Nov 16 2012
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CulturaSociedad

Chile, sociología / ¿Derrumbe del modelo, regreso de la ciudadanía?

Desde 2011 Alberto Mayol ha venido instalando en el debate público, sistemáticamente, su tesis respecto a cómo comprender el fenómeno de la movilización estudiantil de aquél año y los diversos conflictos sociales que la han rodeado, configurando en su conjunto una novedad para el característicamente poco conflictivo escenario político chileno.
Su línea de interpretación se resume, grosso modo, en plantear que Chile está cruzando por una crisis de legitimidad en su sistema político tal que, sumado a algunos hechos coyunturales, permite que se politice el malestar social generado por el funcionamiento de modelo neoliberal, expresándose en el escenario como una seguidilla de protestas, desconfianza hacia las instituciones políticas y críticas hacia lo que socialmente se ha tematizado como ‘abusos’ del empresariado o lucro. | DANIEL FREDES Y CAMILIA SANHUEZA.*

 

Además, se sostiene que tras aquellos conflictos se ubica la emergencia de la ciudadanía como constructora de una nueva era política a emerger luego del inminente derrumbe del modelo.

 

El presente artículo es una revisión crítica a dichas tesis, a partir de precisar qué es el neoliberalismo e integrar la lucha de clases como variable relevante a tener en cuenta a la hora de analizar el fenómeno en cuestión.

 

¿Derrumbe de qué modelo?
La tesis del derrumbe del modelo para ser comprendida debe precisar qué se entiende por modelo. Si bien, Alberto Mayol no lo explicita literalmente (Mayol, El derrumbe del modelo. La crisis de la economía de mercado en el Chile contemporáneo, No al lucro. De la crisis del modelo a la nueva era política, ambos de 2012), es comprensible que no se refiere al derrumbe como crisis del capitalismo, sino a lo sumo, como fin del neoliberalismo o ‘economía de mercado’.
Entendiendo, entonces, que por derrumbe del modelo se está señalando la crisis del neoliberalismo, para analizar críticamente aquella tesis es necesario previamente identificar cuáles son los elementos centrales que lo definen.

 

Harvey (Harvey, 2007) señala que el neoliberalismo corresponde a un patrón de acumulación capitalista caracterizado por hacer uso extensivo de la acumulación por desposesión , entendiendo por ello el uso de métodos propios de lo que Marx conceptualizó como acumulación originaria, pero a diferencia de ella, no es para instituir sino que para asegurar la continuidad del capitalismo como modo de producción y el mejoramiento de la tasa de ganancia.

 

En ese sentido, corresponde a una estrategia que conjuga la violencia política, militar, ideológica y estatal movilizada por el interés de la maldita burguesía.

 

Concretamente, Harvey plantea que el neoliberalismo se caracteriza por el uso de cuatro métodos o formas de acumulación por desposesión:
a) generación, desde el Estado, de nuevos mercados mediante la privatización y mercantilización de recursos vitales (tierra, agua, educación, salud, previsión, etc.);
b) financiarización de la economía;
c) gestión y manipulación de la crisis para transferir valores desde la periferia al centro; y
d) redistribuciones estatales.

 

En ese sentido, el concepto de neoliberalismo desarrollado por Harvey es evidentemente aplicable a la realidad chilena contemporánea, toda vez que el Estado chileno ha creado y se ha encargado de proteger un marco institucional caracterizado por la defensa irrestricta del derecho a la propiedad privada, existencia de mercados desregulados (o libres) y libertad de comercio, que permite y estimulan las prácticas enumeradas como propias de la acumulación por desposesión.

 

Asimismo, un análisis mínimo de las características del empresariado en Chile pone en evidencia inmediatamente la preponderancia de su carácter extractivo-exportador,  junto a su estrecha conexión con el capital financiero y dependencia de los recursos estatales (Claude, 2006).
Por lo tanto, aceptando esta conceptualización del neoliberalismo, que el modelo se derrumba significa el desplazamiento de la centralidad de la acumulación por desposesión, pues constituye su núcleo esencial.

 

Podría criticarse esta proposición por economicista, sin embargo, es preciso recordar que el vector dinámico de la sociedad chilena es el de la acumulación capitalista (o lucro, como se le ha denominado coloquialmente) y que aquello es una condición objetiva que no se puede pasar por alto en beneficio de prejuicios teóricos. Y que, además, el proceso de acumulación del capital no es sólo un proceso económico, sino que también implica procesos sociales, políticos e ideológicos que en su conjunto dan forma a la sociedad.

