Ago 7 2017
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Cultura

Carina Sedevich: “No soy la que escribió ayer. Vivo y escribo hoy”

Con diez poemarios publicados, Carina Sedevich, Licenciada en Ciencias de la Comunicación, se ha ido visibilizando y obteniendo reconocimiento entre sus pares en lo que va del siglo. Además de referirse a su formación, nos habla, por ejemplo, de su vida, de sus etapas, de su histrionismo y de Marguerite Duras.

Solicitamos el esbozo de un relato de vida, Carina: la tuya.

 Nací casi a la medianoche de un jueves. Llovía y hacía mucho frío. Mi mamá estuvo en trabajo de parto por más de veinticuatro horas. Parece que mi cabeza era enorme y que me resistía a abandonar el útero. Mi papá me cuenta que el médico, un francés desalineado, no se sacó la bufanda durante todo el proceso y en un momento dado, cuando la cosa se puso especialmente complicada, se arrodilló en el piso de mosaicos helados para rezar. Fui la primera de cuatro hermanos.

Mi mamá asegura que al año y medio hablaba perfectamente y que a los tres sabía qué era el desamor. El primer grado de la escuela primaria lo cursé en tres provincias: durante 1978 me mudé con mis padres y hermanos desde Mendoza, donde estábamos viviendo, a Río Negro, y luego regresamos a Santa Fe. En mi ciudad natal cursé hasta cuarto grado y después, en Villa María, hice quinto en una escuela y sexto y séptimo en otra. Quizás todas estas mudanzas contribuyeran a que muy pronto comenzara a comprender el carácter contingente de la existencia y a forjar una personalidad afirmada en mi interioridad por sobre el contexto circunstancial o la pertenencia a grupos de cualquier índole.

No recuerdo con alegría mi paso por las instituciones escolares. Adoraba leer y escribir pero no disfrutaba estar entre la gente: el contacto con mis compañeros me resultaba traumático y sentía que mis docentes me defraudaban. También sufría la imposición de permanecer en determinados espacios durante horarios establecidos y tener que realizar tareas que no estimulaban mi creatividad ni alimentaban mi espíritu. Para mí fueron tormentos la escuela primaria y la secundaria. Las instancias posteriores —educación terciaria, universitaria, posgrados— las transité apelando a un enfoque más pragmático —es decir, enfocada en el fin último: obtener la certificación— y aprovechando al máximo toda flexibilidad en materia de cursado. Siempre estudié mucho y tuve las mejores notas —recibí, por ejemplo, una distinción por ser la egresada con el promedio más alto de mi colación de grado— pero me incomoda hasta el día de hoy estar atada a horarios, actividades o espacios por pura burocracia institucional.

Mi hijo Francisco nació cuando yo tenía dieciocho años: vino al mundo durante la siesta del domingo 21 de abril de 1991, en medio de, quizás, una de las más difíciles etapas de mi existencia. Apoyada por mis padres y mis hermanos, que cuidaban de mi hijo, poco a poco retomé los estudios y comencé a trabajar. Fueron años duros, atravesados por momentos complejos. En 1998 apareció mi primera publicación de poesía, editada por el poeta Alejandro Schmidt para su colección Plaquetas del Herrero. Mi plaqueta se llamó “Una nube decapitada y grave”: esa era una de las líneas del primer poema. Estimulada porque a Alejandro le hubieran gustado mis poemas y también por el hecho de haber sido elegida en un par de concursos para integrar antologías, ese mismo año autoedité mi primer libro: “La violencia de los nombres”. En este punto debo aclarar que no empecé a escribir poesía a los veintiséis años: estimo que escribo desde los ocho, al menos.

