Jul 3 2016
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Cultura

Dejad a la lengua en paz

Hablantes frente a expertos. Con la excepci√≥n de la ortograf√≠a, quien decide sobre los fen√≥menos ling√ľ√≠sticos es la colectividad, no la Academia ni los ministerios

En un art√≠culo reciente, Javier Mar√≠as ha vuelto a explicar a sus lectores mediante un par de ejemplos lo que infinidad de veces desde la Academia Espa√Īola se ha se√Īalado: que son los hablantes, y no ella, quienes han decidido emplear la palabra autista en sentido figurado, para referirse a alguien encerrado en su mundo y desconectado de los dem√°s; o la vozc√°ncer para designar, tambi√©n por v√≠a metaf√≥rica, la ‚Äúproliferaci√≥n en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos‚ÄĚ.

No supone insensibilidad por parte de la corporaci√≥n el no poder atender las peticiones de expulsi√≥n lexicogr√°fica que le hacen las asociaciones de padres de ni√Īos con autismo o de enfermos de c√°ncer. ‚ÄúEsta instituci√≥n‚ÄĚ, escrib√≠a el novelista, ‚Äúen contra de lo que muchos quisieran, no proh√≠be ni impone nada; tampoco juzga‚ÄĚ; como mucho, advierte de que tal o cual vocablo puede resultar malsonante o denigratorio.

Al hablar de los fen√≥menos ling√ľ√≠sticos es imprescindible distinguir cuidadosamente los niveles, y en particular el ortogr√°fico de todos los dem√°s. De los distintos planos de una lengua, el √ļnico que est√° sometido a una regulaci√≥n convencional es el de la ortograf√≠a. Del mismo modo que en carretera se circula por la derecha y no por la izquierda ‚ÄĒsalvo en ciertos pa√≠ses en que la convenci√≥n es justamente la contraria‚ÄĒ o que una luz roja obliga a detenerse y una verde nos permite pasar ‚ÄĒpodr√≠a ser al rev√©s, u otros los colores‚ÄĒ, determinadas palabras se escriben ‚ÄĒ ajenos los hablantes a complejos condicionamientos etimol√≥gicos o de otra √≠ndole‚ÄĒ con j o con g, con b o con v, con hache o sin ella, llevan acento gr√°fico las agudas que terminan en vocal,n o s y no lo llevan en cambio las llanas que est√°n en esa misma situaci√≥n, etc√©tera.

Son reglas, insistamos, convencionales, que podr√≠an ser otras, o cambiar. Podr√≠a decretarse que en todos los casos el sonido velar llam√©moslo ‚Äúfuerte‚ÄĚ que tiene g delante de e o i se escribiera con jota, como le gustaba a Juan Ram√≥n (y se tomaba la libertad de practicarlo). Podr√≠a hacerse caso a la propuesta ‚ÄĒnotablemente demag√≥gica, y por lo dem√°s en absoluto nueva‚ÄĒ que Gabriel Garc√≠a M√°rquez hizo en el congreso de Zacatecas de ‚Äújubilar la ortograf√≠a‚ÄĚ, es decir, simplificarla de ra√≠z.poster garcia marquez

Pero si la regulaci√≥n del tr√°fico est√° en manos de la direcci√≥n general correspondiente (y, supongo, de organismos supranacionales, para que, al menos en lo b√°sico, no haya grandes disparidades de un pa√≠s a otro), ¬Ņa qui√©n compete la regulaci√≥n ortogr√°fica? La respuesta a esta pregunta es sumamente compleja, y apunta a un abanico de posibilidades que van desde el mero consenso asentado en una tradici√≥n consuetudinaria hasta la existencia de una entidad que ejerce la potestad reguladora. Ni siquiera son equiparables los casos de dos lenguas dotadas ambas de Academia, como el espa√Īol y el franc√©s, pues, por ejemplo, la autoridad prescriptiva en materia ortogr√°fica de la Real Academia Espa√Īola es sensiblemente mayor que la de la Acad√©mie fran√ßaise.