 

Al respecto, incluso el propio Mayol, ha notado como es que Chile actual configura un modelo de sociedad función del modelo económico (Mayol, No al lucro. De la crisis del modelo a la nueva era política, 2012).
No obstante, el contenido de la tesis del derrumbe del modelo dista mucho de aquello, puesto que fundamentalmente se plantea la existencia de una crisis de legitimidad tal que permite pensar que inevitablemente el neoliberalismo será desplazado. Se reconoce que el derrumbe aún no se ha consumado, pero se cree identificar una tendencia objetiva en dicha dirección.

 

El argumento es claro, la desintegración social promovida sistemáticamente por la disminución de la política a su más mínima expresión en pos de optimizar el funcionamiento económico del modelo y exaltada por una serie de hechos coyunturales, deja a la sociedad sin una motivación normativa que la unifique —inspirándose seguramente en la concepción sociológica creada por Parsons y remozada por Habermas acerca de la función de la política en el sistema social—, detonando como desprestigio y desconfianza hacia las instituciones políticas que el autor mencionado denomina crisis de legitimidad.

 

En esas condiciones, el modelo se convierte en inestable e impugnable, por lo tanto pierde su halo de eternidad.

 

Para aceptar como válida aquella tesis habría que agregar, entonces, al concepto de neoliberalismo desarrollado brevemente, que para el funcionamiento de la acumulación por desposesión es imprescindible la legitimidad del sistema político. ¿Es esto realmente así? ¿Es la legitimidad política una regularidad en la reproducción del neoliberalismo –por ende constatable-? ¿Su ausencia significa siempre, sin necesidad de otra condición, la inauguración de una etapa de reforma o revolución?

 

Nuestro planteamiento es que no, el neoliberalismo no necesita la legitimidad del sistema político para su funcionamiento y de allí, que la tesis del derrumbe del modelo está errada, puesto que al hacer de ésta una condición necesaria, confunde el orden o dominación con la validez o legitimidad del mismo, descartando así la posibilidad de que existan otros fundamentos.

 

La sociología clásica aporta, desde dos puntos de vistas diferentes, argumentos que permiten pensar teóricamente dicha posibilidad. En primer lugar, es preciso recordar que para Max Weber no todo poder es necesariamente legítimo, es más, el mercado se caracteriza precisamente por ser un orden que funciona prescindiendo de ello, al estar fundado exclusivamente sobre la desigual distribución del poder (Weber, 1992).
En segundo lugar, Marx establece dos tesis en dicha dirección. Por un lado, tenemos que la lucha de clases es concebida como una dinámica incesante que expresa históricamente el antagonismo objetivamente existente entre los intereses de clases.  En ese sentido, conflicto antes que orden es el fenómeno más recurrente, de modo tal que es imposible concebir a la legitimidad política como prerrequisito fundamental para el capitalismo, toda vez que es frecuente constatar que el orden se estabiliza a partir de la pura disparidad de poder. 

 

Por otro, antes que la legitimidad del sistema político, destaca la importancia fundamental de la ideología, la cual abarca una gama de complejos fenómenos que parten desde la creencia en la validez del mercado como mecanismo de coordinación social y se proyecta como arquetipo hacia la cultura, la política y la subjetividad, pero que en lo fundamental implica una concepción enajenada del ser humano y su trabajo en tanto recurso económico para la acumulación de capital (Marx, El capital: crítica de la economía política, I, 1999). En ese sentido, puede que el sistema político sea completamente ilegítimo y es más, que resulte impugnado a nivel tal que finalmente sea reformado profundamente, pero ello no implica necesariamente el cuestionamiento del capitalismo como modelo de sociedad.

 

La historia del neoliberalismo en Chile ilustra como es que el neoliberalismo no depende de la legitimidad política para su funcionamiento. Fue instaurado durante un régimen dictatorial no precisamente validado por la población, donde el orden de dominación hizo uso extensivo de la violencia estatal contra la izquierda y el movimiento popular, logrando desarmarlos militar, política y organizativamente.

 

Posteriormente, si bien la transición a la democracia le otorgó un argumento legitimador al neoliberalismo, es equivocado sostener que la baja conflictividad se debió exclusiva y principalmente a ello. Habría que ponderar adecuadamente el peso que tiene en esta historia los efectos de la desarticulación, aniquilación y cooptación de los sectores organizados del pueblo y la militancia de izquierda, realizada principalmente durante dictadura y continuada durante los primeros años de la democracia. Y más aún considerar la profunda penetración ideológica del neoliberalismo a nivel de masas, llegando a permear los más diversos ámbitos de la vida cotidiana (Gómez Leyton, 2007).

 

Por lo tanto, coincidimos con el sistema político chileno está viviendo un ciclo de deslegitimación, pero planteamos que aquello no implicará necesariamente el derrumbe del neoliberalismo, pues su estabilidad se funda sobre variables que no aún no han sido remecidas ni se avizora que lo serán: la debilidad política de la clase trabajadora y la penetración ideológica a nivel de masas.

