Abr 11 2011
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Opinión

Daniel Ortega, académico

Adriano Corrales Arias.*

El pasado 8 de abril, boquiabierto, leí, vi y escuché en la prensa una “noticia” que no dejaría de ser curiosa si no fuera por el peligro que entraña. El Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, ¡impartiendo la lección inaugural del curso lectivo del 2011 en la Universidad Nacional Autónoma de León (UNAN-León)!, en la plaza San Sebastián de esa ciudad, se dejó decir una serie de lindezas (por no decir otra palabra) que, repito, pasarían como incautos datos del folclore o la doxa nicaragüense si no hubiesen sido pronunciadas en el mencionado recinto por tan conspicuo personaje.  

Ortega acusó a Costa Rica de fortalecer su “ejército” y dijo, entre otros barruntos (su insistencia en que el narcotráfico internacional administra las relaciones exteriores de nuestro país: doña Laura y su gobierno habrán de responder y aclarar), que Managua podría iniciar un proceso legal para recuperar la provincia de Guanacaste, según él anexada por Costa Rica “tras la guerra contra los filibusteros de William Walker”.

Semejante disparate olvida, entre muchos, al menos cuatro elementos significativos:

1. Que en ese tiempo, 1824-1825, Costa Rica no era todavía una República, por tanto la petición del Partido de Nicoya debía presentarse al Congreso General de Guatemala. (Según la Constitución de Cádiz, se consideraba Partido a una división administrativa con cierta autonomía, que hoy semejaría, dentro de la perspectiva del derecho administrativo, a un cantón. El Partido de Nicoya era, entonces, un “cantón” que no pertenecía, al momento de su anexión, a ninguna provincia; respondía, en lo civil y administrativo, a la Capitanía General de Guatemala). Cuando se reunió dicho congreso, los diputados costarricenses presentaron la petición de Nicoya en los documentos y actas firmados por Cupertino Briceño, quien fuera alcalde de Nicoya y proponente de la idea de la anexión;

2. Que William Walker había sido llamado e investido como “presidente” por un sector de la misma clase dirigente de Nicaragua;

3. Que luego de lo triunfos del Ejército Costarricense en Rivas y en la Vía del Tránsito en 1856-1857, sus tropas se retiraron de Nicaragua sin solicitar ni apropiarse de territorio alguno, más bien los soldados costarricenses regresaron, en 1856, contagiados del cólera, pandemia que aniquiló el 10% de la población nacional de entonces;

4. Que Granada también acordó la anexión a Costa Rica: el 16 de agosto de 1823 el Enviado de Costa Rica y la Junta Gubernativa de Granada, encabezada por Don José Antonio Velasco, suscribieron en esa ciudad el tratado Montealegre-Velasco, primer instrumento internacional de nuestra historia. El convenio constaba de nueve artículos. Lo más importante fue lo acordado con respecto a Nicoya, territorio nicaragüense subordinado a Granada y colocado recientemente bajo la autoridad de León. El Gobierno granadino se comprometió en el tratado Montealegre-Velasco a informar a la Asamblea Constituyente de Centro América que Nicoya podía recibir mayores ventajas del Gobierno de Costa Rica, por su proximidad geográfica. El tratado fue aprobado en octubre de 1823 por Granada, Costa Rica lo ratificó el 9 de setiembre del mismo año.

Olvidar esos datos en vez de rebatirlos con nuevos datos y/o argumentos, como se estila en el debate académico, no solamente es faltar a la verdad histórica sino que, al tergiversar los hechos bélicos de 1856-1857 y lo acaecido con la anexión del Partido de Nicoya a Costa Rica, se manipula a la opinión pública nicaragüense y se invisibiliza e irrespeta la gloriosa participación del pueblo costarricense en la defensa de la soberanía centroamericana. Ello se acentúa aún más si se verifica en un recinto universitario donde se supone que la investigación y el conocimiento se esmeran por el resguardo de la objetividad científica.

La pregunta que uno se hace es la siguiente: ¿Por qué en un país que cuenta con excelentes académicos en varias disciplinas científicas y humanísticas se privilegia la participación de un señor que, hasta donde yo sé, no posee título universitario alguno ni ha destacado como intelectual o científico? ¿Será acaso que la Universidad ha sido presionada para que dicha invitación se hiciera realidad? ¿Y la autonomía universitaria?

Cuando observo estas acciones pedestres y de mal gusto, así como los aspavientos de la cúpula ex sandinista en el poder (aunque sería mejor decir la familia Ortega-Murillo), no puedo más que sentir un profundo malestar por la suerte del hermano pueblo nicaragüense. Porque, independientemente de la “crisis fronteriza” que, a todas luces, ha sido provocada para encubrir las barbaridades legales que se cometen en el vecino país del norte para la reelección de Ortega, no deja de ser alarmante que esas prácticas, tan dañinas para la frágil democracia de ese país, irrumpan en el claustro universitario.

Se supone que la Universidad, en especial la nicaragüense, específicamente la de León, con su larga trayectoria académica y de lucha por la autonomía y por las libertades de su pueblo, debe honrar en todo momento su independencia ante los avatares político/partidarios para no ser instrumentalizada por intereses espurios e ilegítimos como los de Ortega. Lo peor: que las autoridades universitarias y el movimiento estudiantil sean cooptadas por prácticas y designios extrauniversitarios. Me pregunto qué pensarían, o pensarán, académicos de la talla de un Mariano Gil Fiallos o de un Carlos Tünnermann Bernheim, ex rectores y defensores a ultranza de la autonomía de dicha universidad.

El grotesco espectáculo brindado por Ortega, reitero, independientemente de un litigio fronterizo que, por fortuna, no interesa ni al pueblo nica ni al tico hermanados históricamente a pesar de los torcidos intereses de sus clases gobernantes en varias etapas de su historia, es una muestra más del despotismo y nepotismo que, una vez más, se ciernen sobre un país que merece un mejor destino y una oportunidad en cuanto a la ampliación de sus libertades democráticas y de su recomposición económico/social.

* Escritor.

 

 

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