Dic 9 2008
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Película de la semana

Compañero presidente: Allende, que murió porque no puede sino vivir

LN

Desde la apertura de este documental –pero sobre todo cuando termina, 65 minutos después– comprendemos dos cosas. La primera, que Chile tuvo un futuro distinto de las migajas del espanto neoliberal-conservador que con displicencia el universo de la "libre empresa" (foránea y local asociadas) deja caer por los caminos del país; la segunda, que es cierto eso de que hay personas que mueren para vivir, luego, eternamente.

Nada hay de espectacular en esta película que registra a dos hombres que hablan. Uno es el recién elegido Presidente de la República de Chile, Salvador Allende, el otro un entonces joven intelectual liberado de una cárcel boliviana, Regis Debray. Lo notable es el pulso de la cámara, que desnuda, sin entrometerse, gestos, ademanes, miradas.

Corría 1971, la Unidad Popular navegaba –o creía entonces hacerlo– hacia la altamar de la historia; el país popular derrochaba optimismo, se planteaba trabajos voluntarios. Lo añorado por generaciones de chilenos –dignidad, respeto, trabajo– parecía al alcance de la mano. Lo cierto es que Chile nunca fue tan lindo.

(Pero sí, había un miedo agazapado y estimulado por campañas terroristas pagadas, quién sabe, por la CIA o el Department of State, y ejecutadas por chilenos; campañas que pronto dejarán de serlo para mutar a terrorismo a secas).

Debray no cree mucho en la "vía chilena al socialismo" que propugna Allende, es un intelectual francés, está frente a un proceso inédito que no le parece demasiado racional. Y esta contradicción –que no alcanza para antagonismo– permea el diálogo, lo enriquece y lo hace trascender la circunstancia en que se produce, hace ya 37 años, para llegar todavía fresco en lo sustancial hasta nuestros días.

Miguel Littin, el director de Compañero presidente, era a la sazón un joven cineasta de 30 años, apenas mayor que el productor ejecutivo, Sergio Trabucco; pero no necesitaban acreditar mayor experiencia –que la tenían– ni más edad. Tal vez porque eran parte del proceso de la Unidad Popular, comprometidos con los movimientos sociales –y siguen estándolo– pudieron conseguir el solve et coagula alquímico que convierte la filmación de una entrevista en un documental.

El resto… El resto es el paso del tiempo. En agosto de 1973 –pero antes en realidad, desde el día de las elecciones que ganó Allende– los dados estaban tirados y sólo la traición a sus ideales y a su pueblo exigida al presidente los hubieran detenido. No importa mucho ya, es apenas una precisión histórica: golpistas de ayer son entre los héroes de la democracia de hoy.

Es extraño –lo extraño es lo ajeno a aquello de lo que, sin embargo, forma parte: en este caso la historia de Chile convertida hoy en espectáculo de cabaré–, es extraño, decía, ver esas imágenes de hace 37 años y escuchar voces que plantean ideas, esperanza e invitan a la reflexión. No intente comparar esa realidad con la actual cotidiana: es un desastre vivir un desastre –porque el único remedio quizá sea patear el tablero.

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