May 9 2010
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OpiniónPolítica

Cambio cultural en la Argentina

Horacio Verbitsky*
Cuatro hechos simultáneos revelan un profundo cambio cultural. La Biblioteca Nacional le quitó el nombre de Gustavo Martínez Zuviría a su hemeroteca. La Cámara de Diputados reformó los artículos sobre el matrimonio del Código Civil. El Poder Ejecutivo reglamentó la ley de Migraciones, que regularizó la situación a 700.000 migrantes de la patria grande latinoamericana, que con pocas horas de diferencia eligió a su primer secretario general.

Horacio González tuvo la valentía de adoptar una medida que distintas organizaciones sociales e instituciones políticas reclamaron a la Biblioteca Nacional desde la conclusión de la última dictadura: que dejara de honrar en su hemeroteca el nombre de Gustavo Martínez Zuviría, el ícono del antisemitismo argentino por sus novelas firmadas con el seudónimo literario de Hugo Wast. En la misma semana la Cámara de Diputados reformó el Código Civil para que el matrimonio sea posible entre dos seres humanos, con indiferencia por su género u orientación sexual. La presidente CFK reglamentó la ley de Migraciones, de 2003, que ya permitió regularizar su situación a 700.000 migrantes de la patria grande latinoamericana y, con horas de diferencia, la Unión de Naciones Sudamericanas designó a su primer secretario general, el ex presidente Néstor Kirchner. La simultaneidad de estos procesos habla de la profundidad de un cambio cultural y de la maduración de la sociedad y de sus instituciones. Salvo la mayor formalidad de la UNASUR, el resto de las reformas surge de iniciativas de la sociedad y sus organizaciones, a las que el Estado dio participación para modificar las situaciones previas.

González&Martínez

Más discutible es la elección del gran escritor Ezequiel Martínez Estrada como relevo de Martínez Zuviría, dado que su gorilismo patológico puede correr el eje de la discusión, como ya señalan diversos comentarios en la blogósfera peronista. Por los 25 años de democracia, el CELS había propuesto que la hemeroteca pasara a llamarse Emilio Mignone, un intelectual tan católico como GMZ y además peronista. El director de entonces, Francisco Delich, lo rechazó.

Fue un error no haberle transmitido esa opción a González, quien optó por Martínez Estrada según las razones que ya fundamentó en un brillante artículo, “Política de nombres”, publicado en este diario el jueves 29 de abril. Allí recordó que Martínez Zuviría prohibió el ingreso a la Sala del Tesoro de Boleslao Lewin, biógrafo de Túpac Amaru e investigador de la emancipación americana, porque era judío. González fue cuidadoso al aclarar que no intenta desconocer los aportes de GMZ a la hemeroteca y a la Biblioteca que dirigió durante un cuarto de siglo, desde el golpe de Uriburu en 1931 hasta el derrocamiento de Perón en 1955, lo cual muestra el amplio arco de opciones políticas que no consideraba incompatibles con su cosmovisión arcaica y prejuiciosa, que no debería confundirse con el nazismo porque sus raíces son otras.

El antisemitismo teológico

Su actividad pública se inició en octubre de 1907 durante un Congreso católico celebrado en el Colegio del Salvador. En la línea del catolicismo social, dijo que si los privilegiados no querían perderlo todo era urgente que abrieran la bolsa e incidieran en la organización sindical. Pero luego de un viaje a París, donde tomó contacto con l’Action Française de Charles Maurras, se incorporó a la Acción Católica y agregó a su discurso integrista la subida tonalidad antisemita del maestro francés. En 1934, presidió la Comisión de Prensa del Congreso Eucarístico Internacional, punto de inflexión del renacimiento católico, y al año siguiente publicó la novela en dos partes “El Kahal” y “Oro”, sobre un plan judío para el dominio del mundo por “un rey de la sangre de David que será el Anticristo”. El propio GMZ fundamentó su antisemitismo en la ortodoxia católica y escribió que es preciso amar al judío como prójimo pero odiar “la Sinagoga”.

