Jul 11 2013
1823 lecturas

EconomíaSociedad

Capital-Trabajo: el origen de la crisis europea actual

En la extensísima literatura escrita sobre las causas de la crisis actual, pocos autores se han centrado en el conflicto capital-trabajo (lo que solía llamarse “lucha de clases”). Una posible causa de ello es la atención que ha tenido la crisis financiera como supuesta causa única de la recesión. Eso ha desviado a los analistas del contexto económico y político que determinó y configuró la crisis financiera así como la económica, la social y la política.

En realidad no se puede analizar cada una de ellas y la manera como están relacionadas sin referirse a tal conflicto capital/trabajo. Como bien dijo Marx: “La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”. Y las crisis actuales son un claro ejemplo de ello.

Durante el periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, el conflicto renta del capital versus renta del trabajo se apaciguó gracias a un pacto entre los dos adversarios. Este pacto determinó que los salarios, incluyendo el salario social (con aumento de la protección social basada en el desarrollo de los servicios públicos del Estado del Bienestar) evolucionaran con el aumento de la productividad. Consecuencia de ello: las rentas del trabajo subieron considerablemente, alcanzando su máximo (a los dos lados del Atlántico Norte) en la década de 1970 (la participación de los salarios, en términos de compensación por empleado, en EEUU fue del 70% del PIB; en los países que serían más tarde la UE-15, este porcentaje era el 72,9%; en Alemania un 70,4%; en Francia un 74,3%; en Italia un 72,2%; en el Reino Unido un 74,3% y en España un 72,4%).

A finales de la década de 1970 y principios de los años 1980, este pacto social se rompió como consecuencia de la rebelión del capital ante los avances del mundo del trabajo. La respuesta del capital fue el desarrollo de una cultura económica nueva basada en el liberalismo, pero con una mayor agresividad. Es lo que llamamos el neoliberalismo, cuyo objetivo es recuperar el terreno perdido mediante el debilitamiento del mundo del trabajo. A partir de entonces, el crecimiento de la productividad no se tradujo tanto en el incremento de las rentas del trabajo, sino en el aumento de las rentas del capital. Y esta respuesta, mediante el desarrollo de las políticas neoliberales (que constituían un ataque frontal a la población trabajadora), fue muy exitosa: las rentas del trabajo descendieron en la gran mayoría de países citados anteriormente. En EEUU pasaron a representar en 2012 el 63,6% del PIB; en los países de la UE-15 el 66,5%; en Alemania el 65,2%; en Francia el 68,2%; en Italia el 64,4%; en el Reino Unido el 72,7%; y en España el 58,4%. El descenso de las rentas del trabajo durante el periodo 1981-2012 fue de un 5,5% en EEUU, un 6,9% en la UE-15, un 5,4% en Alemania, un 8,5% en Francia, un 7,1% en Italia, un 1,9% en el Reino Unido y un 14,6% en España, siendo este último país donde tal descenso fue mayor.

Tales políticas fueron iniciadas en 1979 en el Reino Unido la Primera Ministra Margaret Thatcher y en 1980en Estados Unidos por el presidente Ronald Reagan. También fueron aceptadas como “inevitables y necesarias” por el gobierno socialista de François Mitterrand en Francia en 1983, al sostener que su programa de clara orientación  keynesiana (con el cual había sido elegido en 1980) no podía aplicarse debido a la europeización y globalización de la economía, postura sostenida por la corriente dominante dentro de la socialdemocracia europea conocida  como Tercera Vía (en España, a partir de 1982, por los gobiernos socialistas de Felipe González).

La aplicación de estas políticas neoliberales, definidas como “socio-liberales” caracterizaron las políticas de los gobiernos socialdemócratas en la UE. Todas ellas tenían como objetivo facilitar la integración de las economías de los países de la UE en el mundo globalizado, aumentando su competitividad a base de estimular las exportaciones a costa de la reducción de la demanda doméstica, reduciendo los salarios. Una consecuencia de estas políticas fue que el aumento de la productividad no repercutió en el aumento salarial, sino en el aumento de las rentas del capital.

