Sep 12 2006
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Política

Chile: conmemoración y quiebre. – REVOLUCIÓN, REFORMISMO. TÉRMINOS A REDEFINIR

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

La imagen más exacta de las (des)encontradas pasiones y significado real del 33o aniversario del golpe de Estado y muerte de Salvador Allende la dieron militantes y simpatizantes del Partido Comunista chileno, que optaron por dividir el domingo 10 de setiembre de 2006 a la nutrida columna de quienes caminaban en romería al Cementerio General de Santiago.

El hecho se produjo a orillas del río Mapocho, frente a la entrada de la Avenida de la Recoleta, escenario –por otra parte– de una de las avanzadas más represivas de las fuerzas policiales. Alrededor de una docena de buses con tropas, motociclistas, caballería, carros lanza agua y camionetas lanza gases, que con su accionar convertían la calle en una suerte de caricatura de Dachau, más varias decenas de policías de a pie apostados en las bocacalles, fueron los encargados de “mantener el orden”.

El aniversario del putsch militar-cívico de 1973 debió ser moderadamente optimista: el recién instalado gobierno de Michelle Bachelet ha tomado en serio la necesidad de invertir en asuntos sociales. Las medidas en plena marcha sobre protección a la primera infancia y la educación pre escolar son, lejos, las mayores acciones estatales desde aquellas que propició la Unidad Popular entre 1971 y setiembre de 1973. Finalmente un político –una política– que camina por la senda de sus promesas.

Tomará tiempo hasta que la sociedad logre palparlas, pero bastaron para que un buen sector de la derecha política –y toda su expresión empresaria e intelectual detrás– se apresurara en recordar que se trata de una presidente “socialista” y batiera agoreramente –aunque todavía con poca fuerza– los tambores callados desde la “campaña del terror”.

No son esas medidas las que se combaten a diario, sin embargo. Ciertas acciones de gobierno no pueden explicarse –ni denostarse– con frases cliché o consignas efectistas. Otras sí, como, por ejemplo, la voluntad del Estado de poner atajo a la preñez adolescente. Tanto como 70.000 niñas apenas empinadas sobre los 13 o 14 años –y todavía menores– esperan un hijo en Chile en este mes de setiembre. Algunos expertos piensan que su número puede ser sensiblemente mayor: no es asunto fácil para la estadística.

El gobierno resolvió en consultorios y centros médicos poner a disposición de las mayores de 14 años la “píldora del día después”; las muchachas pueden retirarla sin necesidad de llevar la autorización de sus padres. Los alcaldes de oposición se niegan a que los consultorios en sus comunas lo hagan. La Iglesia Católica puso “grito en el cielo”. La comunidad cristiana protestante, en cambio, optó por declaraciones en defensa de la vida y la dignidad, sin cuestionar la medida gubernamental; las iglesias evangélicas han penetrado profundamente en los sectores más pobres y sus ministros conocen bien la problemática allí imperante.

Muchos políticos de la Democracia Cristiana –partido integrante de la coalición de gobierno–, incluso su presidenta, la senadora Soledad Alvear, se alinearon conjuntamente con la derecha y la Iglesia romana. Pocas veces en la historia de Chile un gobierno leva anclas con una tan grosera oposición, si exceptuamos el de Allende. Los tribunales han aceptado la idea de proceder a analizar si cabe o no oponerse a la medida.

El aciago día 10

Desde la mañana del domingo familias, jóvenes, estudiantes, profesores, agrupaciones culturales, improvisados conjuntos musicales, delegaciones de la Juventud Comunista, del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, de las mujeres recolectoras de frutos silvestres –que se destinan fundamentalmente a la exportación–, grupos anarquistas, en fin, se dieron cita a pocas calles de La Moneda para marchar hacia el Cementerio General. Allí, frente a la entrada al Memorial por los asesinados y desaparecidos durante la dictadura, se efectuaría –y se efectuó– el acto central.

A poco iniciarse la larga caminata, frente al edificio de la empresa de comunicaciones ENTEL, comenzaron lo que en principio se llamó desórdenes y luego vandalismo: tres anarquistas rompieron a martillazos los plásticos ornamentales adyacentes a la escalinata del edificio. Otros –y también militantes de distintos movimientos– pintaban y dibujaban consignas. Animaba y animó un coro de integrantes de la barra del equipo de fútbol Universidad de Chile; pronto la marcha Celebraremos cuando muera Pinochet era coreada por un gran número de asistentes.

