Mar 11 2008
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Política

Cumbre de la OTAN en abril. – EL INFORME DE LOS EJÉRCITOS OCCIDENTALES

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Este documento debe estudiarse con mucha seriedad y atención. En primer lugar porque no está redactado por cualquiera: el general estadounidense John Shalikasvili, ex comandante principal de la OTAN en Europa; el mariscal británico Lord Peter Inge; el general alemán Klaus Haumann, ex presidente del comité militar de la OTAN; el general neerlandés Henk van den Breemen y el almirante francés Jacques Lanxade, ex jefe de Estado Mayor del ejército francés.

Es decir, militares experimentados que ejercen responsabilidades en los más altos niveles de la jerarquía de los ejércitos de sus países. Pero lo que hay de sensacional, y sobre todo de espantoso en este documento, es realmente lo que revela sobre la visión y la percepción del mundo de estos hombres, que presentan una serie de constataciones que sirven de apoyo a sus razonamientos:

– El cambio climático condicionará convulsiones sociales gigantescas, especialmente vinculadas a las transferencias de poblaciones.

– El desarrollo del terrorismo internacional, el crimen organizado y la proliferación de armas de destrucción masiva.

– El debilitamiento de los Estados naciones y de las organizaciones internacionales como la ONU, la OTAN y la Unión Europea.

– El incremento del fanatismo religioso.

Con el fin de hacer frente a estas nuevas amenazas “asimétricas”, proponen una “sacudida estratégica” que incluye la utilización “preventiva” de las armas nucleares, incluso aunque se diga que debe ser el “último recurso”. Una declaración de este tipo, a ese nivel, es un acontecimiento muy importante. ¿Por qué? Porque pretende afirmar el fin de la doctrina clásica de la disuasión nuclear, incluso aunque Francia está oficialmente comprometida con el concepto de último recurso, igual que Rusia, que acaba de reafirmarlo con una declaración del jefe del Estado Mayor y oficial del ejército ruso, el general Iouri Balouievski. Pero Rusia no está incluida en esta reflexión, ya que no es miembro de la OTAN, mientras que Francia hace todo lo que puede para formar parte del mando integrado de la Alianza.

El arma nuclear, de hecho, ya no es un arma aparte. Simplemente es la última en una serie armamentista que va de la bayoneta a la bomba atómica; ha abandonado su estatus de arma esencialmente política; es un vuelco coperniquiano necesario, según los autores del informe, para hacer frente a la multiplicación de las amenazas. Amenazas que tendrían un grado de peligrosidad superior que las de la Guerra Fría. Pero, ¿cuál es, entonces, el “nuevo bloque soviético” súper armado que nos tiene en el punto de mira y nos mantiene aterrorizados?: El terrorismo internacional, la dispersión y proliferación nuclear, el fundamentalismo religioso…

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Este texto contiene, sobre todo, un auténtico proyecto de organización política y una visión del mundo que se articula perfectamente con la ideología dominante y los proyectos actualmente en marcha para imponernos este modelo y su funcionamiento político.

Occidente estaría asediado y debilitado desde el interior y el exterior. Desde el interior por la desaparición de la voluntad de defender sus valores y el reinado del relativismo; por la falta de voluntad política de algunos europeos (en particular Alemania, todavía constreñida por su historia del siglo pasado) de volcarse más a fondo en el funcionamiento de la OTAN que, por lo tanto, carecería de enlaces y voluntad políticos.

A este respecto, la Unión Europea debería abandonar su papel de aguafiestas errática y acelerar su aproximación a la OTAN para convertirse, de hecho, en el brazo político del que cruelmente carece la Alianza Atlántica.

Se ve claramente el dibujo que se perfila, a plazo más o menos largo, de una “fusión” institucional de la Unión Europea y la OTAN. Las ventajas políticas serían enormes para quienes tienen esta visión del mundo y del orden dominante. Una organización política multilateral dotada de personalidad jurídica y moral (Tratado de Lisboa), con su organización militar. También se pueden leer las cosas en un sentido inverso: Una organización militar bajo el dominio de Estados Unidos conectada orgánicamente a un poder político que se puede activar, siempre que haga falta, en función de sus propios intereses. Llegamos claramente a la desconexión del poder político de la legitimidad fundada en la soberanía de los pueblos. Lo que ilustra perfectamente las previsiones prácticas de dicho “directorio”.

