Sep 26 2017
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OpiniónPolítica

Boaventura/ Las formas de lucha

Hay temas que, a pesar de tener una presencia constante en la vida de la gran mayor√≠a de las personas, aparecen y desaparecen del radar de aquellos a quienes corresponde reflexionar sobre ellos, sea en el plano cient√≠fico, cultural o filos√≥fico. Algunos de los temas hoy desaparecidos son, por ejemplo, la lucha social (m√°s a√ļn, la lucha de clases), la resistencia, la desobediencia civil, la rebeld√≠a, la revoluci√≥n y, subyacente a ellos, la violencia revolucionaria.

A lo largo de los √ļltimos ciento cincuenta a√Īos, estos temas tuvieron un papel central en la filosof√≠a y la sociolog√≠a pol√≠ticas porque sin ellos era virtualmente imposible hablar de transformaci√≥n social y de justicia. Hoy en d√≠a, la violencia est√° omnipresente en los noticieros y las columnas de opini√≥n, pero raramente se refiere a los temas anteriores.

La violencia de que se habla es la violencia despolitizada, o concebida como tal: la violencia dom√©stica, la criminalidad, el crimen organizado. Por otro lado, siempre se habla de violencia f√≠sica, raramente de violencia psicol√≥gica, cultural o simb√≥lica y, nunca, de violencia estructural. Los √ļnicos contextos en que a veces la violencia adquiere condici√≥n pol√≠tica es la violencia en los pa√≠ses ‚Äúmenos desarrollados‚ÄĚ o ‚ÄúEstados fallidos‚ÄĚ y la violencia terrorista, considerada (y bien) como un modo inaceptable de lucha pol√≠tica.

En términos de debate filosófico y político, nuestro tiempo es un tiempo simultáneamente infantil y senil. Gatea, por un lado, entre ideas que lo atraen por la novedad y le confieren el orgullo de ser protagonista de algo inaugural (autonomía, competencia, empoderamiento, creatividad, redes sociales). Y, por otro, se deja perturbar por una ausencia, una falta que no puede nombrar exactamente (solidaridad, cohesión social, justicia, cooperación, dignidad, reconocimiento de la diferencia), una falta obsoleta pero lo suficientemente impertinente como para hacerle tropezar en su propia ruina.

Como la lucha, la resistencia, la rebeld√≠a, la desobediencia, la revoluci√≥n siguen constituyendo la experiencia cotidiana de la gran mayor√≠a de la poblaci√≥n mundial, que, adem√°s, paga un precio muy alto por eso, la disyunci√≥n entre el modo en que se vive y lo que se dice p√ļblicamente sobre √©l hace que nuestro tiempo sea un tiempo dividido entre dos grupos muy asim√©tricos: los que no pueden olvidar y los que no quieren recordar. Los primeros solo en apariencia son seniles y los segundos solo en apariencia son infantiles. Son todos contempor√°neos unos de otros, pero se remiten a contemporaneidades diferentes.

Revisemos, pues, los conceptos senilizados. Lucha es toda disputa o conflicto sobre un recurso escaso que confiere poder a quien lo detenta. Las luchas sociales siempre existieron y siempre tuvieron objetivos y protagonistas muy diversificados. A finales del siglo XIX, Marx otorgó un papel especial a un cierto tipo de lucha: la lucha de clases. Su especificidad residía en su radicalidad (la parte perdedora perdería todo), en su naturaleza (entre grupos sociales organizados en función de su posición frente a la explotación del trabajo asalariado) y en sus objetivos incompatibles (capitalismo o socialismo).