Para alcanzar este objetivo, el desempleo fue un componente clave para disciplinar al mundo del trabajo. En todos estos países, el desempleo aumentó enormemente. Pasó de ser un 4,8% en EEUU en 1970 a un 9,6% en 2010. En los países de la UE-15 pasó de un 2,2% a un 9,6%; en Alemania de un 0,6% a un 7,1%; en Francia de un 1,8% a un 9,8%; en Italia de un 4,9% a un 8,4%; en el Reino Unido de un 1,7% a un 7,8% y en España de un 2,4% a un 20,1%, siendo este crecimiento mayor en este último país.

Esta polarización de las rentas, con gran crecimiento de las rentas de capital a costa de las rentas del trabajo, es el origen de las crisis económicas y financieras. La disminución de las rentas del trabajo creó un gran problema de escasez de demanda privada. Pero esta pasó desapercibida como consecuencia de varios hechos. Uno de ellos fue la reunificación alemana en 1990 y el enorme gasto público que la acompañó (a fin de incorporar el Este de Alemania al Oeste y facilitar la expansión de la Alemania Occidental en la Oriental), que se financió principalmente a base de aumentar el déficit público de Alemania, pasando de estar en superávit en 1989 (0,1% del PIB) a tener déficit cada año desde entonces y alcanzando un 3,4% de déficit en 1996. Alemania siguió, pues, una política de estímulo a través del gasto público, que (como resultado de su tamaño y centralidad) benefició a toda la economía europea.

El segundo hecho fue el enorme endeudamiento de la población. Los créditos baratos concedidos por el sistema bancario retrasaron el impacto que el descenso de las rentas del trabajo tuvo en la reducción de la demanda. Este endeudamiento fue facilitado en Europa por la creación del euro, que tuvo como consecuencia la tendencia a hacer confluir los intereses de los países de la Eurozona con los de Alemania. La sustitución del marco alemán y la de todas las monedas de la Eurozona por el euro, tuvo como consecuencia la “alemanización” de los intereses monetarios. España es un claro ejemplo. El precio del crédito nunca había sido tan bajo, facilitando el enorme endeudamiento de las familias (y empresas) españolas, pasando así desapercibida la enorme pérdida de capacidad adquisitiva de la población trabajadora.

Por otra parte, la gran acumulación de capital (resultado de que la mayor parte del aumento de riqueza de los países, causado por el aumento de la productividad, sirviera predominantemente a aumentar las rentas del capital en lugar de las rentas del trabajo) explica el aumento de las actividades especulativas, incluyendo la aparición de las burbujas, de las cuales las inmobiliarias fueron las más comunes, aunque no las únicas. La rentabilidad era mucho más elevada en el sector especulativo que en el productivo, el cual estaba algo estancado, como resultado de la disminución de la demanda. El crecimiento del capital financiero fue la característica de este periodo a los dos lados del Atlántico Norte, crecimiento resultante del endeudamiento y de las actividades especulativas. Este crecimiento se basaba, en parte, en la necesidad de endeudarse, debido al continuo descenso del crecimiento anual de los salarios en todos estos países, una situación especialmente acentuada en los países de la UE-15 (los más ricos). Así, tal crecimiento anual medio en los países de la Eurozona descendió de un 3,5% en el periodo 1991-2000 a un 2,4% en el periodo 2001-2010; en Alemania de un 3,2% a un 1,1% y en España de un 4,9% a un 3,6%.

Los establishments financieros y políticos de la Unión Europea creyeron que la  esp desempleo1crisis financiera estaba creada y originada por el colapso del banco estadounidense Lehman Brothers y se limitaría al sector bancario de EEUU. Thomas Palley, una de las mentes económicas más claras de EEUU y más desconocidas en Europa, cita al que era Ministro de Finanzas alemán, el socialista Peer Steinbrück (candidato del SPD a la cancillería en las elecciones del próximo 22 de septiembre) que profetizó que aquello –resultado de las debilidades del sistema financiero estadounidense- significaría el fin del estatus de EEUU como gran poder financiero. Este colapso del dólar, según él, beneficiaría al euro.