Según avanzaba la multitud los jóvenes anarquistas –dejado atrás el edificio de ENTEL– las emprendían llenos de ruido y furia contra la fachada del Ministerio de Educación, bancos y otras entidades representativas del sistema. Nadie parecía alarmarse por ello. La barra fubolera continuaba cantando.

No corresponde a un cronista justificar o demonizar las conductas; su deber es intentar explicarlas. El intento no es grato.

Diría un publicista que los asistentes más jóvenes pertenecían en un 85% a los grupos C bajo y D; esto quiere decir los más pobres de la sociedad chilena. Quizá no sea inútil querer describir algunos aspectos de la vida de estos muchachos y muchachas.

Desde luego no tienen acceso directo al Metro –tren de transporte público de pasajeros a ratos subterráneo, a ratos a ras del suelo– que ogulloso y caro entrecruza Santiago, pero sin líneas que cubran las poblaciones de la periferia citadina. Y si tuvieran acceso, como a los habitantes que sí lo tienen de poco les serviría. El Metro sólo opera hasta las 22.20. Quienes, por ejemplo, estudian o trabajan de noche, o van a las funciones nocturnas del cine o teatro, o por alguna razón resuelven tomar un café con amistades hasta después de esa hora, quedan de a pie. La movilización colectiva en buses “se apaga” cerca de la medianoche. Herencia de los días dictatoriales.

Las muchachas y muchachos de esas poblaciones y barrios periféricos tampoco cuentan con establecimientos educacionales dignos –cuando los tienen cerca–; son colegios y liceos en ruinas, con vidrios rotos o faltantes, que se llueven y carecen de calefacción en invierno. No todos, de cualquier modo, estudian: sus padres no disponen de dinero para comprarles ropa adecuada, libros, cuadernos. Por trabajos menores en Chile no se percibe un sueldo superior, en el mejor de los casos, a unos $ 200.000 (el euro se cotiza a poco más de $ 670,00, el dólar estadounidense a unos $ 585.00). Son familias de no menos de cinco personas, a las que se debe sumar los parientes o amigos allegados.

Estas muchachas y muchachos son pasto del narcotráfico. El comercio de pasta base, pese al esfuerzo de la judicatura, fiscales y policía, es floreciente en la periferia –y también en el centro, no se crea que no–. Son, además, discriminados por las fuerzas del orden, que suele efectuar “razzias” en las poblaciones a la caza de narcos. No siempre cazan al narco, pero con demasiada frecuencia un grupo de chicos y chicas es perseguido y golpeado o detenido por –no cabe otra manera de decirlo– portación de rostro sospechoso.

Conviene también señalar que diferentes testes realizados por las autoridades educativas indican que una mayoría de los estudiantes secundarios –no sólo los pobres, pero especialmente entre los pobres– son virtualmente analfabetos: no comprenden lo que leen, son incapaces de articular una frase completa inteligible. La libertad de enseñanza –que no debe confundirse con libetad de educación– ha hecho crecer como callampas tras la lluvia decenas, cientos, quizá miles de colegios y liceos sin bibliotecas, laboratorios, instalaciones deportivas… (Bueno: las bibliotecas no son tampoco lo que más puede enorgullecer a las universidades, dicho sea entre paréntesis).

Quizá por estas rzones, y porque saben que no podrán jamás optar a un trabajo bien remunerado –el trabajo bien remunerado es escaso en Chile– la rebeldía juvenil adquirió un carácter extremadamente violento. Violencia aupada por el hecho de que los procesos y las investigaciones contra los asesinos de ayer se estiran interminablemente. O porque es público que los condenados –altos jefes militares– podían salir, recibían visitas “de toda la noche”, jugaban tenis y contaban con acceso a la internet. Todo por cuenta del Estado.

Los anarquistas, pues, rompieron vidrios. Cuando la marcha pasaba frente a La Moneda alguien arrojó una minimolotov cuyo combustible ardió en una de las ventanas del primer piso del edificio. Muchos gritaron: “¡A La Moneda no, locos!”

