Ago 3 2006
333 lecturas

Opinión

CUANDO DIOS DUERME

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Una recomendación básica para todo aquel que se aventure a comentar un hecho contingente en un artículo, es mantener la serenidad. En otras palabras, no se puede escribir con toda la indignación vigente, so riesgo de subjetivar demasiado el escrito. Digámoslo en buen chileno, en buen argentino, en buen peruano, en buen latinoamericano: no es conveniente escribir con la mierda hirviendo.

Pero tampoco se puede permanecer impávido ante la barbarie pues, como dijera Unamuno, hay veces en la cuales callar es mentir. Aquí va, entonces, una reflexión quizás un poco visceral sobre un nuevo acto deleznable cometido por los actuales hitlerianos de la Tierra: la masacre horrorosa de mujeres y niños perpetrada ayer en la ciudad libanesa de Qaba a manos de los que la Biblia llama “las huestes de Israel” es decir, según la misma Biblia, las huestes de Dios.

foto
Hace algún tiempo, a propósito del renacer del nazismo en el mundo, decíamos que el daño más grande que hizo la Alemania nazi sobre el pueblo judío no fueron los millones de muertos –niños, mujeres, ancianos masacrados de la forma más horrorosa ideada por el hitlerismo–, sino traspasar al alma de ese pueblo el concepto totalitario de la supremacía racial, aquel que justifica los genocidios, la violación de los derechos humanos y todos los crímenes de lesa humanidad.

Decíamos también ahí que, según lo ha demostrado la historia, la principal lección aprendida por el pueblo judío de su maestro Adolf Hitler fue el uso de la metodología fascista, aquella de aplicar la superioridad divina de la raza a sangre y fuego, aplastando bajo las orugas de los tanques, y hoy bajo la moderna cohetería pagada por el oro sionista del mundo, a pueblos mal armados, tan indefensos como lo fueron los millones de seres humanos conducidos a la hoguera de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, no obstante la evidencia palmaria, objetiva, de lo que ahí dijimos demostrada por estás masacres ya cotidianas con las que Israel estremece al mundo, el verdadero origen de la mentalidad fascista del judaísmo sobrepasa largamente la aparición nefasta, pero circunstancial del nazismo alemán. Hay que buscarla en las raíces mismas del pueblo hebreo, aquel pueblo que se inventa una religión a la medida como una forma de defensa ante la diáspora a la que es impulsado por los imperialismos predecesores a Cristo y que se expresa como declaración de principios principalmente en el Antiguo Testamento de la Biblia.

fotoDios toma partido

En la actualidad el alejamiento –cada vez más masivo– de la humanidad de la religión practicante, ha relegado a un lejano segundo plano la lectura y, más aún, la comprensión profunda de los escritos bíblicos. Pocos entre la masa de creyentes católicos y protestantes, y menos aun entre los agnósticos, conocen a cabalidad el sentido y los objetivos sociopolíticos que encierra el llamado libro de todos los libros: la Biblia. Eso ocurre con la práctica religiosa en occidente.

En cambio para los judíos el Antiguo Testamento, reconocido por ellos como la única parte válida de la Biblia, constituye la declaración ideológica que consagra al pueblo hebreo como el pueblo de Dios, el elegido, aquel que será alzado hasta el cielo a reinar junto al Padre cuando Jehová decida poner fin a este mundo. Se justifica así, refrendada por la palabra divina incuestionable, la legitimidad de Israel de usar cualquier método, incluido el genocidio perpetrado contra otros pueblos, para que se cumpla la palabra de los profetas bíblicos. Es la justificación ideológica de las masacres, asesinatos y todo tipo de tropelías cometidas por el “pueblo de Jehová” en contra de esos otros seres a los que Jesús, en el Nuevo Testamento, tuvo la osadía de llamar también “hijos de Dios”.

La presentación estructural de la Biblia nos muestra dos divisiones claramente diferenciadas. Por una parte el Antiguo Testamento, escrito por judíos para judíos, que relata las vicisitudes del pueblo hebreo, tanto sus sufrimientos como sus victoria militares que le permitieron esclavizar a otros pueblos, conducidos por grandes reyes guerreros como Saúl, David y Salomón, y por la otra el Nuevo Testamento, escrito también por judíos, pero esta vez para todos los hombres de la tierra, donde se predica, por el contrario, la humildad, el respeto y el amor entre los seres humanos del planeta sin exclusión.

Ambos libros tienen entre sí diferencias tan profundas que los hacen dos manifiestos ideológico-religiosos diametralmente opuestos en todos los sentidos, incluyendo el dogma teológico. ¿Qué los une entonces? ¿Por qué conviven en un mismo tratado llamado la Biblia?

El único nexo que enlaza a estos documentos filosóficos de dos religiones tan diferentes es la nacionalidad de Cristo, que surge de una de las tribus de Israel profesando en un comienzo la religión de sus padres, aunque más tarde culmina rompiendo con los principios básicos de esa religión, la judía, de corte netamente racista y facistoide, rebelión que, por lo demás, le va a costar la vida a manos de sus connacionales.

fotoLas proyecciones modernas del Antiguo Testamento

El concepto profundamente racista que encierra la religión judía, aquella que eleva su raza a la categoría de divina traspasándola a una política de Estado, tuvo su origen en el Hazkalá del siglo XVIII, que no nació como un chovinismo nacionalista, sino como un sentimiento, por lo demás legítimo, destinado a obtener una fisonomía propia, aunando cultura, lengua y educación propia para un pueblo que se encontraba disperso por el mundo. Si bien el Hazkalá, la Ilustración, tenía un objetivo esencialmente sociocultural, va a servir sin proponérselo como base al nacimiento del sionismo que, a fines del siglo XIX, surge derivando el concepto nacionalista hacia la imposición por la fuerza de un estado judío poderoso, capaz de barrer militarmente con cualquier adversario que se oponga a su creación y que se oponga, por lo tanto, a los designio de Jehová.

