Feb 27 2016
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OpiniónPolítica

Chile: La frágil epidermis de la cleptocracia

Bachelet visita un asilo psiquiátrico…”Dígame, le pregunta al director del asilo, ¿Cómo sabe cuando un paciente ha sanado?” Muy simple, responde el director, hacemos el test de la tina del baño. La llenamos de agua y ponemos al lado una cuchara y una taza. Luego vemos cómo hace el paciente para vaciar la tina. “Ah ya veo –dice Bachelet– si está sano usa la taza.” ¡No!, replica el director, saca el tapón del fondo de la tina…”

Si hay algo que, junto con el hilo negro y sentarse en las nalgas, es tan viejo como la vida en sociedad, es el humor que ayuda a sobrellevar los períodos negros, el sufrimiento, la insoportable ausencia de la libertad.

A lo largo de la Historia los tiranos y los malos gobiernos siempre fueron objeto de los sarcasmos de las víctimas de su arbitrariedad. El humor, muchas veces subterráneo y siempre perseguido, ha sido frecuentemente el arma de los desarmados. Impregnada de ironía y de sarcasmo, la sátira es una forma literaria utilizada desde la Antigüedad para ejercer una crítica, muchas veces demoledora.

La sátira es un ataque en regla a una realidad que el autor desaprueba, usando el arma de la inteligencia.

En POLITIKA, El Rincón del Afilador se pretende heredero de esa sana práctica. Aprovechando, entre otros, las declaraciones de la cleptocracia que nos gobierna. Hay que confesar que nos facilitan el trabajo. No hace falta mucha chispa para cachondearse de declaraciones como la de Jorge Pizarro: “La nueva constitución no tiene por qué ser de Golpe.”

En la línea de los tiranos que no soportan el sarcasmo, Ricardo Lagos y El Mercurio han manifestado su delicada intolerancia al humor que hace las delicias del público de la Quinta Vergara.

En “el evento cultural más importante de América Latina” (otro chiste) los humoristas, tal vez inquietos ante la reacción no siempre afectuosa del “monstruo”, se la auto pusieron fácil: subieron al columpio a los políticos corruptos. Corriendo el riesgo, como dijo uno de ellos, de terminar cada rutina por la madrugada, a la hora en que canta el gallo. Hasta donde uno sabe tenemos 120 diputados, 38 senadores y 23 ministros, para no hablar de la “presidenta” y su familión, amén de no pocos alcaldes. Les quedaría tema para Viña 2020.

El Mercurio la juega en plan Sabio del Consejo de Ancianos: el humor sin control, sostiene, puede desatar el nihilismo que le abre campo a algún demagogo prometedor de utopías.

Como suele ocurrir con El Mercurio, para analizar la frase hace falta un libro. De entrada, al Mercurio le gusta el “control”, ese control cuya máxima expresión es la “democracia protegida” impuesta en dictadura y remozada por… Ricardo Lagos.

El nihilismo, corriente filosófica que niega toda creencia y todo principio moral, religioso, político o social, es asimilado por El Mercurio al anarquismo, al desorden, al cuestionamiento de la cuestión que subyace en toda visión crítica que se aleja de la palabra revelada. La ciencia, por ejemplo, fue rechazada durante siglos por la Iglesia, precisamente porque negando el dogma cristiano generaba “desorden”.

A Ricardo Lagos no le puede gustar el nihilismo, a él que es “suizo” (el término es de Lagos) y se declara agnóstico para no enfrentar las consecuencias de su ateísmo.

Lagos, que posa de socialdemócrata, hubiese sido una vergüenza para Karl Kautsky, Eduard Bernstein y Jean Jaurès, e incluso para el gran Enrique Tierno Galván que nos legó una frase para el bronce: “Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad.”

Ricardo Lagos es la exacta antinomia del “demagogo prometedor de utopías” que denuncia El Mercurio. Lagos es serio. Él jamás prometería lo que no puede cumplir: que la alegría va a volver, que terminará con la evasión fiscal, o que acabará con la corrupción, él, que fue presidente del gobierno más corrupto de la Historia de Chile (hasta ese momento).

Entre los numerosos casos de corrupción que desestabilizaron su gobierno al punto que Longueira tuvo que venir a afirmarle, está el de su compañero de partido Víctor Manuel Rebolledo, que fue ministro de Frei y diputado de su mayoría. Más conocido como el “manco” Rebolledo, fue condenado por cohecho y corrupción. Un chusco bien inspirado dijo: “Es el único manco que roba a dos manos…”

Todo lo que precede explica que al “suizo” no le guste el humor que ataca sus propias debilidades, ni la probabilidad de transformarse, muy a su pesar, en material de Festival.

No es que Lagos no cuente chistes. No. Cuando su carnal Álvaro García, que había sido su ministro, estaba procesado en el marco del escándalo Inverlink, Lagos le nombró embajador en Suecia. Buen chiste. Luego, cuando el mismo Lagos visitó Estocolmo y tuvo que dirigirse a los empresarios suecos, les dijo algo así como: “Lo que más aprecian de Chile los empresarios es la transparencia”. El rufián Álvaro García, su embajador, estaba sentado a su lado. Coco Legrand no le llega a los talones…

Porque el caballero se estima muy por encima del lote. Cree de verdad que él es un hombre de Estado. A eso contribuyó la cálida despedida que le dio Hernán Somerville al fin de su mandato presidencial, diciendo que se iba “con el amor de los empresarios”.

Lo que hace pensar en la sátira de Séneca, La Apocoloquintosis del divino Claudio. En ella Séneca se cachondea del tirano que se creía un dios. Nada más, nada menos.

El tema va de la muerte y ascenso de Claudio al Olimpo, en donde convence a Heracles de que su causa de deificación sea examinada por los dioses en el Senado divino. Todo iba bien, hasta que el divino Augusto toma la palabra y en un discurso de dios padre y señor mío (si oso escribir), enumera ante los demás dioses los crímenes, defectos, fallos y errores del emperador.

Resultado, el tal Claudio ve su petición rechazada y termina en el Hades (infierno) como esclavo de un… ¡abogado!

Como hubiese podido anotar Josefo Leónidas, inolvidable autor de “Los escandalosos amores de los filósofos”, ni siquiera esclavo de una persona honesta…

Como quiera que sea, más de un comentarista ha señalado que el título de la sátira de Séneca (que quiere decir algo así como “La transformación en calabaza del divino Claudio”) podría interpretarse como “la deificación de la estupidez”.

Y como queda dicho, ni a Ricardo Lagos, ni al Mercurio, les gusta quedar en evidencia…

*Publicado en Politika

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