May 16 2006
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Opini贸n

CIVILIZACI脫N Y GUERRA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Sabemos que la guerra se organiz贸 con la primera industria y en general con una organizaci贸n social m谩s compleja, pero sus or铆genes preceden incluso a la edad del hierro de Homero. La literatura espec铆fica en arqueolog铆a y antropolog铆a sobre el tema es asombrosamente escasa.

La civilizaci贸n siempre ha tenido un inter茅s en mantener estos temas cautivos haciendo pasar por necesaria una fuerza armada oficial. Es una proclama ideol贸gica important铆sima que, sin monopolio estatal sobre la
violencia, quedar铆amos sin protecci贸n y nuestra 鈥渟eguridad鈥 鈥減oco segura鈥.
Despu茅s de todo seg煤n Hubbes, la condici贸n humana ha sido y ser谩
siempre 鈥渦na guerra de todos contra todos鈥.

Voces modernas han argumentado tambi茅n que los humanos son agresivos y violentos de un modo innato, y necesitan ser constre帽idos por una autoridad armada. Robert Dart (Adventures with the Missing Link, 1959) Robert Ardrey (African Genesis, 1961) y Konrad Lorenz (On agression, 1966) est谩n entre los m谩s conocidos pero los argumentos que usan han sido ampliamente desacreditados.

En la segunda mitad del siglo XX, esta visi贸n pesimista de la naturaleza
humana ha empezado a cambiar. Basados en las evidencias arqueol贸gicas es
ahora una certeza que antes de la civilizaci贸n los humanos viv铆an sin
violencia, m谩s exactamente sin violencia organizada.
Eib-Eibesfeld se refiere a los Ka-Bushman como pueblos no belicosos:

鈥淪u ideal cultural es la coexistencia pac铆fica y la realizan evitando los
conflictos, compartiendo y animando los numerosos modelos de lazos
afectivos禄 (1).

La opini贸n m谩s antigua de W.J. Perry es en general exacta pero ligeramente
idealizada: 鈥渓a guerra, la inmoralidad, el vicio, la poliginia, la esclavitud y la sumisi贸n de las mujeres parece estar ausente entre nuestros ancestros鈥 (2).

La literatura corriente aporta con regularidad que hasta la etapa final del
paleol铆tico 鈥搄usto antes de la presente era de 10.000 a帽os de domesticaci贸n鈥
no hay ninguna prueba concluyente que 煤tiles o armas de guerra hayan sido
usadas contra humanos (3). 鈥淟as descripciones de escenas de batalla, de
escaramuzas y de combates cuerpo a cuerpo son raras entre los cazadores
recolectores y cuando existen son muy frecuentemente resultado del contacto
con agricultores o con invasores industriales鈥 concluye el estudio de Ta莽on
y Chippindale sobre el arte parietal australiano (4). Cuando el conflicto
emerge, la confrontaci贸n dura raramente m谩s de media hora y, si se produc铆a
un muerto, las dos partes se retiraban (5).

El comportamiento de los pueblos primigenios de California era similar.
Roeber ha se帽alado que sus enfrentamientos eran poco sangrientos, llegando a
emplear flechas menos mort铆feras para la guerra que para la caza (6).

El pueblo Wintu de California del Norte pon铆a fin a las hostilidades en
cuanto hab铆a un herido (7). 鈥淟a mayor parte de los californianos no eran
militaristas en absoluto, no ten铆an ninguna de las capacidades requeridas
para tener un horizonte militarista y su organizaci贸n social no se lo
permit铆a. Su sociedad no ten铆a las instancias necesarias para acci贸n
pol铆tica colectiva, seg煤n la opini贸n de Turney-High (8).

Larna Marshall describe que los Kung no celebran ning煤n h茅roe ni ning煤n relato de batallas. Uno de ellos le coment贸 鈥渓os combates son muy peligrosos y alguien
podr铆a resultar herido鈥 (9). George Bird Ginell en Toque y arrancado de
cabelleras entre los indios de las planicies
(10) explica que un golpe o
simplemente tocando al enemigo con la mano o con un peque帽o bast贸n era lo
que m谩s se valoraba (esencialmente no violento) en cu谩nto a valent铆a
mientras que el hecho de arrancar cabelleras no estaba tan valorado.

