Abr 20 2014
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Cuba: ¿Una burguesía nacional?

Permitir la inversión de los cubanos sería, entre otras cosas, una manera de burlar el empecinado bloqueo imperialista, porque muchos cubanos de Estados Unidos invertirían a través de sus parientes cubanos, y todo eso lo supervisaría el Partido Comunista, como lo está haciéndolo en China o en Vietnam.

Ernesto Che Guevara, con ese interés, esa preocupación, ese amor que le tuvo a esta nuestra parte del mundo, esa que llamamos América Latina y el Caribe –tanto, que lo condujo a dar la vida por ella–, introdujo una categoría socioeconómica que, quienes nos interesamos en sus problemas y en las posibles soluciones para ellos, no hemos cesado de usar desde su aparición, porque nos ha ayudado a comprender muchas cosas.
El término burguesía designaba, desde que surge, al habitante del burgo, de las ciudades, que van apareciendo en la Baja Edad Media, claro que diferentes a los que habitaban los feudos campesinos.

 

Pero el tiempo y la historia fueron determinando que el sustantivo designara a los integrantes de una clase poseedora que hace avanzar enormemente la producción y las tecnologías que la acompañaban y la posibilitaban. Puede ser una clase con orgullo nacional que, en el peor de los casos, puede llegar hasta el fascismo.
En América Latina tuvimos que confrontar con una burguesía norteamericana que entraba en su fase imperialista: los Estados Unidos del siglo XIX se anexaron casi la mitad del territorio mexicano y todavía en 1903 fomentaron la independencia de la provincia colombiana que era Panamá, y obtuvieron a perpetuidad –que no fue perpetua, gracias a Omar Torrijos y a James Carter– la soberanía sobre la que sería la zona del Canal.
En el siglo XX ya no era necesaria la anexión física, la anexión de territorios: la exportación del capital financiero ponía las riquezas de nuestros países en manos de las grandes transnacionales norteamericanas y las clases ricas de Colombia, de Perú o de Cuba, devenían apenas administradoras y aliadas del poder imperial.
Nuestras burguesías desde entonces, no eran verdaderas burguesías: eran dependientes de la burguesía imperial, por eso el Che las llamó viceburguesías. Podían plegarse a las múltiples tiranías que el imperialismo impuso cuando le fue preciso para defender sus intereses.
El patriciado decimonónico cubano, el que pudo haber sido el fundamento de una burguesía moderna, se arruinó en la cruenta guerra de los Diez Años. Lo mejor de él no pudo alcanzar el final del siglo XIX y mucho menos los inicios del XX, en el que la herencia que nos deja la intervención norteamericana es una viceburguesía plattista, enteramente subordinada a los Estados Unidos. Lo es todavía más cuando, a partir de la crisis de la primera postguerra mundial, el precio del azúcar cae en picada y se arruinan muchos hacendados cubanos, que tienen que vender sus ingenios a empresas norteamericanas.
La falta de independencia de esa clase rica y subordinada se vio como nunca cuando apareció en Cuba una revolución que inicialmente no se había declarado socialista: los burgueses cubanos se subordinaron una vez más a los Estados Unidos que, en premio, les organizó la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, cuyo desenlace fue la victoria revolucionaria de Playa Girón.

El modelo socialista que tuvo establecido la desaparecida Unión Soviética, China, Vietnam y las llamadas democracias populares del este de Europa, simplemente desapareció: ninguno de esos países lo sostiene y los nacientes socialismos del siglo XXI latinoamericanos (Venezuela, Ecuador, Bolivia) planean hacerse con la supervivencia de zonas de propiedad privada.
Nuestro socialismo tendrá que mantenerse haciéndose impuro también. Es lo que anuncia (y desea) nuestra ley de inversiones, recién aprobada.
De todos modos, vamos a tener relaciones de producción capitalistas dentro de la Isla. Como yo soy un heterodoxo, jamás me ha interesado la pureza: el objetivo de la mejor política es que el pueblo viva mejor y que el país preserve su soberanía. Y, si vamos a aceptar el capitalismo dentro, ¿en qué nos perjudica que también los cubanos participen? ¿O nos conviene más que todos los inversores en Cuba sean extranjeros? ¿No desnacionalizaremos buena parte del país?
Permitir la inversión de los cubanos sería, entre otras cosas, una manera de burlar el empecinado bloqueo imperialista, porque muchos cubanos de Estados Unidos invertirían a través de sus parientes cubanos, y todo eso lo supervisaría el Partido Comunista, como lo está haciéndolo en China o en Vietnam.
Si no lo permitimos, le prohibiremos invertir a los cubanos de Cuba mientras el gobierno yanki se lo prohibe a los cubanos que viven allí. Bloquearemos aquí como los yankis bloquean allá. Esas prohibiciones absurdas solo van a servir para ser vulneradas; es lo que la experiencia nos enseña día a día: se gana ilegalidad y se pierde dinero.
Acabemos de aflojar la retranca, antes de que se rompa. A lo mejor llegamos a generar una burguesía nacional patriota. ¿Qué tiene de extraño en el complicado mundo en el que vivimos? Una vez la tuvimos.

+Publicado en Segunda Cita

 

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