Oct 8 2007
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Política

Che. – LA VIDA POR LA REVOLUCIÓN

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

A cuarenta años de su fusilamiento el Che sigue siendo un icono de la historia moderna.

La fascinación universal por la figura del Che Guevara continúa casi intacta cuarenta años después de su fusilamiento en una aldea del oriente boliviano.

El origen último de esta seducción pertenece a la formación de los mitos y hundiendo sus raíces en el inconsciente colectivo, siendo, por tanto, difícil de desentrañar. En su formación pueden indagarse, sin embargo, algunos elementos claros.

El primero, la capacidad del comandante guerrillero de ser consecuente con su ideario personal hasta sus últimas consecuencias.

El sacrificio, la voluntad, a veces ingenua, que logra imponerse a la realidad son una constante en su vida, desde que siendo niño y aquejado de asma, decidió convertirse, a base de tesón, en un joven activo y deportista. Buena parte de su existencia se desarrolló en la clandestinidad lo que contribuyó a que su biografía se llenara de datos no comprobados, de medias verdades o mentiras flagrantes utilizadas con distinta intención.

Ernesto Guevara de la Serna parecía destinado, desde su llegada al mundo, a convertirse en un mito. Su acta de nacimiento y la de defunción son, por distintos motivos, falsas, resumiendo este hecho una de las existencias más apasionantes y controvertidas de los tiempos modernos.

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La frase en clave “Dile buen día a papá” emitida por radio desde el alto mando del ejército boliviano, decidió el destino de aquel guerrillero flaco, enfermo, de pelo y barba enmarañados que esperaba atado su suerte en la vieja escuela de adobe y cañas, en la aldea de La Higuera. El grupo de guerrilleros había caído en una emboscada tendida, un día antes, en una quebrada próxima por unidades de elite del ejército boliviano.

Se ha escrito mucho sobre lo que de verdad pasó en aquellas últimas jornadas, al parecer desesperadas, en la exigua columna del Che Guevara.

No parece descabellado pensar que el legendario comandante intuyera la tragedia que se avecinaba. De sus escritos de última hora se desprende esta intuición fatal, reforzada por el hecho de que el grupo contravenía con sus actos las más elementales reglas de la lucha guerrillera, avanzando a campo descubierto sin saber qué les aguardaba, sin el apoyo de los campesinos y siendo conscientes de que el ejército rastreaba de cerca todos sus movimientos.

Chesucristo, la conversión popular

A las 13:10 del 9 de octubre, el siguiente al combate en la quebrada, el soldado Manuel Teran, que se presentó voluntario para la ejecución, acabó con la vida del Che con dos ráfagas que trataron, por órdenes recibidas, de evitar su cara. Tenía 39 años. Desde el mismo momento de su muerte su vida entró en la leyenda.

Trasladado en helicóptero hasta la cercana localidad de Vallegrande fue depositado en el lavadero del hospital donde algunas enfermeras se encargaron de lavarlo antes de ser exhibido como un trofeo ante la prensa de todo el mundo hasta allí desplazada.

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Su cuerpo castigado y magro, las barbas y el pelo largo, sus enormes ojos, que nadie se había tomado la molestia de cerrar, y que, parecían aún más grandes en el óvalo huesudo de su cara, sus pies, enfundados en un cuero sin trabajar, trajeron la lógica impresión en el ánimo de aquellas mujeres. Se cortaron mechones de su cabellera y la palabra “Jesucristo” se pronunció con reverencia.

En la mejor tradición cristiana el cuerpo del legendario guerrillero tardó en corromperse alimentando el pábulo que corría por la pequeña localidad de provincias que era y es Vallegrande.

Hoy día los mendigos de esta localidad piden a los forasteros su limosna en nombre del Che y en su nombre dan las gracias o maldicen la escasa generosidad de los interpelados. El nombre de Chesucristo ha hecho fortuna en la localidad a la que la muerte del comandante puso en el mapa global de los grandes acontecimientos.