Antes de la fundaci√≥n de la Espa√Īola se hab√≠an producido intentos particulares de regular nuestra ortograf√≠a, pero no hab√≠an pasado de ser eso: conatos individuales. ¬°Cu√°nto le hubiera gustado a Nebrija, por ejemplo, que su propuesta ortogr√°fica de 1492, renovada en 1517, fuese generalmente aceptada! No fue as√≠, ni con la suya ni con otras posteriores, y solo la existencia de una entidad respaldada por la Corona hizo que las decisiones acad√©micas en materia de ortograf√≠a literal (esto es, ortograf√≠a de las letras), sabiamente dosificadas entre 1726 y 1815, fueran progresivamente aceptadas por las imprentas y se generalizaran a trav√©s de la ense√Īanza, de modo que, en lo sustancial, el uso de las letras no ha cambiado en los dos √ļltimos siglos.

A que ello haya sido as√≠, en un caso a priori tan proclive a la dispersi√≥n como el de una lengua escrita no solo en Espa√Īa sino en un elevado n√ļmero de rep√ļblicas soberanas que se extienden entre el r√≠o Bravo y el estrecho de Magallanes, contribuy√≥ decisivamente la fundaci√≥n desde 1871 de toda una serie de academias correspondientes de la Espa√Īola en los pa√≠ses de aquel continente, corporaciones hoy integradas en la Asociaci√≥n de Academias de la Lengua Espa√Īola (ASALE).

Los hispanohablantes tenemos motivos para estar satisfechos no solo por nuestra unanimidad ortogr√°fica ‚ÄĒque tanto contrasta, por ejemplo, con el divorcio entre la ortograf√≠a portuguesa y la brasile√Īa‚ÄĒ, sino tambi√©n por la sencillez, la transparencia y la racionalidad de nuestra ortograf√≠a, no absolutamente fonol√≥gica, es decir, sin completa correspondencia entre sonidos y letras, pero muy cercana a ella y con un sistema de acentuaci√≥n inequ√≠voco que bien podr√≠a envidiarnos, por ejemplo, el italiano.

En tales condiciones, debe exigirse suma cautela a la hora de introducir cualquier cambio en nuestra ortograf√≠a, cabe incluso reclamar que nada se toque en ella. Las pocas modificaciones introducidas en las ortograf√≠as acad√©micas de 1999 y 2010, por ejemplo en el terreno de la acentuaci√≥n, han sido recibidas con pol√©mica, con resistencias y aun con llamadas a la desobediencia. Y es que los hablantes, en materia ortogr√°fica, se irritan con las novedades, se hacen profundamente misone√≠stas. Bien lo sab√≠a ya Nebrija: ‚ÄúEn aquello que es como ley consentida por todos es cosa dura hacer novedad‚ÄĚ.

Desde febrero, una pol√©mica recorre la sociedad francesa ‚ÄĒy la de otros pa√≠ses franc√≥fonos‚ÄĒ a causa de una disposici√≥n ministerial por la que, a partir del pr√≥ximo oto√Īo, cierta reforma ortogr√°fica aprobada por la Academia francesa hace nada menos que 26 a√Īos, en 1990, se aplicar√° en los manuales escolares. La palabra oignon podr√° escribirse ognon, la voz n√©nuphar podr√° ser n√©nufar, podr√°n omitirse muchos acentos circunflejos sobre las vocales i, u‚Ķ N√≥tese que estamos empleando el verbo poder, y no deber, pues la nueva ortograf√≠a ser√°recomendada y no impuesta. Los libros de texto que la apliquen llevar√°n en lugar visible la correspondiente advertencia para que no se tomen por faltas de ortograf√≠a las que no lo son.

