Jul 3 2016
800 lecturas

Cultura

Dejad a la lengua en paz

Hablantes frente a expertos. Con la excepción de la ortografía, quien decide sobre los fenómenos lingüísticos es la colectividad, no la Academia ni los ministerios

En un artículo reciente, Javier Marías ha vuelto a explicar a sus lectores mediante un par de ejemplos lo que infinidad de veces desde la Academia Española se ha señalado: que son los hablantes, y no ella, quienes han decidido emplear la palabra autista en sentido figurado, para referirse a alguien encerrado en su mundo y desconectado de los demás; o la vozcáncer para designar, también por vía metafórica, la “proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos”.

No supone insensibilidad por parte de la corporación el no poder atender las peticiones de expulsión lexicográfica que le hacen las asociaciones de padres de niños con autismo o de enfermos de cáncer. “Esta institución”, escribía el novelista, “en contra de lo que muchos quisieran, no prohíbe ni impone nada; tampoco juzga”; como mucho, advierte de que tal o cual vocablo puede resultar malsonante o denigratorio.

Al hablar de los fenómenos lingüísticos es imprescindible distinguir cuidadosamente los niveles, y en particular el ortográfico de todos los demás. De los distintos planos de una lengua, el único que está sometido a una regulación convencional es el de la ortografía. Del mismo modo que en carretera se circula por la derecha y no por la izquierda —salvo en ciertos países en que la convención es justamente la contraria— o que una luz roja obliga a detenerse y una verde nos permite pasar —podría ser al revés, u otros los colores—, determinadas palabras se escriben — ajenos los hablantes a complejos condicionamientos etimológicos o de otra índole— con j o con g, con b o con v, con hache o sin ella, llevan acento gráfico las agudas que terminan en vocal,n o s y no lo llevan en cambio las llanas que están en esa misma situación, etcétera.

Son reglas, insistamos, convencionales, que podrían ser otras, o cambiar. Podría decretarse que en todos los casos el sonido velar llamémoslo “fuerte” que tiene g delante de e o i se escribiera con jota, como le gustaba a Juan Ramón (y se tomaba la libertad de practicarlo). Podría hacerse caso a la propuesta —notablemente demagógica, y por lo demás en absoluto nueva— que Gabriel García Márquez hizo en el congreso de Zacatecas de “jubilar la ortografía”, es decir, simplificarla de raíz.poster garcia marquez

Pero si la regulación del tráfico está en manos de la dirección general correspondiente (y, supongo, de organismos supranacionales, para que, al menos en lo básico, no haya grandes disparidades de un país a otro), ¿a quién compete la regulación ortográfica? La respuesta a esta pregunta es sumamente compleja, y apunta a un abanico de posibilidades que van desde el mero consenso asentado en una tradición consuetudinaria hasta la existencia de una entidad que ejerce la potestad reguladora. Ni siquiera son equiparables los casos de dos lenguas dotadas ambas de Academia, como el español y el francés, pues, por ejemplo, la autoridad prescriptiva en materia ortográfica de la Real Academia Española es sensiblemente mayor que la de la Académie française.

Antes de la fundación de la Española se habían producido intentos particulares de regular nuestra ortografía, pero no habían pasado de ser eso: conatos individuales. ¡Cuánto le hubiera gustado a Nebrija, por ejemplo, que su propuesta ortográfica de 1492, renovada en 1517, fuese generalmente aceptada! No fue así, ni con la suya ni con otras posteriores, y solo la existencia de una entidad respaldada por la Corona hizo que las decisiones académicas en materia de ortografía literal (esto es, ortografía de las letras), sabiamente dosificadas entre 1726 y 1815, fueran progresivamente aceptadas por las imprentas y se generalizaran a través de la enseñanza, de modo que, en lo sustancial, el uso de las letras no ha cambiado en los dos últimos siglos.

A que ello haya sido así, en un caso a priori tan proclive a la dispersión como el de una lengua escrita no solo en España sino en un elevado número de repúblicas soberanas que se extienden entre el río Bravo y el estrecho de Magallanes, contribuyó decisivamente la fundación desde 1871 de toda una serie de academias correspondientes de la Española en los países de aquel continente, corporaciones hoy integradas en la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE).