Superada la barrera del año dos mil, Vallegrande sigue siendo una polvorienta localidad de provincias en medio de la nada, a la que se llega, en época seca, después de transitar durante horas por una carretera de ripio. La aldea de La Higuera a más de cuarenta kilómetros hacia el sur montañoso es poco más que media docena de casas de adobe, cubiertas con grandes tejas, ubicadas a la vera de la quebrada del Yuro.

Dos pintadas resumen un sentir latente. La primera, en Vallegrande, en su plaza central, que semeja un adormecido pueblo castellano: “El Che, vivo como nunca lo quisieron” y la segunda, en La Higuera, muy repetida: “No a la comercialización del Che”.

Una frase que adquiere todo su sentido cuando se comprueba que en la reconstruida escuela se venden frasquitos que afirman contener sangre y tierra o cuando los testigos de su apresamiento y muerte se multiplican como hongos intentado cobrar por repetir un testimonio a medida.

En julio de 1997 Vallegrande volvió a entrar en la geografía de la leyenda. En los alrededores del aeródromo militar se encontró, después de larga búsqueda, una fosa común. En ella junto a otros restos apareció el esqueleto de un hombre sin manos. El Che no resucitaba al tercer día, sino a los treinta años. La fe en la revolución continuaba viva.

El niño asmático

Ernesto Guevara de la Serna nació el 14 de mayo de 1928 en la ciudad argentina de Rosario, en el seno de una familia acomodada. Su infancia y primera juventud estuvieron marcadas por el asma, una enfermedad que condicionaría su vida y que aprendió a dominar con su mejor arma, una voluntad férrea.

En su primera juventud nada hacía sospechar su posterior trayectoria. El gusto por el aire libre y los deportes revelaba al muchacho activo, despreocupado de su atuendo, seductor e independiente. Otra costumbre nacida en su adolescencia le acompañaría toda su vida: su pasión por la lectura que le llevó a disfrutar de una amplia cultura heterodoxa.

Antes de acabar sus estudios de medicina Ernesto se embarcó en una aventura junto a su amigo Alberto Granado que le llevaría a recorrer buena parte de América del Sur, primero en moto y después en cualquier medio de locomoción disponible, caminatas incluidas. Aquella experiencia, verdaderamente iniciática, cumplió el requisito exigible a cualquier viaje digno de tal nombre. Un Guevara salió de su casa y otro, muy distinto, fue el que retornó a Buenos Aires ocho meses más tarde.

Antes de su partida ya latían en su interior, de manera difusa, preocupaciones sociales. El contacto con la poliédrica realidad americana tuvo para Guevara nombres y apellidos, en la carretera primero, y más tarde en el leprosario peruano donde atendió a los enfermos, o en las minas de cobre de Chuquicamata, en el árido Chile del norte. Su travesía no se llenó de paisajes y puestas de sol sino de conversaciones y fatigas y permitió por primera vez a Guevara poner nombre a lo que latía en su interior.

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Ningún encuentro personal sería tan decisivo para el futuro del joven argentino como su entrevista con Fidel Castro, ocurrida en la ciudad de México, un siete de julio de 1955. A pesar de que la personalidad de Castro, un líder nato, ambicioso, astuto y pragmático era casi la antítesis de un Guevara callado, observador y ansioso de ejercer la camaradería en grupo, la reunión fue determinante.

El largo y exitoso camino de lucha contra la dictadura cubana de Fulgencio Batista comenzaría en aquel piso que los insurgentes mantenían en la calle Emparán 49 del centro de la capital mexicana.

La suerte estaba echada y el camino, al menos sobre el papel, parecía despejado. Las primeras semanas de lucha en la Sierra Maestra no tuvieron, sin embargo, la épica cantada a posteriori por los cantautores revolucionarios. El fango, la lluvia, los errores de bulto, el acoso del ejército regular y la falta de coordinación fueron el denominador común de unos días en los que la añorada revolución cubana fue tan frágil como un recién nacido.

Con la superación de las primeras semanas el movimiento revolucionario pasó de bebé indefenso a joven aguerrido, alcanzando su mayoría de edad en los primeros días de 1959, cuando los irregulares comandados por Ernesto Guevara ocuparon la ciudad de Santa Clara. En esas mismas fechas Batista huía a Estados Unidos y muy poco después La Habana se convertía en la capital de los barbudos.

