Oct 25 2013
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Opinión

De la guera sucia a la guerra nauseabunda

Quizá muchos de ustedes no sepan, no recuerden o prefieren ignorar – tal como lo hicieron las corporaciones policiacas y las burocracias durante muchos años – lo que ha sido la Guerra Sucia en América del Sur, sin dejar de lado, por supuesto, al resto de nuestro continente que sin tales extremos también tuvo lo suyo.

La Guerra Sucia en nuestra América se caracterizó porque fue una guerra contra los grupos de la sociedad civil que no compartían la ideología de los sectores sociales que detentaban, y detentan, el poder económico-político. Tales grupos, por carecer de argumentos que respaldaran sus acciones depredadoras de los bienes sociales generados por el conjunto de la población, con el fin de no caer en la necesidad de justificar las medidas económicas que lanzaban a la pobreza extrema a la mayor parte de sus pueblos, y como poseían el amplio dominio económico, político y militar podían suprimir a todas aquellas personas que se atrevían a disentir o cuestionar su poder… y lo hicieron mediante La Guerra Sucia.
La Guerra Sucia fue una guerra selectiva contra aquellas personas que jugaban papeles de liderazgo en diversos niveles o jerarquías de la oposición con el fin de exterminarlos y someter por medio del terror sistemático y violento a sus más allegados.
La Guerra Sucia actuó por medio de la violación sistemática de los más elementales derechos humanos de las personas sembrando el miedo, el terror y la angustia en la población.
De esa manera en Brasil, Argentina, Perú, Uruguay, Bolivia y Chile, sólo por mencionar algunos países, las detenciones ilegales, las torturas, los asesinatos selectivos, la privación del empleo, la violación de las mujeres por los cuerpos policíacos y militares; las desapariciones de los detenidos, el saqueo de sus pertenencias; el secuestro de los hijos de los opositores y su posterior venta,  se constituyeron en actos cotidianos.
Pero hay hechos que resultan inauditos, como lo es que La Guerra Sucia pasó, supuestamente, desapercibida para amplios sectores de la aristocracia,  de las capas medias ligadas a la burocracia y para la casi totalidad de las burguesías nacionales. Para ellos existió – y, lamentablemente, sigue existiendo – sólo una Historia Oficial que liga los acontecimientos históricos a los fulanitos de tal mientras las masas combatientes – o sufrientes, según el caso – navegan por las aguas del anonimato.
La Guerra Sucia existió, como casi todo el mundo lo acepta hoy en día, porque los gobiernos militares lo impulsaron, y los otros poderes del Estado lo toleraron e incluso llegaron a galardonar a los principales protagonistas que cometieron los más atroces crímenes de lesa humanidad en nuestra América.
Es preciso recalcar que la Guerra Sucia existió porque los integrantes de los otros Poderes del Estado lo toleraron. Porque los Jueces no cumplieron con sus funciones de impartidores de Justicia y los miembros de los parlamentos –senadores y diputados– porque toleraron y en algunos casos coadyuvaron con el gobierno en la represión de la población que, de esta manera se encontró absolutamente desprotegida ante los excesos de las fuerzas armadas y las policías que se lanzaron encarnizadamente en contra de ellas.
Para los Jueces, en cualquiera de sus niveles de jerarquía, hasta hace poco, la guerra sucia jamás existió.
De igual manera se comportó el arbitrariamente denominado cuarto poder del Estado, que, de suyo y por derecho propio, es una extensión del Estado, en tanto son de propiedad de los mismos que detentan el poder económico. Para este Poder integrado por los periódicos, revistas, radioemisoras, TV, en la vida real de esa época, no pasaba nada. Ni hablar de los funcionarios de Gobierno que al ser colocados por el Gobierno central en funciones públicas se convertían en colaboradores y subordinados fieles y sumisos al AQUÍ NO PASA NADA.
En suma: la Guerra Sucia existió y todos aquellos que la impulsaron en incluso, los que con su silencio cómplice la permitieron, deben ser sancionados. Los que asesinaron, torturaron, violaron, robaron no pueden seguir permaneciendo impunes.
Pero también es importante recalcar lo siguiente:
A todos aquellos funcionarios de los tres poderes del Estado que, estando en condiciones de hacer algo para detener y sancionar a los individuos que desaten una Guerra Sucia Y NO LO HAGAN se les debe sancionar drásticamente.
No se vale el indagar sobre la vida de las víctimas para justificar el hecho victimario… ¿A qué viene esta reflexión? Se preguntarán ustedes. ¿No lo sabe?
Prefiere que le recuerde las desapariciones de miles de personas que han sido ominosamente condenadas al olvido por las autoridades policiacas, autoridades que muchas veces prefieren indagar o buscar cualquier resquicio en el pasado de la víctima que les permita justificar sus pocas ganas de cumplir con su deber o… ¿quizá tengan tanto miedo, como el miedo que experimenta la mayoría de los pobladores de nuestro país, ante la constante violencia, y eso los paraliza?
En México, vistas así las cosas, en la actualidad hay algo que huele mal. No es una Guerra Sucia, quizá mucho peor: En México hay una guerra nauseabunda,.
La Guerra Sucia en nuestra América se caracterizó porque fue una guerra contra los grupos de la sociedad civil que no compartían la ideología de los sectores sociales que detentaban el poder económico-político. Mal que mal, fue una guerra política.
Una guerra nauseabunda, es una guerra sin sentido, una guerra de las mafias, de los cárteles, donde los miembros de la sociedad civil no alcanzan a distinguir a sus enemigos, a sus represores. Una Guerra ante la cual, a los simples habitantes no les queda otra alternativa más que persignarse, rezar un Padrenuestro o, en su caso, orar y encomendar sus almas a Dios, porque los tres poderes del Estado no pueden, o no tienen muchas ganas de hacer algo que permita remediar estos males.
Por lo pronto debemos poner nuestros asuntos en orden y esperar, esperar, esperar. Esperar que la guerra nauseabunda,, que abarca ya a varios países del sur, centro y norteamérica, termine con nuestra vida o que Dios se apiade de nosotros.

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