Ene 28 2013
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Sociedad

Brasil: Otra bengala para sembrar la muerte en una discoteca

A la madrugada del domingo, una bengala lanzada por una banda musical en la disco Kiss, de Santa Mar√≠a, desat√≥ un incendio. Murieron al menos 230 j√≥venes y m√°s de 110 resultaron heridos, en una tragedia asombrosamente similar a la de la discoteca argentina Croma√Ī√≥n.

Hay una imagen com√ļn en esas tragedias: la inmensa cantidad de zapatillas de tenis amontonadas en alg√ļn rinc√≥n. Y tambi√©n los tel√©fonos celulares abandonados. En el incendio en el club nocturno Kiss, de Santa Mar√≠a, interior de Rio Grande do Sul, eso se repiti√≥. Cuando los bomberos lograron entrar en el lugar, sorteando cad√°veres y cuerpos en agon√≠a, se encontraron con los celulares sonando. Alguien llamaba para tener noticias. Uno de los celulares registraba 104 llamadas, 104 intentos angustiados de dar con su due√Īo. No se sab√≠a, al final de la noche de ayer, si ese due√Īo ‚Äďo due√Īa‚Äď estaba entre los 230 muertos.

Hay escenas comunes en las tragedias colectivas. Pero en esa de Santa María un dato llamaba la atención: eran todos muy jóvenes. Las imágenes grabadas por cinegrafistas amadores, con celulares, imágenes veloces, fuera de foco, movidas, eran el mejor retrato del vértigo del horror.

En uno de esos videos pasa una joven de pelos lacios y ojos inmensos, con una blusa blanca y una minifalda color vino. La muchacha mira hacia la nada. Busca algo, busca nada. Un muchacho igualmente joven, sin camisa, con un tatuaje en el hombro izquierdo, se lanza al suelo y vuelve con una chica en brazos. Busca, aturdido, socorro. Alguien le indica una ambulancia, a dos pasos, que √©l no hab√≠a logrado ver. Sobre la vereda, una muchacha de minifalda negra est√° tendida. Otra muchacha, flaca y rubia, le golpea el pecho, en un intento tan desesperado como vano de hacer un masaje card√≠aco. Una voz grita en la oscuridad, fuera del foco: ‚Äú¬°Mi hermano! ¬ŅD√≥nde est√° mi hermano?‚ÄĚ.

Nadie sabe con certeza cu√°nta gente hab√≠a dentro del club nocturno. Entre 1200 y 2000 personas. Todos muy j√≥venes. Casi todos universitarios. Santa Mar√≠a, en pleno centro de Rio Grande do Sul, es polo de atracci√≥n de j√≥venes de todo el estado. Era una conmemoraci√≥n de principio del a√Īo lectivo.

Una banda local animaba la fiesta. S√ļbitamente, uno de los m√ļsicos prendi√≥ una bengala, para entusiasmar a los muchachos. El fuego se extendi√≥ hacia el techo. Y ocurri√≥ la tragedia. Primero, los de la seguridad de Kiss quisieron impedir la salida, creyendo ‚Äďdijo uno de los sobrevivientes‚Äď que era un truco de un grupo para salir sin pagar. Cuando se dieron cuenta, era tarde. Al menos tres de los de la seguridad murieron.

Poca gente muri√≥ quemada. Casi todos los muertos fueron asfixiados. No hab√≠a salida de emergencia. O mejor, hab√≠a varias, pero estaban cerradas con candado. No hab√≠a se√Īales indicadoras de esas salidas. Muchos entraron en los ba√Īos creyendo que saldr√≠an a la calle. Murieron asfixiados, amontonados, pisoteados.

Ha sido la mayor tragedia de Brasil en los √ļltimos 52 a√Īos, superada por el incendio del Gran Circus Norteamericano en Niter√≥i, estado de Rio, que era un simple circo suburbano de nombre pomposo, en 1961, cuando murieron calcinadas 503 personas. Ahora, con lo de Santa Mar√≠a, el pa√≠s se paraliz√≥, horrorizado.

La presidenta Dilma Rousseff interrumpió su viaje oficial a Chile y voló directo hacia la ciudad, para intentar consolar y confortar a los familiares de las víctimas. El gobernador Tarso Genro hizo lo mismo. Y el alcalde, Cezar Schirmer, decretó duelo oficial por 30 días.

La licencia municipal de Kiss venci√≥ en agosto del a√Īo pasado. La inspecci√≥n del cuerpo de bomberos advirti√≥ a sus propietarios que deber√≠an hacer las adaptaciones necesarias. Es decir, no faltaron avisos. Faltaron medidas: a la hora de la tragedia, los bomberos tuvieron que abrir un hueco en la pared lateral para lograr entrar en el recinto. Y al hacerlo, tropezaron con una barrera de cuerpos j√≥venes asfixiados. Centenares de celulares sonaban al mismo tiempo, en una sinfon√≠a de angustia. Los extintores de incendios no funcionaron.

Al final de la noche de ayer los abogados representantes de los due√Īos del club nocturno Kiss emitieron una nota oficial lamentando la tragedia y diciendo que se trat√≥ de una fatalidad, de los designios de Dios. La presidenta Dilma Rousseff llor√≥ al consolar a familiares y amigos de las v√≠ctimas.

Nadie explicó por qué el Cuerpo de Bomberos y la municipalidad de Santa María no impidieron que el club siguiese funcionando sin cumplir los requisitos básicos de seguridad. Nadie explicó nada.

Pasada la medianoche, los cuerpos segu√≠an amontonados en un gimnasio deportivo. Faltaron ata√ļdes en Santa Mar√≠a. Hubo que pedir ayuda a municipios vecinos. Y centenares de muchachos y muchachas muy j√≥venes intentaban entender c√≥mo la fiesta de principio del a√Īo lectivo se hab√≠a transformado en una tragedia desmesurada.

No es √©sta la primera vez que ocurre una mortandad por desidia de las autoridades. No ser√° la √ļltima.

El alcalde con expresión compungida, el comandante del Cuerpo de Bomberos con expresión de lástima son apenas sombras disimuladas de la irresponsabilidad que suele cobrar su precio. Esta vez, el precio fue alto: 233 jóvenes muy jóvenes que querían celebrar la vida.

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