La aparici贸n de la guerra institucionalizada parece estar asociada a la
domesticaci贸n y/o al cambio radical de la situaci贸n material de una
sociedad. Esto sucede 鈥渟olamente donde las bandas han sido atra铆das hacia
guerras con agricultores o pastores o producidas en un territorio que
decrece continuamente禄. El primer signo arqueol贸gico fiable de la guerra es
la ciudad fortificada preb铆blica de Jeric贸 (7.500 AC). Al principio del
neol铆tico se produjo un cambio relativamente repentino. 驴Que din谩mica puede
haber llevado a los pueblos a adoptar la guerra como instituci贸n social?
Hasta ahora esta cuesti贸n no ha sido explorada en profundidad por losarque贸logos.

La cultura simb贸lica parece haber emergido en el paleol铆tico superior o el
neol铆tico y se ha establecido firmemente en todas las culturas humanas. El
s铆mbolo ha sido una manera de borrar lo particular reduciendo la presencia
humana a algunos aspectos espec铆ficos. Es m谩s f谩cil dirigir la violencia
contra un enemigo an贸nimo que representa un cierto mal o amenaza definidos
oficialmente.

El ritual es la primera forma conocida de una actividad en el campo de lo simb贸lico: el simbolismo actuando sobre el mundo. Los restos
arqueol贸gicos sugieren que puede haber un ligamen entre el ritual y la
aparici贸n de la guerra organizada. Durante el per铆odo casi intemporal
durante el cual los humanos no estuvieron interesados en dominar su
ambiente, ciertos lugares eran especiales y se convirtieron en sagrados.
Esto se desarrollo sobre un parentesco espiritual y emocional con la tierra,
expresado como diversas formas de totemismo.

El ritual comienza a apuntar, pero todav铆a no es central en las sociedades de recolectores organizadas en bandas. Emma Blake observa que 鈥渁 pesar de que los pueblos del paleol铆tico practicaron rituales, los restos materiales m谩s ricos datan del neol铆tico cuando el sedentarismo y la domesticaci贸n de plantas y animales aportaron cambios de perspectiva y de cosmolog铆a鈥 (12).

Fue en el paleol铆tico superior
cuando ciertas tensiones provocadas por el desarrollo de la especializaci贸n
se hicieron evidentes.

Se pueden medir las injusticias midiendo diferencias, como cantidades
diferentes de bienes alrededor del fuego del campamento 鈥 como respuesta a
estas diferencias ello el ritual parece haber jugado un rol social cada vez
m谩s importante. Como muchos han notado, el ritual en este contexto es una
manera de abordar las deficiencias de cohesi贸n o de solidaridad. Es un medio
de preservar un orden social que se ha vuelto problem谩tico.

Como Bruce Knauft ha hecho notar, 鈥渆l ritual refuerza m谩s all谩 de todo
argumento o proposici贸n generalizante (鈥.) la aceptaci贸n cognitiva en
profundidad del comportamiento conforme a estas proposiciones cosmol贸gicas鈥
(13). As铆 el ritual proporciona el cemento ideol贸gico original para estas
sociedades en busca de una legitimaci贸n.

Las soluciones cara a cara se vuelven ineficaces en tanto que soluciones sociales cuando las comunidades se vuelven m谩s complejas y ya, parcialmente, estratificadas socialmente. El simbolismo es una no-soluci贸n; en efecto es un modo de reforzar las relaciones y de una visi贸n del mundo caracterizada por la desigualdad y la separaci贸n.

El ritual es por s铆 mismo un poder, una forma primitiva de pol铆tica. Entre
el pueblo Maring de Papua-Nueva Guinea, por ejemplo, las convenciones del
ritual indican las funciones y roles a falta de autoridades expl铆citamente
pol铆ticas. Lo sagrado es pues una alternativa funcional a la pol铆tica; las
convenciones sagradas, en efecto, rigen la sociedad (14). La ritualizaci贸n
es claramente una estrategia primaria para incorporar las relaciones de
poder. Adem谩s, la guerra puede ser una empresa sagrada, con el militarismo
promovido ritualmente, bendiciendo el surgimiento de una jerarqu铆a social.

