Abr 28 2020
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Opinión

Chile, oasis y espejismos

El 18 de octubre, cuando estalló la rebelión social en Chile, muchos en Europa fueron tomados por sorpresa. La cuna del neoliberalismo, el primer laboratorio de aplicación de las políticas neoliberales de los ” Chicago boys”, vivía el protagonismo de un movimiento de masas contra el modelo impuesto a sangre y fuego por la dictadura cívico-militar, gracias al golpe de estado de 1973.

Un modelo que resistió incluso después del final de la dictadura, cuando los gobiernos de la Concertación hicieron retoques y cambios cosméticos a la Constitución de Pinochet, que dejaron intacta en la sustancia. Parafraseando a Tomasi di Lampedusa en “Il gattopardo”, se logró “cambiar algo para que no cambiara nada”.

Y Chile despertó. ¿Pero cómo y por qué había sucedido?

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Foto: https://www.eldinamo.com/

En los últimos 30 años y en los 17 de la dictadura, los explotados de siempre han sufrido violencia y abusos descarados por parte de las clases dominantes. Un modelo de sociedad en el cual el estado es subsidiario del mercado, los salarios son una variable dependiente de las ganancias (¿por qué no aplicar la UF también a los salarios?). Un modelo en el cual la ancestral represión contra los pueblos originarios (a partir del pueblo mapuche) ha sido “el pan de cada día”, los derechos sociales (educación, salud, alimentación, vivienda, etc.) han sido mercantilizados y distribuidos como favores, de acuerdo a la afinidad política hacia el gobierno de turno y a la “compatibilidad” con el sistema.

En Chile también la naturaleza ha sido sometida a una explotación irracional que hoy presenta la factura. Pienso en el “código de aguas”, en el saqueo forestal, en el extractivismo salvaje de los recursos primarios (el cobre, la pesca, etc.). En la división internacional del trabajo, Chile sigue siendo un exportador de materias primas, con escaso valor agregado y poca capacidad de transformación industrial.

Un país donde pocas familias comparten entre sí la mayor parte del pastel, ofrecido en bandeja de plata mayoritariamente gracias a las privatizaciones de la dictadura. De lo poco que queda, algunas rebanadas van a una hipotética “capa media” y solo unas pocas migajas para el resto. Con el cuento neoliberal de “meno estado, más mercado”, Chile vivió con la ilusión del bienestar para 2/3 de la población, un espejismo que nunca ha sido real, acumulando una distancia cada vez mayor entre la población y los partidos políticos, entre el pueblo y las instituciones.

Desde Europa, parecía que el pueblo chileno estaba en una especie de letargo, adormecido por la brutal concentración de los “latifundios mediáticos” en manos de “los de arriba”, donde la mentira y la censura son la matriz dominante del “milagro chileno”, del paraíso para las inversiones de las multinacionales, garantizadas por una clase dominante vende-patria asociada con ellas. Los ingredientes del “milagro” han sido relativamente simples: enormes ganancias para unos pocos, salarios y pensiones de hambre para la mayoría, 70% de la población endeudada, pocos o inexistentes derechos sindicales, represión masiva para quienes disienten, ejercida por gobiernos de centro-izquierda y de centro-derecha.

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La rebelión social no ocurrió por casualidad, ni de la noche a la mañana. Viceversa es el producto de una acumulación de muchos años de descontento, aunque fragmentado en muchos conflictos, a menudo no articulados entre sí.

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Un papel clave ha tenido la lucha constante y heroica contra la impunidad de los responsables de la violación de los DDHH en dictadura. En cuanto a los últimos años, desde 2006 el “movimiento de los pingüinos” rompió la jaula del miedo, luchando por una educación pública, gratuita y de calidad. Recuerdo la movilización ambiental (Hidro Aysén y la crisis climática), la lucha sindical por la renovación de muchos convenios y por el salario mínimo, el movimiento NO+AFP y el clamor por la “asamblea constituyente”, el nuevo movimiento estudiantil que logró despertar simpatía y apoyo de una gran parte de la sociedad, el movimiento de los pobladores con su demanda de un hábitat y una vivienda digna, las importantes huelgas en la logística (puertos).

Y la incursión en la escena política del movimiento de mujeres, el más grande en los últimos años, no solo en Chile, sino en todo el mundo.

Paralelamente, los escándalos de colusión entre muchos poderes económicos (Arauco, farmacias), la compra de parlamentarios de parte de grandes empresas (Ley de pesca, etc.), la corrupción que involucra a los militares (milico-gate, paco-gate), los múltiples casos de pedofilia en la Iglesia Católica. Episodios que cuestionaron profundamente la institucionalidad y el ilusionismo de las clases dominantes.

Como en el cuento del danés Hans Christian Andersen, el rey está desnudo. De repente, el oasis chileno se quedó sin agua y el milagro chileno apareció a todos como era: un puro espejismo.

El 18 de octubre, Chile se despertó del letargo. En las grandes alamedas, el pueblo marchó valientemente, sin miedo, ganándose el respeto y la atención del mundo. El gobierno, ciego y sordo, ha optado por ignorar las demandas ciudadanas. En primer lugar, una verdadera asamblea constituyente para darle la palabra al pueblo, el poder constituyente originario, para renovar radicalmente el pacto de convivencia entre los ciudadanos y el estado.

El ejecutivo arrojó gasolina al fuego, y desató una represión brutal, con un balance dramático de muertos y heridos, lesiones oculares masivas, violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos. Crímenes que aún permanecen impunes.

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Por su parte, el parlamento ha sido incapaz de legislar para cambiar la profunda desigualdad social, y ha tratado de diluir lo más posible el contenido y los plazos para el plebiscito sobre el cambio constitucional. Y el Covid-19 ha infectado el cronograma electoral.

Visto desde la Europa de la izquierda política y de los movimientos sociales, hay diferentes preguntas. ¿Habrá capacidad para superar la fragmentación sectorial (típica de los movimientos de masa diversos y transversales)? ¿Las diferentes almas del movimiento sabrán construir una dirección político-social colectiva (ojo, dirección política, no significa partidista) para converger en una plataforma común y dar una salida eficaz a la protesta?

¿El movimiento logrará romper la espiral de militarización y represión, cuidando el carácter masivo de la protesta?

¿Quién pagará los costos de la crisis económica y social ya presente y agravada por la pandemia?

Son preguntas aún sin respuestas.

Pero, ¡Que las clases dominantes no se ilusionen! Todo está guardado en la memoria y, muy a pesar de la pandemia, los ojos del mundo continúan enfocándose en Chile.

*Periodista italiano, residente en Chile

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