Mar 28 2014
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OpiniónSociedad

Del venceremos al ven-seremos

¬ę¬°Venceremos!‚ÄĚ, dijo Allende. Y venci√≥ con un programa pol√≠tico repleto de cambios sociales. Pero a la historia chilena no le agradan las novedades, as√≠ que r√°pidamente las fuerzas armadas ubicaron en su sitio a la realidad: cay√≥, como la noche, el Golpe de Estado. Pinochet se convirti√≥ en el primus inter pares, el primero entre sus pares.

Pasaron los a√Īos.

Milton Friedman, en Estados Unidos, necesitaba un país para un misterioso experimento. Pinochet, en Chile, tenía un país que ofrecer. El apretón de mano inauguró en Chile el laboratorio del capitalismo más fundamentalista del mundo.

El 11 de septiembre de 1980, Pinochet dice: ‚ÄúDe cada siete chilenos, uno tendr√° autom√≥vil; de cada cinco, uno tendr√° televisor, y de cada siete, uno dispondr√° de tel√©fono‚ÄĚ.

Esa, básicamente, fue la apuesta política, apuesta basada en un discurso económico donde la ruta a la felicidad sería trazada por la acumulación de bienes. Por ahí nació quien escribe, el 83, para ser más preciso.

Pasaron los a√Īos y cayeron todas las dictaduras en Latinoam√©rica.

Y como a la historia chilena no le agradan las novedades ni tampoco ser original, tambi√©n ac√° cay√≥ la dictadura. Gan√≥ el NO; con aquel triunfo el laboratorio cambi√≥ de due√Īos, pero sigui√≥ funcionando. La Concertaci√≥n sac√≥ las guitarras y canturre√≥ al calor del libertinaje del mercado ofrecido e impuesto por Pinochet. Como lo describi√≥ un ni√Īo en una carta: ‚Äúveo que salen barcos llenos de troncos y entrar barcos llenos de autom√≥viles‚ÄĚ.

De ‚Äúizquierda‚ÄĚ a derecha, al calor del mismo discurso se acomodaron las fuerzas pol√≠ticas. Y as√≠, el modelo pol√≠tico nos hizo creer que los bienes eran sin√≥nimos de felicidad, la televisi√≥n impuso esa confusi√≥n. Entonces el poder se visti√≥ con todos sus trajes, y nos convenci√≥ de su apuesta: con una educaci√≥n individualista, separada con capacidad de pago; con la publicidad, que nos bombarde√≥ la cabeza de promesas absurdas; con el mercado, totalmente desregulado, que redujo la condici√≥n humana a la acumulaci√≥n de bienes, el individualismo y la competencia.

Sobre estos pilares se levantaron los h√°bitos mentales de la sociedad chilena.

Y nosotros (no hablo solo por mi), que apenas vivimos un par de a√Īos en dictadura, hijos y v√≠ctimas de una de las peores tragedias pol√≠ticas del pa√≠s, as√≠, sin darnos cuenta, debimos hacer propias varias metas y objetivos que otros fijaron; debimos, en definitiva, acomodarnos a las promesas inauguradas a bombazos de los Hawker Hunter sobre la Moneda.

Hoy, vemos que la apuesta fue, por decirlo sutilmente, insuficiente: Chile es el pa√≠s con mayor √≠ndice de desconfianza entre sus ciudadanos de toda Latinoam√©rica, el tercer pa√≠s del mundo con mayor cantidad de presos por cada mil habitantes. Se desparrama lo que es ya una epidemia de trastornos psicol√≥gicos: depresiones, estr√©s, crisis de p√°nico, obesidad, en fin, m√ļltiples derivaciones de un vacio interior que se llena con cosas, pastillas o comida. Qu√© decir de las pensiones miserables, de la salud y la educaci√≥n convertidas en mercanc√≠a. O el modelo de desarrollo basado en estrujar las piedras, absorber hasta el √ļltimo pez del mar y arrasar y arrasar arboles. Estamos carcomiendo las entra√Īas del pa√≠s, con terribles externalidades medioambientales. Miramos bajo el hombro a los dem√°s pa√≠ses del continente, y nuestra arrogancia se sustenta en la bonanza de un solo metal, si: uno solo.chile pobres-ricos

Y si, tenemos m√°s autos, casas m√°s grandes, m√°s ropa para elegir, mayor diversidad de comida, mayor esperanza de vida, incluso m√°s derechos. Pero, ¬Ņsomos m√°s felices? No ‚Ķno lo somos.

¬ŅQu√© sucedi√≥?: ¬Ņno result√≥ la formula? ¬ŅO ser√° que todo tiene sus costos? A modo personal, creo que no funciona esa apuesta por el simple materialismo; la vida es otra cosa.

Ya han pasado bastantes a√Īos desde la imposici√≥n de aquel discurso. Hoy, pasamos de la transici√≥n pol√≠tica a la transici√≥n social. Y esa transici√≥n exige circundar al coraz√≥n del discurso: el mercado.

