Jun 9 2009
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Sociedad

Chile corrupto

Wilson Tapia Villalobos*

La corrupción es un algo extraño para los chilenos. Entre que nos obnubila y fascina. Cuando se aborda el tema, la reacción es de rechazo casi unánime. Nos molesta, provoca inmediata censura, hasta repulsión. A la vez, nos sentimos contentos por no tenerla entre nosotros. Antes, estas dos reacciones las resumía una frase: pobres, pero honrados.

Hoy las cosas parecen haber cambiado. La felicidad fue arrasada por el éxito. El interés general quedó avasallado por un individualismo feroz. La avaricia provocó una crisis económica de la que el mundo aún no se recupera. Y aquel denostado “el fin justifica los medios”, pareciera no erizar conciencias como lo hacía antaño.

Sin duda estamos en un tramo de la Historia en que los cambios en los valores no terminan de dibujarse nítidamente. Es una especie de tierra de nadie, donde todo se mide en metálico. Como si el éxito fuera el fin y no un medio. De allí aparecen secuelas en los comportamientos sociales. La corrupción resulta un compañero indeseado, pero compañero al fin. Eso es lo que muestran las cifras de una encuesta realizada por Ipsos y Chile Transparente, como parte de la medición mundial Barómetro Global de la Corrupción, de Transparency International.

El 55% de los chilenos encuestados considera que la corrupción llegó y se instaló en el país. De ellos, el 45% le carga las responsabilidades al gobierno. Otro 35% cree que todo es cuestión de los mismos ciudadanos y un 20% consideró que la base está en el sector público.

Entre las instituciones más corruptas, los chilenos consultados ubicaron en el primer lugar a los partidos políticos, seguidos de cerca por el Poder Judicial, los funcionarios públicos, la empresa privada y los medios de comunicación.

Si se mira un poco más allá de las cifras, la encuesta también entrega luces acerca de cómo estaría siendo manipulada la opinión pública. En el resto del mundo, la empresa privada es considerada una de las responsables directas de la corrupción. En Chile, en cambio, a este segmento se le atribuye una importancia secundaria.

¿A qué podría deberse tal diferencia? Sin duda, la concentración del poder económico y comunicacional que existe en el país beneficia a una sola vertiente ideológica. Ésta, claramente, se encuentra vinculada de manera estrecha a los grupos económicos más importantes del país. De allí que a la hora de hablar de manejos poco claros o derechamente corruptos, la empresa es protegida con un manto de silencio por la prensa. Cuando, en realidad, para que haya corruptos tiene que haber corruptores. Y éstos generalmente son personajes que buscan sacar ventajas de la decisión de algún funcionario.

Esta es la cara fea del Chile corrupto. Pero hay otra cara. La que nos deja lejos de los índices de corrupción de nuestros vecinos de América Latina. Que nos ubica entre las naciones con manos más limpias en el mundo, aunque sea en un lugar secundario. Es la cara que fascina.

De cualquier manera, lo que están viendo los chilenos es que la corrupción irrumpió aquí. Es un fenómeno relativamente reciente, al menos en los niveles más significativos del cuerpo social. El general Pinochet no sólo murió con el baldón de ser un dictador cruel, sino además, con la acusación de haber robado dinero al Estado. Una acusación inédita entre quienes ejercieron alguna vez el poder político en Chile. Electos democráticamente, o autoimpuestos por la fuerza de las arma.

No es cosa de barrer la mugre debajo de la alfombra de la dictadura. Esa es una actitud demasiado recurrente en los últimos veinte años. Hay que reconocer que ante este tipo de latrocinio, la justicia, ya en democracia, no fue capaz de actuar como tal. El dictador deshonesto nunca fue condenado. Las artimañas de que se valió el aparato judicial fueron variadas. Y en ello recibió la ayuda cómplice de la estructura política. Esa es una forma de corrupción.

Como lo es aceptar como democráticas conductas absolutamente reñidas con la realidad de tal sistema. Es afirmar que se hará justicia, “en la medida de lo posible”, en el caso de los atropellos a los derechos humanos. Es aceptar que las instituciones armadas mientan descaradamente respecto de los detenidos desaparecidos. Es cerrar los ojos ante legislaciones que salen del Parlamento para beneficiar a determinados sectores. Es mirar hacia el lado cuando en Chile el derecho de propiedad es más importante que el derecho a la vida o que la igualdad ante la ley.

Sí, estamos mejor que los vecinos. La corrupción no es generalizada. Todavía se duda ante la posibilidad de ofrecer coima a un policía. Pero muchos piensan que es cuestión de tiempo. Ese tiempo hay que aprovecharlo rechazando las acciones ilegítimas, cualquiera sea su autor. No sólo es cuestión de honradez. Es respeto por el ser humano. Amor por los semejantes.
 

* Periodista.

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