La materialización del sueño sionista se concreta en 1948, cuando el mundo, impactado por los sufrimientos del holocausto cuyos detalles comienzan a ser develados, conviene a través de Naciones Unidas, en entregar al pueblo hebreo una patria física originándose así Estado de Israel. Luego de algunas desavenencias en los comienzos del flamante país, los sionistas congenian finalmente en una estrategia de poder destinada a revestir al nuevo estado con un blindaje militar formidable, preparándolo para una política expansionista de recuperación de territorios supuestamente consagrados a Israel por voluntad divina. Requieren para ello forzosamente de la ayuda internacional, cuya manipulación queda a cargo de los judíos dispersos en el mundo que cuentan con una poderosa base económica y una fuerte influencia política en la mayoría de los países del orbe.

Se impone entonces la política de reconocer la calidad judía, es decir el status del ius sanguinis, a cualquier hebreo sin necesidad de vivir en Israel ni abjurar de la nacionalidad obtenida durante la diáspora. Esto encierra un elemento de vital importancia para los planes totalitarios del sionismo gobernante en Israel. Al enlazar a todos los judíos del mundo al destino de Israel como nación sin la obligación de establecerse en el país, es decir sin la “aliyá” que alguna vez propició Ben Gurión, se aseguran un apoyo incondicional de sus hermanos de sangre y religión ubicados en puestos claves de la economía y la política mundial.

Para éstos en último término primará siempre el interés sionista sobre los intereses de cada país por separado o los intereses de la comunidad internacional. Son, por decirlo más claramente, la quintacolumna del sionismo que presta un apoyo formidable a los planes de Tel Avid y explican el éxito armamentista y la soberbia del gobierno judío para despreciar las condenas de la ONU y de los seres dignos de este planeta.

La lex talionis, el ojo por ojo bíblico: un peligroso búmeran

fotoEn el delicado asunto que trata de este artículo, que decíamos al principio que estaba presidido por la indignación que sacude, por lo demás, a todo el mundo por la reciente masacre de Qaba, se hace necesario precisar muy bien sus puntos. Al contrario de la actitud obstinada de los grupos más radicalizados del mundo árabe, en especial en Palestina, creemos que la legitimidad moral, civilizada, moderna, de la existencia del Estado de Israel, es incuestionable, así como jamás se cuestionará la existencia de Estados Unidos como nación a pesar del carácter imperialista de su gobierno. Tampoco estamos de acuerdo con aquellos que, obnubilados por la ira –comprensible ante los actos repudiables de Israel– llevan su crítica al punto de replantearse si acaso los pogromos y, sobre todo, el holocausto nazi del pueblo judío, fueron en realidad injustos. Ni aún en los momentos más execrables de la infame política agresiva del sionismo se puede confundir una cosa con la otra, so peligro de quitar legitimidad a la indignación.

Sin embargo, no se puede dejar de notar una paradoja preocupante que rige cada vez con más fuerza la lucha desatada entre naciones poderosas –dotadas del más sofisticado armamento– y los grupos que, en paupérrimas condiciones económicas y logísticas, combaten defendiendo su propia tierra y sus derechos aplastados por potencias bélicas como Estados Unidos, Israel o Inglaterra. Cerrada toda posibilidad de defensa ante tamaño poderío, recurren a los ataque suicidas, estigmatizados mundialmente como terroristas, teniendo como blanco el corazón de las ciudades del agresor que no pueden acorazarse como el aparataje militar que poseen sus ejércitos.

Los ataques del 11 de septiembre a las “torres gemelas” en Nueva York, a los trenes subterráneos en Madrid (en ese entonces con tropas desplegadas en Irak por el gobierno derechista de Aznar) y en Inglaterra, socio de tropelías de Bush y Ehud Olmert, son condenados unánimemente por la comunidad internacional por una sola razón: en ellos mueren civiles, niños, mujeres ancianos, que pagan con su vida las felonías de sus gobiernos. Cabe entonces, preguntarse: ¿cuál es la diferencia de las masacres que perpetra Israel en Palestina y en el Líbano, y Estados Unidos e Inglaterra en Iraq asesinando también a los mismos sectores inocentes de la sociedad?

Y he aquí la pregunta que nadie quisiera formularse, a menos que se concuerde con la Biblia del judaísmo y su ley del Talión: ¿cómo vamos a calificar la futura e inevitable respuesta que Hezbollah o cualquier otro grupo de resistentes, hará al asesinato frío realizado por las tropas judías contra sus pueblos?

fotoEl embajador israelí en Santiago de Chile, preguntado por un periodista cuál era la justificación de la masacre de Qaba, respondió con una expresión en el rostro que no se lograba definir como la de un descarado desparpajo, o la del típico convencimiento del fascista que se rige por las leyes de la muerte: “Es que los guerrilleros de Hezboláh se esconden entre la población civil. Nosotros somos los buenos y ellos los malos”.

Inútilmente esperamos la contra pregunta lógica que el periodista no hizo: ¿van ustedes a matar entonces a toda la población civil para eliminar a Hezbolláh como Herodes hizo con los niños de Belén para eliminar a Jesucristo?

La respuesta del señor embajador es el sonido de las bombas que, a la hora que esto escribo, continúan cayendo sin misericordia sobre las ciudades libanesas, mientras la sangre de los niños, no importa su nacionalidad, sigue corriendo simplemente como sangre de niños.

————————————————

* Escritor y científico.

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario