Nov 24 2008
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Opinión

De imperios y globalizaciones. EUA y Roma; Bush y Trajano: ¿Obama y Adriano?

Fernando Del Corro*

Allá por el 117 falleció Marco Ulpio Trajano. Bajo el mandato de este emperador, el segundo de la familia de los Antoninos, nacido en Itálica, una población de la actual Andalucía hoy llamada Santiponce, a escasos siete kilómetros de Sevilla, este talentoso guerrero, considerado por muchos el más brillante general romano (y cuya estatua original en la Ciudad Eterna fue hecha reemplazar por el papado en 1588 por una del presunto San Pedro), logró bajo su mandato que el Imperio Romano, incluyendo sus etapas de reinados y república, tuviera la mayor expansión territorial de sus doce siglos de existencia, o de sus 1.229 años, para ser más precisos, ateniéndonos a su propia cronología.

Trajano se sentía una suerte de heredero del macedónico Alejandro III, conocido como Alejandro Magno, quien continuó el proyecto de su padre Filipo II y llevó a la familia de los  omarcas a controlar los Balcanes, el noreste africano, el Asia Menor, buena parte de la península arábiga, Irán, Afganistán y hasta la India. Como contrapartida Roma controlaba Europa en un enorme porcentaje y el norte de Africa, el actual Magreb, además de Egipto, y buena parte de Arabia y el Asia Menor. Pero Trajano soñaba ir por más. Su ambición frustrada por la muerte era lanzarse hacia la India siguiendo el camino de Alejandro. Tenía 64 años y se preparaba para una tarea ciclópea.

Cuando Alejandro murió sus generales se repartieron el imperio. Uno de ellos, Ptolomeo, que estuvo prometido con su hermana Cleopatra, fundó la dinastía ptolomeica, la última de la cronología egipcia, que gobernó durante 293 años, hasta el suicidio de Cleopatra VII, presuntamente una de las que pudo haber dado lugar al ideal femenino de 90-60-90 (lo más probable es que lo haya sido la estatua de la “Victoria de Samotracia”). Una dinastía greco-egipcia que consolidó una cultura que con el correr de las centurias parió al cristianismo tal como hoy se lo conoce.

Roma, luego de su victoria ante los cartagineses en las Guerras Púnicas del Siglo III Antes de Nuestra Era (ANE), se consideró el imperio universal aunque había zonas a las que no controlaba. El genial Polibio de Megalópolis, tras la victoria romana en dichas guerras, en su notable “Historia Universal”, fundamentó el concepto de la globalización. Ahora el mundo era uno solo y Roma no iba a tener que firmar más tratados políticos, comerciales y militares para repartirse las áreas de influencia, como, por ejemplo, los tres que tuvo con Cartago que habían constreñido a la ciudad del Lacio a un poder estrictamente del centro y norte de la Península Itálica que concluía en las costas de los mares que la bañan, tributarios del Mediterráneo, devenido luego en el Mare Nostrum.

Los Estados Unidos de América habían nacido como producto de la expansión comercial inglesa, entre otras cosas en busca de nuevos caladeros pesqueros. Luego sus colonos se fueron internando tierra adentro a expensas de los aborígenes y en reiterados conflictos con los también colonizadores franceses. Su expansión fue siempre basada en proyectos económicos y su apelación a lo militar fue más tardía. En 1896 ya era la primera potencia económica mundial y en 1898 lo ratificó en el terreno militar derrotando a España y apoderándose de las posesiones de ésta en el Caribe y en el Asia, aunque en el caso cubano se mantuvo la farsa de que era un país independiente hasta la victoria de la revolución socialista seis décadas después. Ya antes de la guerra con España se había expandido hacia el sur apropiándose de alrededor de la mitad de lo que era México. También a mediados del Siglo XIX los barcos estadounidenses habían roto a cañonazos el aislamiento comercial del Japón con el mundo y reemplazaron a los Países Bajos, que habían monopolizado durante dos siglos el manejo de ese mercado.

Pero, en términos generales, su imperialismo fue de carácter comercial, como el ateniense del Siglo V ANE, salvando las distancias, que devino en las Guerras del Peloponeso que pusieron fin a la hegemonía ática. Sus intervenciones militares se reservaban a los países caribeños, tanto insulares como costeros. Más allá apostaba a una suerte de primitivo ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas) propuesto en aquel mismo 1896 durante la segunda gestión presidencial de Grover Cleveland, rechazado por la férrea oposición argentina acompañada por los chilenos cuando, entre otras cosas, pretendió dolarizar el continente. En ese marco, en 1902 EUA acompañó a la Argentina como campeones de las autonomías de América Latina frente a Europa y su presidente Theodore Roosevelt, ante el pedido del gobierno del general Julio Argentino Roca intimó al Reino Unido, Alemania e Italia a retirarse de Venezuela a la que habían invadido para cobrar préstamos impagos (ahí se aplicaron las doctrinas Monroe y Drago). Pero también, por esa misma fecha, se encargó de impulsar la fragmentación de Colombia, mediante la creación de Panamá, para echar mano al istmo y con ello a la comunicación interoceánica Atlántico-Pacífico. Con ello avanzaba en su “destino manifiesto”, teoría diseñada por el periodista John L. O’Sullivan en 1845, que implicaba el control total del continente, entre otras cosas.

La Gran Guerra de 1914-1918, luego llamada la I Guerra Mundial, tuvo a los EUA como protagonistas a partir de 1917. Eso dio vuelta el mundo y a ese propio país. Como señaló en un debate en la Cámara de Diputados argentina el legislador demócrata progresista Francisco Correa ese hecho transformó el carácter de la problemática internacional y le dio proyección ecuménica; ya nadie quedaba fuera, fuese combatiente o no. Desde entonces el liderazgo económico de los EUA se convirtió en una clara hegemonía y sus empresas fueron tomando el control de la mayor parte de los sectores de avanzada tecnológica y la Europa capitalista se le hacia cada vez más dependiente. Pero en Europa también la Gran Guerra dio lugar al surgimiento de la revolución rusa y a la ulterior conformación de la ex Unión Soviética.

En el oriente europeo y en el occidente asiático, lo que para algunos es el corazón del planeta, se conformó un nuevo poder estratégico con otro proyecto político-económico. En tanto en el centro europeo, desquiciado tras la derrota en la Gran Guerra y arrinconado por el Tratado de Versalles que le impuso a Alemania severas penalidades financieras, y en medio de la crisis que se generó en los propios EUA y que estalló en 1929, se consolidaron las derechas autoritarias, disímiles entre sí pero con idénticos propósitos revanchistas. Se cumplió lo previsto por John Maynard Keynes en su obra “Las Consecuencias Económicas de la Paz “ (de Versalles).

La II Guerra Mundial terminó con el poder de los autoritarismos centrales y sólo sobrevivió el de España, que astutamente fue mantenida al margen del conflicto. La hecatombe económica fue por igual para europeos vencedores y vencidos. Los imperialismo de Francia y el Reino Unido habían llegado a su fin y a poco andar el Reino Unido tuvo que abandonar lo acordado en  omarc Woods (New Hampshire, EUA) para ordenar las finanzas mundiales y debió declarar la inconvertibilidad de la libra esterlina, su moneda. Los EUA se constituyeron en el gran acreedor mundial y su único contrapeso era la socialista URSS que crecía aceleradamente bajo la conducción de Iosiv Visariónovich Dzhugashvili (Stalin) que amenazaba con avanzar hacia occidente.

Frente a ello los EUA alinearon a Europa militarmente con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y económicamente con el Plan Marshall que golpeó duramente a la Argentina y sus vecinos Paraguay y Uruguay, al arrebatarles sus mercados tradicionales. Algo que ya había comenzado a hacer décadas antes con sus subsidios a la producción rural, lo que determinó que en 1928 se produjera la primera protesta al respecto, generada por el gobierno argentino de Máximo Marcelo Torcuato de Alvear. Un tema que hoy, 80 años después, tiene trabada la Ronda de Doha.