Los hispanohablantes tenemos motivos para estar satisfechos no solo por nuestra unanimidad ortográfica —que tanto contrasta, por ejemplo, con el divorcio entre la ortografía portuguesa y la brasileña—, sino también por la sencillez, la transparencia y la racionalidad de nuestra ortografía, no absolutamente fonológica, es decir, sin completa correspondencia entre sonidos y letras, pero muy cercana a ella y con un sistema de acentuación inequívoco que bien podría envidiarnos, por ejemplo, el italiano.

En tales condiciones, debe exigirse suma cautela a la hora de introducir cualquier cambio en nuestra ortografía, cabe incluso reclamar que nada se toque en ella. Las pocas modificaciones introducidas en las ortografías académicas de 1999 y 2010, por ejemplo en el terreno de la acentuación, han sido recibidas con polémica, con resistencias y aun con llamadas a la desobediencia. Y es que los hablantes, en materia ortográfica, se irritan con las novedades, se hacen profundamente misoneístas. Bien lo sabía ya Nebrija: “En aquello que es como ley consentida por todos es cosa dura hacer novedad”.

Desde febrero, una polémica recorre la sociedad francesa —y la de otros países francófonos— a causa de una disposición ministerial por la que, a partir del próximo otoño, cierta reforma ortográfica aprobada por la Academia francesa hace nada menos que 26 años, en 1990, se aplicará en los manuales escolares. La palabra oignon podrá escribirse ognon, la voz nénuphar podrá ser nénufar, podrán omitirse muchos acentos circunflejos sobre las vocales i, u… Nótese que estamos empleando el verbo poder, y no deber, pues la nueva ortografía serárecomendada y no impuesta. Los libros de texto que la apliquen llevarán en lugar visible la correspondiente advertencia para que no se tomen por faltas de ortografía las que no lo son.

Durante mucho tiempo convivirán la vieja y la nueva ortografía, pues esta tendrá carácter potestativo. Naturalmente, y a pesar de tantas cautelas, las voces disidentes se han hecho oír de inmediato. La ciudad de Nîmes ya ha dejado bien claro que no acepta en absoluto que se la desposea de su acento circunflejo. esp rae

En Alemania —donde la norma ortográfica está regulada por una obra no institucional, el famoso Duden, descendiente del diccionario publicado en 1880 por un profesor de secundaria, Konrad Duden— una reforma de la ortografía acordada en 1996, y que había de implementarse durante un periodo de transición de ocho años, suscitó la oposición frontal de profesores, escritores, medios de comunicación, etcétera, y en 2004 un 77% de los alemanes la consideraba insensata.

El del inglés es un caso aparte. Su grafía no refleja los cambios fonéticos producidos en la lengua después del siglo XV (!), y, pese a la extraordinaria complejidad de su spelling, ningún organismo concreto lo regula, más allá del consenso que desde el siglo XVII fueron concitando los diccionarios en torno a la escritura de las palabras de esa lengua. Hoy, como se sabe, existen algunas pequeñas diferencias entre el inglés británico y el americano, no insalvables, desde luego, pero de más entidad que las prácticamente inexistentes del mundo hispanohablante —y que no son propiamente ortográficas sino fonéticas(sebiche y seviche junto a cebiche y ceviche) o prosódicas (la esdrújula vídeo de España frente a la llana video de América, etcétera)—. Insistamos: la ortografía del español es envidiable. ¿A qué menealla?

En los terrenos que no son el ortográfico, es decir, en el gramatical y el léxico, el planteamiento es muy otro. Los gramáticos y los lexicógrafos —y señaladamente dentro de ellos, en el mundo hispánico, la Academia Española y las Academias de ASALE— codifican el uso, y puesto que este emana esencialmente de la voluntad de los hablantes, su actuación es cada vez más descriptiva que prescriptiva.Normativa, si se quiere, pero entendiendo la norma como el conjunto de los usosnormales en una determinada modalidad de la lengua.

Los hablantes han decidido preferir lúdico a lúdicro oélite a elite, o que enervar es no solo ‘debilitar, quitar la fuerza’, sino también ‘poner nervioso’, y el diccionario académico, antes o después, así lo ha aceptado. Si la antigua gramática académica establecía taxativamente que los sustantivos y adjetivos terminados en -í tónica hacían el plural en -íes (carmesí, carmesíes), la actual reconoce que “tienden a admitir las dos variantes de plural: -es y -s”; es decir, da por buenos tanto rubíes como rubís. El uso de le en lugar de les en construcciones reduplicadas, sobre todo en posición anticipada (“decirle a los ciudadanos la verdad” en lugar de “decirles a los ciudadanos la verdad”), ha avanzado tanto en España y América que la Nueva gramática académica de 2009 no puede sino considerarlo “frecuente”; añadiendo, eso sí: “En los registros formales se aconseja mantener la concordancia de número”. Podríamos aducir docenas de casos similares.