La gran ironía de estas predicciones es que quien al final salvó a la banca alemana fue el Federal Reserve Board (FRB), el Banco Central de EEUU. El modelo alemán basado en la exportación hizo a la banca alemana enormemente vulnerable a ser contaminada. Los bancos alemanes estaban masivamente intoxicados con los productos especulativos (subprimes) de la banca estadounidense. Grandes bancos (como el Sachsen LB, el IKB Deutsche Industriebank, el Deutsche Bank, el Commerzbank, el Dresdner Bank o el Hypo Real Estate) así como las Cajas (como BayernLB, WestLB y DZ Bank) entraron en el periodo 2007-2009 en una enorme crisis de solvencia, teniendo que ser todos rescatados, muchos de ellos, por cierto, con la ayuda del Reserva Federal de EEUU.

La orientación económica, basada en la exportación (algo típico del modelo liberal), había contagiado profundamente al capital financiero alemán, como resultado de sus inversiones financieras tanto en la banca estadounidense (llena de productos tóxicos) como en los países periféricos llamados PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España) y más tarde GIPSI (con la incorporación de Italia), llenas de actividades especulativas de tipo inmobiliario. En realidad la crisis financiera alemana y europea era incluso peor que la estadounidense y, cuando la enorme burbuja especulativa explotó (al paralizarse la banca alemana), apareció con toda crudeza el enorme problema del endeudamiento causado por la reducción de la demanda, ella misma provocada por la bajada de la renta del trabajo.

Una de las causas de ello es la arquitectura del sistema de gobierno del euro, resultado del dominio del capital financiero en  su gobernanza. Tal sistema de gobierno es producto de un diseño neoliberal que se basa, en parte, en la diferencia de comportamientos entre el Banco Central Europeo (BCE) y la Reserva Federal y, en parte, en el distinto tipo de modelo exportador de EEUU y la Eurozona (multipolar en EEUU y centrado en la propia Eurozona en el caso europeo).

El BCE no es un banco central. La Reserva Federal sí lo es. El BCE no presta dinero a los Estados y no los protege frente a la especulación de los mercados financieros. De ahí que los Estados periféricos estén tan desprotegidos, pagando unos intereses claramente abusivos que han dado pie a la enorme burbuja de la deuda pública de estos países. Esto no ocurre en EEUU. La Reserva Federal protege al Estado norteamericano. California tiene una deuda pública tan preocupante como lo es la griega, pero esto no es una situación asfixiante para su economía. Sí lo es en Grecia.

A la luz de estos datos es absurdo que se acuse a los países periféricos de haber causado la crisis debido a su falta de disciplina fiscal. España e Irlanda estaban en superávit en sus cuentas del Estado durante todo el periodo 2005-2007. Eran los discípulos predilectos de la escuela neoliberal, dirigida por la Comisión Europea, siendo el Ministro Pedro Solbes, que había sido Comisario de Asuntos Económicos de la UE, el arquitecto de tal ortodoxia. En realidad, Alemania, durante el periodo 2002-2007, tuvo déficits públicos mayores que la supuestamente indisciplinada España.

No fue su inexistente falta de disciplina, sino la falta de un Banco Central que apoyara su deuda pública lo que causó el crecimiento de los intereses de la deuda pública, provista por los bancos alemanes entre otros, que se beneficiaron de la elevada prima de riesgo. El fin primordial de las medidas de recortes del gasto público, incluyendo el gasto público social, es pagar los intereses a la banca alemana, entre otros. El enorme sacrificio de los países GIPSI no tiene nada que ver con la explicación que se da en los medios y otros fórums de difusión del pensamiento neoliberal que atribuyen los recortes a la necesidad de corregir sus excesos, sino a pagar a una banca que controla el BCE que, en lugar de proteger a los Estados, los debilita para que tengan que pagar mayores cantidades a la banca. La evidencia de ello es abrumadora. El famoso rescate a la banca española es, en realidad, el rescate a la banca europea, incluyendo la alemana, la cual tiene invertidos más de 200.000 millones de euros en activos financieros españoles.