Durante mucho tiempo convivir√°n la vieja y la nueva ortograf√≠a, pues esta tendr√° car√°cter potestativo. Naturalmente, y a pesar de tantas cautelas, las voces disidentes se han hecho o√≠r de inmediato. La ciudad de N√ģmes ya ha dejado bien claro que no acepta en absoluto que se la desposea de su acento circunflejo. esp rae

En Alemania ‚ÄĒdonde la norma ortogr√°fica est√° regulada por una obra no institucional, el famoso Duden, descendiente del diccionario publicado en 1880 por un profesor de secundaria, Konrad Duden‚ÄĒ una reforma de la ortograf√≠a acordada en 1996, y que hab√≠a de implementarse durante un periodo de transici√≥n de ocho a√Īos, suscit√≥ la oposici√≥n frontal de profesores, escritores, medios de comunicaci√≥n, etc√©tera, y en 2004 un 77% de los alemanes la consideraba insensata.

El del ingl√©s es un caso aparte. Su graf√≠a no refleja los cambios fon√©ticos producidos en la lengua despu√©s del siglo XV (!), y, pese a la extraordinaria complejidad de su spelling, ning√ļn organismo concreto lo regula, m√°s all√° del consenso que desde el siglo XVII fueron concitando los diccionarios en torno a la escritura de las palabras de esa lengua. Hoy, como se sabe, existen algunas peque√Īas diferencias entre el ingl√©s brit√°nico y el americano, no insalvables, desde luego, pero de m√°s entidad que las pr√°cticamente inexistentes del mundo hispanohablante ‚ÄĒy que no son propiamente ortogr√°ficas sino fon√©ticas(sebiche y seviche junto a cebiche y ceviche) o pros√≥dicas (la esdr√ļjula v√≠deo de Espa√Īa frente a la llana video de Am√©rica, etc√©tera)‚ÄĒ. Insistamos: la ortograf√≠a del espa√Īol es envidiable. ¬ŅA qu√© menealla?

En los terrenos que no son el ortogr√°fico, es decir, en el gramatical y el l√©xico, el planteamiento es muy otro. Los gram√°ticos y los lexic√≥grafos ‚ÄĒy se√Īaladamente dentro de ellos, en el mundo hisp√°nico, la Academia Espa√Īola y las Academias de ASALE‚ÄĒ codifican el uso, y puesto que este emana esencialmente de la voluntad de los hablantes, su actuaci√≥n es cada vez m√°s descriptiva que prescriptiva.Normativa, si se quiere, pero entendiendo la norma como el conjunto de los usosnormales en una determinada modalidad de la lengua.

Los hablantes han decidido preferir l√ļdico a l√ļdicro o√©lite a elite, o que enervar es no solo ‘debilitar, quitar la fuerza’, sino tambi√©n ‘poner nervioso’, y el diccionario acad√©mico, antes o despu√©s, as√≠ lo ha aceptado. Si la antigua gram√°tica acad√©mica establec√≠a taxativamente que los sustantivos y adjetivos terminados en -√≠ t√≥nica hac√≠an el plural en -√≠es (carmes√≠, carmes√≠es), la actual reconoce que ‚Äútienden a admitir las dos variantes de plural: -es y -s‚ÄĚ; es decir, da por buenos tanto rub√≠es como rub√≠s. El uso de le en lugar de les en construcciones reduplicadas, sobre todo en posici√≥n anticipada (‚Äúdecirle a los ciudadanos la verdad‚ÄĚ en lugar de ‚Äúdecirles a los ciudadanos la verdad‚ÄĚ), ha avanzado tanto en Espa√Īa y Am√©rica que la Nueva gram√°tica acad√©mica de 2009 no puede sino considerarlo ‚Äúfrecuente‚ÄĚ; a√Īadiendo, eso s√≠: ‚ÄúEn los registros formales se aconseja mantener la concordancia de n√ļmero‚ÄĚ. Podr√≠amos aducir docenas de casos similares.