En el 2000 autoedité dos libros más: “Nosotros No” y “Cosas dentro de otra cosa”. Todavía me gustan mis primeras publicaciones —algunos versos más, algunos mucho menos, por supuesto—. Volví a publicar recién en 2012. Durante esos doce años en que no publiqué hice otras cosas: estudié y trabajé mucho, viví en pareja, perdí dos embarazos. Más allá de eso, aunque escribí poco, nunca dejé de escribir. A fines de 2011 terminó mi relación de pareja. Me mudé una vez más —me mudé muchas veces a lo largo de mi vida, por lo menos veinte— y escribí un libro muy doloroso, al que puse por título “Como segando un cariño oscuro”. Empezó para mí una etapa nueva, en la que escribir y publicar se volvieron cuestiones importantes, que me salvaban de la tristeza. La respuesta de los lectores, los colegas, las editoriales, era muy buena, muy alentadora. Sentía que tenía sentido. Escribí y publiqué mucho desde 2012 hasta hoy. Algunos poemarios fueron editados en España, también. Tradujeron poemas míos al italiano, al portugués, al mallorquín. Difundieron parte de mi obra en revistas de diversos países de Europa y de Latinoamérica. Participé de varios festivales internacionales. En el transcurso de esos años, asimismo, algunos músicos hicieron canciones con mis poemas, otros me invitaron a sumarme a shows musicales con mi poesía, varios periodistas y escritores comentaron mis libros o me entrevistaron acerca de mi vida y mi escritura. También hubo artistas plásticos y audiovisuales que se inspiraron en mis poemas. Estoy muy agradecida por la ocurrencia de todas esas cosas maravillosas. 

Ahora vivo sola, con mi gata Mimí, que me acompaña desde 2009. Trato de dedicar tiempo a las cuestiones que me hacen feliz, además de escribir: practicar yoga, cuidar de mi sobrina más pequeña, investigar sobre alimentación, preparar mis alimentos. Soy vegetariana desde hace veinticuatro años y me interesa la medicina oriental. Sé que soy una persona sana, pero a lo largo de mi vida padecí algunas afecciones —anorexia, depresión, ataques de pánico— que me llevaron a interesarme por la profunda conexión que existe entre organismo y espíritu. Hoy puedo decir con alegría que, después de mucho dolor y aprendizaje, transito cada día como si fuera el primero y el último de mi existencia: eso me permite estar en paz.

— ¿“Estamos listos”, “Estamos a mano”, “Estamos muertos”, “Estamos hechos”, “Estamos hartos”, “Estamos enteros” u “Hoy estamos, mañana no estamos”?…

  Hoy estamos, mañana no estamos. El presente es lo único que existe. Y cómo estamos es harina de otro costal. Una harina que molemos nosotros mismos cada día.

Con Roberto Echevarren (Uruguay) y Julien d´Abrigeon (Francia), 2013

 — “Me gusta el escritor desarrapado”, declaró el escritor español Enrique Vila-Matas: “Marguerite Duras o Roberto Bolaño, por ejemplo.” ¿Tenés a quién calificar así?

 Leí con entusiasmo a Marguerite Duras en otras épocas. Admiro su originalidad como escritora, seguramente muy vinculada a las particularidades de su experiencia existencial y de su sensibilidad. No sé si desarrapados o no: considero que una expresión artística debe tener belleza, sentido y humanidad, y plasmar todo eso mediante una singularidad que no sea impostada. Es un equilibrio delicado que, sencillamente, ocurre o no ocurre.

— ¿Qué dirías que te pasó cuando finalmente no te pasó lo que, en alguna ocasión, deseabas que te pasara?…

    Creo que nada “le pasa” a uno. Los hechos no suceden por casualidad, sino porque estuvimos actuando, consciente o inconscientemente, para que fuera así. Lo que ocurre puede parecernos inesperado, pero es sin duda lo que en el fondo esperábamos que sucediera aunque no fuésemos del todo conscientes de eso. A veces es difícil asumir lo que uno está haciendo cada día de su vida. Es complejo aprender a verse con lucidez. Puede sonar superficial o vacuo pero me parece que cada uno está donde ha decidido, con mayor o menor consciencia, estar.

— ¿Qué talento podés haber sospechado que tendrías y no te empeñaste en desarrollar?