Una variación de esta explicación es el argumento de que el problema de la Eurozona es el grado del diferencial de competitividad, con alta competitividad en el centro –Alemania y Países Bajos- y reducida competitividad en el sur –GIPSI-. Este diferencial explica que los primeros tengan balanzas de comercio exterior positivas (exportan más que importan), mientras que los segundos las tengan negativas (es decir, importan más de lo que exportan). De ahí que la solución pase por un mayor crecimiento de la competitividad de los segundos. Y la mejor manera es bajar los salarios (lo que se llama devaluación doméstica).

Pero tal explicación tiene serios problemas. En primer lugar, ni Irlanda ni Italia tenían balanzas comerciales negativas cuando la crisis se inició. Es más, el crecimiento del componente negativo de la balanza de pagos en los países GIPSI se debió predominantemente al aumento de las importaciones, resultado del endeudamiento, no del descenso de la productividad o competitividad. Y ahora la mejora de su balanza comercial se debe a su escasa demanda. En ambos casos, poco que ver con cambios en la competitividad. En realidad, la productividad laboral estandarizada por actividad económica no es sustancialmente diferente en España que en Alemania. El problema, pues, no puede explicarse por un diferencial de competitividad, sino por un diferencial de demanda, acentuado a nivel europeo por un problema estructural, resultado del descenso de las rentas del trabajo. El motor de la economía de la eurozona se basa en el modelo exportador alemán, cuyo éxito se basa en la moderación salarial alemana (con salarios muy por debajo del nivel que les corresponde por el nivel de productividad), en la imposibilidad de los países periféricos de poder reducir el precio de su moneda (beneficiando a Alemania con ello), en la enorme concentración de euros, la movilidad de capitales de la periferia al centro y el dominio de las estructuras financieras, a través de la enorme influencia sobre el BCE que no actúa como un Banco Central. Ver la balanza de pagos como resultado de una diferencia de productividad es profundamente erróneo.

En realidad, Alemania debería actuar como motor estimulante de la economía, no mediante el aumento de sus exportaciones (basadas en bajos salarios), sino en un crecimiento de su demanda doméstica, incrementando sus salarios y su escasa protección social. El trabajador alemán tiene más en común con los trabajadores de los países GIPSI que con su establishment financiero y exportador. Y en los países periféricos deberían seguirse también políticas de estímulo, revirtiendo las políticas de austeridad que están contribuyendo a la recesión, además del malestar de las clases populares; políticas a las que se opondrán los agentes del capital, pues éstos verán reducidos sus ingresos. Así de claro. Marx, después de todo, llevaba razón.

*Catedrático de Políticas Públicas, Universidad Pompeu Fabra y Profesor de Public Policy en The Johns Hopkins University. Artículo publicado  en la revista LE MONDE DIPLOMATIQUE, julio de 2013.