En fin, si ni siquiera la Academia, notaria m√°s que aduanera, puede imponer un uso ling√ľ√≠stico en el √°mbito gramatical y l√©xico, innecesario es decir que con menor motivo podr√°n pretender hacerlo organismos ministeriales o auton√≥micos. Pero esto nos llevar√≠a ahora por otros derroteros. Como gustaba decir don Emilio Alarcos, hay que dejar a la lengua, y a las lenguas, en paz. En ellas manda ‚ÄĒsalvo en el terreno ortogr√°fico, como hemos pretendido dejar claro‚ÄĒ la colectividad. Si los ciudadanos son depositarios de la soberan√≠a pol√≠tica, los hablantes lo son de la ling√ľ√≠stica.

*Ocupa el sill√≥n Q de la Real Academia y es catedr√°tico de Lengua Espa√Īola. Acaba de publicar M√°s que palabras (Galaxia Gutenberg)

Anexo1

poema visual joan brossa

Poema visual Joan Brossa

La cofradía hispanohablante

Manda, omn√≠modo, en todo el √°mbito de la lengua, el uso. Pero no el uso ocurrente y ocasional, sino el uso garantizado, convalidado por una cofrad√≠a panhisp√°nica, compuesta por hombres y mujeres de autoridad responsable. Tiene autoridad ‚ÄĒla etimolog√≠a latina lo reafirma‚ÄĒ aquel que dispone de potencia para hacer crecer y promover lo que toca (un proyecto, la educaci√≥n de una persona, un pa√≠s), en este caso la lengua que nos expresa y comunica. Esresponsable la persona que cumple con las dos acepciones del t√©rmino: la que se hace cargo de lo que dice y hace con la lengua y la que es capaz de buscar y hallar respuestas a las cuestiones may√ļsculas y menores que el manejo del idioma propone ‚ÄĒesto es, nos pone por delante‚ÄĒ en cada paso que damos en nuestro discurso cotidiano.

El uso expandido puede nacer de la boca placera y popular oral, de la prensa, de la oralidad televisiva, de tal novela, pero es la cofrad√≠a t√°cita la que lo asume y lo ratifica. Si esto no se da, el uso es ef√≠mero, y se pierde. Despu√©s, para darle debida y ordenada difusi√≥n a los usos consolidados act√ļan, luego, las academias.

Los que en verdad mandan en el uso de la lengua constituyen una hermandad sin comisi√≥n directiva, que desde distintos puntos de la panhispanidad, con criterio y sapiencia, proponen l√≠nea a l√≠nea en lo que escriben, en lo que publican, en lo que ense√Īan, las nuevas palabras, los modos del decir, los fraseos, las inflexiones. Operan comoLos conjurados, de la ficci√≥n borgesiana. Son una laya de hombres ‚Äúbuenos‚ÄĚ ‚ÄĒdir√≠a el creativo marino y acad√©mico palabrista‚ÄĒ que, vigilantes, respetan su oficio y misi√≥n. Constituyen esta sociedad gente variopinta: escritores en todos los g√©neros, periodistas en todos los medios, fil√≥logos y ling√ľistas, docentes y gente de a pie que saben que hablar y escribir es, como dec√≠a Joubert, una facilidad natural y una dificultad adquirida.

Estas personas de responsable autoridad mantienen abiertos ojos y o√≠dos respecto de la lengua. No son nefelibatas ling√ľ√≠sticos: patean la realidad de la sociedad, de la comunidad, de la calle. Escuchan y leen, mastican y asimilan; atienden a la letra, y a la voz viva. Recuerdo al caso la an√©cdota del corrector de pruebas que enmendaba a Sarmiento quien en 1845 manuscrib√≠a ‚Äúoscuro‚ÄĚ. Y lo castigaba: ‚ÄúOjo: obscuro‚ÄĚ. A lo que el sanjuanino respondi√≥, tambi√©n en nota marginal al pliego: ‚ÄúOreja: oscuro‚ÄĚ.
Muchos de los integrantes de esa cofrad√≠a de gente con autoridad responsable integra las academias, y otros est√°n extramuros. Todos laboran en igual sentido, institucional o individualmente. Pero el esfuerzo com√ļn consolida los usos que, golpe a golpe, se van imponiendo en labios de todos.