En todos los tiempos y lugares del mundo, siempre el mercado funcion√≥ bajo consideraciones √©ticas: los mercados eran lugares de reuni√≥n, donde la gente compraba cosas, se acud√≠a a hablar con otra gente, respirando olor a frutas y antig√ľedades. Era un √°mbito m√°s de la sociedad. Pero en este laboratorio se ha invertido el orden: el mercado ha tomado posici√≥n por sobre todas nuestras relaciones humanas. Hoy, es la sociedad la que, a codazos y empujones, debe acomodarse al mercado: las calles han sido secuestradas por el mercado, la salud, la educaci√≥n, las telecomunicaciones, la energ√≠a, el agua, la tierra, la vejez, los alimentos, la muerte, las semillas‚Ķ ¬°todo es convertible en mercanc√≠a!

En este avasallador paso, en esta corriente apocal√≠ptica, el mercado, claro, tambi√©n se atornill√≥ a las conciencias, nos invit√≥ a competir para satisfacer necesidades inventadas, haci√©ndonos confundir los valores con el beneficio, transform√°ndonos en seres desconfiados y recelosos. Y as√≠, sensaciones tan √≠ntimas como la felicidad hoy son consideradas como un fin: ser√°s feliz cuando pagues la casa, cuando termines de pagar la √ļltima cuota de no s√© qu√© cosa, o cuando tengas suficiente dinero como para declararte mejor que el resto. Ah√≠ s√≠ que s√≠. Y mientras tanto, ¬°¬Ņqu√©?!‚Ķ toda actividad se realiza con el fin de adquirir cosas, lo que es un insulto y tambi√©n un reduccionismo a la condici√≥n humana, que est√° destinada a fines m√°s altos que la mera acumulaci√≥n de bienes.

consumismoOtra trampa del discurso: invitar a acumular y acumular cosas, para despreocuparse de la pol√≠tica (entendida como el lugar donde discutimos las grandes ideas para convivir en sociedad) por miedo de quedarse abajo. Entonces me pregunto: ¬Ņesos son los fines de la vida?

Sospechoso, por decirlo de alg√ļn modo.

Porque estamos ac√°, respirando la vida, aprovechando este misterioso regalo que no elegimos, para ser felices, para buscar la mejor versi√≥n de uno mismo y luego compartirla con el mundo, para sentir la m√°xima expresi√≥n del alma humana: el amor. Pero sentirlo sin los pesados barrotes de las deudas, de las enfermedades impagables, de la estafa de las AFP¬īs, de la educaci√≥n, la salud y la energ√≠a m√°s cara del mundo de acurdo al ingreso, y el tiempo que corre en contra, nunca a favor. En definitiva, estamos para ser quien queremos ser, y no convertirnos en lo que el poder quiere que seamos, y que hemos sido durante ya bastantes a√Īos. Muchas veces olvidamos por que estamos ac√°, y eso sucede por una raz√≥n simple: nuestra libertad de pensamiento ha estado condicionada por la presi√≥n de un discurso pol√≠tico. Por esos micropoderes que describ√≠a Foucault. Y si no tenemos libertad de pensar lo que queramos pensar, dif√≠cilmente podremos visualizar los verdaderos fines de la vida.

Alberto Mayol, en su libro ‚ÄúEl Derrumbe del Modelo‚ÄĚ, cuenta c√≥mo Marcelo Bielsa vivi√≥ el terremoto del 2010: estaba el D.T en Juan Pinto Duran, cuando empez√≥ a sacudirse la tierra. Bielsa, quiz√°s en forma inconsciente, se acerc√≥ a un televisor para evitar que cayera al piso. Y si, Bielsa salv√≥ el televisor. Cuando se detuvo el terremoto, Bielsa recapacit√≥ en lo absurdo de su reacci√≥n. Entonces lleg√≥ a una conclusi√≥n nada novedosa para nosotros: ‚ÄúBielsa dijo que esta sociedad nos ense√Īa a desear los televisores, a amarlos, a considerarlos valios√≠simos. La fantas√≠a que √©l vivi√≥ en ese instante fue el resultado de la sociedad en que vivimos: deseos tener lo que es deseable, deseo tener lo que tengo y lo que no tengo‚ÄĚ.

He ah√≠ una de las mayores trampas que se nos meti√≥ en la cabeza: desear cosas como fines en s√≠ mismo, y no como un medio para, por ejemplo, entr√©nese, comunicarse o pasar el rato. Tener por tener, o por aparentar, da igual para efectos del discurso. No digo nada nuevo, es cierto, lo que si digo es que en alg√ļn momento debemos voltear la cabeza del fondo de la caverna y dejar de mirar los hechizantes fuegos que se impusieron en tiempos de la fogata obligatoria.