De Túnez 2010 a Egipto 2013: Una mirada desde la Venezuela Bolivariana
Carlos Carcione, Stalin Pérez, Juan García, Zuleika Matamoros, Gonzalo Gómez, Alexander Marín     Marea Socialista, Venezuela
Introducción
El golpe de Estado en Egipto abre grandes peligros a la Primavera Árabe. Montados, preventivamente,  en una movilización impresionante, cuyos números más bajos hablan de 17 millones de personas movilizadas que exigían la salida del presidente electo Mohamed Mursi, la cúpula militar volvió al poder, designando en el gobierno a “notables” relacionados con el imperialismo. Sea como sea que se desenvuelvan los acontecimientos a partir de ahora, es un hecho que las lecciones de Egipto y el resto de los procesos de la región merecen el estudio y el debate global de los revolucionarios para enfrentar los desafíos instalados por la lucha abierta entre revolución y contrarrevolución en el marco de la nueva etapa mundial de crisis sistémica del capital.
Cuando promediando el 2008 quedó claro que la crisis financiera iniciada con el estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos tiempo antes, era en realidad una crisis del sistema de dominación del capital, la expectativa de la izquierda radical estuvo centrada en esperar e impulsar la reacción del movimiento de masas. Pero el proceso de rebeliones contra las consecuencias de la crisis habló duro por donde menos se esperaba: estalló en Túnez lo que luego sería conocido como Primavera Árabe.
Las rebeliones juveniles y populares se convirtieron en verdaderas Revoluciones Democráticas que terminaron con dictaduras de décadas.  Ben Alí y su sistema de espionaje, control  y represión policial primero y Mubarak apoyado en el entramado militar económico egipcio luego, cayeron bajo una presión  colosal de millones de oprimidos y explotados.
La complejidad nacional, social, cultural y religiosa del proceso y la ausencia o debilidad extrema de organizaciones revolucionarias (nacionales e internacionales) que hubieran construido un programa y una orientación democráticas y que, sobre todo, mantuviera unido al movimiento de masas detrás de tareas comunes que contemplaran y respetaran esa diversidad, en el periodo preparatorio al estallido de esos procesos, facilitó la implantación de importantes obstáculos en su desarrollo.
Esos obstáculos montados por los regímenes dictatoriales con la complicidad contrarrevolucionaria, abierta o encubierta de las fuerzas imperialistas o regionales interesadas en mantener o modificar de acuerdo a sus intereses el estatus quo, se manifestaron crudamente en primer lugar en Libia y perduran hasta hoy en Siria. Con un costo horroroso en vidas humanas y demolición de regiones enteras de esos países. Estancando el proceso regional en el escenario de confrontaciones sangrientas montadas por Assad en la guerra civil siria y complejizando todavía más la situación.
El aire fresco para el reimpulso del proceso árabe vino desde fuera. Turquía fue la primera sorpresa de 2013, le siguió Bulgaria, y simultáneamente el impactante y también sorpresivo levante del movimiento juvenil y popular en Brasil.  Comenzada una nueva coyuntura en el país más importante de América Latina, conquistada por las primeras victorias de una movilización que sacudió el mito del gobierno “progresista” del PT y el régimen de viejos partidos en el que se asienta.
Al tiempo, las calles de Egipto volvieron a llenarse de un pueblo que busca respuesta a sus necesidades inmediatas, insatisfechas por un gobierno que no quiso tocar las bases del privilegio, desigualdad, opresión  y explotación de la sociedad egipcia y que por el contrario las agravó.  Y aunque la vitalidad del movimiento de masas que hubo despertado al calor de la Primavera Árabe quedo demostrada en la contundente respuesta al asesinato del líder del Frente Popular Tunecino, Chukri Belaid, faltaba todavía la prueba de cómo estaba esa vitalidad en la región. Y entonces fue que Egipto habló.
Pero la historia nunca se repite. Y el extraordinario movimiento que exigía la renuncia de Mursi y la resolución de sus problemas inmediatos no encontró una salida democrática. Sus direcciones mayoritarias no la propusieron y por el contrario la obstaculizaron: Mursi y la dirección de los Hermanos Musulmanes se negaron a cumplir el reclamo y apoyados en una supuesta legitimidad evidentemente problemática, no dieron solución al movimiento. Y la oposición, parte de ella formada al abrigo del régimen de Mubarak, llamó al árbitro militar con la ilusión incierta, falaz y engañosa de nuevas elecciones, que de realizarse sin la participación de una parte crucial del islamismo serán completamente antidemocráticas. Como totalitaria, por decir lo menos, es la balacera contra manifestantes islámicos que reclaman por su líder,  la persecución indiscriminada de dirigentes y militantes,  y el cierre arbitrario de medios de comunicación. El movimiento, por su parte, no pudo preparar aquella salida por sí solo.
El drama de este momento particular de la revolución egipcia no reside tanto en la disposición de lucha de un movimiento que ha demostrado capacidad de entrega generosa y total. Sino que al enfrentarse a un nuevo obstáculo, esta vez superior por su cinismo y perfidia, deberá agregar una cuota extraordinaria de esfuerzo y sacrificio para enfrentar la reacción o contrarrevolución que seguirán intentando los sectores desplazados del poder en febrero de 2011, una parte del cual han recuperado ahora. La tarea de construir programa, organización democrática de masas y conducción política revolucionaria adquiere una urgencia inédita. Nuestra tarea desde fuera es escuchar atentamente las voces amigas que provienen de la región y aportar, desde una perspectiva crítica e internacionalista, en el camino de darle forma a un espacio de debate y solidaridad activa donde nos encontremos, más allá de los matices y diferencias del momento, los que desde el principio y desde el país en que hacemos vida,  apoyamos sin condiciones las rebeliones de los jóvenes y los pueblos protagonistas de la Primavera Árabe.
