Jun 15 2007
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Cultura

DE LA PATRIA DEL CRIOLLO Al GRAFITTI DE LA SOCIEDAD TRANSNACIONAL

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

La conquista y la colonia en Guatemala culminan en la independencia de los nacientes estados centroamericanos (previa fase Federal con matices unionistas al estilo imperial / mexicano ‚ÄďIturbide y otros) y con la hegemon√≠a √©tnica y pol√≠tica de un nuevo actor social: el criollo, o mejor dicho, los criollos, quienes realizan la revoluci√≥n liberal de 1871.

Esta hegemon√≠a proviene directamente de la dominaci√≥n espa√Īola, la cual redujo a la inmensa mayor√≠a de ind√≠genas a la bajura de esclavos, s√ļbditos, en el mejor de los casos. Ese criollo va detentar el poder heredado de la colonia rehaciendo e imaginando un pa√≠s que siempre va a tener el car√°cter primario de su origen incestuoso: La madre (pater) patria (‚ÄúMatria‚ÄĚ), retomando una relaci√≥n con el indio de vasallaje, opresi√≥n, explotaci√≥n y discriminaci√≥n.

Dicho en otras palabras: se va a configurar como la clase dominante en un pa√≠s de mayor√≠a ind√≠gena (22 o m√°s etnias con su propia lengua e historia), construyendo la modernidad desde el ¬ęapartheid¬Ľ, a pesar de las reformas liberales de la segunda mitad del XIX. Y va a dar origen a otro incesto √©tnico-cultural: el ladino (palabra peyorativa si nos atenemos al uso desmedido y pseudocient√≠fico que se hace en Guatemala: ¬Ņhay sectores populares ladinos? ¬ŅHay sectores de √©lite ind√≠genas?).

Desde entonces la historia de ese pa√≠s, otrora asiento de la Capitan√≠a General (cuyo s√≠ndrome a√ļn no se sacude el imaginario de la clase dominante, y de algunos de sus intelectuales, especialmente en el per√≠odo olig√°rquico militar que presupone casi todo el siglo XX, si nos atenemos a sus √≠nfulas de unionismo centroamericano, pero siempre bajo la conducci√≥n de la neocapitan√≠a chapina) ha sido la historia de la exclusi√≥n ind√≠gena ‚Äďen su condici√≥n subalterna en el marco de un r√©gimen capitalista con serios reductos feudales‚Äď y la lucha inter√©tnica, agudizada a partir de los a√Īos sesentas (finales de los cincuenta en realidad) con la aparici√≥n de las organizaciones pol√≠tico-militares populares, y el inicio de la guerra revolucionaria y su reacci√≥n: la guerra de contrainsurgencia del Estado y sus aparatos de represi√≥n; en donde indios y ‚Äúladinos‚ÄĚ combatieron indistintamente de acuerdo a sus posiciones pol√≠tico-ideol√≥gicas o de reclutamiento militar forzoso.

Debemos reconocer, sí, que los grupos guerrilleros constituyeron una base indígena importante, tanto a nivel político como militar. Una vez firmados los acuerdos de paz

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(que de acuerdos solo tienen el desarme ‚Äďclaro, de la escu√°lida guerrilla, porque el estado contin√ļa armado hasta los dientes‚Äď y no as√≠ un proyecto democratizador y participativo, lo que no transforma en nada el status quo, sino que m√°s bien lo agudiza con la aplicaci√≥n multinacional y asim√©trica de las pol√≠ticas neoliberales hegemonizadas por el imperio norteamericano)

se ha desatado la pol√©mica en Guatemala acerca de esa lucha inter√©tnica y de la inclusi√≥n de los sectores ind√≠genas marginales a la naci√≥n. Lucha que desafortunadamente se ha ubicado entre el ‚Äúmundo ladino y el mundo maya‚ÄĚ.

Si en algo falla la propuesta de Roberto Morales (La articulaci√≥n de las diferencias o el s√≠ndrome de Maxim√≥n, Consucultura Palo de Hormigo, Guatemala, 2002) es precisamente en obviar la contradicci√≥n impl√≠cita entre naci√≥n y Estado (la cual desarrolla muy bien Alexander Jim√©nez en su texto ‚ÄúEl imposible pa√≠s de los fil√≥sofos‚ÄĚ, Ediciones Perro Azul, 2002). El estado est√° constituido por ‚Äúel pueblo estatal‚ÄĚ (‚ÄúStaatsvolk‚ÄĚ), dentro del cual, seg√ļn Mao Tse Tung, por citar un dirigente cl√°sico del socialismo real no ortodoxo, habr√≠a contradicciones socioecon√≥micas, y por lo tanto culturales. La naci√≥n en cambio ‚Äúdesignar√≠a, en principio, una comunidad de procedencia, lengua, cultura e historia‚ÄĚ (Jim√©nez, 2002: 96). En otras palabras, el √°mbito pol√≠tico es el del ‚Äúpueblo del estado‚ÄĚ (de los ciudadanos: la ciudad estado), y el cultural el de la naci√≥n.