Solo cuando estemos bien parados en nosotros mismos, liberados de un polvoriento discurso, recién ahí podremos plantearnos la necesidad de dejar de salvar televisores para preocuparnos de una cosa un poquitín más importante: nuestras vidas.

Hoy, la misión de la política es abrir las ventanas de ese discurso.

Hans Kelsen, uno de los grandes juristas del pasado siglo, dice: ‚ÄúLa b√ļsqueda de la justicia es la eterna b√ļsqueda de la felicidad humana. Es una finalidad que el hombre no puede encontrar por s√≠ mismo, y por ello la busca en la sociedad. La justicia es la felicidad social, garantizada por un orden social. La felicidad pol√≠tica es una condici√≥n imprescindible para la felicidad personal. Hemos de realizar nuestros proyectos m√°s √≠ntimos, como el de ser feliz, integr√°ndolos en proyectos compartidos, como el de la justicia‚ÄĚ.

¬ŅPodemos ser felices en una sociedad que, como dijo Luther King, prioriza las cosas por sobre los seres humanos? Dif√≠cil.

Como dec√≠a: es misi√≥n de la pol√≠tica asegurar el entorno necesario para que cada uno pueda, por lo menos, plantearse alcanzar sus propios fines. Porque ¬Ņqu√© es la pol√≠tica?: ¬Ņla repartija de cargos p√ļblicos, donde asume un cobarde esp√©cimen que trata de ‚Äúputita‚ÄĚ a una mujer?‚Ķ ¬°¬Ņeso es la pol√≠tica?!

No: ese es el vertedero de la pol√≠tica. Y es un crimen abandonar este espacio para que lo ocupen esta clase de tipos. Dejar de hacer pol√≠tica, otra trampa del poder, es dejar de pensar los modos respecto a c√≥mo nos organizamos. Tiene raz√≥n Jos√© Carlos Mari√°tegui: ‚ÄúLa pol√≠tica es la trama misma de la historia. Y la historia la hacen los hombres pose√≠dos e iluminados por una creencia superior, por una esperanza sobrehumana; los dem√°s constituyen el coro an√≥nimo del drama‚ÄĚ.

Es hora de abandonar el coro an√≥nimo del drama y recuperar el espacio de la pol√≠tica para reconstruirla sobre nuevos pilares. Y esto debe partir desde abajo, pero tambi√©n desde las academias; hasta cuando, me pregunto, se ense√Īar√° en las facultades de ciencia pol√≠tica que Maquiavelo es el padre de esta disciplina, ¬°si, Maquiavelo!, el mismo que invitaba a separar la pol√≠tica de la √©tica. ¬°Cuantos se lo tomaron en serio!, ¬ŅPor qu√© no podr√≠a ser alguien como Gandhi el padre de la ciencia pol√≠tica?, que en su filosof√≠a adopt√≥ el concepto de Sarvodaya (bien universal o progreso de todos), que implica, b√°sicamente, que el bien del individuo es inseparable del bien com√ļn. ¬ŅSer√° el momento de matar a este padre kafkiano? Hasta cuando se ense√Īar√° la mera formaci√≥n y administraci√≥n de los Estados modernos, como si estos fuesen inamovibles estructuras hechas de acero y no de lo que realmente los forma y los trasforma: los seres humanos. ¬ŅNo ser√° tiempo de que la pol√≠tica deje de ser el arte de lo posible, para convertirse en el arte de lo imposible?

Insisto: eso hora de recuperar este espacio. En este esmero, el movimiento estudiantil dej√≥ una importante ense√Īanza: partiendo por la enfermedad de una parte del cuerpo, se desnuda lo dem√°s. La exigencia del ‚ÄúNo al Lucro‚ÄĚ en la educaci√≥n, deriv√≥ en una posible reforma tributaria y un cambio de Constituci√≥n.

No ser√° f√°cil recuperar este espacio. Y quiz√° esto demande reformular aquel Venceremos de Allende, por un: ven, seremos; que es un llamado a no quedarse abajo, a no dejar de pensar como nos vamos a convivir (vivir-con). En fin, a ser.

Y as√≠, siendo, construir un discurso donde la acumulaci√≥n de bienes no sea la medida de todas las cosas, donde cada uno pueda plantarse sus propios fines en la vida, donde se trabaje para vivir y no se viva para trabajar, donde el derecho a la vida sea m√°s importante que el derecho a la propiedad privada, donde la gente, mareada por la verborrea de la publicidad, deje de endeudarse para comprar y comprar cosas, que lo √ļnico que dejan son mas deudas, que engendran nuevas deudas para pagar las deudas anteriores.

Un modelo que controle los n√ļmeros de la econom√≠a, que hace rato se escaparon del laboratorio, para destinarlos a su verdadero fin: la felicidad humana. Un modelo que, en definitiva, invite a ser y no parecer.

 

-*Diario Universidad de Chile

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