Mar 30 2005
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Opinión

Cuatro en Venezuela y el tigre de papel

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Una semana difícil para la lectura de los diarios por la gente de bien: el príncipe monegasco no mejora y el papa se muere sin remedio; tiembla otra vez en las tierras del turismo oriental, no se comprende qué pasa con la Schiavo ni lo que fue a hacer la señora de Bush a Afganistán; de Iraq mejor no hablar –en cinco meses se dobló la población carcelaria, ¿serán todos delincuentes?–; tampoco de economía vale la pena decir nada.

Los chilenos –algunos chilenos– festejaron que Fitch Ratings haya determinado que la deuda externa fiscal se reclasifica en A de A-, lo que no conmueve a los pescadores artesanales, con su oficio y su vida en pleno naufragio, ni a los pionetas que reparten Coca Cola y que tuvieron que declararse en huelga. Otros, argentinos esta vez, celebraron el aplazamiento del dictamen judicial en EEUU sobre unos US$ 700 millones de los ayer alegres bonos del endeudamiento “para crecer”.

Sin que se desanudara la adustez de los rostros la población boliviana, la extrema inquietud enseñoreada en Ecuador, la interminable violencia hambreada de Guatemala, las intrigas florentinas que nacen, mueren y renacen en México de cara a la próxima renovación presidencial o las corruptas andanzas de un sector –no pequeño– a cargo de la administración pública paraguaya –por citar algunos ejemplos de la “marcha de las cosas” en América Latina–, se produjo en Venezuela una “cumbre” extraña.

El río indiferente

Extraño es lo raro, lo singular –o extravagante–. Y cuando menos extravagante resulta en América una reunión de carácter político y económico sin el “visto, bueno” de la Casa Blanca o alguno de sus organismos o “agencias”. Levemente impropio, además, fue la presencia, y activa, del señor Uribe, presidente de Colombia, en el “tetraconciliábulo” junto al español, señor Rodríguez, Lula Da Silva y Hugo Chávez.

Se fotografiaron como lo hubiera recomendado el mejor asesor de imagen –quizá de cierto hubo uno y lo recomendó– ante la indiferencia de la corriente marrón del río, la alegría de muchos venezolanos que no sabían exactamente por qué estaban contentos, y la grima de otros que hacen de la desazón una enseña cada vez que Chávez hace un movimiento.

Probablemente “la” embajada en Bogotá tragó el chicle –o confió en que el amigo Uribe no olvidara los consejos recibidos– porque, si a ver vamos, ¿qué hacía el aliado estratégico de la región junto al “dictador” (tantas veces elegido), a ese tipo simpático que hace buena letra, pero que en definitiva no es confiable –porque Lula no termina de ser confiable–, y aquel “cobarde” que sacó sus tropas de Iraq?

Las cartas del póker guayanés

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Sucede que el gobierno de Colombia necesita oxígeno latinoamericano por lo tanto que entregó el país –o, al menos, permitir usarlo– al socio del norte.

Aunque no en alta voz –se guardan las formas– en América de Sur suele pensarse que el “éxito” uribeano del Plan Colombia no es más que la construcción de una cabeza de puente orientada con gula hacia Amazonia, en lo geoestratégico, y que en lo geopolítico la rapacidad teje en torno de Ecuador y Venezuela como objetivos inmediatos –mientras medita cómo frenar a Brasil, que ya compite, y gana en muchos aspectos, a la economía de “casa”–.

fotoLula de Brasil –decir que Brasil es un gigante dejó de ser metáfora hace tiempo–, amarrada la decepción que produjo entre sus huestes, requiere vivir alerta a cualquier y toda posibilidad de negocios, hacer sentir su influencia política y ver cómo se barajan las cartas para cuando –e inevitablemente– los 180 millones de brasileños o los que sean entonces enfrenten el final de la hipocresía de ser “país amigo”.

Por ahora producen más carne, más jugo de naranja, tanta soja como el gran vecino… y pronto la competencia se hará sentir en otros rubros.

fotoEspaña, recostada desde hace algunos años en una larga fiesta –¿desde que se siente plenamente erupea?– necesita continuar con la apertura de mercados para frenar el paro, aunque fuere nada más que en América Latina. Para esta tarea, reconozcámoslo, Rodríguez tiene mejores zapatos que los que calzaba Aznar; Aznar era… cómo decirlo… Tenía, qué cará, un aspecto tan tonto como amatonado. Salvando las distancias pertinentes se parecía al presidente de México, a Bush, un poco al ex presidente Frei Ruiz-Tagle de Chile, era como algunos políticos de derecha argentinos, como el también ex de Uruguay (aunque con menos chispa que Battle).

España tiene que mover su economía. Venezuela le permitirá hacer el aseo y engrasar la maquinaria de un astillero, que no es poco, y a Repsol afirmar la patita explotadora –en todos sus significados– en el norte de América de Sur –ya presente y patotera en la Argentina y en Bolivia–.

Y luego están los bancos, las telecomunicaciones, las asesorías y otras obras y demostraciones del ingenio humano.

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En cuanto a Chávez, el inclasificable Chávez, el amado Chávez, el odiado Chávez, el temido Chávez necesita consolidar su peso político entre los venezolanos. Su conducción de la revolución bolivariana requiere conseguir un período de paz social que le permita demostrar logros en el microterreno de la vida hogareña. Hasta la fecha no ha podido –se afirma– acabar con la corrupción y aumentan los pedidos de pasaportes en tanto los nietos de aquellos portugueses y españoles que se afincaron en Venezuela a mediados del siglo XX tramitan, como los descendientes de inmigrantes en la Argentina, aunque –reconozcámoslo– con menos histeria, sus papeles para un retorno imposible.

