Nov 1 2009
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Cultura

Cartas: la vida privada de la literatura

Juan Manuel Costoya.*

Las relaciones epistolares entre escritores posibilitan el descubrimiento a sus lectores de nuevas, y en ocasiones insospechadas, facetas personales de aquellos que se dieron a conocer al mundo por la excelencia de sus obras. En su correspondencia, antes que el literato, palpita el ser humano capaz de todas las miserias y grandezas. No siempre la vida privada de un escritor se corresponde con la categoría de sus libros. Más bien es bastante raro que lo haga.

Por lo general los escritores son criaturas inferiores a sus libros y no es infrecuente que nos desilusionen. A un creador ha de juzgársele por su obra y admitir que su vida privada, como la de los demás, es un castillo interior que encierra junto a airosas torres, lóbregas mazmorras, fosos y hasta algún dragón de aliento azufrador y hediondo. Al fin y al cabo de la lectura de las obras de Shakespeare no deducimos que en su vida privada fuera un usurero como tampoco sospechamos que Chesterton, el autor de El hombre que fue jueves, fuera un convencido racista.

Si la obra literaria habla en términos ideales y fragmentariamente de su autor, es en su correspondencia donde encontramos las restantes piezas del puzzle que nos permiten, juntándolas con cuidado, hacernos una idea cabal de la personalidad del escritor.

Henry James y Robert Louis Stevenson

La editorial Hiperión publica Crónica de una amistad un volumen que recoge correspondencia y otros escritos intercambiados entre Henry James y Robert Louis Stevenson. El título hace justicia al contenido epistolar ya que si algo queda claro en su intercambio es el profundo sentido de la fraternidad que unía una relación físicamente separada por el continuo peregrinar de Stevenson por el mundo y por la permanencia del norteamericano James en Londres.

Tan opuestos en su físico y forma de vida, como cercanos en su sentido del respeto y la camaradería, los dos escritores mantuvieron una correspondencia que podía tardar meses en llegar a su destinatario, y que, en ocasiones, se perdía sin remisión en algún lugar ignoto del ancho mundo que les separaba.

Fornido y calvo, James, espectral de puro flaco y con un aire casi de pájaro con un ala rota, Stevenson, los dos hombres no renunciaron a la sinceridad a la hora de opinar sobre la obra del otro. Así el escocés declara que la obra de James Retrato de una dama es sencillamente insufrible y que “ a mi juicio está por debajo de usted el escribirla y de mí el leerla”.

Robert Louis Stevenson era en el género epistolar inconstante en su constancia, raras veces fechaba sus cartas, ingenioso, irreverente y chispeante en sus respuestas. Los mares del sur le habían devuelto algo de buena salud y a cambio de una forma de vida al aire libre, ajena a imposturas de salón, estaba dispuesto incluso a consentir una vida austera y una dieta vegetariana y frugal.

De la correspondencia emitida por Henry James se desprende un carácter más burgués, formal y apegado a las conveniencias sociales. Alguna breve escapada a París o a lo sumo a Italia es todo lo que se permite el autor de Otra vuelta de tuerca. Nunca olvida, de la forma más caballerosa, extender sus saludos a Fanny, la compañera de Stevenson en Samoa, a pesar de que fuera muy posible que el carácter dominante de esta mujer estuviera lejos de gustarle.

Por debajo de su gentileza, nunca forzada, se extendía una penetración psicológica poco común que queda patente en un extenso artículo incorporado al volumen editado por Hiperión y que bajo el título Robert Louis Stevenson habla de la obra y la personalidad del autor de La isla del Tesoro.

Al margen de las circunstancias personales, y como corresponde a dos escritores, la correspondencia hace de la literatura una de sus preocupaciones vitales. Los avatares de las ediciones, el progreso en sus proyectos de escritura o el desánimo nacido de sus dudas recorren de arriba abajo la totalidad de su intercambio epistolar. Ambos reconocen, aderezándola con gotas de ironía, la valía de Rudyard Kipling y también la de Bourget, cuestionan las aportaciones de Anatole France a la vez que envuelven todas sus apreciaciones y disputas en una atmósfera prístina y pura que, como un líquido amniótico, protege y envuelve su amistad.

