Mar 19 2016
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Despacito por las piedras

BRASIL O MAIS GRANDE DO AMERICA DO SUL

Brasil es más que un país, es un sub continente. Es el 5to país del mundo por población y extensión territorial y 6to en lo económico, medido por su producto nominal. Esas perspectivas hicieron que hace varias décadas atrás -el genial y nefasto estratega norteamericano- Henry Kissinger dijera que América del Sur se inclinaría para el lado que Brasil lo haga.

Por todo ello la convulsión, que hoy vive Brasil, es el símbolo más claro de lo que pasa en la región.

Hay dos formas de mirar lo que allí está pasando. Una, la que nos muestran todos los grandes medios de prensa, la que tiene a la corrupción como eje y a vastas protestas populares como protagonistas. Otra mirada, nos lleva a observar qué intereses están en juego por detrás de lo que se ve. Con los pro y los contra de lo que el gobierno brasileño y otros de la región han producido, con sus aciertos y errores.

No hay duda que hay una ofensiva de los sectores vinculados al poder económico que tienen por detrás a los Estados Unidos y gran parte de Europa, quienes aspiran a fortalecer sus vínculos y control de esta región, considerada como el “patio trasero del poder imperial”. Los problemas en Venezuela, la reciente derrota sufrida por Evo Morales en Bolivia, el cambio de gobierno en la Argentina, forman –entre otras experiencias- parte de ese fenómeno. Lo que está ocurriendo en Brasil no se puede separar del mismo. Se ha puesto en marcha un nuevo ciclo, dominado por una renovada presencia norteamericana en la región, que no conocíamos desde hace 40 años. Este ciclo, de tipo conservador, está siendo facilitado por las debilidades de las corrientes políticas de signo popular que gobernaron estos años. Entre esas “debilidades” cabe consignar el no haber aprovechado estos años de jolgorio en las relaciones económicas con los “países centrales”; el no haber roto con el sistema de poder económico heredado del largo proceso histórico de construcción de nuestras economías. Desde las cuevas de ese poder se socavaron los débiles avances producidos. Tampoco se construyó la organización popular capaz de avanzar en los rumbos proclamados. Por último hubo corruptelas y enriquecimientos personales –amparados o no combatidos por gobiernos- que están siendo utilizados para dinamitar la base ética y social de dichos procesos.

En este último aspecto se ha puesto el foco propagandístico para dar los golpes definitivos a estos movimientos políticos, generalmente conocidos como “progresistas”.

Por sus propias características este choque tuvo en Brasil aspectos particulares.

Como integrante del BRICS, la alianza establecida con Rusia, China, India y Sudáfrica, comenzó a desarrollar una política propia en el concierto mundial, con ciertos niveles de cuestionamiento a los viejos poderes de la alianza de Estados Unidos y Europa.

El descubrimiento de vastas reservas petroleras en alta mar, le dio perspectivas de autonomía energética, la empresa PETROBRAS, era la nave insignia de esa política. Estados Unidos respondió con la puesta en circulación de la IV Flota patrullando las cosas del Atlántico. Brasil no se quedó atrás y se puso a la tarea de construir submarinos nucleares. No parece casual que sea justamente Petrobras el eje de las actuales denuncias. Algunas corruptelas y la hipocresía que hay sobre el financiamiento de la política dieron las justificaciones necesarias para que ello fuera posible y se manifestara masivamente en la calle.

Ahora, cuando se ha autorizado la continuidad del juicio político a Dilma Rousseff y Luis Inácio “Lula” da Silva está acosado por la Justicia, ambos han decidido unir su suerte y con ellos el partido de gobierno, el Partido de los Trabajadores (PT). Lula fue designado Jefe de la Casa Civil, coordinando todos los ministerios. Desde ese cargo tratará de torcer el rumbo de la economía favoreciendo a los sectores populares y evitar que pierda su libertad. A los 40 minutos, 2 jueces “anularon” esa designación, pero las instancias superiores restablecieron la validez de dicha designación. Dilma apenas tiene fuerzas para seguir en el gobierno y a Lula lo quieren preso y fuera de las candidaturas para las próximas elecciones. Todo parece indicar que también en Brasil la balanza terminará por consolidar el poder de los sectores más conservadores.

Juan Guahán

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