Tengo facilidad para los idiomas, pero siempre me pareció aburrido estudiarlos en una academia, fuera del contexto del uso cotidiano. Hubiera querido aprenderlos como aprendí el castellano: escuchando, hablando, inmersa en situaciones existenciales reales. No tuve esa oportunidad hasta el momento. De todas formas estudié algunos idiomas cuando fue preciso por distintos motivos: inglés, portugués, francés. También soy bastante histriónica. Me gusta entretener y divertir a la gente en las reuniones, actúo espontáneamente. Disfruto frente al micrófono o sobre el escenario.

— ¿Qué esperás y qué no esperás de tus amigos?

Casi no tengo amigos ni amigas. No espero nada de ellos y me gusta pensar que ellos no esperan nada de mí. De ese modo todo lo que podamos recibir el uno del otro resulta una sorpresa. Siempre confío en que sea una sorpresa agradable, pero estoy preparada para lo desagradable, también.

 — ¿Cuál ha sido tu recorrido en el específico área de la docencia? ¿En qué instituciones?

 Nunca fue mi vocación dar clases. Lo hice en la universidad durante unos años porque me ofrecieron el trabajo y el dinero me venía bien. Me di cuenta de que como docente lo pasaba mal porque carecía de fe: fe en la disciplina que dictaba y en la institución. Eso provocaba que tampoco tuviera ninguna confianza en el proceso de enseñar y de aprender. Lo terminé de comprender cuando tuve la oportunidad de dar una clase de yoga: me sentí muy bien, porque sí creo en la disciplina y en quienes la practicamos. De todas formas tampoco es mi objetivo enseñar yoga: estudié y sigo estudiando con la intención de mejorar mi práctica diaria.

¿Cuál de tus poemarios considerás que más te conforma y por qué?

 No lo sé. No es algo que me interese analizar. En lo más reciente suelo reconocerme más, pero no reniego de lo publicado —por más que, si me enfrentan a un libro viejo, pueda avergonzarme de una palabra, de un verso o de todo un poema—. El arrepentimiento es el más inútil de los sentimientos. Procuro confiar en mi criterio, en mi intuición, en mi trabajo: selecciono y corrijo intensamente antes de publicar. Es mucho más lo que he desechado que lo he publicado en mi vida. Tampoco invierto tiempo en revisar lo ya publicado: ya no soy la misma, no soy la que escribió ayer. Vivo y escribo hoy.

— Rodolfo Walsh infería que “la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.” ¿Qué es para vos, entre otras cosas, la literatura?

 La palabra literatura remite para mí a una asignatura académica: no me habla de poesía. Por eso no me interesa gran cosa el concepto de “literatura” ni las obras literarias que no son poesía. La poesía entró en mi vida espontáneamente, se me reveló, me deslumbró. Eso no me pasó nunca con otro tipo de escritura literaria. Creo que lo que es capaz de tocarnos de esa manera es arte, el resto no. *

Ficha

Carina Sedevich nació el 29 de junio de 1972 en Santa Fe de la Vera Cruz, capital de la provincia de Santa Fe, Argentina, y reside en la   ciudad de Villa María, provincia de Córdoba. Desde 2003 es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional de Villa María. Es especialista en Semiótica, maestra en Ceremonial por el Centro de Altos Estudios en Ceremonial de Buenos Aires y profesora de Yoga Integral por la Alianza Cordobesa de Yoga. Cursa el instructorado en Técnicas de Meditación en la Escuela de Yoga Clásico y Científico de Córdoba. Participó en festivales de poesía en su país, Uruguay y Venezuela.

Entre otros, ha sido incluida en los volúmenes “Antología Concurso Internacional de Poesía ‘José Pedroni’” (1996), “Antología Concurso de Poesía Universidad Nacional de Río Cuarto” (1998), “Muchachas punk vs. Poetas clásicos” (Compilador: Iván Wielikosielek, 2012). Publicó entre 1998 y 2017 los poemarios “La violencia de los nombres”, “Nosotros No”, “Cosas dentro de otra cosa”, “Como segando un cariño oscuro”, “Incombustible”, “Escribió Dickinson”, “Klimt”, “Gibraltar”, “Un cardo ruso” y “Lavar a la madre”.

 

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