No son las academias las mandamases, aunque s√≠ las que ordenan, en el sentido de poner orden en la selva selvaggia de nuestra lengua. No manda la Academia mexicana, en quien pueden despuntar aspiraciones del adormecido imperio azteca, al ser la naci√≥n con el mayor caudal de hablantes en el mundo hisp√°nico (y se dar√≠a ‚Äúla tiran√≠a de la mayor√≠a‚ÄĚ, como amedall√≥ en certera frase Tocqueville). Ni manda la Real espa√Īola, con todos los derechos adquiridos por historia y sostenida aplicaci√≥n laboriosa a la ponderable tarea de trabajar en obras claves para codificar nuestra lengua. Ni n√ļmeros populosos ni historia y aportes basan la capacidad de mando. Como nos ense√Ī√≥ a todos Gregorio Salvador, y todos repetimos epig√≥nicamente, muchos sin citar la grata fuente, las academias son como los notarios (dicen en Madrid, ‚Äúescribanos‚ÄĚ decimos en el Plata), que solo, y nada menos, dan fe de que tal cosa se dice as√≠ en tal nivel de uso.

Las academias deben atarearse en un doble movimiento: uno centr√≠peto, en acordar, apoyadas en la convalidaci√≥n de los usos auspician adopciones panhisp√°nicas √ļnicas que faciliten la expansi√≥n de nuestra lengua en el mundo. En este sentido, las opcionalidades (‚Äúalv√©olo‚ÄĚ, ‚Äúalveolo‚ÄĚ) son el c√°ncer del idioma. El otro, en la especializaci√≥n estudiosa de los usos firmes de su regi√≥n ling√ľ√≠stica para se√Īalar lo diverso en la unidad, pero no para alzar fronteras entre regiones. Ahora s√≠, en cada regi√≥n mandan, en lo propio, los locales. En fin, nuestras mujeres usan ‚Äúpollera‚ÄĚ, y las espa√Īolas, ‚Äúfalda‚ÄĚ, pero todas pueden lucir ‚Äútanga‚ÄĚ, y esto es estimulante, l√©xicamente, digo.

La frase de san Agust√≠n es orientadora en nuestro campo: ‚ÄúEn lo esencial, la unidad; en lo opinable, la variedad; en todo, la caridad‚ÄĚ. La caridad en el mando, tambi√©n en el ling√ľ√≠stico, se basa en dos actitudinales (hay que hablar as√≠ para que a uno lo respeten, con tecnicismos y latinismos): en aquello de suaviter in modo, fortiter in re, que nos aleja de la intemperancia autoritaria y el √≠ndice acusador (‚Äúse dice el pecado pero no el locutor‚ÄĚ), y en el refr√°n paciente ‚Äúpoco a poco hila la vieja el copo y rompe el mono el coco‚ÄĚ. Calibremos al caso, como unaapp, los versos retocados de Ezequiel Mart√≠nez Estrada, que aluden a la labor silenciosa de la cofrad√≠a y a nuestro aprendizaje en la incorporaci√≥n de los buenos usos destilados como materia vinaria: ‚ÄúLo que se ha decantado poco a poco / no quieras t√ļ beb√©rtelo de un trago. / Bebedor, acad√©mico, viandante / despacio, despacio, despacio.

*Expresidente de la Academia Argentina de Letras.