Ren茅 Girard piensa que los rituales de sacrificio son necesarios para hacer
frente a la agresi贸n end茅mica a la violencia en la sociedad (15). El caso
ser谩 m谩s bien a la inversa: los rituales legitiman y promueven la violencia.
Como dice Lienhardt de los Dinka, recolectores africanos, 鈥渉acer un fest铆n o
un sacrificio implica a menudo la guerra鈥 (16). El ritual no reemplaza a la
guerra, seg煤n Arkush y Stanish 鈥渓a guerra, en todo momento y lugar tiene
elementos rituales鈥 (17). Subrayan que la dicotom铆a entre 鈥渓a batalla ritual鈥
y la 鈥渧erdadera guerra鈥 puede ser falsa, en resumen: 鈥渓a guerra destructiva y
el ritual van mano con mano鈥 (18).

Entre los apaches, por ejemplo, los m谩s ritualizados eran los m谩s agr铆colas
(19), el ritual est谩 muy relacionado con la agricultura y la guerra,
que a menudo est谩n muy ligadas (20). No es raro encontrar la guerra como
modo de aumentar la fertilidad de la tierra cultivada. La reglamentaci贸n
ritualizada de la producci贸n y de la agresividad significa que la
domesticaci贸n se ha convertido en el factor decisivo. 鈥 El surgimiento de la
guerra sistem谩tica, de las fortificaciones y de las armas de destrucci贸n鈥,
dice Hassan, 鈥渟igue el camino de la agricultura鈥 (21).

El ritual se transforma en sistema religioso, llegan los dioses y se exigen sacrificios.

鈥淣o hay ninguna duda de que todos los habitantes del mundo invisible est谩n
considerablemente interesados por la agricultura humana鈥, hace notar el
antrop贸logo Verrier Edwin (22). El sacrificio es un exceso de domesticaci贸n,
implica a los animales domesticados y se produce solamente en las sociedades
agr铆colas. La masacre ritual, incluyendo el sacrificio humano es desconocida
en las culturas no domesticadas (23).

El ma铆z en las Am茅ricas nos relata una historia parecida. Un aumento brusco
del cultivo del ma铆z lleva emparejada la creaci贸n r谩pida de una jerarqu铆a y
la militarizaci贸n de una buena parte de los dos continentes (24). Un ejemplo
entre otros es la intrusi贸n hacia el norte de los Hohokams, contra el pueblo
ind铆gena Ootams (25) del sur de Arizona, introduciendo la agricultura y la
guerra organizada. Hacia el a帽o 1000 AC el cultivo del ma铆z era ya
dominante en todo el sudoeste acompa帽ado de rituales durante todo el a帽o,
de sacerdotes, de conformidad social, de sacrificios humanos y de
canibalismo (26), Es apenas una subestimaci贸n decir, con Kroeber que con el
cultivo del ma铆z 鈥渢odo el valor cultural cambia de sentido鈥 (27).

Los caballos son otro ejemplo del estrecho ligamen que hay entre la
domesticaci贸n y la guerra. Domesticados inicialmente en Ucrania alrededor
del a帽o 3000 AC, su cosificaci贸n ha alimentado el militarismo. Casi desde el
comienzo han servido como m谩quinas, primordialmente como m谩quinas de guerra (28).

Los combates relativamente inofensivos entre los grupos descritos
anteriormente dejan lugar a la masacre sistem谩tica al mismo tiempo que la
domesticaci贸n llevaba a una competencia creciente por la tierra (29). La
lucha por nuevas tierras a explotar est谩 extensamente aceptada como laprincipal causa de la guerra en el curso de la civilizaci贸n. Una vez que los sentimientos de gratitud hacia una naturaleza que se da sin cuento y que el conocimiento de la interdependencia crucial de toda la vida son reemplazados por la cultura de la domesticaci贸n se da una nueva guerra: los humanos contra el mundo natural.

Esta lucha permanente por el poder sirve de modelo para las guerras que
engendra constantemente. Hay una conciencia del precio exacto del paradigma
de control, como se ha visto en la pr谩ctica extendida de la regulaci贸n
simb贸lica o a las mejoras de la domesticaci贸n de los animales en los inicios
del neol铆tico. Pero estos gestos no cambian la din谩mica fundamental del
trabajo, no m谩s que preservan el valor fundamental de millones de a帽os de
pr谩ctica de los cazadores recolectores que manten铆an un equilibrio entre
poblaci贸n y subsistencia.