Y entonces comenzó lo bueno. Un grupo de carabineros (policía uniformada) con cascos, escudos, chalecos antibalas –las cámaras filmaban desde otra parte– asomó por la esquina del edificio. Fue una provocación. Por lo menos un desatino. Nadie dejó de silbar y enviarles recuerdos al linaje materno. Algunos usaron piedras. La delantera de la marcha había llegado al monumento a Salvador Allende. Apareció un lanza agua –guanaco en el lenguaje popular–. Decenas de empapados.

Voceros de la Juventud, o del partido, Comunista quisieron dialogar con la policía mientras otros la emprendieron a palos –literalmente– con los exaltados, que eran, cómo no, anarquistas. Se escucharon muchas voces en contra de esa agresión, cito textual: “¡Maricones, vayan a pelear con los pacos!” Y otras: “El pueblo unido avanza sin partidos”. Los anarquistas continuaron su tarea de romper vidrios y pintar frontis. Los agrupados en torno de los estandartes del PC redujeron la velocidad de su paso. De hecho la columna se partió en dos segmentos en calle Morandé. La policía se hizo presente –sin gases. sólo con agua– en alguna esquina. Los anarquistas desarmaban las vallas metálicas de contención y algunos las emprendieron contra los letreros de señales del tránsito. Contra unos pocos semáforos lo harían más tarde.

Al llegar a la calle San Pablo la distancia entre las columnas era de casi una cuadra. Entonces se vio como cientos de personas de toda edad y condición abandonaron el alero del PC y avanzaron, algunas muchachas incluso corriendo, para integrarse a la de los “malvados vándalos”. Nunca antes había sucedido algo así.

Al cruzar el río, la columna separada en dos secciones se convirtió en una caminata de dos columnas separadas. Cada una lo cruzó por un puente diferente. La columna que incluía a los anarquistas debió enfrentar una fuerte represión –ahora sí con gases y en la que un carabinero fue alcanzado por otra minimolotov que se quebró a sus pies, por fortuna sin mayores consecuencias–. La gente huyó, pero se volvió a agrupar y se continuó la marcha ahora ya por la comuna de Recoleta, recta final hacia el cementerio.

Recoleta es una zona de casas pobres donde vive gente pobre. De las ventanas arrojaban limones, que tienen fama de ayudar a pasar los efectos de los gases lacrimógenos, que ciegan –dejan sin poder ver– durante algunos minutos a las personas. Las muchachas anarquistas, algunas muy jóvenes, recogían los limones para repartirlos después, junto con ácido bórico –que protege los ojos– a quiénes vieran afectados. Carabineros hizo todavía dos ataques –no hay otra forma de describirlo– contra la columna. Alguien diviso a lo lejos a la policia montada. “Si vienen a caballo hay que saltar, compañeros”, se extendió la consigna. A los caballos no les gusta que la gente salte frente a sus narices.

Probablemente los carabineros lo sabían, porque no se acercaron. Una señora, muy anciana, llevaba la foto de alguien –un detenido desaparecido, quizá su hijo, o su marido–. Caminaba a duras penas con un raido por viejo abrigo de color gris. “Hay que enfrentar la represión”, decía. Un par de muchachos se le quedaron cerca.

Llegados al cementerio, mientras otra anciana, más entera físicamente, pronunciaba un discurso mil veces oído –lo que no quiere decir que sea inútil, sólo se llama la atención– anarquistas y comunistas discutían con calor que más de una vez pasó al golpe de puño: privilegio de la juventud. Puede que sea una mera impresión del cronista, pero nos pareció que el universo de personas no militantes simpatizó más con el anarquista. Tal vez porque uno de los que habló dijo que era un ex comunista.

Otros les reprocharon a los militantes de ese partido “haber ido a tomar el te con la derecha”. El PC busca un modo de llegar al congreso reformando la ley electoral.

La policía irrumpió en el cementerio con sus carros lanza gases –zorrillos en la jerga– y guanacos. Muchos lloraron sobre tumbas de desconocidos los efectos del lacrimógeno. Setiembre no fue un buen mes: la brisa habitual que trae la primavera estuvo ausente.

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