Anexo2

Las palabras de la tribu y sus hechiceros

Javier Rodr√≠guez Marcos| Queda ya lejos el d√≠a de 1844 en que Isabel II impuso por decreto la ortograf√≠a de la RAE, pero el aviso de Humpty Dumpty sigue sirviendo: lo importante no es saber qu√© significan las palabras, lo importante es saber qui√©n manda. En noviembre de 2010, 11 representantes de las 22 academias del espa√Īol se reunieron en San Mill√°n de la Cogolla (La Rioja) para dar el visto bueno a la nueva edici√≥n de laOrtograf√≠a de la lengua espa√Īola, heredera remota de aquella que en 1726 se public√≥ pegada al Diccionario de autoridades bajo el nombre de, con todas sus letras, Orthograph√≠a.¬† lengua espanola

Una de las novedades que m√°s pol√©mica suscit√≥ hace seis a√Īos fue la de usar un solo nombre para cada letra. As√≠, la i griega pasaba a llamarse ye, mientras f√≥rmulas como be baja o be corta quedaban sustituidas por una sola: uve. Ni que decir tiene que el incendio que se produjo en la orilla europea del Atl√°ntico por la primera norma tuvo su equivalente en la orilla americana por la segunda. Algunos de los presentes en el monasterio riojano recuerdan que la propuesta de imponer la uve mayoritaria en Espa√Īa se encontr√≥ ‚ÄĒpara compensar‚ÄĒ con la defensa de la ye por parte de la academia mexicana, que hizo valer su peso como representante del pa√≠s con mayor n√ļmero de hispanohablantes. Si los ciudadanos de a pie se indignaron por el cambio en el alfabeto, los escritores lo hicieron por la supresi√≥n de la tilde en palabras como este o solo (adverbio), que segu√≠an el mismo camino que un siglo atr√°s hab√≠an seguido palabras como √©ntre, p√°ra o s√≥bre cuando funcionaban como verbos. Entre los insumisos que m√°s sonoramente anunciaron su rebeld√≠a no faltaron miembros de la propia RAE como Javier Mar√≠as, Luis Goytisolo o Arturo P√©rez-Reverte.

Curiosamente, en una academia en la que conviven fil√≥logos y escritores, suelen ser los primeros los menos reticentes a los cambios aunque los segundos tengan a priori bula para usar el idioma con total libertad. En el fondo, la bula suele quedar para grandes declaraciones. Es ya un cl√°sico el discurso que Gabriel Garc√≠a M√°rquez pronunci√≥ en 1997 en el Congreso de la Lengua de Zacatecas (M√©xico) para pedir la jubilaci√≥n de la ortograf√≠a, ‚Äúterror del ser humano desde la cuna‚ÄĚ. ¬ŅSu propuesta? Enterrar las ‚Äúhaches rupestres‚ÄĚ, firmar un ‚Äútratado de l√≠mites entre la ge y la jota y poner m√°s uso de raz√≥n en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga l√°grima ni confundir√° rev√≥lver con revolver‚ÄĚ. Los acad√©micos que una d√©cada despu√©s trabajaron en la edici√≥n conmemorativa de Cien a√Īos de soledad recuerdan hoy con una sonrisa p√≠cara el cuidado que su autor puso en corregir con pulcritud normativa hasta la √ļltima p√°gina. Aunque su discurso se titulaba Botella al mar para el dios de las palabras, √©l prefiri√≥ encomendar su novela a los cuidados del Vaticano de la lengua.

Pese a que muchos se han tomado al pie de la letra la idea de Mallarm√© de que los poetas tienen por misi√≥n devolver su sentido primigenio a las palabras de la tribu, la influencia de los escritores sobre la lengua ya no es la misma que cuando eran las autoridades que sirvieron para bautizar aquel primer diccionario de 1726, que empleaba citas de autores para justificar cada definici√≥n. Desde que existen las academias, los escritores solo han estado cerca de influir dr√°sticamente en la norma ling√ľ√≠stica cuando han tenido poder algo m√°s que simb√≥lico para hacerlo. Fue el caso de Domingo Faustino Sarmiento, que, por los a√Īos en que andaba gestando su Facundo (1845) y antes de ser presidente de Argentina, propuso unareforma ortogr√°fica que tuvo su minuto de gloria en algunos pa√≠ses con, entre otras cosas, la adaptaci√≥n gr√°fica del seseo americano (senisa en lugar deceniza).