La Roma de un primitivo capitalismo donde el esclavismo era apenas una expresión no productiva de sirvientes domésticos y hasta de instructores familiares, al vencer a Cartago adoptó los esquemas del esclavismo rural tomado de latifundistas griegos y cartagineses del sur de la actual Italia. Donde fueres haz lo que vieres fue el slogan implícito. Hasta entonces regía la Ley Licinia que impedía la tenencia de propiedades mayores a las 500 yugadas (unas 125 hectáreas ) por familia. El mundo único cambió las cosas y los repúblicos romanos se fueron asimilando a la oligarquía comercial cartaginesa a la que tanto habían fustigado y derrotado. También en los Estados Unidos la gran propiedad era la que existía en el derrotado sur (1861-1865) en la guerra civil por el algodón (disfrazada con el mito de la liberación de los esclavos) pero a diferencia del esclavismo greco-cartaginés meridional que se impuso en el futuro imperio de pretención universal, el esclavismo de origen hispano del sur estadounidense, concluyó, al menos formalmente, con la derrota confederada.

Roma alcanzó su mayor esplendor económico hacia mediados del Siglo I, allá cuando bajo el gobierno del sexto césar y el tercero de los Tiberio Claudio Nerón, conocido por sólo el tercero de sus nombres, se alcanzó una gran prosperidad general y había desaparecido por completo la desocupación. El populista Nerón, casado con una simpatizante del judaísmo, hasta le había otorgado derechos civiles a los esclavos que podían pleitear en los tribunales contra sus amos. En los EUA, tras la Gran Depresión siguiente a la crisis comenzada en 1929, con la II Guerra Mundial se inició un período de gran prosperidad. Fueron “los años felices de capitalismo” cuya mayor expresión fue el “welfare state” (estado de bienestar), frase acuñada por el economista indio William Henry Beveridge, radicado en el Reino Unido. Un capitalismo que, silenciosamente, practicaba la “Tercera Vía”, sugerida sin ese nombre por el inglés John Maynard Keynes en su “Teoría General” de 1936, mucho antes de que la propagandizaran hace una década algunos socialdemócratas europeos funcionales al neomercantilismo de los años 1990, mal llamado “neoliberalismo”.

Los sucesores de Nerón, los seis césares y los dos primeros antoninos, se encargaron de expandir el imperio ocupando casi todo el mundo conocido. Quedaba, precisamente entre lo conocido, el Oriente Medio de Persia, Afganistán y la India , el de las andanzas de Alejandro. El hispano Trajano, que soñaba con ello, había sumado en sus años de emperador (98-117) la Dacia , actuales Rumania y parte de Hungría (de Panonia, de esta última, había hecho conocer el célebre vino Tokaj llevado a Roma) y la Mesopotamia. Pero en el medio de todo ello el imperio recibía levantamientos a diestra y siniestra, desde los druidas de las islas británicas hasta los judíos de Palestina y los pueblos semíticos de la antigua Sumeria.

Los EUA a los “años felices del capitalismo” los compartió con un acelerado crecimiento imperial. Incorporó dos nuevos estados que curiosamente estuvieron representados en las principales fórmulas presidenciales que compitieron en las recientes elecciones. Uno, Alaska, comprada a Rusia en 1867 por 7,2 millones de dólares estadounidenses (nominalmente un milésimo del salvataje recientemente aprobado por el Capitolio para el sistema financiero en quiebra, aunque en este caso se trate de un moneda muy devaluada), cuya gobernadora Sarah Palin integró como candidata a vicepresidenta la fórmula republicana. El otro, las islas Hawai, entonces un reino independiente (el primer estado en el mundo que reconoció la independencia argentina) ocupadas en 1893 por las tropas enviadas por el gobierno e incorporadas como colonia en 1898, junto con la guerra con España. Allí nació el hoy candidato electo demócrata Barack Hussein Obama.