I. La energía del movimiento de masas: El motor de los procesos revolucionarios
Las nuevas revoluciones confirman en algunos casos y en otros descartan enseñanzas de la historia. Pero es evidente que un rasgo característico de los procesos revolucionarios, corroborado a lo largo del tiempo es que, el motor de los mismos es la energía insospechada que desata el movimiento de masas cuando se pone en movimiento. Esa es la marca de origen de la Primavera Árabe.
En este caso se trata de una energía contenida por décadas, macerada en el almíbar amargo de la represión dictatorial, la manipulación psicológica, la tortura física, el maltrato moral y la miseria material. Una  energía acumulada como en una olla a presión que estalló y difícilmente volverá a ser contenida por nuevas manipulaciones o engaños. El ejemplo de Siria es un registro cruel de la inutilidad de las maniobras “políticas” o directamente militares, para contener la fuerza de esa energía. Dos años de guerra civil, 80.000 muertos hasta la actualidad y todo empezó por el castigo que las fuerzas de seguridad del Estado les dieron a unos niños que pintaban leyendas en las paredes de una ciudad.  Los tormentos que sufrieron los niños de Deraa fueron la puerta por donde se puso en marcha la energía revolucionaria del pueblo sirio. Así como el martirio de Mohamed Bouazizi  fue el inicio del fin del régimen de Ben Alí en Túnez y el principio de la Primavera Árabe.
Esto también lo saben y de sobra, las fuerzas del viejo régimen, de allí su disposición contrarrevolucionaria. Su preparación para aprovechar las oportunidades que se les presenten para aplastar los movimientos, mientras tanto: intentan engañarlos. Por eso el peligro de la contrarrevolución estará presente mientras las revoluciones no avancen en liquidar los pilares que la sostienen.
La energía revolucionaria de las masas es una garantía de lucha, entrega, sacrificio y constancia. Es la manera que tienen los pueblos que se rebelan de mostrar, si se quiere ver así, su disposición para demoler lo viejo sin importar el costo que deban pagar. Pero esta energía no empuja al movimiento en una línea ascendente y sin obstáculos hacia su objetivo. Lo hace enfrentada a las fuerzas de la reacción, de la contrarrevolución, en una lucha integral que no tiene un final asegurado. Por eso la recuperación del poder o parte de él, aunque sea de manera preventiva y aprovechando la movilización de masas, por el ejército egipcio deber ser un claro llamado de atención para el movimiento revolucionario.
II. El respeto por la diversidad del pueblo revolucionario
La región que parió la Primavera Árabe es sin duda un mosaico de diversidad social, cultural y religiosa. Si no logramos desprendernos de nuestra visión occidental para estudiar esos fenómenos, no comprenderemos a cabalidad los procesos que allí se desarrollan.  Una vez más escuchar las voces de la región es imprescindible para entender.
El laicisismo liberal, con su visión occidental su ideología capitalista y su ilusión en el fetiche de la democracia  formal representativa, no es menos peligroso para la lucha de los pueblos que el islamismo sectario, en la medida que ambos son manejados desde las elites. La revolución debe ser en todo caso una herramienta de liberación de los oprimidos. Una herramienta que corta a la sociedad  en una línea de separación entre oprimidos y opresores (individuos, sectores sociales y políticos nacionales o países) piensen como piensen y crean en lo que crean.
El proceso revolucionario o mejor dicho su sector más claro o dirigente, incapaz de respetar esa diversidad, de comprenderla y de hacer todos los esfuerzos posibles por integrarla en los objetivos históricos de las masas oprimidas que luchan por su emancipación no merecen el nombre de revolucionarios. La historia lo ha demostrado en muchos casos y lo ha hecho a un terrible costo.
Por eso contribuir a difundir, aunque sea tácitamente, el veneno de que la lucha contra la opresión es una lucha también contra el islamismo en general es un flaco favor a la ideología reaccionaria occidental utilizada por el imperio. El deber de los revolucionarios y de la revolución es buscar y encontrar la forma, los mecanismos, para que marchen unidos los oprimidos y explotados en la construcción de su propio futuro. Por encima inclusive de los prejuicios o falsas conciencias que arrastran de su pasado de opresión y explotación.
III. Democracia de base y poder constituyente
Nuestra experiencia en la Revolución Bolivariana nos índica que la delegación en “representantes”  institucionalizados, de las decisiones fundamentales de los procesos revolucionarios fortalece sólo a las burocracias viejas o nuevas, ya sean estas militares, religiosas o funcionariales y a las clases dominantes. La democracia representativa liberal burguesa es en todo caso la forma del gobierno de las antiguas revoluciones democráticas capitalistas contra el poder feudal  y aunque  haya que defenderla en las calles contra regímenes más totalitarios si hiciera falta, cumplió, como factor de progreso, sobradamente su papel en la historia.