La última carta recopilada y fechada en diciembre de 1894 es la dirigida a la viuda de Stevenson por un desolado Henry James. Su negro presentimiento, reforzado en los últimos años, y que le hizo creer que nunca volvería a ver vivo a su amigo, se había cumplido.

Emily Dickinson y Arthur Rimbaud

El creciente interés por la vida privada de los creadores explica, en parte, el auge de los libros que recopilan la relación epistolar entre escritores.
Es el caso de la correspondencia atribuida a Emily Dickinson (1830-1886) y publicada por Lumen bajo el título Cartas. Puritana aunque liberal, la Dickinson vivió desde los treinta años enclaustrada en la casa de su padre, el político y empresario Edward Dickinson, alimentando el pábulo de un retiro debido a amores inconfesables o imposibles.

De su extensa producción poética la autora sólo vio publicados en vida media docena escasa. Esta antología divide su producción  en cuatro grandes períodos que van desde los poemas y cartas de juventud hasta los de pocos años antes de su muerte cuando la poeta, aquejada del Mal de Bright –una nefritis que también llevaría a Mozart a la tumba– no salía ya de su habitación. Lectora incansable de la Biblia protestante y de Emerson, el clérigo de Filadelfia Charles Wodsworth y su cuñada Susan Dickinson, fueron los destinatarios de buena parte de sus cartas, algunas de ellas en forma de epigrama.

Menos literarias, aunque un innegable testimonio humano, son la recopilación de cartas del poeta Arthur Rimbaud (1854-1891). El que fuera uno de los padres de la poesía moderna decidió a temprana edad dejar atrás sus peleas con Verlaine y los cenáculos literarios para instalarse en Aden y Harar, dos factorías coloniales a ambos lados del Mar Rojo.

El antiguo poeta trafica ahora con café, armas y quizás, aunque él no lo confirma, con esclavos. Las cartas a casa eran prácticas y de espíritu comercial siendo su única concesión al humor la despedida, que da título a la antología, de su rigurosa hermana Isabelle Prometo ser bueno. Una herida en la pierna que se complica le obliga a regresar a la patria culminando una odisea atroz. En un esfuerzo inútil se le amputa la pierna y muere con su hermana a la cabecera de su cama.
 
De Hermann Hesse a Gil de Biedma

La literatura y la trágica historia europea de la primera mitad del siglo XX es el fondo que tiñe toda la correspondencia entre Hermann Hesse (1877-1962) y Stefan Zweig (1881-1942) editada por la editorial Acantilado. La correspondencia es también la forja de una amistad que se inicia en 1903 cuando Hesse, entonces un joven provinciano, escribe a Zweig para pedirle que le envíe un libro que éste  había escrito sobre Verlaine ya que él era demasiado pobre como para poder permitírselo.

Los mundos de ambos escritores no podían ser más opuestos. Zweig era ya un escritor consagrado, cosmopolita, con las puertas del gran mundo abiertas. Hesse, un misántropo, amante de la naturaleza y la lectura que vive en un pequeño pueblo. La literatura, la idea de Europa y un sentido humanista de la existencia son los pilares de una relación epistolar y de amistad que se extendió durante 35 años.

La misma editorial, Acantilado, edita bajo el título Cartas y artículos la correspondencia entre los poetas Juan Ferraté y Jaime Gil de Biedma. Ferraté y Biedma son dos escritores de corazón barcelonés y alma cosmopolita. El grueso de la correspondencia recopilada pertenece a la década de los sesentas, una época que fue testigo de grandes cambios socioeconómicos y que llevaba consigo la tensión añadida que soportan todas las épocas de transición.

