Ago 2 2004
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Opinión

Concertino por la bananización de USA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Tras los hechos de hace casi cuatro años en La Florida (Flórida para los “deme dos” de Miami) el Partido Demócrata de EEUU -cuyo símbolo es un burro- vuelve a las primeras planas de la prensa mundial no como alternativa, sino en calidad de garante del sistema que oprime a buena parte de la poblacion de aquel país y a una mayor de la del mundo.

El corazoncito “líberal” (con acento en la i) de las buenas conciencias y observadores -los observadores políticos no tienen por qué tener buena conciencia- asumen que la carrera emprendida por el señor Kerry para llegar al famoso, y a ratos, como sabemos pecaminoso, Salón Oval es parte de aquella que corren las tres cuartas partes de la maltrecha humanidad por mejorar su calidad de vida.

“Sorrry”. No es así.

La jungla parafernálica acaecida en Boston hace un par de días no tiene otro sentido más que el formal: habrá una elección ganada por la mejor sonrisa que acompañe a la mayor “inversión” en el proceso electoral. Es de suponer, ¿por qué no?, que en el futuro mes de marzo de 2005, como “daño colateral” de la Convención de marras, la población de EEUU aumente por el nacimiento de algunas niñas y algunos niños subproducto del entusiasmo militante.

La única relación de maese John Kerry con quienes lo miramos por TV -y de él a veces hablamos en castellano- es caricaturescamente cultural: su parecido con los personajes que El Greco retrató: largo y flaco; semejanza que -tal vez quieran sus asesores de campaña si piensan en los votos de la familia italiana en EEUU- podria hacerse extensiva a las figuras de Modigliani. Pero que vista de cerca desaparece, digámoslo, al observar la sonrisa del candidato.

En algún periódico de EEUU leímos que los demócratas van por la “restauración”, palabra imperial como pocas. Es de esperar que no se hayan referido a restaurar los pabellones de caza de Teodoro Roosevelt, las conexiones del inefable Nixon, las botas del “sueco” Reagan, esa suerte de mini-cuasi Trianón de la etapa kennediana o a la más sabrosa imperante en la clintoniana. La única restauración posible desde y en EEUU es la que asegura su Constitución: libertad; que aquellos que no pensamos como su stablishment vivamos como se nos cante vivir no importe dónde vivimos.

Pero no será así. No puede ser así. Hace mucho que los gobiernos estadounidenses son en realidad voceros y protectores de los intereses de su peculiar oligarquía, y desde hace mucho también no representan más que esos intereses, del mismo modo que los generales (o sargentos) centroamericanos y caribeños defendían los intereses de sus “socios” del norte poderoso, amparados debajo de grandes gorras militares y una estruendosa y militante religión cristiana. A ellos se los llamó gorilas, porque reinaron sobre repúblicas bananeras: recordad ese “son of a bitch” pero “nuestro” fideputa.

Hay, sin duda, un corazón libertario cuya sangre permea la cultura estadounidense y lo convierte en una sociedad admirable por asuntos que nada tienen que ver con el sector dirigente de su clase dominante.

Lo que será obviamente triste para los fantasmas de Mac Leish, Pound, el autor de la Tierra Baldía que optó por ser inglés, o de Sennet, de Trumbo y todos los de la lista negra del senador, y hasta para el mismísimo Whitman -no hablemos de otros, como el señor Henry David Thoreau, por ejemplo-.

Los nombres serían muchos e incluirían ahorcados, electrocutados, asesinados por otras vías, enfermos mentales, marginales, suicidas. Es decir, la lista incluiría a aquellos que vivieron antes que el país se bananizara al mejor estilo centroamericano y a la mayor parte de los que se dan cuenta, hoy, de esa bananización.

Cuando un aspirante a estadista utiliza como categoría la simbología de los estandartes por los cuales se tiene que luchar -y morir- por el simple hecho de que hay que obedecer sin pensar (como en Viet Nam), y hace gala de su heroicidad en una guerra que jamás fue declarada -porque no fue guerra, fue invasión y pillaje- sin preguntarse por qué el sacrificio, y saluda como militar, y habla de la pasión por su país y del respeto que éste merece sólo por el hecho de que “God bless América”, etc…, etc…, ¿en qué se diferencia de aquellos dictadores que emplearon los mismos utensilios mediáticos -aunque fueron más modestos, o menos poderosos-?

Cierto. Comprendemos que lo de Boston fue una cita pre electoral y que no se debe juzgar por lo que acontezca en reuniones de esa naturaleza. Sólo que hace tiempo es poco lo que se confina al ámbito local, y menos todavía en aquellos Estados que se erigen en rectores éticos y jefes de policía del planeta. Quienes aspiran a administrarlos saben que sus dichos y determinaciones logran alcance planetario. Podrá ser ingenuo, pero no absurdo, esperar de ellos una estatura intelectual por lo menos al ras con esa realidad.

Y si no se dan cuenta de lo señalado es que no. No tienen esa estatura. No la tienen. Son buenos padres de familia, sin duda. Pero el pater familias a cargo de la res pública desapareció cuando Roma se convirtió en Imperio.

Acaso viviremos súbditos de un imperio bananero: el triunfo de Walt Disney. Y de George W. Bush, por cierto -aunque esté más cerca de las Looney Tunes. Fidel, no te mueras.

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