En ese lapso también se producían los levantamientos contra el imperio virtual, algunos triunfante como la Revolución China y luego la Revolución Cubana. Pero las propias tropas de los EUA sólo tenían intervenciones esporádicas con excepción de la Guerra de Corea (1950-1953). Sin embargo ésta ya fue el inicio. En tanto las bases militares estadounidenses proliferaban en todo el planeta, preferentemente en Europa Occidental (solo en Alemania había 17). Pero a partir de la derrota francesa en Diem Bien Phu ante las tropas vietnamitas dirigidas por el reconocido hasta por sus enemigos como el genial general Vo Nguyen Giap, en 1954, comenzó para las administraciones de Washington una nueva etapa militar aún más gravosa.

Fue en 1958 cuando el gobierno estadounidense de Dwight Eisenhower se embarcó en la Guerra de Vietnam. Los EUA fueron entrando progresivamente en el conflicto hasta que el presidente Lyndon Baines  omarc le dio el envión final. Así como aumentaban los combatientes que morían en la península de Indochina también se agravaba la situación económica del país. En agosto de 1971 el presidente Richard Milhaus Nixon devaluó el dólar estadounidense y puso fin a los tratados de  omarc Woods al declarar no convertible a la única moneda de reserva de la convertibilidad mundial, con lo que desapareció el patrón oro como reserva. Algo a lo que había ayudado el hasta poco antes presidente francés Charles De Gaulle cuando canjeó todas las reservas monetarias de su país por oro y golpeó seriamente los recursos metálicos estadounidenses en Fort Knox.

En 1977 James Earl Carter, un lúcido presidente demócrata, cambió la estrategia de la Guerra Fría que venía de los tiempos de Einsenhower. La pelea, en lugar de militar, debía pasar al campo de la ciencia, la economía y la tecnología. Aunque sus continuadores volvieron a las andadas se dieron los pasos para poner a la URSS contra la pared. El español Enrique Ruiz García, economista del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) dio un acertado pronóstico en “La era Carter (Las transnacionales, fase superior del imperialismo)”. Pero Carter había heredado la crisis que le dejaron los republicanos Nixon y Gerald Ford y una difícil coyuntura económica, con la mayor inflación conocida en el país, lo que le frustró la  omarcas n en 1981.

Sus sucesores siguieron apostando a la expansión y al llamado “neoliberalismo” en lo económico, al tiempo que más y más gastos militares eran parte de los intereses de las corporaciones económicas. Hasta que llegó un Trajano archidevaluado como el actual George  omarc Bush. Apenas asumido, en 2001 se embarcó en el conflicto de Afganistán, y en 2003 creó el de Irak. Ya no existía el bloque del socialismo real y la propia URSS había implosionado en 1991. Estados Unidos había llegado más lejos que nunca, como Trajano en Roma en 117 y como ésta entonces, ahora su saliente presidente G. W. Bush piensa que el próximo paso debiera ser Irán.

A la muerte de Trajano Roma tenía un millón de soldados en armas en las fronteras. EUA tiene actualmente 737 bases militares por todo el mundo, una de ellas la prisión de Guantánamo, en Cuba, donde se practica abiertamente la tortura. No le cerraban las cuentas al fisco romano como no le cierran hoy al Tesoro estadounidense. Al crecimiento numérico del ejército romano también se le correspondía un crecimiento de las pasividades ya que tras la reforma del primero de los Tiberio Claudio Nerón, el conocido como Tiberio, todos los soldados se retiraban con una jubilación tras 14 años en filas, si eran pretorianos, o 20, si eran del ejército regular.
 
Trajano fue sucedido por Publio Elio Adriano, su sobrino nieto, también de Itálica, quién gobernó entre 117 y 138. Adriano no era un pacifista ni un blando, como que hizo matar a todos los que podían hacer mella a su poder, incluyendo los generales de mayor confianza de Trajano y en 132 exterminó cientos de miles judíos. Pero era un realista. Sabía que el Imperio se hacía insostenible en esas condiciones y que llevar su extensión hasta el último rincón del planeta, como lo había dejado en su testamente Cayo Julio César Octaviano (Augusto) era un imposible. Además, pocos años después del inicio de su gestión, la nueva cartografía de Marino de Tiro y algo después la de Claudio Ptolomeo hicieron ver un mundo más dilatado (en el que algunas interpretaciones hasta pretenden ver el continente americano) y muchas cosas ya no estaban tan a mano como en los antiguos mapas de Estrabón, por ejemplo. Ir a la india o a la lejana Thina (China) peor, ya eran aventuras impensables por más que hubiesen sido los planes de Trajano.