Del fusil al libro

En aquellos días tempestuosos, de euforia y preocupación para el mundo exterior, el escritor británico Graham Greene publicaba, como si de una premonición se tratara Nuestro Hombre en La Habana. Con la caída de la dictadura de Batista el Che Guevara pasaba a convertirse en Fiscal General del Estado con poder sobre la vida y la muerte de los centenares de acusados recluidos en la fortaleza colonial de La Cabaña.

Las publicaciones anticastristas han pregonado que en esos meses se vivió un auténtico terror jacobino en la capital de Cuba con juicios amañados y ejecuciones sumarísimas. El periodista norteamericano John Lee Anderson, uno de los últimos biógrafos de Guevara, sostiene que los casos de violencia sectaria fueron esporádicos y que la gran mayoría de ajusticiados fueron condenados después de procesos legítimos, con abogados defensores, testigos, fiscales y público.

La toma del poder en La Habana fue sólo el primer paso. Organizar la isla caribeña conforme a los dictados revolucionarios fue una complicada tarea en la que Cuba no podía sustraerse a la dinámica de bloques enfrentados imperante en aquellos años. Kennedy y Jrushev, Estados Unidos y la URSS, vieron en la revolución cubana un pretexto más para medir el alcance de sus fuerzas. En estos días el Che, reconvertido de guerrillero en alumno, devoraba textos de política y economía con un objetivo prioritario en el horizonte: la reforma agraria.

Fue también en estas fechas cuando se publicó una obra clásica de su pensamiento: La guerra de guerrillas. Este libro, concebido como un manual práctico, contenía su aportación fundamental en la materia basada, grosso modo, en que un grupo decidido de hombres, con las técnicas adecuadas y apoyados por el campesinado, podían derrotar a un ejército regular moderno, alcanzando de esta forma el poder político. Esta reflexión sería el eje de la vida posterior de Guevara, la que trató infructuosamente de poner en marcha en el Congo, y la que en su desarrollo le costaría la vida, años más tarde en Bolivia.

Con la asunción de responsabilidades políticas llegaría para el Che una época de estudio, fuera del campo de acción directa en el que tan bien se había desenvuelto. Como presidente del Banco Nacional de Cuba supervisó el desmantelamiento de las estructuras capitalistas de la isla. No quiso a pesar de ello, perder el contacto con el pueblo trabajador. Iniciativa suya fueron las jornadas de “trabajo voluntario” en las que participó personalmente.

La austeridad extrema fue su norte negándose, por ejemplo, a que su primera mujer, Aleida, le acompañara en los viajes oficiales. Fue en esta etapa cuando comenzaron a aflorar rasgos mesiánicos en su liderazgo así como una conciencia fatalista de su destino. La frugalidad en lo cotidiano, la estricta monogamia y el gusto por la lectura, las matemáticas y el ajedrez, llevaron a Piñeiro Losada, uno de los puntales del castrismo en la sombra, a declarar que el Che “tiene algo de misionero”.

Revolución internacionalista

Aunque jamás lo confesó en público a la vuelta de su primer viaje a Moscú se mostró ante sus íntimos desencantado por el ambiente de privilegios en el que vivían los miembros de la nomenklatura soviética. El fracaso de la administración Kennedy, en Bahía Cochinos, al promover la abortada invasión de la isla por mercenarios anticastristas, reforzó el compromiso del Che con la revolución internacionalista.

El dilema aparecía en la conciencia de Guevara al considerar que el comunismo maoísta chino, más vinculado al campesinado y promotor de revoluciones fuera de sus fronteras, se ajustaba mejor a sus ideales que las doctrinas marxistas leninistas exportadas por Moscú, más vinculadas a la dictadura del proletariado y que a esas alturas defendían la necesidad de la coexistencia pacífica con el occidente capitalista.

En 1962 cubanos y soviéticos acuerdan la instalación de misiles de alcance medio con capacidad para transportar cargas nucleares en la isla caribeña. Los aviones espía norteamericanos no tardaron en aportar pruebas del despliegue estratégico. Durante semanas el mundo vivió al borde de la tercera guerra mundial, evitada, in extremis, cuando Jrushev decidió unilateralmente la retirada de los misiles.

