Nov 15 2007
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Opinión

Chile. – LOS DOS TERREMOTOS DE NOVIEMBRE

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Este miércoles 14 de noviembre de 2007 a esa hora incierta que corre entre el mediodía y las cuatro de la tarde, la hora del demonio según los viejos gnósticos –exactamente a las 15.43 en el meridiano de Greenwich– saltó y se remeció la árida tierra del Norte Grande chileno. A poco más de 1.500 kilómetros de la capital, al este del puerto de Tocopilla (que, dicen, era un lugar favorito del inca cuando el inca vivía y tenía mar), las agujas acusaron un temblor de 7.7 grados en la Escala de Richter.

Fue devastador. El sismo que segó decenas de vidas y destruyó poblados en Perú pocos meses antes, en agosto, había sido de magnitud 7.9 en la misma escala.

La baja densidad de la población en la zona afectada y la mejor y más reciente construcción de edificios y casas habitación en Chile, y el hecho de que la tierra “no se rompiera”, como dijo un residente, son factores importantes en el hecho de que cerca de la medianoche los chilenos no lloren sino a dos mujeres que murieron en Tocopilla.

Primer recuento

La hermosa Tocopilla sufrió en el 40% dañado quizá más allá de recuperación, a lo menos, de sus casas y otras construcciones el mayor efecto del sismo, que incluye el adiós al hospital público. La vieja “oficina” salitrera María Elena, en pleno desierto, no sufrió daños menores. Quillahuasa, localidad que cierra el triángulo del epicentro quedó muy destruida.

Caminos bloqueados por derrumbes, caída del suministro de agua y electricidad y un recuento de la catástrofe que se realizaba al promediar la tarde a toda prisa entre Arica, por el norte, y el sur de Antofagasta marcaron el crepúsculo chileno. El movimiento lo sintieron en Perú, Bolivia y la Argentina.

A lo largo del día el Cuerpo de Carabineros procuró ordenar y canalizar las primeras tareas de rescate y ayuda a las víctimas. La presidenta Bachelet viaja a primera hora del jueves a Antofagasta, Tocopilla, María Elena, probablemente Calama y, según lo disponga el estado de los caminos, pretende recorrer los pequeños poblados altiplánicos –o lo que quede de ellos–. Con Bachelet irán sus ministros/as de Salud, Obras Públicas, Vivienda, Interior y otros funcionarios/as.

Por la tarde se despachaban –se informó– dos aviones de la fuerza área con ayuda: alimentos, frazadas (mantas), materiales varios. Para el jueves (hoy) se anuncia el envío de un hospital de campaña a Tocopilla. Los heridos, se estimaba en la noche del miércoles, suman alrededor de 200 allí donde los datos se habían completado. Para llegar por tierra se cargaban camiones. Una cuenta especial para recibir solidaridad se abría en el Banco del Estado–y al parecer en otras instituciones.

Quienes acusan –¡si pudiera acusarse de eso a alguien!– a Michelle Bachelet de no tener liderazgo, en la medida que esa estúpida palabra puede reemplazar al castellano capacidad de dirección, deben meter la cabeza en un hoyo: la presidente reaccionó con los reflejos y decisión de una estadista. No reconocerlo es abominable mezquindad.

El otro terremoto

Antes de que el terremoto enfrentara al Norte Grande con sus miedos y sus valentías, empero, se venía gestando otro sismo, esta vez uno social y probablemente mucho más grave; uno que si bien no mata de golpe, ni hiere de golpe, atenaza lo más preciado de una sociedad: el tiempo por venir.

Tras un lapso, que no puede considerarse breve, el gobierno de la República de Chile había dado por terminada su preocupación inmediata por el estado de la educación y logrado un “acuerdo social” –en realidad un pacto, otro más, político con la derecha más espeluznante, para desatar el nudo gordiano atado por el bienmuerto dictador y sus cómplices a fines de la década de 1981/1990, en la ley orgánica constitucional de educación, la famosa (en Chile) LOCE.

Grosso modo esa ley en definitiva quitó al Estado la mayor parte de su responsabilidad en este terreno, el de la educación (el Estado concertraicionista no recupera todavía su responsabilidad ante la Constitución abrogada por la dictadura), para entregarla a una serie de actores “sin dedos para ese piano”: municipios faltos de presupuesto y personal idóneo, y particulares con vocación para el negocio, cualquier negocio, que quisieran aventurarse en la formación de niños y jóvenes en cualquier nivel: desde la guardería infantil hasta la licenciatura que autoriza a ejercer una profesión.

El miércoles (era hoy hace minutos, ya es jueves 15 de noviembre) se supo que en una guardería privada, inscrita, reconocida y suponemos supervisada por las autoridades del ramo, un bebé de cuatro meses murió de asfixia, puesto a dormir boca abajo por una “especialista” que luego se fue a tomar un café; en mayo de 2006 los estudiantes secundarios chilenos –a los que se llama coloquialmente pingüinos– sacudieron al país en una revuelta que estremeció todos los estamentos sociales.

No fue la primera ni la única: Chile conoció otras acciones estudiantiles, sólo la elegida pérdida de la memoria histórica dirá que se trata de algo inédito, pero cierto es que la movilización estudiantil estuvo a punto de lograr algo desconocido: que el sector político, todo el sector político, reconociera sus trapacerías, sus estafas, sus engaños, su “me cago en” referido a la educación.

Así que Mamá Oca llamó a conformar una comisión de notables ciudadanos supuestamente conocedores del asunto, se manipuló y mediatizó y de hecho se derrotó al movimiento. Un año y medio después –ayer– el país supo que padecerá más temprano que tarde –y no cito al compañero Allende– otra revuelta. Mientras, más muchachas y muchachos son enviados al limbo de una educación secundaria tan estúpida como inútil, y a universidades que son como grandes o pequeños supermercados de licenciaturas varias, “masteres” más caros, pos grados inútiles y cesantía cuasi asegurada.

En un ejercicio de delicada y llorosa esquizofrenia política el Ejecutivo logró finalmente consensuar con la derecha, aun la más extrema, un proyecto educativo. “Han consagrado la segmentación y la inequidad, lo cual nos obliga a preguntarnos cuáles son los intereses que se han impuesto bajo este acuerdo”, afirmaron ante semejante criatura los todavía dirigentes del Colegio de Profesores Jorge Pavez, Darío Vásquez y Gustavo Méndez.

Los nuevos dirigentes del Colegio –fue electo en octubre el profesor Jaime Gajardo en reemplazo del profesor Jorge Pavez– tampoco tragan el contubernio derecha-derecha que posibilitó la nueva ley de educación, que –entre otras materias– autoriza el lucro de los denominados “sostenedores” de colegios que, finalmente, son mantenidos por el Estado.

Los más viejos zorros de la política vernácula chilena no fueron sorprendidos por el acuerdo educacional, que logró la nueva ley, curiosamente, cuando están por terminar las clases antes de un receso vacacional de tres meses, que separa un ciclo escolar de otro, y piensan que el gobierno –en la cortedad de su mirada– cree que en marzo se aceptará el “fait accompli”.

Chile tendrá un otoño caliente en 2008.

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