En fin, si ni siquiera la Academia, notaria más que aduanera, puede imponer un uso lingüístico en el ámbito gramatical y léxico, innecesario es decir que con menor motivo podrán pretender hacerlo organismos ministeriales o autonómicos. Pero esto nos llevaría ahora por otros derroteros. Como gustaba decir don Emilio Alarcos, hay que dejar a la lengua, y a las lenguas, en paz. En ellas manda —salvo en el terreno ortográfico, como hemos pretendido dejar claro— la colectividad. Si los ciudadanos son depositarios de la soberanía política, los hablantes lo son de la lingüística.

*Ocupa el sillón Q de la Real Academia y es catedrático de Lengua Española. Acaba de publicar Más que palabras (Galaxia Gutenberg)

Anexo1

poema visual joan brossa

Poema visual Joan Brossa

La cofradía hispanohablante

Manda, omnímodo, en todo el ámbito de la lengua, el uso. Pero no el uso ocurrente y ocasional, sino el uso garantizado, convalidado por una cofradía panhispánica, compuesta por hombres y mujeres de autoridad responsable. Tiene autoridad —la etimología latina lo reafirma— aquel que dispone de potencia para hacer crecer y promover lo que toca (un proyecto, la educación de una persona, un país), en este caso la lengua que nos expresa y comunica. Esresponsable la persona que cumple con las dos acepciones del término: la que se hace cargo de lo que dice y hace con la lengua y la que es capaz de buscar y hallar respuestas a las cuestiones mayúsculas y menores que el manejo del idioma propone —esto es, nos pone por delante— en cada paso que damos en nuestro discurso cotidiano.

El uso expandido puede nacer de la boca placera y popular oral, de la prensa, de la oralidad televisiva, de tal novela, pero es la cofradía tácita la que lo asume y lo ratifica. Si esto no se da, el uso es efímero, y se pierde. Después, para darle debida y ordenada difusión a los usos consolidados actúan, luego, las academias.

Los que en verdad mandan en el uso de la lengua constituyen una hermandad sin comisión directiva, que desde distintos puntos de la panhispanidad, con criterio y sapiencia, proponen línea a línea en lo que escriben, en lo que publican, en lo que enseñan, las nuevas palabras, los modos del decir, los fraseos, las inflexiones. Operan comoLos conjurados, de la ficción borgesiana. Son una laya de hombres “buenos” —diría el creativo marino y académico palabrista— que, vigilantes, respetan su oficio y misión. Constituyen esta sociedad gente variopinta: escritores en todos los géneros, periodistas en todos los medios, filólogos y lingüistas, docentes y gente de a pie que saben que hablar y escribir es, como decía Joubert, una facilidad natural y una dificultad adquirida.

Estas personas de responsable autoridad mantienen abiertos ojos y oídos respecto de la lengua. No son nefelibatas lingüísticos: patean la realidad de la sociedad, de la comunidad, de la calle. Escuchan y leen, mastican y asimilan; atienden a la letra, y a la voz viva. Recuerdo al caso la anécdota del corrector de pruebas que enmendaba a Sarmiento quien en 1845 manuscribía “oscuro”. Y lo castigaba: “Ojo: obscuro”. A lo que el sanjuanino respondió, también en nota marginal al pliego: “Oreja: oscuro”.
Muchos de los integrantes de esa cofradía de gente con autoridad responsable integra las academias, y otros están extramuros. Todos laboran en igual sentido, institucional o individualmente. Pero el esfuerzo común consolida los usos que, golpe a golpe, se van imponiendo en labios de todos.