Las luchas sociales nunca se redujeron a la lucha de clases. A mediados del siglo pasado surgi√≥ el t√©rmino ‚Äúnuevos movimientos sociales‚ÄĚ para dar cuenta de actores pol√≠ticos organizados en otras luchas seg√ļn criterios de agregaci√≥n distintos de la clase y con objetivos muy diversificados. Esta ampliaci√≥n no solo ensanchaba el concepto de lucha social, sino que daba m√°s complejidad a la idea de resistencia, un concepto que pas√≥ a designar los grupos inconformes con el estatuto de v√≠ctima. Es resistente todo aquel que se niega a ser v√≠ctima. Esta ampliaci√≥n recuperaba algunos debates de finales del siglo XIX entre anarquistas y marxistas, en particular el debate sobre la revoluci√≥n y la rebeld√≠a.

La revolución implicaba la sustitución de un orden político por otro, mientras que la rebeldía significaba el rechazo de un determinado (o de cualquier) orden político. La rebeldía se distinguía de la desobediencia civil, porque esta, al contrario de la primera, cuestionaba una determinación específica (por ejemplo, servicio militar obligatorio) pero no el orden político en su conjunto. El concepto de revolución se fue alimentando con la Revolución rusa, la Revolución china, la Revolución cubana, la Revolución argelina, la Revolución egipcia, la Revolución vietnamita o la Revolución portuguesa del 25 de abril de 1974 (aunque muchos, como yo, dudásemos de su carácter revolucionario).

La ca√≠da del Muro de Berl√≠n rest√≥ actualidad al concepto de revoluci√≥n, aunque el mismo resucitase algunos a√Īos despu√©s en Am√©rica Latina con la Revoluci√≥n bolivariana (Venezuela), la Revoluci√≥n comunitaria (Bolivia) y la Revoluci√≥n ciudadana (EcResultado de imagen para caida muro de berlinuador) incluso si en estos casos hubiesen muchas dudas sobre el car√°cter revolucionario de tales procesos. Con el levantamiento neozapatista de 1994, el Foro Social Mundial de 2001 y a√Īos siguientes, y los movimientos ind√≠genas y afrodescendientes, los conceptos de rebeld√≠a y de dignidad volvieron a ser predominantes. Hasta hoy.

Subyacente a las vicisitudes de estos diferentes modos de nombrar las luchas sociales contra el statu quo, estuvieron presentes siempre dos cuestiones: la dial√©ctica entre institucionalidad y extrainstitucionalidad; y la dial√©ctica entre lucha violenta o armada y lucha pac√≠fica. Las dos cuestiones son aut√≥nomas, aunque est√°n relacionadas: la lucha institucional puede o no ser violenta y la lucha armada, si es duradera, crea su propia institucionalidad. Ambas cuestiones comenzaron a ser discutidas a lo largo del siglo XIX y explosionaron en momentos diferentes al final del siglo XIX e inicio del siglo XX. ¬ŅPor qu√© las menciono aqu√≠? Porque a pesar, en los √ļltimos treinta a√Īos, de haber sido consideradas obsoletas o residuales, ganaron √ļltimamente una nueva vida.

Institucional versus extrainstitucional. Esta cuesti√≥n se agudiz√≥ con las divisiones en el seno del partido socialdem√≥crata alem√°n en v√≠speras de la Primera Guerra Mundial. ¬ŅLuchar dentro de las instituciones? ¬ŅO presionarlas y hasta transformarlas desde fuera por v√≠as consideradas ilegales? La cuesti√≥n sigui√≥ su curso durante cincuenta a√Īos y pareci√≥ haberse agotado con el fin de la revuelta estudiantil de Mayo de 1968.

Obviamente que en diferentes partes del mundo continuaron habiendo insurrecciones, guerrillas, protestas, huelgas generales, luchas de liberaci√≥n; pero de alg√ļn modo se fue consolidando la idea de que representaban el pasado y no el futuro, toda vez que la democracia liberal, ahora apadrinada por el neoliberalismo global, el FMI, el Banco Mundial, la ONU, acabar√≠a por imponerse como el √ļnico modo leg√≠timo de dirimir conflictos pol√≠ticos. Todo cambi√≥ en 2011 con la ola de movimientos de protesta en diferentes pa√≠ses: las distintas primaveras de revuelta, el movimiento Occupy Wall Street, los movimientos de los indignados, etc√©tera. ¬ŅPor qu√© este cambio? Sospecho que la crisis de la democracia liberal se ha venido profundizando de tal modo que movimientos y protestas por fuera de las instituciones pueden pasar a ser parte de la nueva normalidad pol√≠tica.