El ensamblaje estaría compuesto, por lo tanto, por EEUU, la Unión Europea y la OTAN, que formarían un “comité de dirección” occidental. Algunas normas de funcionamiento para una mayor eficacia, y que vendrían a oficializar prácticas que realmente ya están en curso, serían:

– Eliminación del voto mayoritario por la búsqueda permanente del consenso, lo que implica el fin del derecho de veto. También hay que señalar aquí que en las instituciones europeas se pondrá en marcha el mismo mecanismo con el Tratado de Lisboa, que prevé, por otra parte, que la defensa de los países miembros debe ser compatible con la OTAN.

– Se podría requerir la utilización de la fuerza sin autorización de la ONU “si un gran número de vidas están en peligro”, lo que es un concepto muy elástico e incluso confuso (no estoy seguro de que, según este rasero, 50 ciudadanos de Afganistán equivalgan a 50 ciudadanos estadounidenses), de carácter más bien moral que político y estratégico. Es lo que hizo la OTAN en Serbia desencadenando una campaña de bombardeos aéreos. Al reconocer la independencia de Kosovo la Unión Europea hará una elección política crucial participando de forma totalmente ilegal en el desmembramiento de un Estado con las fronteras internacionalmente reconocidas y miembro de la ONU. Por otra parte, no podemos olvidar el desencadenamiento de la guerra en Iraq por EEUU, sin el aval de la ONU, que ha causado cientos de miles de muertes.

Según esto, ¿se podría prever que la OTAN bombardearía Wáshington dado que en Iraq “un gran número de vida están en peligro”?

En realidad, ¿de qué se trata?

Hacer de Occidente una especie de nueva Esparta con el objetivo de la creación, organización y defensa de un “Imperio Occidental” portador de los valores de civilización, morales, de progreso y de racionalismo. Esta definición englobaría a Japón, Australia, Canadá e Israel y, eventualmente, a una parte de Sudamérica. En cambio Rusia, que se recupera y quiere reafirmar su peso en el escenario mundial, volvería a ser un adversario, pero en un esquema de rivalidad más clásico.

El resto del mundo no es más que un océano informe de violencia, barbarie y fanatismo. Un universo en el que el Islam (porque ésa es la cuestión), como tal, sólo puede evolucionar y erigirse en líder antioccidental. Ahora bien, como es bastante improbable (a pesar de lo mucho que lo deseamos) que consigamos rebajar las tensiones internacionales, no cabe duda de que hay que prever una solución extrema: la desaparición pura y simple de lo que se considera un problema, por medio del fuego nuclear.

Este razonamiento se basa en realidades ideológicas y prácticas. La guerra se convierte en un medio de gestión y un instrumento normal, uno más, de la política exterior de las “democracias”.

Ciertamente se alegará la posibilidad de la utilización de armas de destrucción masiva por grupos terroristas o “Estados canallas”. Es una realidad que hay que tener en cuenta muy seriamente; sin embargo, eso no excluye un análisis serio de estos conceptos que nos llegan directamente de la caja de herramientas ideológica de la administración Bush.

Pero en los casos de grupos terroristas desterritorializados, ¿qué vamos a abrasar de forma preventiva? Para liquidar a Al Qaeda o a los talibanes, ¿hay que borrar del mapa a Afganistán o Pakistán? ¿Después le tocará a Irán o Siria? La tentación exterminadora es atractiva y está ahí, movida por el miedo ante los resultados de las políticas dementes y criminales que se llevan a cabo y en las que Occidente tiene una parte de responsabilidad nada desdeñable. Esta incapacidad para considerar que las políticas que se están haciendo pueden tener consecuencias desastrosas es increíble.

El Islam, contemplado como un todo, no significa nada; “el mundo musulmán” no es una realidad global. Es una manipulación. Los Estados, en cambio, son realidades, hacen políticas comprensibles, lo que no quiere decir aceptables. Pero, ¿la política de Bush es aceptable? ¿Irán quiere la bomba atómica? ¿Para qué? ¿Para borrar a Israel del mapa? Antes de que su primer misil despegara, Irán habría desaparecido; y con él 70 millones de iraníes. E Irán lo sabe.

Llevar este tipo de razonamiento hasta el final implica la aceptación de asesinar a cientos de miles de personas de forma preventiva en nombre de la civilización.

Ni Irán ni Siria están tan locos como para correr el riesgo de desaparecer en un holocausto nuclear, como señaló Nicolas Sarkozy. Los autores del informe hacen hincapié en el hecho de que hoy “ante los retos del mundo globalizado, ningún país, ninguna organización, puede esperar triunfar solo”. Pero, ¿triunfar en qué, sobre quién y en nombre de qué? No hace falta ser muy listo para constatar que se trata, en realidad, de ampliar la base de la potencia política y militar de Estados Unidos y servir de complementos a ese proyecto con la esperanza de ser alguien en el escenario del ejercicio del poder del imperio mundial.