El pueblo del Estado es el conjunto de sus ciudadanos, compartan o no la comunidad de procedencia, cultura e historia. Por eso dividir la lucha interétnica en Guatemala entre ladinos y mayas no solo esde un reduccionismo conceptual chato, sino de una pérdida de perspectiva histórica, en tanto obvia la lucha de clases y deja de lado las relaciones entre política y cultura )Estado/nación), es decir entre cultura y poder. Dicho en palabras de Focucault y con ribetes marxistas, obvia las relaciones de poder históricamente constituidas dentro de una formación discursiva que obedece a determinada formación social.

Si bien es cierto Morales desactiva el esencialismo y el fundamentalismo (para citar sus mismos conceptos) metaf√≠sicos de una supuesta identidad mayense ‚Äďpreconizada por algunos dirigentes ind√≠genas e indigenistas‚Äď que se opondr√≠a al mundo ladino, queda atrapado en esa concepci√≥n binaria y propone una suerte de transacci√≥n h√≠brida, al estilo de Garc√≠a Canclini ‚Äďa quien obviamente debe mucho en t√©rminos de su teorizaci√≥n cultural‚Äď en una especie de alianza inter√©tnica ‚Äúpopular‚ÄĚ ladina-ind√≠gena, que en nada se desprende de la concepci√≥n metaf√≠sica que le asigna a lo ‚Äúmayense‚ÄĚ, en tanto evita hablar de las necesarias transformaciones sociopol√≠ticas del Estado capitalista en la actual etapa de globalizaci√≥n bajo esquema neoliberal.

(Claro, hay que anotar que la propuesta de Morales debe entenderse, ubicarse, mejor a√ļn, contextualizarse, en ese marco de pol√©mica no solo conceptual y te√≥rica en los estudios culturales guatemaltecos y estadounidenses ‚Äďdesde donde ejerce Morales y desea ser protagonista{‚Äď sino a nivel ‚Äúnacional‚ÄĚ en t√©rminos pol√≠ticos, entre la intelectualidad de izquierda ‚Äďde la cual Mario Roberto es un ‚Äúrenegado‚ÄĚ y dispara desde su columna period√≠stica en uno de los diarios ‚Äúladinos‚ÄĚ‚Äď y las instituciones y ONGs, respecto de la canalizaci√≥n de la ayuda de la cooperaci√≥n internacional, y un proyecto de ‚Äúnueva izquierda‚ÄĚ, por llamarlo de alguna manera, que tenazmente busca las v√≠as de resoluci√≥n del ‚Äúproblema ind√≠gena‚ÄĚ no saldado hist√≥ricamente ni por la ‚Äúl√≠nea correcta‚ÄĚ ni por, obviamente, la clase dominante, ladino / olig√°rquica).

Se trata pues de entender la evoluci√≥n de lo nacional / popular, en las condiciones de la mal llamada posmodernidad en un pa√≠s tan complejo y plural como Guatemala, el cual no ha superado a√ļn la modernidad impuesta por las metr√≥polis a sangre y fuego, y conserva serios reductos feudales y cacicales.

Esa evoluci√≥n se da en la coyuntura de globalizaci√≥n neoliberal, lo que implica la imbricaci√≥n de una serie de elementos internacionales vinculados con la realidad guatemalteca y centroamericana. Pero por ello mismo con una serie de preconceptualizaciones en t√©rminos de un imaginario ‚Äúnacional‚ÄĚ que no se desprende a√ļn de los discursos de legitimaci√≥n elaborados en la modernidad.

Como lo plantea Alexander Jim√©nez en su texto, las sociedades actuales necesariamente son heterog√©neas, plurales. Y no se debe olvidar la historia en tanto las v√≠ctimas sigan presentes en la memoria popular y los victimarios vivos y actuando. Se debe hablar de las luchas por el reconocimiento de la discriminaci√≥n y la desigualdad. Por eso hay que acudir a las ‚Äúimaginaciones generosas‚ÄĚ para concebir nuevos espacios de cooperaci√≥n entre individuos, grupos y pueblos distintos, pero no necesariamente desiguales, lo cual no precisamente implica transacci√≥n y olvido.