No son las academias las mandamases, aunque sí las que ordenan, en el sentido de poner orden en la selva selvaggia de nuestra lengua. No manda la Academia mexicana, en quien pueden despuntar aspiraciones del adormecido imperio azteca, al ser la nación con el mayor caudal de hablantes en el mundo hispánico (y se daría “la tiranía de la mayoría”, como amedalló en certera frase Tocqueville). Ni manda la Real española, con todos los derechos adquiridos por historia y sostenida aplicación laboriosa a la ponderable tarea de trabajar en obras claves para codificar nuestra lengua. Ni números populosos ni historia y aportes basan la capacidad de mando. Como nos enseñó a todos Gregorio Salvador, y todos repetimos epigónicamente, muchos sin citar la grata fuente, las academias son como los notarios (dicen en Madrid, “escribanos” decimos en el Plata), que solo, y nada menos, dan fe de que tal cosa se dice así en tal nivel de uso.

Las academias deben atarearse en un doble movimiento: uno centrípeto, en acordar, apoyadas en la convalidación de los usos auspician adopciones panhispánicas únicas que faciliten la expansión de nuestra lengua en el mundo. En este sentido, las opcionalidades (“alvéolo”, “alveolo”) son el cáncer del idioma. El otro, en la especialización estudiosa de los usos firmes de su región lingüística para señalar lo diverso en la unidad, pero no para alzar fronteras entre regiones. Ahora sí, en cada región mandan, en lo propio, los locales. En fin, nuestras mujeres usan “pollera”, y las españolas, “falda”, pero todas pueden lucir “tanga”, y esto es estimulante, léxicamente, digo.

La frase de san Agustín es orientadora en nuestro campo: “En lo esencial, la unidad; en lo opinable, la variedad; en todo, la caridad”. La caridad en el mando, también en el lingüístico, se basa en dos actitudinales (hay que hablar así para que a uno lo respeten, con tecnicismos y latinismos): en aquello de suaviter in modo, fortiter in re, que nos aleja de la intemperancia autoritaria y el índice acusador (“se dice el pecado pero no el locutor”), y en el refrán paciente “poco a poco hila la vieja el copo y rompe el mono el coco”. Calibremos al caso, como unaapp, los versos retocados de Ezequiel Martínez Estrada, que aluden a la labor silenciosa de la cofradía y a nuestro aprendizaje en la incorporación de los buenos usos destilados como materia vinaria: “Lo que se ha decantado poco a poco / no quieras tú bebértelo de un trago. / Bebedor, académico, viandante / despacio, despacio, despacio.

*Expresidente de la Academia Argentina de Letras.

Anexo2

Las palabras de la tribu y sus hechiceros

Javier Rodríguez Marcos| Queda ya lejos el día de 1844 en que Isabel II impuso por decreto la ortografía de la RAE, pero el aviso de Humpty Dumpty sigue sirviendo: lo importante no es saber qué significan las palabras, lo importante es saber quién manda. En noviembre de 2010, 11 representantes de las 22 academias del español se reunieron en San Millán de la Cogolla (La Rioja) para dar el visto bueno a la nueva edición de laOrtografía de la lengua española, heredera remota de aquella que en 1726 se publicó pegada al Diccionario de autoridades bajo el nombre de, con todas sus letras, Orthographía.  lengua espanola

Una de las novedades que más polémica suscitó hace seis años fue la de usar un solo nombre para cada letra. Así, la i griega pasaba a llamarse ye, mientras fórmulas como be baja o be corta quedaban sustituidas por una sola: uve. Ni que decir tiene que el incendio que se produjo en la orilla europea del Atlántico por la primera norma tuvo su equivalente en la orilla americana por la segunda. Algunos de los presentes en el monasterio riojano recuerdan que la propuesta de imponer la uve mayoritaria en España se encontró —para compensar— con la defensa de la ye por parte de la academia mexicana, que hizo valer su peso como representante del país con mayor número de hispanohablantes. Si los ciudadanos de a pie se indignaron por el cambio en el alfabeto, los escritores lo hicieron por la supresión de la tilde en palabras como este o solo (adverbio), que seguían el mismo camino que un siglo atrás habían seguido palabras como éntre, pára o sóbre cuando funcionaban como verbos. Entre los insumisos que más sonoramente anunciaron su rebeldía no faltaron miembros de la propia RAE como Javier Marías, Luis Goytisolo o Arturo Pérez-Reverte.