La agricultura intensiva ha significado m谩s guerra. La sumisi贸n a este
modelo exige que todos los aspectos de esta sociedad formen una entidad
integrada, sin muchas posibilidades de escapatoria. Con la domesticaci贸n, la
divisi贸n del trabajo produjo especialistas de la coerci贸n a tiempo completo:
por ejemplo hay evidencias de alg煤n tipo de soldado en el 4.500 AC. Los
j铆baros de la Amazonia que durante milenios formaron parte armoniosa de la
comunidad bi贸tica, adoptaron la domesticaci贸n y 鈥渆laboraron una revancha de
sangre y de guerra hasta el punto de que estas actividades dan el tono de
toda la sociedad鈥 (30). La violencia organizada deviene dominante,
obligatoria y normativa.

Las expresiones de poder son la esencia de la civilizaci贸n, su centro principal, la regla patriarcal. Se puede pensar que la dominaci贸n masculina sistem谩tica es un subproducto de la guerra. La subordinaci贸n ritual y la desvalorizaci贸n de las mujeres es ciertamente el fruto de la ideolog铆a del guerrero, que ha valorizado cada vez m谩s las actividades masculinas y devaluado el papel de las mujeres.

La iniciaci贸n de los chicos es un ritual que sirve para producir un determinado tipo de hombres, un resultado que no est谩 garantizado por el simple crecimiento biol贸gico. Cuando la cohesi贸n del grupo no puede ser considerada como fluyendo de el, se requieren instituciones simb贸licas, especialmente para hacer avanzar la problem谩tica de la guerra鈥. Seg煤n los juicios de Lemmonier 鈥渓as iniciativas masculinas est谩n esencialmente conectadas con la guerra鈥 (31).

La poligamia, la pr谩ctica de un hombre tomando varias esposas, es rara en las
bandas de cazadores recolectores, pero es la norma en los pueblos que hacen
la guerra (32). De nuevo la domesticaci贸n es el factor decisivo. No es s贸lo
una coincidencia que el ritual de circuncisi贸n del pueblo M茅rida de
Madagascar culmina en paradas militares agresivas (33).

Hay diversos ejemplos de que las mujeres no s贸lo cazaban, sino que iban al
combate 鈥損or ejemplo las amazonas de Daomey y ciertos grupos de Borneo鈥 pero est谩 claro que la construcci贸n del g茅nero tiende hacia una direcci贸n masculinista y militarista. Con la formaci贸n del Estado, el estatus de guerrero era una condici贸n com煤n de ciudadan铆a, excluyendo a las mujeres de la vida pol铆tica.

La guerra no es solamente un rito, habitualmente con numerosos dispositivos
ceremoniales, es asimismo una pr谩ctica muy formalizada. Como el ritual
mismo, la guerra se ejecuta a trav茅s de un intermediaci贸n de gestos, de
posturas y de modos de hablar. Los soldados son id茅nticos y estructurados de
una manera est谩ndar. Las formaciones de la violencia organizada, con sus
columnas y sus l铆neas son como la agricultura con sus surcos, clasificados
sobre una cuadr铆cula (34). Controlados y disciplinados son tambi茅n 煤tiles
para la ritualizaci贸n de los comportamientos, que son siempre el medio para
una gran construcci贸n de la autoridad.

El intercambio entre las bandas del paleol铆tico funcion贸 menos como comercio
(en el sentido econ贸mico) que como intercambio de informaci贸n. Los encuentros peri贸dicos de bandas fueron la ocasi贸n de matrimonios y un seguro contra los d茅ficits de recursos. No hab铆a una diferenciaci贸n clara entre las esferas social y econ贸mica.

Igualmente emplear la palabra trabajo es falaz en ausencia de producci贸n o
de producto. Mientras el territorio fue parte b谩sica de la actividad del
cazador recolector no hay ninguna evidencia de que le haya llevado a la
guerra (35).