Además de su propia debacle financiera EUA cuenta hoy con enormes quebrantos en su balanza comercial y en sus políticas de agresión para sostén de las corporaciones militares, energéticas y otras. En lo militar sus principales sangrías son las aventuras que impulsó el actual Bush en retirada a favor de sus amigos del mundo hidrocarburífero, en particular Irak, pero ahora con un fuerte recrudecimiento en el Afganistán, presunto padre de la raza aria.
 
Cuando Adriano comprendió que estaba frente a guerras de desgaste en las que llevaba Roma las de perder optó por poner fin a la idea del imperio universal y planteó un achicamiento a fronteras más seguras de manera que empezó por hacer algo que ha prometido Barack Obama en su campaña electoral, como fue irse de Irak. La retirada de la Mesopotamia fue la primera de sus decisiones a las que siguieron otras siempre con la idea de consolidar y dejar de avanzar, como la construcción del famoso “Muro de Adriano” entre Escocia e Inglaterra que tuvo como objeto poner coto a los ataques de los belicosos caledonios.

Adriano no pretendió modificar el Imperio, todo siguió igual y para peor, como sucedió con la llegada de los Severos. La política de consolidación no fue suficiente y la crisis económica siguió carcomiendo el estado. Algunos de sus sucesores intentaron volver hacia el Oriente, como en el caso de Flavio Claudio Juliano, el filósofo, guerrero y reformador tributario, calumniosamente llamado “El apóstata”, pero ninguno fue exitoso. Incluso después de Adriano, allá por 212 el emperador Marco Aurelio Antonino  omarca (Caracalla, según su apodo por usar camisolas) sancionó la nueva constitución que estableció la ciudadanía universal y así todos los libres nacidos en cualquier rincón del imperio pasaron a ser romanos. Todo fue un número de idas y vueltas en el marco de una creciente decadencia y el camino a la feudalización.

La nueva feudalización ya no es de tipo territorial como la de los  omarcas egipcios del Imperio Antiguo o la de los potentados romanos de fines del Siglo III en adelante. Un nuevo proceso feudal no territorial manejado por las grandes corporaciones empresarias, las transnacionales de todo tipo pero siempre vinculadas con el capitalismo financiero que generó la burbuja que acaba de estallar. Todo en un marco en el que algunos estudiosos de la historia como el político español Julio Anguita o el filósofo italiano Toni Negri han reflexionado, años atrás, sobre los puntos de contacto esenciales entre uno y otro imperio, más allá de las múltiples diferencias específicas entre uno y otro tiempo, sobre todo producto de los desarrollos científicos y tecnológicos operados en estos algo menos de 2000 años.
 
Pero el hispano Publio Elio Adriano, el tercero de los Antoninos, fue el punto de inflexión entre la expansión interminable y el camino del ocaso. Autor de algunas medidas audaces como abandonar Irak, pero sin modificar la esencia del sistema, hizo que algunas décadas después fuera a estallar el orden imperial en un proceso de devaluaciones e inflación. El demócrata Barack Hussein Obama dijo que se irá de Irak y que modificará un sistema tributario que es parte clave de la actual crisis pero no hay cambios a la vista en el sistema de fondo del referido capitalismo financiero. Al menos habrá que ver si, como Adriano, 1890 años después, empieza por retirarse de Irak en un mundo en el cual, como lo previera el politólogo brasilero Helio Jaguaribe, crecen las “zonas de la resistencia”.

(*) Periodista, historiador, docente en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.

*Barómetro Internacional

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