Las nuevas revoluciones democráticas que contienen en sí, como ya veremos, un profundo contenido anticapitalista, necesitan para su desarrollo y avance la participación democrática activa a través de sus propias organizaciones, de las masas que las protagonizan.
Esta participación activa es el verdadero poder constituyente más allá de las constituciones que congelan en el papel un momento de los procesos revolucionarios. Ese poder constituyente movilizado, esa democracia de base articulada, es el que puede resolver las contradicciones internas de los procesos revolucionarios  de manera democrática para que esas contradicciones no detengan su avance ni se vuelvan en contra de sus objetivos.
IV. Revoluciones democráticas y anticapitalista
Las revoluciones de las Primaveras Árabes son Revoluciones Democráticas porque van contra los regímenes dictatoriales de décadas. Son también revoluciones políticas porque no sólo avanzan contra los gobiernos sino que van directamente contra los regímenes políticos de dominación. Este es uno de los puntos de contacto que tienen con los procesos rebelión contra las consecuencias de la crisis en Europa y con los levantamientos en el resto del mundo. Son revoluciones democráticas que apuntan a demoler  el sistema de dominación del capital. Las masas perciben esa identidad, independientemente del país o continente que se desarrollen sus luchas.
Sin embargo son también profundamente anticapitalistas y por eso no se detienen con las caídas de las dictaduras. Cuando las masas salieron a la lucha contra Ben Alí y Mubarak o contra Gadafi y Bashar Assad, lo hicieron por libertades y derechos políticos, culturales y religiosos, pero también y sobre todo empujadas por la miseria material que los modelos capitalistas dominantes en sus países imponen. La lucha contra el paro y por trabajo, por salarios, por condiciones de vida, y por tener futuro, apuntan a un distribución distinta de la renta nacional por eso entienden la conquista de sus derechos políticos, culturales y religiosos como parte inseparable de su lucha contra los sectores del privilegio y la explotación, van en última instancia contra lógica del capital. Lo mismo que el ascenso en las luchas contra los modelos extractivistas y de depredación de la naturaleza.
Los jóvenes y los pobladores de San Pablo y Río y los de Estambul se sienten hermanos con los jóvenes de Egipto y Túnez.  Lo mismo que los pueblos de Atenas, de Madrid, o de Lisboa que enfrentan a la Troika, se sienten parte de la misma rebelión mundial que sus iguales Árabes o Latinoamericanos.  Unos acaban hace poco de quitarse la opresión de parte de las dictaduras que los asfixiaban y reprimían brutalmente, y siguen luchando contra otras que todavía sobreviven o los intentos contrarrevolucionarios de los factores que pretenden dar marcha atrás la rueda de la historia. Los otros, que se han sacudido hace tiempo el yugo dictatorial van contra los partidos que dicen representarlos pero que alternándose en las funciones de gobierno constituyen un régimen político de dominación que se sostiene con engaños y estafas.
El grito de Democracia Real Ya que puede escucharse en distintos idiomas y con distintas frases a lo largo del mundo no sólo exige derechos políticos, civiles o culturales, apunta sobre todo contra la lógica de opresión y explotación. Así son las revoluciones y rebeliones de esta etapa de crisis de dominación del sistema del Capital.
V. La necesidad de instrumentos políticos revolucionarios y una nueva izquierda
Hay algo más, todavía, que nos muestra la Primavera Árabe y es que esas rebeliones y revoluciones tienen enfrente, aunque debilitadas a poderosas fuerzas de la reacción y la contrarrevolución.  Fuerzas organizadas, con recursos y medios para imponer o justificar sus posiciones.  Y mientras el movimiento revolucionario no cuente con sus instrumentos políticos estará en una desventaja temible.
La necesidad de la construcción de instrumentos políticos capaces de debatir, elaborar, sintetizar  y difundir un programa revolucionario consecuente en el seno del movimiento es imprescindible. Hace a la disputa global por el rumbo de los procesos. Para poder desenmascarar los engaños y proponer caminos de salida a las contradicciones planteadas. Los necesita también la defensa de proceso revolucionario. Y sobre todo para orientar en su profundización.
Por fin unas palabras sobre la izquierda. La vieja izquierda ha perdido completamente el rumbo y los puntos de referencia.  Y no hablamos de la socialdemocracia que cumple en muchos países el papel de pata solida del capital. Hablamos de una izquierda que continúa viendo el mundo de la guerra fría. Que simplifica en su discurso la realidad al punto de verla solo en blanco y negro. Que no bucea en la diversidad del movimiento y no busca salidas unitarias para que no se pierda la energía que las masas despliegan en estos procesos. Una izquierda  estaliniana que ve un conspirador potencial en quien piensa distinto y que políticamente concilia que con los supuestos males menores.
Una tarea urgente que tenemos los revolucionarios es superar a esta vieja izquierda. Construir desde el punto de vista de una nueva cultura. Necesitamos poner en pie una nueva izquierda, plural, democrática, capaz de aprender a procesar los matices y las diferencias y convivir con ellos.  Y la necesitamos de manera urgente. La Primavera Árabe lleva casi tres años de desarrollo, esos jóvenes y ese pueblo que se levantaron buscando una posibilidad de futuro han realizado enormes sacrificios y los siguen realizando. Estamos atrás de las urgencias del momento y los tiempos que corren no perdonan las demoras.