La domesticaci贸n erige las fronteras r铆gidas del excedente y de la propiedad
privada, con la posesividad concomitante, la hostilidad y la lucha por la
propiedad. Incluso los mecanismos conscientes que aten煤an las nuevas
realidades pierden su fuerza. En The Gift Gauss describe el intercambio
como una guerra pac铆ficamente resuelta y la guerra como el resultado de
transacciones no exitosas. Tambi茅n ve el potlach como una especie de guerra subliminal. (36)

Antes de la domesticaci贸n, las fronteras eran fluidas. La libertad de
abandonar una banda por otra formaba parte integral de la vida del cazador
recolector. La integraci贸n m谩s o menos obligatoria exigida por las
sociedades complejas prepara el terreno propicio para la violencia
organizada. En muchos lugares las jefaturas nacieron de la supresi贸n de la
independencia de las comunidades m谩s peque帽as. La centralizaci贸n proto pol铆tica en las am茅ricas fue a menudo impulsada por las tribus que
intentaban desesperadamente confederarse para combatir al invasor europeo.

Las civilizaciones antiguas fueron creadas en funci贸n de la guerra y se
puede decir que la guerra es a la vez la causa y el resultado de este estado. No ha cambiado gran cosa desde que la guerra fue instituida por primera vez, enraizada en el ritual y encontrando tierra abonada en la domesticaci贸n. Marshall Sahlins precisa que el crecimiento del trabajo sigue al desarrollo de la cultura simb贸lica. Puede decirse que la cultura engendra la guerra, a pesar de las declaraciones contrarias. Despu茅s de todo el car谩cter impersonal de la civilizaci贸n se desarrolla con el surgimiento de lo simb贸lico.

Los s铆mbolos 鈥損or ejemplo las banderas nacionales鈥 permiten a nuestra especie deshumanizar a nuestros semejantes, lo cual autoriza la carnicer铆a sistem谩tica 铆nter especifica.

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foto
* Ensayista y dirigente social estadounidense.

Originalmente este art铆culo se public贸, en ingl茅s, en la revista Green Anarchy n煤mero 21.

Notas
1 Eibl-Eibesfelt, 芦Aggression in the !Ko-Bushmen,禄 in Martin A.
Nettleship, eds., War, its Causes and Correlates (The Hague: Mouton, 1975),
p. 293.
2 W.J. Perry, 芦The Golden Age,禄 in The Hibbert Journal XVI (1917), p. 44.
3 Arthur Ferrill, The Origins of War from the Stone Age to Alexander the
Great (New York: Thames and Hudson, 1985), p. 16.
4 Paul Ta莽on and Christopher Chippindale, 芦Australia’s Ancient Warriors:
Changing Depictions of Fighting in the Rock Art of Arnhem Land, N.T.,禄
Cambridge Archaeological Journal 4:2 (1994), p. 211.
5 Maurice R. Davie, The Evolution of War: A Study of Its Role in Early
Societies (New Haven: Yale University Press, 1929), p. 247.
6 A.L. Kroeber, Handbook of the Indians of California: Bulletin 78
(Washington, D.C.: Bureau of American Ethnology, 1923), p. 152.
7 Christopher Chase-Dunn and Kelly M. Man, The Wintu and their Neighbors
(Tucson: University of Arizona Press, 1998), p. 101.
8 Harry Holbert Turney-High, Primitive War: Its Practice and Concepts
(Columbia: University of South Carolina Press, 1949), p. 229.
9 Lorna Marshall, 芦Kung! Bushman Bands,禄 in Ronald Cohen and John Middleton, eds., Comparative Political Systems (Garden City: Natural History Press, 1967), p. 17.
10 George Bird Grinnell, 芦Coup and Scalp among the Plains Indians,禄 American
Anthropologist 12 (1910), pp. 296-310. John Stands in Timber and Margot
Liberty make the same point in their Cheyenne Memories (New Haven: Yale
University Press, 1967), pp. 61-69. Also, Turney-High, op. cit., pp. 147, 186.
11 Ronald R. Glassman, Democracy and Despotism in Primitive Societies,
Volume One (Millwood, New York: Associated Faculty Press, 1986), p. 111.

12 Emma Blake, 芦The Material Expression of Cult, Ritual, and Feasting,禄 in
Emma Blake and A. Bernard Knapp, eds., The Archaeology of Mediterranean
Prehistory (New York: Blackwell, 2005), p. 109.13 Bruce M. Knauft, 芦Culture and Cooperation in Human Evolution,禄 in Leslie
Sponsel and Thomas Gregor, eds., The Anthropology of Peace and Nonviolence
(Boulder: L. Rienner, 1994), p. 45.

14 Roy A. Rappaport, Pigs for theAncestors: Ritual in the Ecology of a New Guinea People (New Haven: Yale University Press, 1967), pp. 236-237.
15 Ren茅 Girard, Violence and the Sacred, translated by Patrick Gregory
(Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1977). Like Ardrey and Lorenz,
Girard starts from the absurd view that all social life is steeped in violence.
16 G. Lienhardt, Divinity and Experience: The Religion of the Dinka (Oxford:
Oxford University Press, 1961), p. 281.
17 Elizabeth Arkush and Charles Stanish, 芦Interpreting Conflict in the
Ancient Andes: Implications for the Archaeology of Warfare,禄 Current
Anthropology 46:1 (February 2005), p. 16.
18 Ibid., p. 14.
19 James L. Haley, Apaches: A History and Culture Portrait (Garden City, NY:
Doubleday, 1981), pp. 95-96.
20 Rappaport, op.cit, p. 234, for example.
21 Quoted by Robert Kuhlken, 芦Warfare and Intensive Agriculture in Fiji,禄 in
Chris Gosden and Jon Hather, eds., The Prehistory of Food: Appetites for
Change (New York: Routledge, 1999), p. 271. Works such as Lawrence H.
Keeley, War Before Civilization (New York: Oxford University Press, 1996)
and Pierre Clastres, Archaeology of Violence (New York: Semiotext(e), 1994)
somehow manage to overlook this point.
22 Verrier Elwin, The Religion of an Indian Tribe (London: Oxford University
Press, 19550, p. 300.
23 Jonathan Z. Smith, 芦The Domestication of Sacrifice,禄 in Robert G.
Hamerton-Kelly, ed., Violent Origins (Stanford: Stanford University Press,
1987), pp. 197, 202.
24 Christine A. Hastorf and Sissel Johannessen, 芦Becoming Corn- Eaters in
Prehistoric America,禄 in Johannessen and Hastorf, eds., Corn and Culture in
the Prehistoric New World (Boulder: Westview Press, 1994), especially pp.
428-433.
25 Charles Di Peso, The Upper Pima of San Cayetano de Tumacacori (Dragoon,
AZ: Amerind Foundation, 1956), pp. 19, 104, 252, 260.
26 Christy G. Turner II and Jacqueline A. Turner, Man Corn: Cannibalism and
Violence in the Prehistoric American Southwest (Salt Lake City: University
of Utah Press, 1999), pp. 3, 460, 484.
27 A.L. Kroeber, Cultural and Natural Areas of Native North America
(Berkeley: University of California Press, 1963), p. 224. 28 Harold B.
Barclay, The Role of the Horse in Man’s Culture (London: J.A. Allen, 1980),
e.g. p. 23.
29 Richard W. Howell, 芦War Without Conflict,禄 in Nettleship, op.cit., pp.
683-684.

30 Betty J. Meggers, Amazonia: Man and Culture in Counterfeit Paradise
(Chicago: Aldine Atherton, 1971), pp. 108, 158.
31 Pierre Lemmonier, 芦Pigs as Ordinary Wealth,禄 in Pierre Lemonnier, ed.,
Technological Choices: Transformation in Material Cultures since theNeolithic (London: Routledge, 1993), p. 132.
32 Knauft, op.cit., p. 50. Marvin Harris, Cannibals and Kings (New York:
Random House, 1977), p. 39.
33 Maurice Bloch, Prey into Hunter: The Politics of Religious Experience
(Cambridge: Cambridge University Press, 1992), p. 88.
34 The 芦rank-and-file禄 of organized labor is another product of these
originals.

35 Robert L. Carneiro, 芦War and Peace,禄 in S.P. Reyna and R.E. Downs, eds.,
Studying War: Anthropological Perspectives (Langhorn, PA: Gordon and Breach,
1994), p. 12.
36 Cited and discussed in Marshall Sahlins, Stone Age Economics (Chicago:
Aldine, 1972, pp. 174, 182.

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