama 鈥渦rbi et orbi鈥 para que la troupe que lo sigue cumpla sus edictos al pie de la letra.

Uno de sus ac贸litos, do帽a Michelle Bachelet, prosternada ante el trono del se帽or贸n, termin贸 por sumarse al coro de la ignominia con la que la reacci贸n continental y el capitalismo del planeta, pretende aplastar la revoluci贸n socialista iniciada por uno de los 煤ltimos grandes l铆deres de Am茅rica, Hugo Ch谩vez.

El caso de la se帽ora Bachelet, que sucumbi贸 de manera vergonzosa desde su alto cargo en la ONU elaborando un informe sobre el gobierno venezolano plagado de infamias, no posee las 铆nfulas y la soberbia de don Ricardo. Ella es una mujer timorata, debilucha, y que irrumpe en pol铆tica a la sombra del apellido de su honorable padre, el general Bachelet asesinado por la dictadura.

Elegida dos veces, se esper贸 de ella como antes de Lagos, un gobierno audaz, capaz de sobreponerse a los embates con que la reacci贸n nacional e internacional acosaba al mundo. Por el contrario, si hubiera que calificar en una palabra sus dos gobiernos esa ser铆a la mediocridad, en especial el segundo.

La conducta timorata que imprimi贸 a sus mandatos, es la misma que hoy aplica a su cargo de Alta Comisionada para los Derechos Humanos, cediendo a la presi贸n de los que mayor poder tienen claudicando como muchos otros en este pa铆s, a los principios que supuestamente alguna vez tuvo.

Hace algunos a帽os, a prop贸sito de la irrupci贸n en pol铆tica de Marco Enr铆quez Ominami y su posterior derrumbe, escrib铆 un art铆culo llamado 鈥淟os Hijos De鈥. Aclar茅 de inmediato que me refer铆a a los que heredaban apellidos dentro de la alcurnia moral y el respeto con el cual sus progenitores aportaron a la historia de nuestro pa铆s.

Hasta ahora ninguno 鈥渉a dado el ancho鈥, como decimos en Chile, ni la senadora cuyo 煤nico m茅rito, que le cay贸 por herencia, es el apellido Allende, ni el hijo del l铆der heroico que tuvo el MIR, ni la se帽ora Bachelet, hija de uno de los pocos militares dignos que fuera asesinado por Pinochet.

Repito que dije que mi art铆culo 鈥淟os hijos de鈥︹ no se refer铆a a los hijos de p鈥oy estoy empezando a dudar.

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