Ene 24 2007
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Opinión

Cosas del papado. – RATZINGER CONTRA LA CIENCIA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

En su visita a Alemania, y durante su homilía en la ciudad de Ratisbona, el papa Benedicto XVI reavivó la vieja polémica entre ciencia y religión al afirmar que “la teoría de la evolución es irracional”. La traducción de su discurso hecha por alguna agencia de noticias dice:

“¿Qué existe en el origen? ¿La razón creadora, el espíritu que obra en todo y suscita el desarrollo, o la irracionalidad que, despojada de toda razón, produce extrañamente un universo ordenado de manera matemática, así como el Hombre y su razón? En este caso, sería entonces solamente el resultado casual de la evolución y, por tanto, en el fondo, también algo irracional”.

Contrariamente a lo sugerido por los medios de prensa de medio mundo, se puede pensar que Ratzinger no se refirió a la teoría de la evolución como tal sino a la concepción del origen del hombre que prescinde de la hipótesis de Dios, al decir de Savater, “cual Laplace ante Napoleón”. Lo que ocurre es que como teólogo de raza, Ratzinger hace gala de un discurso retorcido, oscuro, empalagoso y divagante. La sinuosidad de sus elucubraciones teológicas le da apariencia de profundidad a un discurso vacío y plagado de peticiones de principio. Volveré sobre el asunto de la evolución más adelante.

“La intención aquí no es el reduccionismo o la crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación. Tendremos éxito al hacerlo sólo si la razón y la fe avanzan juntas de un modo nuevo, si superamos la limitación impuesta por la razón misma a lo que es empíricamente verificable, y si una vez más generamos nuevos horizontes…”

¿Que significa exactamente “ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación”? Benedicto reclama así, sin ruborizarse, una suerte de licencia teológica para el vale todo. Ensaya un discurso poético tal vez con la esperanza de que una razón “ampliada” legitime –entre otras cosas– los aberrantes dogmas de la Iglesia, para lo cual plantea liberarse de lo que es empíricamente verificable.

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¿Qué significa “sólo si la razón y la fe avanzan juntas?”. Y más aún, ¿qué significa exactamente “de un modo nuevo”? Bastardeando la lógica, la teología vaticana llega a estas formulaciones ad hoc para intentar resolver las aporías insuperables que le señala el sentido común. Sólo de ese río de vaguedades simbólicas revueltas el pontífice teólogo obtiene alguna ganancia. Citando a Christopher Hitchens: “Menciona al pasar a Kant y a Descartes, deja afuera a Spinoza y Hume, y deshonestamente trata de hacer parecer que la religión y la Ilustración y la ciencia son, en última instancia, compatibles, cuando todo esfuerzo del pensamiento libre siempre tuvo que mantenerse, con gran riesgo, en contra de la ilusión fantástica de verdades reveladas y sus representantes terrenales”.

“En ese sentido la teología pertenece correctamente a la universidad y está dentro del amplio diálogo de las ciencias, no sólo como una disciplina histórica y ciencia humana, sino precisamente como teología, como una profundización en la racionalidad de la fe”.

Sí, hay que leer varias veces esa última parte antes de caer en un sopor surrealista: “como una profundización en la racionalidad de la fe” (?). Sin embargo, el mejor ejemplo de la teología vaticana como “ciencia” lo dio el propio Ratzinger hace unas semanas cuando un grupo de teólogos –con el rimbombante nombre de Comisión Teológica Internacional– fue convocado al Vaticano por Benedicto XVI para tratar sobre… el limbo.