 

¿Regreso de la ciudadanía?
Articulado con la tesis del derrumbe del modelo, Alberto Mayol propone que en Chile estaría surgiendo la ciudadanía en tanto sujeto político de la nueva era política que está emergiendo. El referente empírico de esta proposición son las movilizaciones estudiantiles de 2011 y las recientes protestas en Aysén, Calama y Freirina, principalmente.

 

Se diagnostica que en ellas hubo un giro sustantivo, pues lograron superar la perspectiva corporativa que caracterizó  a las escasas movilizaciones sociales del Chile neoliberal, pasando a construir un discurso que interpela a toda la sociedad y no sólo a los con las demandas que plantean la movilizaciones, por lo tanto, haciendo referencia a principios políticos. En ese sentido, se propone que luego de décadas de despolitización, la sociedad chilena se está politizando, que ante la crisis de legitimidad de las instituciones políticas,  la población convertida en ciudadanía ha tomado protagonismo y que esto acelera el derrumbe, puesto que las instituciones políticas no fueron diseñadas para la participación de la población.

 

Para analizar críticamente esta segunda tesis debemos auscultar el concepto de política ubicado en sus cimientos y explicitar las consecuencias de categorizar como ciudadanía al conjunto disperso de manifestaciones sociales que han ocurrido desde 2011.

 

Para Mayol (Mayol, No al lucro. De la crisis del modelo a la nueva era política, 2012) el conflicto es esencial a la política, es más, su ausencia es un preciso indicador de despolitización. Hasta ahí concordamos plenamente con su conceptualización, sin embargo al referirse de modo más concreto a cuál es la naturaleza de los conflictos que componen la política, se genera una divergencia que tiene consecuencias en el plano del análisis de la situación política actual.

 

El autor, con ideas bastantes cercanas a las del intelectual francés Jacques Ranciere (Ranciere, 2006), piensa que política son aquellas disputas configuradas en referencia a la definición y búsqueda del bien común. En ese sentido, la política sólo se expresa plenamente en democracia, puesto que allí existen condiciones para que se expresen los diversos puntos de vistas, entablando un debate o disputa política. Por esto, el sujeto político, como consecuencia lógica, es el ciudadano.

 

Sin embargo, aquella conceptualización no aclara mucho por ser demasiado abstractas, deja sin responder preguntas como cuál es la naturaleza de aquellas disputas o porqué existen, optando por precisar de un modo bastante general qué es lo que se disputa. En ese sentido, nos resulta más orientador comprender la política como lucha de clases, puesto que responde inmediatamente aquellas interrogantes.

 

Si aceptamos esta perspectiva teórica, entonces, sujeto político son las clases sociales y por politización, entendemos la agudización del conflicto de clases, con su consiguiente fortalecimiento de la conciencia de clase, expresada en proyectos políticos independientes y antagónicos entre sí.
Desde esta perspectiva, es evidente que Chile no se ha politizado, dado que la clase trabajadora sigue ocupando una posición política prácticamente irrelevante y los avances en dirección contraria parecen ser bastante pocos. Sobretodo en los sectores más empobrecidos no se ha incrementado considerablemente su organización, siendo los estudiantes una pequeña y sobrevalorada excepción.

 

Lo que sí ha ocurrido es que aquellas movilizaciones han dinamizado las dinámicas de oposición no antagónica al interior del sistema político, encontrando eco en in telectuales y grupos políticos que aspiran a ingresar o mejorar su posicionamiento en el sistema político. La participación de masas parece haber sido un fenómeno acotado a una pequeña coyuntura y limitado en sus alcances[1], puesto que no se tradujo en incrementos organizativos constantes.

 

Por otra parte, la categorización de ciudadanía al conjunto disperso de manifestaciones sociales que han ocurrido desde 2011 debe ser sometida a crítica, puesto que un examen de sus dinámicas internas deja en evidencia que su encuadre como ciudadanía o clase es una cuestión en disputa.

 

Para comprender aquello debemos tener en cuenta que la disputa ciudadanía/clase no es una discusión meramente intelectual, sino que fundamentalmente se refiere a la definición de proyecciones para el movimiento y por lo tanto, conlleva una importante dimensión práctica.
Marx planteaba que la ciudadanía es una forma ideológica burguesa que permite ocultar las diferencias de clase bajo el manto ilusorio de la igualdad de derechos, erigiendo como un universal la concepción individualista-atomista del ser humano como individuos contrapuestos entre sí (Marx, Sobre la cuestión judía).

 

Esto se fundamenta en sostener que las desigualdades no se basan primariamente en la política, sino que en la economía. En ese sentido, la concepción de clase es en sí misma una crítica a la ciudadanía.

