Mar 5 2012
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OpiniónPolítica

Brasil: Los cobardes y el pasado

‚ÄúQuien niega el pasado es cobarde.‚ÄĚ La frase del general Pedro Aguerre, comandante del ej√©rcito uruguayo, cae como sombrero papal sobre la cabeza de los cardenales de las fuerzas armadas brasile√Īas en situaci√≥n de retiro. Muchos de ellos tratan de negar el pasado y lo hacen ostensiblemente. Cobardes todos.

Pero, m√°s que un s√ļbito ataque de cobard√≠a, hay algo que necesita ser entendido en esa actitud. Los militares, lo sabemos bien, tienen una especie de culto fervoroso a la jerarqu√≠a y a la disciplina. ¬ŅC√≥mo explicar, entonces, esa desairada ola de insubordinaci√≥n, de insolente irrespeto, dirigida a la comandante suprema de las Fuerzas Armadas, como asegura la Constituci√≥n, la presidenta Dilma Rousseff?

No ha sido por mero azar ni por un brote de resentimiento que el Club Militar, que agrupa a los retirados de las tres armas, difundió una contundente nota exigiendo de Dilma Rou-sseff una reprimenda a dos de sus ministras, la de Derechos Humanos, Maria do Rosario Cunha, y la de la Mujer, Eleonora Menicucci, por los términos en que se refirieron a la dictadura que imperó en el país entre 1964 y 1985. Tampoco ha sido por distracción que aseguraron no reconocer autoridad en el ministro de la Defensa, embajador Celso Amorim. Dilma reaccionó y en un primer momento los militares retirados accedieron a retirar la nota de la página institucional del Club Militar en Internet, con sus 98 firmas. Pero cuando la presidenta determinó que los responsables fuesen castigados, empezó el alboroto.

Primero, los cabecillas de los uniformados retirados presionaron a los comandantes en activo. No aceptaban ser reprimidos. Segundo, aseguraban contar con respaldo legal para opinar. Y el texto volvi√≥ con 784 firmas (hasta la noche de ayer). Entre ellas, las de 64 oficiales-generales del ej√©rcito y de la fuerza a√©rea (ning√ļn oficial-general de la Armada hab√≠a adherido), 334 oficiales superiores (o sea, con rango de coronel), 192 oficiales y unos 200 civiles. Un n√ļmero significativo, aunque el verdadero nudo sea otro: ¬Ņpor qu√© hacen silencio los comandantes de las tres armas? ¬ŅCu√°l el grado de impunidad con que cuentan los insolentes?

La ley brasile√Īa es clara: a los oficiales retirados se les permite una serie de prerrogativas que son vedadas a los activos. Pueden postularse a elecciones, por ejemplo. Pueden emitir opiniones pol√≠ticas y criticar a gobernantes. Pero en ninguna l√≠nea de ninguna ley est√° permitido que cometan actos de insubordinaci√≥n, que desacaten a sus superiores, que desaf√≠en a la presidenta. Y es lo que est√°n haciendo.

Uno de los que niegan el pasado, el general retirado Luiz Eduardo Rocha Paiva, dice que el periodista Vladimir Herzog no ha sido asesinado bajo tortura, sino que muri√≥ ‚Äúen una situaci√≥n dudosa‚ÄĚ. Dice que nunca supo de torturas en el ej√©rcito. Dice dudar de que la presidenta haya sido torturada a lo largo de sus m√°s de dos a√Īos de c√°rcel. Y, para redondear, pregunta si Dilma Rousseff ser√° convocada a dar testimonio frente a la Comisi√≥n de la Verdad, como supuesta c√≥mplice de un atentado practicado por una organizaci√≥n armada que result√≥ en la muerte de un conscripto durante un ataque a un cuartel del ej√©rcito.

Es más que evidente que se trata de una clara reacción preventiva a la instalación de la Comisión de la Verdad, cuya tarea es precisamente sacudir a los cobardes, o sea, revisar el pasado. A dejar de negarlo.

Lo que llama la atención es, en primer lugar, que varios de los que ahora se manifiestan sean oficiales recién pasados a retiro, que hasta hace poco ocupaban puestos de relieve en los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso y de Lula da Silva.

En segundo lugar, lo que ocurre muestra que el tema de la memoria, de la verdad y de la justicia ha sido apenas tocado de roce en Brasil a lo largo de los √ļltimos 27 a√Īos, cuando regresaron los civiles al poder. Siguen impunes los responsables por los cr√≠menes de lesa humanidad. Y, m√°s que impunes, siguen llenos de soberbia en su sacrosanta impunidad.

Es importante recordar que todo eso ocurre cuando un fiscal de la misma Justicia Militar, Otavio Bravo, decidió abrir investigación judicial sobre cuatro casos de desapariciones, o sea, de asesinatos durante la dictadura. Hay casi doscientos casos documentados, pero el fiscal decidió empezar por cuatro.

La tesis de Otavio Bravo asust√≥ a los que niegan el pasado: el Supremo Tribunal Federal, corte m√°xima brasile√Īa, declar√≥ que la desaparici√≥n forzada es equiparable al crimen de secuestro, que no prescribe. Si hubo secuestro, y si el secuestro es un ‚Äúcrimen continuo‚ÄĚ, no puede haber prescripci√≥n ni amnist√≠a hasta que no aparezca el secuestrado o su cad√°ver. Y si aparece el cad√°ver, los responsables ser√°n denunciados por el crimen de ocultaci√≥n.

En realidad, el brasile√Īo sigue la senda abierta por sus colegas chilenos. O sea: un fiscal de la Justicia Militar, otra excrecencia heredada de la dictadura, act√ļa a favor de la verdad. Ah√≠ est√° el nudo de esa crisis: el miedo de los cobardes. La soberbia de los que se creen impunes.

¬ŅC√≥mo Dilma Rousseff enfrentar√° ese problema, c√≥mo lograr√° superar ese obst√°culo? ¬ŅQu√© pasar√° a los insubordinados que temen al pasado?

De todas formas, una cosa ya est√° a la vista: las heridas de la confrontaci√≥n entre los militares que violaron la Constituci√≥n y se apoderaron del pa√≠s a lo largo de una noche de 21 a√Īos, y los que consagraron su juventud ‚Äďy sus vidas‚Äď a la resistencia, est√°n lejos de cicatrizarse.

Los que resistieron padecieron exilio, cárcel, torturas, persecución, muerte. Los golpistas padecen del peor de los males: el temor a la memoria, la verdad. El pavor al pasado. Padecen la enfermiza condición de cobardes sin otro remedio que la insolencia asegurada por la impunidad.
*Escritor y periodista brasile√Īo. Publicado en P√°gina 12 de Argentina

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