Lucha armada versus lucha pacífica. La cuestión de la violencia es el tema que el pensamiento político dominante (tan viciado en el estudio de los sistemas electorales) evitó a toda costa a lo largo del siglo pasado. Sin embargo, los protagonistas de las luchas se enfrentaron continuamente con la cuestión en el terreno. Obviamente que no toda violencia es revolucionaria. Durante el siglo XX quienes más recurrieron a ella fueron los contrarrevolucionarios, los nazis, los fascistas, los colonialistas, los fundamentalistas de todas las confesiones y los propios estalinistas después de la perversión de la revolución que emprendieron.

Pero en el campo revolucionario las divisiones fueron encendidas: entre los marxistas y mao√≠stas de la India y Gandhi, entre Martin Luther King Jr. y Malcom X, entre diferentes movimientos de liberaci√≥n del colonialismo europeo y Frantz Fanon, entre movimientos independentistas en Europa (Pa√≠s Vasco, Irlanda del Norte) y movimientos revolucionarios de Am√©rica Latina. Tambi√©n aqu√≠ ‚Äďa pesar de la continuidad de la lucha armada en el Delta del N√≠ger y en las zonas rurales de la India dominadas por los naxalitas (mao√≠stas)‚Äď la idea de violencia revolucionaria y de lucha armada ha perdido legitimidad, de lo cual las negociaciones de paz en curso en Colombia son una demostraci√≥n elocuente.

Empero, hay dos elementos perturbadores de los que quiero dar cuenta. En muchos pa√≠ses donde la violencia pol√≠tica termin√≥ con negociaciones de paz, la violencia volvi√≥ (muchas veces contra l√≠deres pol√≠ticos y de movimientos sociales) bajo la forma de violencia despolitizada o criminalidad com√ļn. El Salvador y Honduras son casos paradigm√°ticos y Colombia podr√≠a serlo. Por otro lado, la lucha armada fue deslegitimada porque fall√≥ muchas veces en sus objetivos y porque se crey√≥ que estos ser√≠an m√°s eficazmente alcanzados por la v√≠a pac√≠fica y democr√°tica.

Resultado de imagen para camilo torres¬ŅY si se profundizara la crisis de la democracia? Uno de los revolucionarios que m√°s admiro y que pag√≥ con la vida su dedicaci√≥n a la revoluci√≥n socialista, el padre Camilo Torres, de Colombia, doctorado en sociolog√≠a por la Universidad de Lovaina, respondi√≥ as√≠ en 1965 a la pregunta de un periodista sobre la legitimidad de la lucha armada: ‚ÄúEl fin no justifica los medios. Sin embargo, en la acci√≥n concreta, muchos medios comienzan a ser impracticables. De acuerdo con la moral tradicional de la Iglesia la lucha armada es permitida a una sociedad en las siguientes condiciones:

*Haber agotado los medios pacíficos.

*Tener una probabilidad bastante cierta de éxito.

*Que los males resultantes de esta lucha no sean peores que la situación que se quiere remediar.

*Que haya el concepto de algunas personas de criterio ilustrado y correcto sobre el cumplimiento de las condiciones anteriores‚ÄĚ [1].

A un pacifista como yo, que siempre luchó por la radicalización de la democracia como vía no violenta para construir una sociedad más justa, provoca estremecimientos pensar si en muchos países los patrones de convivencia pacífica y democrática no se estarán degradando a tal punto que las cuatro condiciones del padre Camilo Torres puedan tener respuesta positiva.

Notas

[1] Torres Restrepo, C. (2016), Textos inéditos y poco conocidos, vol. 1, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, p. 272.

 

*Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal).

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