Darle más medios, más profundidad geográfica y estratégica frente a objetivos en perpetuo movimiento. Es necesario también, más prosaicamente, compartir el coste económico que eso representa. Porque Estados Unidos también demuestra todos los días su incapacidad militar y política para dirigir el mundo en solitario. Sus análisis y postulados básicos en el ámbito internacional son falsos; también es falsa su percepción del mundo, que se basa en su proyección ideológica, totalmente desconectada de la realidad; su aparato militar es incapaz de responder a la situación sobre el terreno porque no está formateado para misiones de naturaleza política. Y para mayor ridículo no hay adecuación entre la oferta y la demanda, por lo que el resultado sólo puede ser catastrófico.

Pero es también la continuación de deslegitimar y destruir la ONU, lo que entra en perfecta sintonía con la dolorosa constatación del debilitamiento de los Estados naciones. Detrás de eso está el cuestionamiento del funcionamiento de esta organización considerada cada vez más inútil, inoperante, ineficaz y políticamente molesta, especialmente la Asamblea General. No olvidemos que dos miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Estados Unidos y Gran Bretaña, por otra parte poseedores del arma nuclear) se comprometieron ilegalmente en la guerra de Iraq. En realidad, incluso es el concepto de Derecho Internacional lo que se cuestiona.

Este funcionamiento cada vez exaspera más a algunas potencias occidentales a las que les gustaría poder liberarse, aunque cada vez lo hacen más: Abu Graib, Guantánamo, torturas, vuelos secretos de la CIA, prisiones secretas israelíes… Por supuesto estas prácticas, desgraciadamente, son frecuentes en numerosas dictaduras y no hay que conformarse. Pero lo que marca la diferencia en este caso es que los países portadores de este movimiento se autodenominan democracias ejemplares y que, precisamente en nombre de dichos valores democráticos, sería necesario utilizar el arma nuclear de manera preventiva, poniendo en entredicho algunas reglas esenciales de la democracia.

Todo esto lleva el estigma del fracaso. ¿Adónde llevan las guerras preventivas? ¿Adónde ha llevado la Guerra de los Seis Días de 1967? ¿Adónde la invasión de Iraq de 2003?

Por supuesto, si se utiliza el arma nuclear, que no deja títere con cabeza, se acabó el problema. Eso significa que hay que pensar, desde ahora, en deshacerse de todo lo que no sea occidental. Porque, a largo plazo, ni la India ni China tienen la intención de arrodillarse ante nuestros valores.

La cooperación entre los Estados, entre las naciones, es algo que existe. No se puede prohibir el diálogo con quienes lo desean. Hay que salir de las lógicas de encerramiento en las que nos atrincheramos negándonos incluso a hablar con unos u otros, creando listas negras cada vez más largas que nos eximen de enfrentarnos a la realidad de los problemas. Los palestinos que votaron por Hamás no votaron por la destrucción de Israel, todo el mundo lo sabe. Votaron, en primer lugar, porque “la comunidad internacional” se lo exigió y además porque, sencillamente, quieren vivir con dignidad y ejercer sus derechos políticos e históricos legítimos. ¿Es tan difícil de comprender?

La auténtica debilidad, el verdadero temor, es negarse a mirar la realidad de frente y a dialogar con quienes componen verdaderamente el mundo tal como es y del que sólo somos una parte. ¿No había que hablar con Arafat?, se creó Hamás. ¿No hay que hablar con Hamás y con Hezbolá?, tendremos Al Qaeda. ¿Y después? ¿Una bomba termonuclear?

Lo que hace falta actualmente es recobrar la capacidad de dirigirse a los pueblos, atreverse a hablarles, asumir que son nuestros iguales, promover una alianza de los pueblos -mejor que la Alianza del Atlántico Norte- contra la ideología dominante del liberalismo económico que gangrena el propio concepto de democracia. Si no, Occidente no podrá resistir frente al resentimiento y la venganza de la miseria del mundo. No hará más que demorar su caída o exterminar de 3.000 a 4.000 millones de personas.

Cómo no alarmarnos por esta multiplicación de las violaciones de los derechos más elementales perpetradas por las propias democracias: encarcelamientos arbitrarios, secuestros, torturas, campañas militares ilegales, incumplimiento del voto de los pueblos…

En estas condiciones no hay que asombrarse cuando vemos, por ejemplo, que grandes zonas de África se vuelven hacia China o la India. Del menosprecio, la arrogancia y la violencia occidentales ya han tenido suficiente.

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*Secretario nacional de relaciones internacionales de la organización francesa MRC -Mouvement Républicain et Citoyen- Movimiento Republicano y Ciudadano).MRC.

Publicado originalmente en www.rebelion.org.

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