Ferraté, que daba clase de literatura española en Santiago de Cuba primero y más tarde en la universidad canadiense de Edmonton, deja traslucir su condición de profesor en el lenguaje utilizado, erudito y especializado, puesto al servicio de la disección de poemas como en el caso de Cernuda o a la traducción de poetas como Ezra Pound ó Cavafis. Los pleitos con el editor Carlos Barral a cuenta de la edición de alguno de sus libros ocupan buena parte de su argumentación epistolar.

Por su parte Gil de Biedma era un poeta completo y un hombre mundano. El autor de Las personas del verbo exhibe en su lenguaje un fatalismo y un tedio vital muy a tono con las posturas propias de esa “izquierda exquisita” y que eran poco más que las inquietudes intelectuales de los hijos de una renacida burguesía catalana. Sin embargo, en sus cartas a Ferraté se adivinan ecos que hablan de su gusto por la sensualidad y por oriente, paisaje y cultura que descubriría gracias a su trabajo en Manila como administrador de la compañía familiar de tabacos.

Abogado de oficio e hijo de una acaudalada familia castellana trasladada a Barcelona por negocios, su homosexualidad marcó su vida y obra de forma determinante, circunstancia que aún atenuada puede entreverse en su intercambio epistolar con Juan Ferraté.
 
Gerald Brenan – Caro Baroja

“Una amistad andaluza” es el afortunado título con el que la editorial Caro Raggio dio a conocer la correspondencia mantenida entre el antropólogo Julio Caro Baroja y el hispanista Gerald Brenan. Entre 1953 y 1970 los dos estudiosos intercambiaron opiniones, datos y referencias sobre una gran cantidad de temas de su interés y que incluyen la antropología, la literatura ó problemas cotidianos como el proyecto de Julio Caro de encontrar una casa en el sur de España.

La erudición y los contactos de Gerald Brenan, que en su juventud coqueteó con el grupo literario de Bloomsbury, le permiten cursar invitaciones a su colega Julio Caro para compartir mesa y mantel con personalidades como el escritor y antiguo espía británico Xan Fielding o con Robin Campbell, pintor a la fecha de la invitación y que durante la segunda guerra mundial dirigió un comando que pretendía asesinar a Rommel.

El autor de Al sur de Granada y el antropólogo vasco pasaron revista en los años de su correspondencia a historiadores griegos, hispanistas británicos, filósofos como Ortega o Russell, y las más diversas gentes del común, que fueron, en numerosas ocasiones, argumento central de sus obras. Gracias a la correspondencia con Brenan, Caro Baroja vislumbró, siquiera fragmentariamente, un “trocito de vida de clase alta inglesa” mientras que el autor británico pudo definir al estudioso vasco como “simpático, extremadamente inteligente, famoso por su agudeza y su discernimiento y el más brillante y erudito de su generación”.

Anaïs Nin – Henry Miller

Una apreciación superficial pudiera concluir que pocas personalidades eran más opuestas que las de Henry Miller y Anaïs Nin. Sin embargo, el calvo con gafas, como él mismo se definió, hombre de mil oficios, todos fracasados, e inconstante en sus matrimonios, supo desde la primera visita a Anaïs Nin que algo tenía en común con aquella mujer menuda y elegante que vivía en una casa llena de cuadros y libros ubicada en una zona residencial de las proximidades de París.

En los años del ascenso de Hitler y Stalin, la hija del pianista y compositor Joaquín Nin y el vagabundo Miller, se embarcaron en una relación epistolar que, desde 1931 hasta 1946, exploraría sus obsesiones comunes: los descubrimientos del yo, los viajes interiores y el lenguaje de la sexualidad.

* Periodista.

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1 Comentário

Comentarios

  1. Anna Sergueevna
    15 mayo 2014 20:16

    Extraordinaria la historia de las cartas de Stevenson y Henry James. No entiendo mucho de computadoras y menos de sitios web, pero me gustaría saber si en algún otro lado puedo encontrar otras anécdotas. Saludos. Anna Sergueevna.