Mar 26 2008
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Economía

Caracterizaciones. – LA HIPOCRESÍA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

En nuestro mundo la veloz expansión de las tecnologías de la comunicación se ha encargado de que la hipocresía conforme un conjunto de reglas que oscilan entre lo permitido y lo prohibido, entre lo cierto y lo falso, entre lo que se tiene y lo que se desea. Su quehacer se fundamenta en el fingimiento y el disimulo. Se finge dando a entender lo que no es cierto; se disimula ocultando lo que se siente, se sospecha, se sabe o se hace. Ambas posturas involucran falta de honestidad.

Estas conductas se deben algunas veces a la falta de autoestima, lo que obliga al individuo a hacerse una imagen que desearía tener –la cual está lejos de su realidad–. Pero también a veces se fundamenta en el afán de mantener posiciones, títulos o prebendas, que no se han alcanzado por méritos propios sino por designio de un tercero que exige de esos individuos un comportamiento hipócrita.

¿Quién de nosotros no se ha visto envuelto en una situación donde se da cuenta de que la conversación sostenida es una farsa? Diálogos vanos que solo tienen como fin la competencia social entre sus participantes. ¡Cuántas personas en una reunión deben fingir simpatía entre sí para que la velada no se desmorone frente a la verdad!

Situarse en la otra orilla de la hipocresía y defender la moral califica al individuo de mojigato, o termina por expulsarlo del grupo. Porque la moral, a su vez, descalifica en todas sus partes los contenidos hipócritas.

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A lo largo de la historia los hipócritas han sido una especie de cruzados del mal predicando que el camino más corto para llegar a ser alguien no es tratar de superar las virtudes y esfuerzos de los demás sino probar que los que han logrado salir adelante son los malos, los perversos y los pérfidos. En todas las épocas han existido hipócritas. La supremacía que ejerció la Inquisición en los tiempos del rey Felipe II de España, quien afirmaba que en sus dominios no se ponía el sol, no fue otra cosa que el reinado de lo oculto en dos mundos.

También han existido, y siguen existiendo, en nuestros países hipócritas de cuadra, de aldea y aquellos que con ambición desmedida pretenden llegar a ser “hipócritas nacionales”, constituyéndose en censores de lo que disfrutan en privado, peroiéndoselo más tarde a los demás. Bajo el dicho de que Dios los crea y ellos se juntan, los hipócritas forman grupos donde se condena para los demás todo lo que ellos consumen o practican al tiempo que hacen llamados a la moderación y a la austeridad.

Cumplido el deber “moralista”, su conciencia les autoriza a usar corbatas y zapatos de las más prestigiosas firmas europeas, o relajar su estrés de funcionarios en los grandes casinos del mundo. Obviamente, cuando son cuestionados, no hayan qué contestar cuando su fingimiento y su disimulo han quedado al descubierto.

José Ingenieros, en su libro el Hombre Mediocre, hace una crítica muy extensa a la sociedad y al referirse a la hipocresía señala:
“La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer los escrúpulos de los hombres incapaces de resistir la tentación del mal. Es falta de virtud para renunciar a éste y de coraje para asumir su responsabilidad. Es el guano que fecundiza los temperamentos vulgares, permitiéndoles prosperar en la mentira: como esos árboles cuyo ramaje es más frondoso cuando crecen a inmediaciones de las ciénagas … Los hombres rebajados a la hipocresía tienen la certidumbre íntima, aunque inconfesa, de que sus actos son indignos, vergonzosos, nocivos, arrufianados, irredimibles.”

Concluye Ingenieros, sobre este análisis:
“No tiene limites esta escabrosa frontera de la hipocresía. Celosos catones de las costumbres, persiguen las más puras exhibiciones de belleza artística. Pondrían una hoja de parra en la mano de la Venus Medicea, como otrora injuriaron telas y estatuas para velar las más divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento. Confunden la castísima armonía de la belleza plástica con la intención obscena que los asalta al contemplarla. No advierten que la perversidad está siempre en ellos, nunca en la obra de arte. El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral”.

Descripción autorizada

El profesor Ángel Rodriguez Kauth, catedrático de la Universidad de San Luis, Argentina, explica:

“La hipocresía no es otra cosa que la capacidad para disimular o simular defectos y virtudes que tenemos o no tenemos –respectivamente– con el objetivo personal de ganar espacios en el mundo ante el cual, si nos presentamos como somos, quedaríamos fuera de lugar.

“No es que este vicio –como lo han categorizado algunos discursos acartonados de la moralina hegemónica– o, mejor aún, esta forma de presentación de la persona en la vida cotidiana, sea innata a los individuos, sino que se trata simplemente de un aprendizaje social que puede hacerse algunas veces con dolor, y otras sin él. Pero que se incorpora a las pautas sociales de aprendizaje desde pequeño para el individuo y desde antaño para el colectivo. Tal aprendizaje permite ganar espacios y recompensas –materiales y simbólicas– que gratifican al narcisismo frente a la escala de valores expuestos en vidriera por la cultura contemporánea. El acceso a estos valores por parte del Yo seria imposible, o muy dificultoso de alcanzar, si no se recurre a estrategias hipócritas que son las que facilitan la accesibilidad a la parafernalia de valores contradictorios que conviven de manera promiscua en la misma estantería.

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“No se nace hipócrita, se hace; a partir del sistema de recompensas y castigos que usa la enseñanza –bajo el pretexto de la gratificación– para aprender conducta socialmente aceptadas. Desde ese momento crucial de la vida –hasta la muerte– es un muestrario de aprendizajes de bienes simbólicos o materiales preciados, apetecidos, deseados, envidiados y, lo que es mejor, sin mucho esfuerzo aparente. Seria un logro sin esfuerzos, ya que mantener una vida integra de conductas y discursos hipócritas requiere una cantidad enorme de esfuerzo psicológico –intelectual y afectivo–. El esfuerzo de ser hipócritas desgasta las reservas de salud mental y física, así como de salud social, con lo cual esta forma de vivir arrastra tanto a la enfermedad y la degradación personal como a la disgregación y alienación en lo social.

“Obvio que los mecanismos descritos sucintamente –en un ejercicio intelectual de sillón– no funcionan de igual modo para todos, por lo cual se advierte de la falta de generalidad que se pueda pretender atribuirle a dicho ejercicio. Hay quienes responden de modo acabado y casi perfecto al modelo descrito; pero también hay de los otros, los que niegan sus contradicciones con el afán de preservar no solo la salud mental, sino también de proteger los privilegios y las posiciones adquiridas, llegando al como de ser hipócritas frente al espejo, en cuanto llegan a engañarse respecto a la imagen devuelta”.

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* Periodista.

giselaoo@cantv.net.

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