Para el caso de Costa Rica, Alexander Jim√©nez, en el texto ya mencionado, logra desactivar el discurso legitimador de la filosof√≠a institucional costarricense, que el mismo Jim√©nez denomina ‚Äúnacional √©tnico metaf√≠sico‚ÄĚ (o ‚Äúnacionalismo √©tnico metaf√≠sico‚ÄĚ), y que nos narra una Costa Rica id√≠lica, ‚Äúblanca‚ÄĚ, homog√©nea, de pobreza igualitaria, con destino democr√°tico, geograf√≠a sin excesos y un pasado colonial sin mayores contradicciones, casi ‚Äúprimitiva socialista‚ÄĚ.

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Un país ciertamente imaginario.

Se trata de revisar algunas tradiciones narrativas que han construido un discurso nacional ahist√≥rico y alejado de las luchas sociales y culturales, es decir un discurso que topa con l√≠mites f√°cticos y conceptuales. Sin embargo, a pesar del aporte que hace Jim√©nez por descodificar las ‚Äúmet√°foras nacionales‚ÄĚ y sus elementos metaf√≠sicos, se percibe en el texto una especie de ‚Äúgolpe de pecho‚ÄĚ porque los fil√≥sofos hasta ahora no hab√≠an acudido a la Plaza P√ļblica, sino que han sido los ‚Äúespectadores del naufragio‚ÄĚ desde sus aireados gabinetes de la academia y del pensamiento.

Ese ‚Äúmea culpa‚ÄĚ me parece oportuno siempre y cuando se rectifique y se opte por un pensamiento m√°s apegado a los mercados y paredes de la ciudad, y a las calles de polvo y barro del campo. Siempre y cuando se busquen esas otras met√°foras escritas en paredes de la propiedad privada exigiendo lo imposible. Esas ‚Äúpintas‚ÄĚ que Jorge Jim√©nez y Solum Donas (Jim√©nez, Donas, Ciudad en Graffiti, EUNA, 1997) posmodernamente aten√ļan con el nombre de ‚Äúgraffiti‚ÄĚ, despoj√°ndolas de su contenido sociopol√≠tico y de su pr√°ctica contracultural y desmitificadora, precisamente de aqu√©l discurso nacionalista √©tnico metaf√≠sico.

Por lo dem√°s, de alguna manera, el discurso de Jim√©nez descuida el patio trasero hist√≥rico, al sospechar, l√ļcidamente es cierto, de un pa√≠s imaginario que al final queda desnudo conceptual y pol√≠ticamente, por lo que, en la actual etapa de globalizaci√≥n bajo esquema neoliberal, podr√≠a ser objeto de reelaboraci√≥n y arbitraje para un nuevo mapa internacional. Dicho de manera m√°s clara: puede ser subsumido por los voraces apetitos transnacionales del imperio y sus nuevas reconfiguraciones geopol√≠ticas. Si el pa√≠s es imaginario no existe y como no existe nos lo pueden birlar. As√≠, la incitaci√≥n justificar√≠a el contrasentido: lo que no existe no se incauta.

Que el filosofo (el acad√©mico, el estudioso, el artista, en fin, el intelectual) baje a la plaza p√ļblica y se empape del realismo grotesco de las culturas populares con sus narraciones hiperb√≥licas y desinhibidas. Que se alimente de sus im√°genes de cart√≥n piedra, de su m√ļsica de guitarra, tambor, marimba y chirim√≠a. Que pruebe sus bebidas fuertes y se embriague con las carnestolendas de su carnaval multicolor, o en la feria (sin vanidades) del agricultor. Que aprenda a desconstruir y desacralizar los discursos perennes de la superficie para hurgar en la profundidad del sue√Īo y de la poes√≠a. Que se entusiasme con las visiones de pueblos ind√≠genas y mestizos que resisten con su renovaci√≥n c√≠clica y su delirio vital para burlar a la muerte con la vida, para agonizar haciendo el amor, procreando nuevos mundos, otras utop√≠as. Para que reconsidere su labor en comunidad.

Para que repiense su escenario frente a los otros, esos de la voz extra√Īa ajena que resisten y sobreviven diariamente en su ciudad y m√°s all√°, en los campos y en las costas, en el mar. Los que conformaron una naci√≥n imaginada, nunca realizada. Aqu√©llos de antes, √©stos de ahora, los de siempre.

He allí el reto del intelectual centroamericano, hoy casi programado por la falsa globalidad.

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Escritor.

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