Curiosamente, en una academia en la que conviven filólogos y escritores, suelen ser los primeros los menos reticentes a los cambios aunque los segundos tengan a priori bula para usar el idioma con total libertad. En el fondo, la bula suele quedar para grandes declaraciones. Es ya un clásico el discurso que Gabriel García Márquez pronunció en 1997 en el Congreso de la Lengua de Zacatecas (México) para pedir la jubilación de la ortografía, “terror del ser humano desde la cuna”. ¿Su propuesta? Enterrar las “haches rupestres”, firmar un “tratado de límites entre la ge y la jota y poner más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver”. Los académicos que una década después trabajaron en la edición conmemorativa de Cien años de soledad recuerdan hoy con una sonrisa pícara el cuidado que su autor puso en corregir con pulcritud normativa hasta la última página. Aunque su discurso se titulaba Botella al mar para el dios de las palabras, él prefirió encomendar su novela a los cuidados del Vaticano de la lengua.

Pese a que muchos se han tomado al pie de la letra la idea de Mallarmé de que los poetas tienen por misión devolver su sentido primigenio a las palabras de la tribu, la influencia de los escritores sobre la lengua ya no es la misma que cuando eran las autoridades que sirvieron para bautizar aquel primer diccionario de 1726, que empleaba citas de autores para justificar cada definición. Desde que existen las academias, los escritores solo han estado cerca de influir drásticamente en la norma lingüística cuando han tenido poder algo más que simbólico para hacerlo. Fue el caso de Domingo Faustino Sarmiento, que, por los años en que andaba gestando su Facundo (1845) y antes de ser presidente de Argentina, propuso unareforma ortográfica que tuvo su minuto de gloria en algunos países con, entre otras cosas, la adaptación gráfica del seseo americano (senisa en lugar deceniza).

 Domingo Faustino Sarmiento

Domingo Faustino Sarmiento

Para un escritor es más fácil contribuir al léxico de un idioma que alterar su gramática o su ortografía. Mientras Ortega y Umbral consiguieron llevar al diccionario vivencia y tardofranquismo —acuñadas por ellos—, Agustín García Calvo se quedó solo en su cruzada contra la pronunciación “forzada” de la equis —“la lengua es del pueblo, pero la escritura es de los señores”, decía en sustestos—, tanto como Juan Ramón Jiménez en la suya para escribir jota cuando suena jota y pedir a la intelijencia el nombre exacto de las cosas.

Aunque muchas expresiones literarias, a veces manipuladas, han hecho fortuna (“con la Iglesia hemos dado”), la mayor intervención de los escritores sobre la lengua, más allá del placer —o el disgusto— de leerlos, está sobre todo asociada a la potencia de un personaje o de un mundo propios que se tornan comunes: un lazarillo, un don juan, un espectáculo dantesco, una situación kafkiana. Otras veces se debe a la rotundidad de un título inolvidable y fácil de adaptar a mil situaciones y titulares de periódico. Sueño de una noche de verano (Shakespeare), El gran teatro del mundo (Calderón), En busca del tiempo perdido (Proust), Señas de identidad (Juan Goytisolo) o Crónica de una muerte anunciada (García Márquez) son ya expresiones que usamos sin pagar derechos de autor.

Tampoco los pagamos al anónimo creador medieval del personaje de Pánfilo, al dieciochesco Samuel Richardson por Pamela (heroína suya tocada con ese sombrero), a Karel Capek por robot o a Daphne du Maurier por Rebeca. Claro que este contó con la inestimable labor difusora de Alfred Hitchcock, cuyos traductores, como tantos traductores, merecen un capítulo aparte como creadores de fórmulas de éxito: Con la muerte en los talones (originalmente,North by Northwest), se estrenó en varios países hispanohablantes como Intriga internacional.

Más que la literatura, el universo audiovisual es hoy el gran semillero de fórmulas lingüísticas, cuya fortuna, de nuevo, habría que atribuir a los autores de la versión española: baste pensar enSolo ante el peligro (High Noon en el original) o en Aterriza como puedas (Airplane). Por no hablar de fórmulas televisivas como el futbolístico tiki taka, el chévere globalizado de los culebrones o el viejuno manchego universal. No hace falta ser poeta para pedir un poquito de por favor o para, como Carolina Alguacil, lectora entonces anónima, escribir a este periódico definiéndose comomileurista. Fue en 2005 y la palabra aparece ya en la última edición delDiccionario de la RAE. El hecho de que no se cite a su autora es la mejor prueba de que acertó al crearla. Y una lección de humildad para los escritores.

*Textos publicados en el suplemento de Cultura de El País de España

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario