Sep 12 2010
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Opinión

Colombia: la guerra es continental

Nicolás Gomarro.

La guerrilla en Colombia es de larga data; los actuales grupos insurgentes tienen su origen hacia 1948, como forma de resistencia luego de asesinato de Gaitán; pero ninguno de esos ejércitos —que conformaron la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívae (mucho antes del bolivarianismo de Hugo Chávez, y diferentes en composición, método y objetivos inmediatos a éste) obedece ya a la ideología liberal de entonces. Tampoco los paramilitares. Hoy la guerra es continental.

La imagen de un largo convoy ferroviario cargado de muertos que ofrece Gabriel García Márquez no es producto de la fantasía americana y barroca del escritor; los muertos —a decenas de miles— son una constante en la historia colombiana, un país abierto al Pacífico y al Caribe, atravesado por cordones montañosos que hacían difícil la interconexión entre las diferentes regiones, muchas de las cuales, además, se encontraban virtualmente sitiadas por la selva.

No era una selva deshabitada y miserable, como no era un desierto la Patagonia en la Argentina ni lo fue el altiplano que permite ver las estrellas más nítidas en Bolivia, Perú y Chile. Tampoco las montañas son responsables de la guerra civil que se vive en Colombia.

La guerra en Colombia: un escenario a definir

Las guerrillas actuales —y tal vez por eso si bien quizá no puedan ganar la guerra difícilmente serán derrotadas— responden a la voluntad de sobrevivencia de los moradores de mil poblados de campesinos y pueblos originarios echados de su tierra por la voracidad de empresas nacionales y extranjeras, que necesitan extender cultivos y abrir nuevas producciones para el mercado internacional, que con el tiempo fueron politizándose y auto confiriéndose un pensamiento propio y socialista.

Sin eufemismos: en Colombia se combate una guerra, una de las más sangrientas del mundo contemporáneo. Cientos de miles de familias pobres son expulsadas de su terruño (o los abandonan por temor, situados entre dos —o tres— fuegos). Los desarraigados no son tampoco nuevos en la historia colombiana; incontables mujeres, hombres, niños han buscado refugio tradicionalmente en Venezuela, pero también en Ecuador; una masa trashumante sin destino en su propio país.

Y una guerra sin final a la vista: las multinacionales asociadas al capital criollo (o que se sirven de testaferros criollos— avanzan para hacer realidad una serie de proyectos: presas hidroeléctricas, explotación petrolera, continuación de la panamericana, un gran puerto sobre el Caribe, un canal interoceánico; y la privatización de los ríos y otros recursos de agua —ese bien cuya escasez amenaza con explotar en los próximos años—, la plantación en latifundio de palma africana, control de las reservas de agua y expoliación de recursos forestales , etc… Todo lo cual exige primero "desocupar" de pobladores esas áreas. Para apresurar esa tarea fueron producidos los nuevos batallones paramilitares.

Colombia no es el único país sometido a semejante presión; las protestas sociales por el ambiente son en rigor inescindibles de la realidad social continental: se trata de defender las peculiaridades de cada región, de reivindicarse para acceder a una recuperación mayor: la de sus individualidades y ser sujetos de la historia. De otra laya no se entenderá la lucha de estudiantes —un reguero de pólvora en todas partes—, de los trabajadores, pequeños comerciantes, técnicos; de los campesinos a los que se les arrebatará —es el plan…—hasta el derecho a conservar sus semillas.

Y aumento brutal del narcotráfico en toda América, potencialmente la mayor de todas las amenazas sociales. La historia reciente de la acción combinada del espionaje y la acción armada subversiva estadounidense en América Latina indica que usó y usará al narco coimo compañero de ruta, como de él se sirvió en Nicaragua.

Hace 40 o 50 años se aceptaba que en Colombia había plantaciones de coca y cannabis, pero la versión oficiosa era que se producía "sólo para la exportación": Estados Unidos, el Caribe turístico, Venezuela que comenzaba a encaramarse sobre la riqueza del petróleo… Que el consumo interno era mínimo. Que el país no caería en las "garras del vicio". Que el territorio nacional era sólo para el tránsito de la mercadería…

No hay países de tránsito y sociedades de consumo. El narcotráfico se rige por las mismas leyes de cualquier empresa: buscar y crear mercados donde no los haya. Cuando este simple hecho fue aceptado, ahora oficialmente, se "descubrió" que el narco prosperaba bajo el amparo de las guerrillas, lo que no es cierto, aunque sí las guerrillas cobran una suerte de impuesto —una tasa al parecer más elevada que la que cobra el Estado chileno a las mineras— ante el hecho sencillo de que no disponen de los medios necesarios para disuadir las plantaciones y primer procesado de la droga; tareas que tampoco cumple el Estado ni con todo el Plan Colombia de por medio.

Los nuevos protagonistas

En este cuadro se insertan los nuevos paramilitares mercenarios. Sus comandantes desocupan tierras. Para la palma o para la coca, para abrir un camino o para la amapola, para la tala del bosque o para recónditos laboratorios. Si detrás de los primeros contingentes hubo una ideología confusamente reaccionaria con el dedo en el gatillo, la nueva promoción —que barrió con los primeros, muchos de cuyos oficiales huyeron a lugares tan distantes como el Cono Sur— se organiza ahora al modo de los "guerreros de la Blackwater", la empresa privada estadounidense que ofrece servicios militares, y de policía militar, y de custodia de convoyes, y de disciplinamiento de poblaciones. Hacia 2006 los viejos paracos se desbandaron.

Este nuevo tipo de grupo armado reemplazó a las organizaciones paramilitares de derecha. Ya no son una tropa movida por vagos sentimientos de antiguo inquilinato rural a la caza de botín o en defensa de la religión y la libertad; ya no existe el patrón, ya no hay que defender un modo de vida. Hoy, adiestrados probablemente por remanentes de "expertos" argentinos (que trabajaron con los Contras en Nicaragua), por elementos israelíes, por estadounidenses, algunos salvadoreños, en fin, entre otros, operan con disciplina que envidiarían las tropas de elite de la policia de Río de Janeiro o el GOPE chileno.

Bala primero, pregunta después, bala al final y, entre medio, algún descuartizamiento: "para que aprendan". Se habla de tres millones de personas en fuga en Colombia.  En este esquema el ejército colombiano tiene poco que hacer —además de ser cómplice de estos actos aberrantes y esporádicas incursiones contra las guerrillas.

El narco también se ha modernizado. Sus fuerza armada —que no es poca— se une a los neoparacos —no en los mismas áreas habitualmente— y cada vez se acercan más, no en forma hostil: los mercenarios no suelen pelear contra mercenarios, prefieren repartir lo que haya.

En esta doble guerra colombiana (una, civil, política, protagonizada por las FARC, el ELN y los restos del ELP contra el Estado, y otra económica, protagonizada por el narco y las corporaciones multinacionales y sus aliado criollos con el visto bueno político y militar de la casa Blanca) difícilmente habrá triunfadores colombianos: todos han sido condenados a perder.

 Colombia es un gigantesco laboratorio de iniciativas de dominación contjnental

Como en México ahora, las aves rapaces de la mentada globalización esperan que de verdad la institucionalidad se convierta en convivencia societaria inviable; tomarán entonces el mando entre el dicho México y la frontera con Venezuela, Brasil y Ecuador: Honduras y Panamá allanan el camino en el istmo.

El zarpazo geopolítico (y económico) está en marcha: América para los (norte)americanos —y si Canadá no quiere, habrá un plan para ella.

Y más al sur los gobiernos peruano y chileno dejarán atrás el impasse de la división de las aguas océanicas y contribuirán a disciplinar al Ecuador, Bolivia y la Argentina. Con Brasil se conversará —hay un plan diseñado— mientras se pueda y siga presente la influencia de Lula. Después Dios dirá —y no olvidar que el mismo Dios es el autor del vals El destino manifiesto de la "gran nación" del norte.

En Colombia el imperio se juega la suerte de sus provincias americanas.

 

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