 

En la actualidad, la definición de las movilizaciones como fenómenos de emergencia ciudadana implica definir su horizonte en el de la democratización, comprendida como restablecimiento de la igualdad de derechos violada por el abuso empresarial permitido por la desregulación normativa de la vida social y económica. Mientras que su definición como clase conlleva entender que sus horizontes se sitúan en la superación del capitalismo, lo que obviamente está muy lejos, pero no por ello deja de tener consecuencias a nivel de establecer prioridades y enfoques para el hoy.

 

Conclusiones
La conflictividad social reciente, simbolizada en las movilizaciones estudiantiles del 2011, es a todas luces un fenómeno que no puede ser descartado como irrelevante argumentando que todas las variables estructurales de la sociedad chilena permanecen inmóviles. Sin embargo, tampoco se puede caer en la exageración de anunciar el surgimiento de una nueva era.

 

A nuestro parecer, tal como hemos desarrollado en el presente artículo, para ponderar adecuadamente el alcance y significado de aquél fenómeno es imprescindible contar con un conocimiento sólido sobre el funcionamiento del neoliberalismo y sus estructuras, así como también de la historia de la lucha de clases en Chile, tareas ambas que las ciencias sociales contemporáneas han sido incapaces de asumir sistemáticamente.

 

Así, la emergencia de aquella conflictividad social podría estar vinculada al menos a tres grandes fenómenos:
a) el malestar social acumulado;
b) el agotamiento del modelo, entendido como el estancamiento de su dinamismo económico, que genera ciertas disputas por arriba en términos de buscar reformas que permitan reditar el auge experimentado a inicios de la década de los noventa; y
c) la debilidad política de la clase trabajadora. En ese sentido, proponemos que la conflictividad expresa el malestar social acumulado, pero que a diferencia de lo ocurrido anteriormente, esta vez logra tener eco en la esfera política gracias a que aquella disputa  por arriba disminuye la capacidad de maniobra del sistema político y que algunos sectores lo amplifican en función cálculos coyunturales.

 

Además, precisamos que su caracterización como movilización ciudadana o movimiento popular es una cuestión en disputa, como efecto de la debilidad política de la clase trabajadora.
___
1] En realidad, la masividad fue un fenómeno acotado a convocatorias puntuales que, por cierto, significó una novedad en el escenario político chileno, pero no logró enraizarse en prácticas de organización cotidiana. De esta manera, las masivas marchas correspondieron más a una sumatoria de individuos frágilmente organizados que al surgimiento de un nuevo sujeto político.

 

Bibliografía

Claude, M. (2006). El retorno de Fausto. Ricardo Lagos y la concentración del poder económico. Santiago: LOM.
Gómez Leyton, J. C. (2007). Chile: 1990 – 2007. Una sociedad neoliberal avanzada. Revista de Sociología, 53 – 78.
Harvey, D. (2007). Breve historia del neoliberalismo. Madrid: Akal.
Marx, K. (1999). El capital: crítica de la economía política, t. I. México: Fondo Cultura Económica.
Marx, K. (s.f.). Sobre la cuestión judía. Recuperado el 1º de octubre de 2012, de Archivo Chile: aquí (formato pdf).
Mayol, A. (2012). El derrumbe del modelo. La crisis de la economía de mercado en el Chile contemporáneo. Santiago: LOM.
Mayol, A. (2012). No al lucro. De la crisis del modelo a la nueva era política. Santiago: Debate.
Ranciere, J. (2006). Política, policía, democracia. Santiago: LOM.
Weber, M. (1992). Economía y sociedad: esbozo de sociología comprensiva. México: Fondo de Cultura Económica.
——
* Sociólogos.

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1 Comentário

Comentarios

  1. Luis Alberto López
    22 noviembre 2012 3:33

    “El derrumbe del modelo neoliberal”, dista mucho de concretarse, planteado solo la puesta en la escena social, la reactivación de movilizaciones de ciertos sectores sociales, así sean estas realizadas ejercidas contra las políticas y ejecutorias sociales, económicas, ideológicas, locales o regionales del neoliberalismo.
    La trasmisión e implementación del conformismo generalizado en favor de modelo, que busca la propuesta ideológica neoliberal, negando, desligitimando, volviendo acritica la lucha de clases en todos los ordenes de la vida y relaciones sociales,se generaliza en el continente, y se vuelve más notorio en ciertos países.
    Algunos casos colombianos, aunque aislados aún, proponen espacios de esperanza en mantener y crecer la crítica y acción social, revitalizando, no sin grandes esfuerzos y
    trabajo persistente, la concientización y movilización -así sea por pocos sectores sociales comprometidos- buscando el cambio social que se necesita.
    Importantes aportes.
    Desde el sur de Colombia.
    (Espero mayor información sobre futuro congreso latinoamericano de sociología)
    Saludos.