Ratzinger ya había dicho en 1984, como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Inquisición o Santo Oficio), que el limbo era “una hipótesis teológica” utilizada para resolver un dilema que siempre había inquietado a la Iglesia Católica: ¿qué pasaba con esos niños sin bautizar y con los millones de personas que habían muerto cuando aún no había sido instituido el bautismo? Entonces, los teólogos, pseudointelectuales al servicio de la charlatanería eclesiástica, elucubraron una especie de “lugar” adonde enviar esas almas. Este particular paraje metafísico no podía ser ni el Cielo ni el Infierno. Tampoco el purgatorio porque, como ya se sabe, al purgatorio sólo van los bautizados…

Pues bien, después de sesudos debates, que compiten (en cuanto al bizantinismo ocioso) con aquellas peregrinas discusiones medievales sobre el sexo de los ángeles, y una infaltable ceremonia litúrgica de rigor, la Comisión Internacional de Teólogos decidió, abracadabra mediante, cerrar las puertas del limbo y dejar el destino de esas almas en manos de… nuevas comisiones o, eventualmente, de Dios. En fin, que para eso están los teólogos: ¡para resolver candentes cuestiones supradimensionales! Aquí se cumple lo que el filósofo José Pablo Feinmann denominó “la ambición suprema del pensamiento mágico”.

¿Diálogo genuino?

“Sólo así nos hacemos capaces de lograr ese diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy.”

Lo que tal vez necesitamos con mayor urgencia es desenmascarar a los hipócritas de sotana. Es llamativo que después de citar una frase de Manuel II en la que llamó “malvado” e “inhumano” al Islam, que desató la ira de los musulmanes, e intentando después –de manera patética– convencer de que la trajo a colación aún discrepando radicalmente de ella, quedando como un charlatán incapaz de sostener sus afirmaciones o de reconocer su error sin tantas vueltas, nos hable ahora de “diálogo genuino de culturas”.

¿Cómo puede hablar de ello alguien que se arroga la infalibilidad de pertenecer a una religión que se considera única depositaria de una “verdad” exclusiva y excluyente? Y es justamente aquí donde se oculta una de las causas de la anemia moral e intelectual de la Iglesia: Ratzinger se cree legitimado por la verdad que la Iglesia le “garantiza”.

“Occidente ha sido puesto en peligro por mucho tiempo por esta aversión en la que basa su racionalidad, y por lo tanto sólo puede sufrir grandemente. El coraje para comprometer toda la anchura de la razón y no la negación de su grandeza: este es el programa con el que la teología anclada en la fe bíblica ingresa en el debate de nuestro tiempo”.

Ciertamente es la aversión, pero a la racionalidad, la que permite que una absurda “teología anclada en la fe bíblica” siga predicando la nefasta doctrina de la anticoncepción bajo el rótulo de pecado, convirtiéndose en una enseñanza criminal en países subdesarrollados o en el África, donde el sida ha alcanzado tal nivel de devastación que se requiere de algo más que de la retrógrada fe para combatirlo. En opinión de Fernando Savater: “No sé cómo sería antes de verse iluminado por el Espíritu Santo, pero lo que nos viene llegando de su inspiración pontifical últimamente deja bastante que desear: en Ratisbona, sin ir mas lejos, estuvo tan profundo como un cenicero y tan sutil como un ladrillazo”.

Finalmente, lo que salta a la vista del discurso Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona, es su quijotesca obsesión por conciliar fe y razón mediante una quimérica cruzada teológica que hace agua por todos lados.

En este extraño intento de conciliar posturas teológicas con la razón han participado también nombres respetables. Si hay alguien que contribuyó –a mi juicio, equivocadamente– a la difusión de la idea de que no hay confrontación entre ciencia y religión, fue el científico norteamericano Stephen Jay Gould. Pese a ser un combatiente del creacionismo y firme defensor del evolucionismo, en su libro Ciencia versus Religión (1999), Gould plantea la cuestión de los “magisterios no superpuestos”, es decir, que mientras la ciencia se ocupa de los hechos y fenómenos del mundo y su funcionamiento, la religión se atiene a la moral, la esperanza y el significado último.

