Mar 15 2010
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Opinión

Construir un líder desde el mando

Lagos Nilsson.

Con demasiada frecuencia –y por distintas razones– oímos hablar y leemos sobre "líderes": los líderes del mundo se reúnen, los líderes de la economía de mercado, cumbre de líderes por la democracia… La palabreja en cuestión, sin embargo, no debe tomarse a la ligera; su origen es antiguo y su actualidad compleja.

El término designa al jefe, pero un jefe especial, no a cualquiera al mando. La lumpenprensa –acostumbrada a la traducción directa de comunicados y despachos en inglés– lo utiliza con gula; también quienes medran en los mundillos de la política ligera, el autoritarismo, las finanzas etc…: todos quieren ser o se sienten líderes. El vocablo líder no procede, stricto sensu, del inglés, viene del alemán –y de una época en que el inglés y el castellano estaban todavía en formación.

Quizá su contraparte castellana sea la voz caudillo, y no se usa porque la palabra caudillo tiene mala prensa: contribución de la ideología al idioma. Así, en Chile para no ir más lejos, los hermanos Carrera son calificados de caudillos; en cambio O’Higgins es vestido con el liderazgo. Lo hermanos Carrera mueren a hierro, O’Higgins, en cambio, en su cama –aunque en el exilio–. En el siglo XX el único que reivindicó para sí (y sólo para sí) el caudillazgo fue el tristemente famoso Francisco Franco: poder total, total impunidad.

Líderes fueron esos guerreros rubios que al mando de sus mesnadas caminaron y cabalgaron desde el norte arrasando la frontera y luego hasta la última ciudad del imperio romano entre las dos Hesperias, España, la occidental de Roma e Italia, la occidental de Bizancio. Casi todos ellos –vándalos, godos, ostrogodos, alanos, etc…– tuvieron mala muerte y muy pocos descendientes o legatarios constructores.

Los que llamamos líderes hoy son en realidad dirigentes políticos –o burócratas o mini caudillos, pesan dentro de cúpulas, no expanden influencia real en todas las capas de la población–. El actual Presidente de la República de Chile no es un dirigente político, su contacto o presencia entre las masas ciudadanas es nulo. Piñera es un personaje a construir.

El líder es una suerte de reflejo autónomo que encarna bajo circunstancias especiales lo mejor, y también lo peor, del imaginario social, en especial tras grandes catástrofes, derrotas militares, crisis económicas. Hitler fue un líder, Napoleón un organizador brillante devenido en caudillo. Detrás de ambos quedó Europa devastada. Sólo que uno fabricó el auto del pueblo y levantó los hornos, el otro organizó Francia y produjo un Código Civil.

A lo largo del siglo XX Chile no conoció líderes verdaderos, aunque excepcionalmente políticos como Alessandri Palma o Ibáñez del Campo cumplieron ese rol en algún momento. Allende no fue un líder, se lo recordará como estadista que supo abrirse camino hacia el corazón del pueblo a través de más de 30 años en la política, lapso durante el que levantó un programa social de gobierno. Lo suyo no se caracteriza por palabrería hueca que apela a supuestos o reales "valores patrios", gestos vacíos, poética de la irracionalidad.

Juan Domingo Perón dijo una vez que las masas avanzaban con sus dirigentes a la cabeza …o con la cabeza de sus dirigentes; esa frase del gran pronunciador de frases nos ayuda a comprender lo que es un líder y lo que es un dirigente político. Piñera no ninguna de ambas cosas, lo que lo convierte en un hombre peligroso. Para sí mismo y para la sociedad.

El dirigente político, lejos de todo mesianismo, procura estructurar, convencer, enseñar, aprender; discute, manda, organiza y también obedece; es un dirigente por virtud de ser reconocido como tal según reglas claras de un juego orgánico, normas que permiten la integración de voluntades y el respeto al otro: las que permiten unidad en la diversidad.

El líder no; conduce por convencimiento emocional –eso que llaman carisma– y la fuerza que de éste dimana, habitual y necesariamente intolerante; lo hace con la velocidad de una locomotora fuera de control, y no pondera. Lo suyo es la gloria o la muerte. Edifica, pero no construye más que la escalera para ascender y los muros y trincheras que lo protegerán. Avanza, exige, modifica pausas y metas, se eleva hasta la cúspide y cae y muere; de él quedarán los trozos de un mosaico derruido que el tiempo histórico intentará desentrañar para saber cuál fue su sueño –o desvarío.

En Chile –y no "en cierto modo"– la derecha sabe que llegó al gobierno de la república de la mano con un primer mandatario que no sabe mucho de mandatos, no un sujeto providencial, sino alguien bien provisto de ambiciones, con dotes para el mando, pero quizá sin la imprescindible visión histórica que caracteriza el mando político del estadista; tal vez un solitario.

Acaso considere la derecha que Sebastián Pîñera carece de autoridad moral-políica sobre las masas ciudadanas –o sobre lo que resta del ciudadano en el consumidor–. Acaso piense en el cortocircuito a la espera entre la acción del gobernante y el pasado de aquel que se enriqueció a lo largo de los deslizamientos y desplomes legales de la dictadura y la quebrada institucionalidad del país. Y por eso acaso procure a lo largo de las primeras semanas de gobierno construir una personalidad que contenga el remedo de un recuerdo, inexistente, que también se debe construir.

Una personalidad que unifique al millonario con el político, al político con el dirigente, al dirigente con el gobernante, al gobernante con el estadista y al estadista con el líder. Y para eso están los medios y las redes de comunicación social.

El resultado bien puede, vale la pena reiterarlo, ser muy peligroso.
 

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