Oct 7 2017
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Cultura

Che, el nacedor (fragmentos de Eduardo Galeano)

El nacedor

¿Por qué será que el Che tiene esta peligrosa costumbre de seguir naciendo?

Cuanto más lo insultan, lo manipulan, lo traicionan, más nace.

Él es el más nacedor de todos.

¿No será porque el Che decía lo que pensaba, y hacía lo que decía?

¿No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en un mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?

“El Che cometió un pecado imperdonable: Hizo lo que dijo, y dijo lo que pensó. Eso es imperdonable. En América Latina, la palabra y la acción no se encuentran nunca”

(Escrito a 45 años de la intervención del Che Guevara ante la conferencia del Consejo Interamericano Económico Social, el 8 de agosto en 1961 en Punta del Este, Uruguay).

Una planta que siempre crece, no importa si al sol o a la sombra. El nacedor ¿Por qué será que el Che tiene esta peligrosa costumbre de seguir naciendo? Cuanto más lo insultan, lo traicionan, más nace. Él es el más nacedor de todos. ¿No será porque el Che decía lo que pensaba, y hacía lo que decía? ¿No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en un mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?

Primera impresión del Che

Hay plantas, como el cacao, que crecen al sol, cuando hay, y si no hay crecen a la sombra. Escuché decir que no necesitan sol porque lo llevan dentro.

El Che era una de esas plantas, y por eso sigue siendo. De la primera vez que lo vi, en Punta del Este, hace añares, recuerdo aquel esplendor. Supongo, no sé, que era luz nacida de la fe. Y que no era fe en los dioses sino en nosotros, los humanitos, y en la terrestre energía capaz de hacer que mañana no sea otro nombre de hoy

“Che” 1957.

Campamento “El Hombrito”
(Extraído del libro “Memorias del Fuego parte III”)

En el valle del Hombrito, los rebeldes mandan. Aquí han instalado un horno de pan, una imprenta, que consiste en un viejo mimeógrafo, y un consultorio médico que funciona en un bohío de una sola pieza. El médico es Ernesto Guevara, llamado el Che, que de argentino tiene, además del sobrenombre, ciertas costumbres como el mate y la ironía.

Peregrino de América, se incorporó a las fuerzas de Fidel en México. Allí había ido a parar después de la caída de Guatemala y se ganaba la vida como fotógrafo, a peso la foto, y vendiendo estampitas de la Virgen de Guadalupe.

En el consultorio del Hombrito, el Che atiende a una caravana de niños barrigudos, casi enanos, y muchachas viejas, gastadas en pocos años de mucho parir y poco comer, y hombres que son como pellejos secos y vacíos, porque la miseria va convirtiendo a cada cual en su propia momia.

Imagen relacionadaEl año pasado, cuando la metralla arrasó a los guerrilleros a poco de llegar, el Che tuvo que elegir entre una caja de balas y una caja de remedios. No podía cargar con las dos, y prefirió la caja de balas. Ahora acaricia su viejo fusil Thompson, que es el único instrumento de cirugía en el que de veras cree.

Chana la Vieja, campesina de la Sierra Maestra, lo recordará así: Pobrecito el Che. Yo siempre lo veía con aquella carga de su asma y decía “Ay, Virgen”. Para el asma él se quedaba tranquilito, respirando bajo.

Hay persona que con el asma se pone histérica, tose y abre los ojos y abre la boca. Pero el Che trataba de amansar el asma. Se tiraba en un rincón para que el asma descanse. A él no le gustaba la lástima.

Si una le decía: “Pobrecito”, él le echaba a una una miradita rápida que no quería decir nada y quería decir mucho. Yo le preparaba algo calientico, que le pasara por el pecho y lo aliviara. Él, muy zalamero, me decía: “Ah, la novia mía”, pero de canalla que era…

La muerte del Che Guevara
(Extraído del libro “Memorias del Fuego parte III”)

Diecisiete hombres caminan hacia la aniquilación. El cardenal Maurer llega a Bolivia desde Roma. Trae las bendiciones del Papa y la noticia de que Dios apoya decididamente al general Barrientos contra las guerrillas.

Mientras tanto, acosados por el hambre, abrumados por la geografía, los guerrilleros dan vueltas por los matorrales del río Ñancahuazú. Pocos campesinos hay en estas inmensas soledades; y ni uno, ni uno solo, se ha incorporado a la pequeña tropa del Che Guevara. Sus fuerzas van disminuyendo de emboscada en emboscada.

El Che no flaquea, no se deja flaquear, aunque siente que su propio cuerpo es una piedra entre las piedras, pesada piedra que él arrastra avanzando a la cabeza de todos; y tampoco se deja tentar por la idea de salvar al grupo abandonando a los heridos.

Por orden del Che, caminan todos al ritmo de los que menos pueden: juntos serán todos salvados o perdidos. Mil ochocientos soldados, dirigidos por los rangers norteamericanos, les pisan la sombra. El cerco se estrecha más y más. Por fin delatan la ubicación exacta un par de campesinos soplones y los radares electrónicos de la National Security Agency, de los Estados Unidos. La metralla le rompe las piernas.

Sentado, sigue peleando, hasta que le vuelan el fusil de las manos. Los soldados disputan a manotazos el reloj, la cantimplora, el cinturón, la pipa. Varios oficiales lo interrogan, uno tras otro. El Che calla y mana sangre. El contralmirante Ugarteche, osado lobo de tierra, jefe de la Marina de un país sin mar, lo insulta y lo amenaza.

El Che le escupe la cara. Desde La Paz, llega la orden de liquidar al prisionero. Una ráfaga lo acribilla. El Che muere de bala, muere a traición, poco antes de cumplir cuarenta años, exactamente a la misma edad a la que murieron, también de bala, también a traición, Zapata y Sandino.

En el pueblito de Higueras, el general Barrientos exhibe su trofeo a los periodistas. El Che yace sobre una pileta de lavar ropa. Después de las balas, lo acribillan los flashes. Esta última cara tiene ojos que acusan y una sonrisa melancólica. Creía que hay que defenderse de las trampas de la codicia, sin bajar jamás la guardia.

Cuando era presidente del Banco Nacional de Cuba, firmaba Che los billetes, para burlarse del dinero. Por amor a la gente, despreciaba las cosas. Enfermo está el mundo, creía, donde tener y ser significan lo mismo. No guardó nunca nada para sí, ni pidió nada nunca. Vivir es darse, creía; y se dio.

 

Un viaje dictado por el sentido común

(Nota enviada por Eduardo Galeano al Programa Memoria del Mundo de la UNESCO avalando la inclusión de los Archivos Documentales Vida y Obra de Ernesto Che Guevara, conservados por el Centro de Estudios)

El archivo documental que guarda la vida y la obra del Che Guevara será, sin duda, un muy valioso aporte al Registro de la Memoria del Mundo. Los documentos encontrarán, allí, una casa merecida.

Al fin y al cabo, éste era un viaje dictado por el sentido común.

Nadie ignora que el Che es un símbolo universal, celebrado en los más diversos lugares y cantado en las más diversas lenguas. Su memoria se enciende y crece, porque ella encarna la energía de la dignidad humana, porfiadamente viva, mal que les pese a los indignos del mundo.

El Che, vencido, derrota al olvido cada día.

*Eduardo Galeano, periodista y escritor uruguayo, autor entre muchos otros textos de Las Venas Abiertas de América Latina, falleció en 2015

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