Los revolucionarios cubanos se sintieron utilizados y vivieron aquella decisión como una traición. En las calles de La Habana triunfó el lema “Nikita, mariquita lo que se da no se quita” y en la determinación del Che se hizo firme la opción de internacionalizar la revolución socialista en el Tercer Mundo.

En diciembre de 1964 el Che desaparece de Cuba reapareciendo, meses más tarde, en el Congo, inmerso en la lucha anticolonialista. Atrás dejaba a su esposa, Aleida, a sus hijos, su ciudadanía cubana con el grado de comandante y el puesto de ministro, además de amigos y camaradas. El regreso a Cuba era impensable. En una carta dirigida a sus padres en aquellas fechas se encuentra una descripción que revela su pensamiento cuando señala “otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo”.

La estrategia de la guerra de guerrillas elaborada por el Che se hundió en el cenagal que representaban los diferentes intereses en pugna en esta parte de Africa. La falta de disciplina y unidad de las tropas congoleñas fueron un mal tan endémico como la malaria o la gastroenteritis.

Un factor no previsto por el Che se reveló como básico a la hora de poner en práctica la acción guerrillera. Las barreras culturales fueron casi insalvables entre la dotación cubana, disciplinada, jerárquica y educada en el socialismo revolucionario y los irregulares africanos, mal pertrechados y pendientes en todo momento de su compleja realidad nacional. Al final la división en tribus, clanes, etnias y categorías sociales acabó por dinamitar el ingente esfuerzo cubano poniendo fin al Movimiento de Liberación del Congo.

Bolivia

Refugiado en Praga, con la coordinación de los servicios secretos cubanos y checoslovacos se estudio la posibilidad de abrir un nuevo frente internacional. Fue así como se decidió recuperar la vieja idea de convertir al espinazo de los Andes en la Sierra Maestra de América del Sur. Bolivia con su situación estratégica cumplía uno de los requisitos del “foquismo”, la doctrina política defendida por Guevara consistente en abrir gran cantidad de frentes revolucionarios en el Tercer Mundo, lo que, en su interpretación conduciría al colapso del capitalismo.

El anhelo de convertir Bolivia “en un nuevo Vietnam”, según su propia expresión, fue su meta. Sin embargo, la posibilidad de poner en marcha una campaña de resistencia nacional a la penetración estadounidense, a imitación del país del sudeste asiático, se reveló como poco más que una quimera.

El Che se quejó desde los inicios de la gran dificultad de reclutar guerrilleros en el país del cóndor y los Andes. La red de apoyo y logística, que había costado gran cantidad de esfuerzos en su preparación y coordinación, se reveló muy vulnerable en cuanto surgieron dificultades.

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El maquiavelismo del Partido Comunista peruano, los intereses personales de alguno de sus dirigentes dictados, en ocasiones, desde un Moscú poco interesado en abrir nuevos frentes, los aciertos en la lucha contrainsurgente de un ejército asesorado al detalle por los Estados Unidos, son factores que se repiten a la hora de explicar el por qué del fracaso de la iniciativa del Che en Bolivia. El hecho es que las páginas del último diario de Guevara están llenas de alusiones a la fatiga, al hambre y a la falta de salud que padecieron él mismo y sus hombres durante aquellas jornadas.

Con sus fuerzas divididas, con los campesinos convertidos en involuntarios confidentes y con buena parte de sus hombres capturados o muertos, el Che comandaba un grupo de 17 guerrilleros cuando la noche del 7 de octubre de 1967, “con una luna muy pequeña” según la describe en su diario, se adentró en una estrecha quebrada muy próxima a la aldea de La Higuera, en el profundo sur de Bolivia. Horas más tarde la fotografía de su cuerpo exánime daría la vuelta al mundo.

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* Periodista, viajero impenitente.

sol2001@euskalnet.net.

Addenda
Una semblanza, apenas más que anecdótica, pero de indudable valor para iniciar un acercamiento al Che, puede leerse, escrita por Camilo Taufic, en Piel de Leopardo aquí.

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