 Domingo Faustino Sarmiento

Domingo Faustino Sarmiento

Para un escritor es m√°s f√°cil contribuir al l√©xico de un idioma que alterar su gram√°tica o su ortograf√≠a. Mientras Ortega y Umbral consiguieron llevar al diccionario vivencia y tardofranquismo ‚ÄĒacu√Īadas por ellos‚ÄĒ, Agust√≠n Garc√≠a Calvo se qued√≥ solo en su cruzada contra la pronunciaci√≥n ‚Äúforzada‚ÄĚ de la equis ‚ÄĒ‚Äúla lengua es del pueblo, pero la escritura es de los se√Īores‚ÄĚ, dec√≠a en sustestos‚ÄĒ, tanto como Juan Ram√≥n Jim√©nez en la suya para escribir jota cuando suena jota y pedir a la intelijencia el nombre exacto de las cosas.

Aunque muchas expresiones literarias, a veces manipuladas, han hecho fortuna (‚Äúcon la Iglesia hemos dado‚ÄĚ), la mayor intervenci√≥n de los escritores sobre la lengua, m√°s all√° del placer ‚ÄĒo el disgusto‚ÄĒ de leerlos, est√° sobre todo asociada a la potencia de un personaje o de un mundo propios que se tornan comunes: un lazarillo, un don juan, un espect√°culo dantesco, una situaci√≥n kafkiana. Otras veces se debe a la rotundidad de un t√≠tulo inolvidable y f√°cil de adaptar a mil situaciones y titulares de peri√≥dico. Sue√Īo de una noche de verano (Shakespeare), El gran teatro del mundo (Calder√≥n), En busca del tiempo perdido (Proust), Se√Īas de identidad (Juan Goytisolo) o Cr√≥nica de una muerte anunciada (Garc√≠a M√°rquez) son ya expresiones que usamos sin pagar derechos de autor.

Tampoco los pagamos al anónimo creador medieval del personaje de Pánfilo, al dieciochesco Samuel Richardson por Pamela (heroína suya tocada con ese sombrero), a Karel Capek por robot o a Daphne du Maurier por Rebeca. Claro que este contó con la inestimable labor difusora de Alfred Hitchcock, cuyos traductores, como tantos traductores, merecen un capítulo aparte como creadores de fórmulas de éxito: Con la muerte en los talones (originalmente,North by Northwest), se estrenó en varios países hispanohablantes como Intriga internacional.

M√°s que la literatura, el universo audiovisual es hoy el gran semillero de f√≥rmulas ling√ľ√≠sticas, cuya fortuna, de nuevo, habr√≠a que atribuir a los autores de la versi√≥n espa√Īola: baste pensar enSolo ante el peligro (High Noon en el original) o en Aterriza como puedas (Airplane). Por no hablar de f√≥rmulas televisivas como el futbol√≠stico tiki taka, el ch√©vere globalizado de los culebrones o el viejuno manchego universal. No hace falta ser poeta para pedir un poquito de por favor o para, como Carolina Alguacil, lectora entonces an√≥nima, escribir a este peri√≥dico defini√©ndose comomileurista. Fue en 2005 y la palabra aparece ya en la √ļltima edici√≥n delDiccionario de la RAE. El hecho de que no se cite a su autora es la mejor prueba de que acert√≥ al crearla. Y una lecci√≥n de humildad para los escritores.

*Textos publicados en el suplemento de Cultura de El Pa√≠s de Espa√Īa

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