  • Compartir:
X

Envíe a un amigo

No se guarda ninguna información personal


Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

1 Comentário

Comentarios

  1. Juan Félix
    15 julio 2013 15:52

    Después de leer este artículo se me incrementa una gran duda, hasta donde se minimiza e incluso soslaya el papel que juega en todo esto el enemigo principal: el imperialismo.Hacemos énfasis en las revoluciones democráticas y anticapitalistas, pero no hacemos suficiente énfasis en el carácter antimperialista, insoslayable que estas deben tener para ser reales.No se me olvida que toda esta llamada primavera árabe comenzó a sucederse después de aquel famoso discurso de Obama desdicado a los países árabes. La pregunta que yo me hago es la siguiente: ¿Hasta donde está presente la mano del imperialismo en estos movimientos para promover sus objetivos geoestratégicos en la región?No me cabe duda que la caída de Libia fue el primer eslabón o pieza de dominó que luego seguiría con Siria hasta llegar a Irán, amenazando seriamente con llegar hasta el Caucaso ruso. Yo sé que es difícil defender un régimen como el de Assad, pero debemos preguntarnos, no es su caída uno de los principales objetivos del imperialismo, para lo cual se ha aliado con las más tenebrosas fuerzas terrorista de Alqaeda? Quedan entonces, amigos, por delante, muchas preguntas que responder.