Pero esto no es verdad. Para cualquiera que conozca el contenido doctrinal de la Iglesia Católica, queda claro que la religión hace afirmaciones que se aventuran profundamente en el territorio de la ciencia. Citando al biólogo Richard Dawkins: “Es completamente irrealista afirmar, como hacen Gould y muchos otros, que la religión se mantiene fuera del césped de la ciencia, restringida a la moral y los valores. Un universo con una presencia sobrenatural sería un universo fundamental y cualitativamente distinto de uno que no la tuviera. La diferencia es, ineludiblemente, una diferencia científica. La religión realiza afirmaciones sobre la existencia, y esto significa afirmaciones científicas”.

A pesar de los antecedentes poco favorables para la Iglesia por sus numerosos desatinos en ese terreno, Benedicto XVI volvió a aventurarse temerariamente en territorio de la ciencia al dejar entrever que “la teoría de la evolución es irracional”. Esta frase se inscribe en la categoría de aquella sentenciada por el Cadernal Roberto Bellarmino durante el juicio a Galileo (1633):

“Afirmar que la Tierra gira alrededor del Sol es tan erróneo como proclamar que Jesús no nació de una virgen.” Hoy día ya no es aplicable aquella antigua línea eclesiástica inaugurada por San Agustín, cuya famosa frase “Roma locuta est causa finita est” (Roma ha hablado, el debate está terminado), era suficiente para dejar sentenciada una cuestión.

Quizá sea necesario preguntarse si para Benedicto XVI es más racional el relato del Génesis sobre el Dios que crea al hombre del barro y a la mujer de una costilla del varón, del Dios que crea al mundo en seis días y luego descansa (?), en fin, la historia de la serpiente parlanchina y la manzanita… Pero claro, se salva el mito con la teología más mezquina.

Benedicto XVI, ex Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, no puede hablar de irracionalidad sin aplicarla a sus propias creencias y sin pasar por alto, olímpicamente, que la irracionalidad de la Iglesia propició su intolerancia, fanatismo, sus prácticas represivas, la intimidación psicológica y moral. La irracionalidad, la tortura y la muerte fueron sus sellos distintivos. El sacrificio en la hoguera de Giordano Bruno (1600) y el proceso a Galileo (1633) son los símbolos del período más oscuro de la historia de la Humanidad. Y la iglesia fue su principal protagonista.

El consenso imposible

¿Se puede esperar algún consenso entre ciencia y religión o entre la razón y la fe? No lo creo. La ciencia está basada principalmente en la evidencia, nada tiene que ver la autoridad y menos la revelación, como ocurre en la religión. En la ciencia nada se acepta por la fe, mientras que en la religión no sólo se deben creer cosas sin ninguna prueba, sino que, a menudo, hay que creerlas aunque haya pruebas en contra (se considera que esto, precisamente, ¡pone a prueba y refuerza la fe!).

En las ciencias fácticas nada se eleva jamás a la categoría de verdad absoluta. Todo conocimiento es y debe ser falsable y verificable y los miembros de una comunidad científica están unidos por una actitud crítica y exploratoria. Contrariamente, la religión se basa en dogmas fosilizados e inamovibles que deben ser aceptados acríticamente y mantenidos piadosamente a través de una tradición incuestionada.

En definitiva, citando a Mario Bunge: “Ni la revelación, ni el estado de gracia, ni la oración son científicamente aceptables. La ciencia y la religión no son meramente diferentes, sino que son antitéticas”.

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* Representante de la revista Pensar en Paraguay.

www.pensar.org

Addenda

Piel de Leopardo agradece al periodista Alejandro Agostinelli –director del portal Dios! (www.dios.com.ar)– haber tomado conocimiento del artículo reproducido. Señaló Agostineli:

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“Acabo de terminar de leer la última edición de la revista “Pensar” (Vol 4 Nro 1, Enero/Marzo de 2007), verdadera rara avis entre las publicaciones en español dedicadas a las creencias, la ciencia y lo paranormal, y no quiero dejar de insistir sobre la conveniencia de suscribirse”.

La revista “Pensar” cuenta con una carpeta de suscripciones.

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