Jul 26 2012
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CulturaSociedad

Cuba, en busca del glamour perdido

Mientras Europa se deshace en medio de una crisis que arrasa con los peque√Īos negocios, afecta a los grandes y empobrece a sus ciudadanos, Cuba, un pa√≠s que a lo largo de veinte a√Īos se ha especializado en vivir en crisis, parece que empieza a recomponerse y, al hacerlo, hasta recupera parte del difuminado glamour que alguna vez la caracterizara.

No quiere decir esto que en la isla del Caribe las cosas hayan evolucionado demasiado en los √ļltimos tiempos respecto a la que ha sido su realidad del medio siglo de socialismo vivido. Porque ni las ¬ęactualizaciones del modelo econ√≥mico¬Ľ, como han sido bautizadas, ni los cambios en ¬ęlas mentes¬Ľ reclamados por el presidente Ra√ļl Castro, han sido tan profundos o contundentes como para que pueda hablarse de una situaci√≥n pol√≠tica o econ√≥mica esencialmente diferente.

En el terreno pol√≠tico, la falta de una verdadera vocaci√≥n evolutiva se observa en demasiadas manifestaciones, que van desde las declaraciones p√ļblicas de que para siempre en la Historia nada cambiar√° en el sistema pol√≠tico establecido, hasta la pervivencia de las tradicionales actitudes de secretismo respecto a la informaci√≥n, criticadas por el propio presidente cubano.

Por ejemplo, muy poco se habla (o escribe) sobre el brote de cólera ocurrido recientemente en la zona oriental del país y, para los que tenemos memoria, se hace evidente que los cubanos estuvimos mucho más informados de la epidemia de cólera en Haití, luego del terremoto de 2009, que de lo que está sucediendo en el país con el brote de la enfermedad.

Tampoco se habla (o escribe) sobre el destino del famoso cable de fibra óptica tendido desde Venezuela, que permitiría una conectividad de alta velocidad a los usuarios cubanos, una posibilidad tecnológica que ha terminado convertida en un misterio del cual nadie informa desde posiciones oficiales.

Mucho menos se dice (o escribe) por parte de las autoridades, hasta hoy mismo, sobre la prometida reforma de las leyes migratorias que algo aliviarían las absurdas regulaciones actuales, plagadas de prohibiciones y permisos necesarios para salir o entrar en el territorio nacional a los viajeros cubanos radicados dentro y fuera de la isla.

Sin embargo, resulta evidente que en el terreno económico, al nivel más elemental, se han ido produciendo contracciones y alteraciones que, incluso, empiezan a ser visibles en sus manifestaciones sociales.

Un caso revelador es la existencia de una lista comentada de los trece restaurantes privados m√°s recomendables de La Habana, que, al parecer, ha sido elaborada por una periodista brit√°nica especializada en tales calificaciones y relacionada con la conocida GuidePal.

En dichos restaurantes privados, algunos abiertos en la d√©cada de 1990, y otros al calor de las recientes medidas que flexibilizaron la existencia de la peque√Īa empresa privada, resulta posible degustar comida internacional, seg√ļn dicen, de un nivel encomiable y en diversas modalidades y especialidades (curry y suchi incluidos), en ambientes ex√≥ticos, modernistas, t√≠picos cubanos y hasta muy familiares, a precios que resultan m√°s que atractivos para un bolsillo norteamericano, brit√°nico o hasta europeo continental -a pesar de la crisis.

Con platos cuyos precios rondan los diez CUC, los pesos convertibles cubanos (ocho euros), un comensal puede tener en estos sitios una agradable velada habanera, con cervezas o hasta alg√ļn vino incluido, cuidada por los mejores chef de la ciudad y atendido por j√≥venes camareras, todo por el m√≥dico monto de unos veinte euros. O sea, algo as√≠ como un salario promedio cubano de todo un mes…

Pero, como para demostrar que las cosas no han cambiado demasiado, existe muy cerca de algunos de estos exitosos y refinados restaurantes privados, uno todav√≠a regentado por la empresa gubernamental, en el cual, para hacerse competitivo, los precios resultan mucho m√°s asequibles. Digamos, unos 70 pesos cubanos (o sea, 3 CUC, es decir, la s√©ptima parte de un salario promedio mensual) por un plato nada sofisticado de comida china, aunque para alivio del bolsillo del consumidor en ese restaurante estatal no se hacen gastos excesivos. All√≠, en el mejor estilo socialista, no hay postres para terminar la comida ni caf√© ¬ępues la m√°quina est√° rota¬Ľ.

La distancia existente entre los glamurosos restaurantes privados citados por la periodista británica y los todavía regidos por el Estado, aquejados de su tradicional ineficiencia, marca el espacio entre dos realidades que se enfrentan en el nivel más pedestre de la economía cubana y que, alguna vez, se reproducirá a otras escalas.

Pero, al mismo tiempo, el abismo abierto entre cualquiera de las dos ofertas gastronómicas y los salarios reales y oficiales cubanos resulta vertiginosa y altamente representativa de las capacidades económicas de una mayoría de la población cubana, cuyos salarios apenas alcanzan para la subsistencia, como también lo ha reconocido el gobierno.

Por ello, mientras el glamour regresa a ciertos sitios de La Habana donde, a pesar de las crisis, un peque√Īo sector de la sociedad, emprendedor y afortunado, hace su vendimia y espera los cambios de las leyes migratorias para vacacionar en Canc√ļn, en un apartado rinc√≥n del pa√≠s un campesino de m√°s de ochenta a√Īos, sin pensi√≥n de jubilaci√≥n, debe trabajar todo el d√≠a cargando agua hacia un poblado donde no llega el l√≠quido.

Ese campesino octogenario, adem√°s, debe dormir por las noches junto al caballo que lo ayuda en la faena, pues si le roban el animal pierde su √ļnica y cr√≠tica forma de subsistencia. Para ese campesino, entrevistado para un documental proyectado por la televisi√≥n cubana, parece que la existencia de una lista de restaurantes habaneros, quiz√°s recomendados por una periodista brit√°nica, es algo tan remoto e inaccesible como la idea de viajar a la Luna, si no hubiera algunas restricciones para hacerlo.

*Escritor y periodista cubano. Sus novelas han sido traducidas a más de quince idiomas y su más reciente obra, El hombre que amaba a los perros, tiene como personajes centrales a León Trotski y su asesino, Ramón Mercader.

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