La mayoría de los autores que han señalado el antisemitismo del nacionalismo católico y del catolicismo integral lo analizan como un fenómeno argentino y omiten que ni GMZ, ni Octavio Pico ni Julio Meinvielle se apartaban del tradicional antijudaísmo católico que, con fundamentos teológicos, dominó todo el siglo XIX europeo y que en el siglo XX compartieron los papas Pío XI y Pío XII. Sólo acentuaban algunos aspectos con más énfasis que otros, tal como también hacía el Episcopado local. Uno de esos matices: En 1923 el Episcopado auspició la primera edición de “Los Protocolos de los Sabios de Sión”, el libelo antisemita inventado por la policía zarista en Rusia. Pero en 1935 aceptó los cuestionamientos a su autenticidad. Sin inmutarse, Hugo Wast comentó: “Serán falsos, pero se cumplen maravillosamente”

Cristianizar el país

En octubre de 1943, el general Pedro Pablo Ramírez lo designó Ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Nación. GMZ notificó que el programa del gobierno consistiría en cristianizar el país, fomentar la natalidad más que la inmigración, asegurar trabajo y techo decorosos a cada familia y extirpar las doctrinas de odio y ateísmo. Su primera decisión contra el odio fue la intervención a las Universidades Nacionales, la cesantía de los profesores liberales y la supresión de la autonomía universitaria que regía desde la Reforma de 1918. En la Universidad del Litoral designó al profesor Jordán Bruno Genta, con un decreto que le encomendó el “saneamiento del ambiente y extirpación del mal” debido a “la infiltración de elementos extraños”.

Cesanteó a la mitad de los profesores, a un tercio de los estudiantes de Medicina, 76 por ciento de los de Química y 82 por ciento de los de Ingeniería, provocó una huelga general y debió renunciar. En un día tan inesperado como el 31 de diciembre de 1943 GMZ extendió por decreto la enseñanza religiosa a todas las escuelas públicas nacionales, primarias y secundarias, enmendando la ley de educación laica promulgada seis décadas antes. Sus considerandos fueron elaborados en consulta con la Iglesia que así se tomó revancha de su peor derrota histórica.

La señal de la cruz

Los programas de estudios presentaban a la Iglesia Católica como única poseedora de la verdad y acusaban a los judíos de ingratitud con Jesús. Los padres podían elegir que sus hijos no recibieran enseñanza religiosa. Para ellos se creó la materia Moral, pero sus programas incluían secciones completas de los de religión. En muchos casos los cargos no se cubrían y los alumnos no católicos eran invitados a retirarse del aula durante las clases de religión. En la escuela de la provincia de Buenos Aires donde comencé la primaria en 1948, los tres alumnos judíos de mi grado tiritábamos de frío en el patio hasta que nuestros compañeros salían de la clase de religión.

Alguno de ellos nos encaraba con una tremenda acusación, incomprensible para nosotros: “Ustedes mataron a Jesús”. Así comenzaba la batalla de treinta contra tres, que no concluía hasta que alguien sangrara.

Cada clase debía comenzar con la señal de la cruz y en la enseñanza de la historia se debía “considerar a Cristo como centro de la historia”. Además, GMZ prohibió el uso del lunfardo, lo cual obligó a cambiar las letras de los tangos más famosos. Los dopados, de Enrique Cadícamo, pasó a llamarse Los mareados; en Cafetín de Buenos Aires la poesía de Enrique Discépolo padeció la sustitución de mi vieja por mi madre, aunque no rimara con queja.

Al presentar el decreto, CFK se jactó de que su gobierno era “pagador de deudas” e incurrió en comparaciones sobre lo que está ocurriendo con las migraciones en Estados Unidos y Europa, donde la crisis económica deriva en brotes xenofóbicos. Está comprobado, agregó, que las políticas restrictivas no terminan con la inmigración, que obedece a fenómenos políticos o económicos que se siguen produciendo pero en un ámbito de ilegalidad. “No hay menos inmigrantes, hay más ilegales. Y aparecen también los que trafican con el ingreso o egreso de personas”, concluyó.

*Periodista argentino. Publicado en Pàgina 12

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