Con visión política (y también con astucia política) Chávez urde una red de apoyos indirectos al abrir la economía venezolana, que adapta a sus necesidades las reglas del juego de la mundialización impuestas por Estados Unidos. Amarró pactos e intercamnbios con el MERCOSUR –fundamentalmente con Argentina y Brasil–; insiste con Colombia, que es un socio muy importante; lo hará con Lagos, oficializando los acuerdos en las próximas semanas; no le ha ido del todo mal con Cuba y el Caribe; firmó con China, etc… Sus empresarios tienden la mirada más allá de Centroamérica, lo que puede terminar de desactivar buena parte de la oposición.

Todo ello relució en la sonrisa de la fotografía oficial en Puerto Ordaz, que abre éste comentario.

Abrazos y espaldarazos

Decir que el encuentro en Venezuela fue anti estadounidense es pecar de voluntarista. Nadie –ni China– puede darse el lujo de ser anti estadounidense; además y estratégicamente no es necesario: Estados Unidos flota por el mundo con un salvavidas de plomo fabricado con la tela que producen sus ideólogos y cosido con el armamento reparte el Pentágono.

La ceguera, quizá, pero más posiblemente la incultura de sus dirigentes marchita con velocidad la flor del tiempo unipolar que se abrió luego de la invasión soviética a Afganistán, regada amorosamente por un difícil de entender Gorbachov, estiercolada por el señor Brehznev y cortada cuando el muro de Berlín.

Poder unipolar que tuvo su gloria de poca gloria en la Guerra del Golfo –al fin de cuentas Kuwait fue provincia de Iraq– y comenzó a dar asco junto con caer los misiles sobre las ciudades de la ex Yugoslavia, para terminar maneado cuando se desbocó –travesuras de la historia– en el mismo Afganistán que cortó las alas a su antiguo rival. En Iraq, paletada tras paletada, el sueño de un imperio administrado con aires de jerarca provinciano se entierra sin prisa.

En el complejo ajedrez que arma el tablero de la era post EEUU, el desembarco del señor José Rodríguez en Venezuela no hace más que recordar un viejo acuerdo de piratas sobre el reparto de Latinoamérica y el Caribe: América Central y Las Antillas para EEUU, América del Sur para Europa (enclaves y bailes de unos y otros en ambos sectores desde luego permitidos).

El encuentro venezolano, así, no dibuja ningún nuevo mapa, no produce una nueva realidad. Es la UE que –con mucha diplomacia– advierte que los tiempos cambian rápido en la era de la internet y de la pronta falta de petróleo y escasez de agua.

Por eso una corresponsal en Caracas informó: “La cumbre fue un encuentro de grandes tenores, cada uno con su propia partitura. Rodríguez habló poco, sonrió mucho; Lula diplomático, cauteloso; Uribe habló más y dijo algunas razones, quiso ser conciliador y se lanzó -creyendo estar solamente entre invitados especiales– con sus planes para con el ELN (Chávez tuvo que advertirle que se transmitía a todo el país, CNN incluida).

“Nada más, salvo que la prensa acuñó hoy una palabra nueva: petropopulismo”.

En suma…

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El señor Uribe planteó, pero sólo con tibieza, que no se trata de crear o estimular un nuevo bloque político internacional, sino que era mejor pertenecer, permanecer en uno ya existente, en obvia alusión a un antiguo papa prisionero en un castillo francés. No logró una condena explícita al Ejercito de Liberación Nacional, una de las dos fuerzas guerrilleras que lo tienen sobre ascuas, como factor de la narcoproducción y narcotráfico, que es uno de los objetivos del diseño estadounidense para seguir entrando en América Latina.

El presidente colombiano tampoco se opuso a la compra de los buques guardacostas y los aviones de reconocimiento que alguna vez llegarán de España a Venezuela: servirán para combatir al narco, se consoló. Mientras, reafirmó la interdependencia de ambas economías, una de cuyas expresiones será el oleoducto que hacen a medias.

El señor Rodríguez, de España, probó el queso guayanés, la lechosa y sin duda el jugo de parchita; quién sabe, a lo mejor se dio el tiempo necesario para admirar –de riguroso reojo, eso sí– la cimbreante y estupenda hermosura de las venezolanas; también habrá dado la orden de echar a caminar un astillero de los cerrados y recibido el agradecimiento de los gachupines de REPSOL-YPF, los mismos que liquidaron la industria petrolera argentina al ponerla al servicio de las sagradas “utilidades”. Las otras cositas concretas recogidas se verán más adelante.

El señor Lula Da Silva, que aseguró trabajo en el norte de Brasil con la construcción de un nuevo puente sobre el Gran Río, dijo poco; para él ha llegado el tiempo de callar a la espera de ver qué cosechará por sus actos de los últimos dos años.

Chávez obtuvo un triunfo: los dirigentes de la oposición, reunidos el miércoles 30 de marzo por la mañana con el señor Rodríguez, no objetaron la venta de los dichosos barquitos y aviones a Chávez –insistió en que se entregarán sin artillería, de paso un guiño al señor Bush, como si éste no supiera que pueden armarse en pocas horas–; en cambio le pidieron que oficie ante el presidente Chávez por una ley de amnistía política y otros asuntos de estilo (Chávez lo pensará, ganará tiempo y la oposición continuará su lento desguazamiento).

Obtuvo el primer mandatario de Venezuela, además, otra mención en la prensa internacional como político hábil y estadista comprometido en el progreso de su pueblo.

En cierto modo la reunión de Venezuela –pese al enojo de los organismos oficiales, no oficiales y de los privados vinculados a ambos allá en el norte– no hizo más que dejar en claro que efectivamente Mao Zedong tenía razón: el tigre es de papel.

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