Abr 22 2007
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Opinión

DESARROLLO: FRUSTRACIONES Y ESPERANZAS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Reflexión a partir del primer Encuentro suramericano de energía,
realizado en el estado Nueva Esparta, isla de Margarita, Venezuela.

Tras quinientos años de opresión y saqueo, con la disolución del sistema colonial, el auge del movimiento de liberación nacional en Asia y África y de la efervescencia revolucionaria que en América Latina siguió al triunfo de la revolución cubana, en la década de los sesentas, para los países del Tercer Mundo surgieron las primeras oportunidades de desarrollo.

Fue significativa la toma de conciencia acerca del origen, naturaleza e implicaciones del subdesarrollo, esclarecido por lideres políticos como: Nehru, Nasser, Sukarno y Fidel Castro, entre otros, así como estudiosos entre los que descollaron: André Gunder Frank, Paúl Baran, Paul Sweezy, Teotonio Dos Santos, Celso Furtado, Enrique Iglesias. Fernando Enrique Cardoso, Ruy Mauro Marini, Darcy Ribeiro y otros.

En una coyuntura, marcada por las políticas neocoloniales, la contradicción Este-Oeste; el anticomunismo y el conflicto chino-soviético, aunque hubo atisbos reformistas, como fueron los fugaces esfuerzos de Kennedy, que intentó frenar las expectativas revolucionarias con paliativos como la Alianza para el Progreso, se impuso la rigidez de la posición imperialista.

No obstante, en todo el Tercer Mundo, el pensamiento revolucionario y progresista desplegó enormes esfuerzos por consolidar la independencia y en América Latina, donde prevalecían los gobiernos oligárquicos y pro imperialistas, las vanguardias intentaron llegar al poder mediante la lucha armada.

A pesar de que la reacción mundial cerró filas y actuó como una entente reaccionaria los líderes tercermundistas concertaron esfuerzos y utilizando su fuerza en los organismos internacionales, lograron abrir el debate acerca del intercambio económico desigual, la necesidad de un Nuevo Orden Económico Internacional y el derecho al desarrollo.

En América Latina, no obstante el clima reaccionario, caracterizado por el acoso a la revolución cubana, la represión al movimiento de liberación nacional, la movilización de Nixon y Kissinger contra Salvador Allende, la guerra sucia contra Nicaragua y el establecimiento de feroces dictaduras; algunos economistas usaron la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) como tribuna y ariete de las luchas por el desarrollo.

Raúl Presbisch alcanzó la presidencia de la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo que denunció el intercambio desigual y promovió el tratamiento arancelario preferencial a los países del Tercer Mundo y en cuyo seno nació el Grupo de los 77.

Bajo aquellos auspicios surgieron el Programa Mundial de Alimentos en 1961 y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en 1964 y, en la década siguiente, se logró de las naciones desarrolladas el compromiso de aportar el 0.7 por ciento de su producto bruto como contribución al desarrollo y en la III UNCTAD, a propuesta de México, se adoptó la “Carta de los Deberes y Derechos Económicos de los Estados”.

Frente a aquellos esfuerzos, las naciones desarrolladas optaron por condicionar los compromisos de asistencia al desarrollo a los dictados del FMI y el Banco Mundial y a exigencias políticas internas. Numerosos líderes tercermundistas fueron depuestos y algunos sucumbieron a los cantos de sirena o no pudieron resistir las enormes tensiones y las presiones del imperialismo.

Aunque los esfuerzos nunca cesaron y se mantuvieron voces muy altas, principalmente la de Fidel Castro, el norte logró imponer su dictakt y las luchas por el desarrollo se disolvieron en una frívola retórica, buena para eventos y cumbres, aunque incapaz de detener el avance del hambre que afecta a mil millones de personas.

Capitalizadas por los países desarrollados, las estrategias de desarrollo fueron reducidas a acciones supuestamente caritativas, basadas en donaciones de alimentos y ayudas miserables e inconstantes. No obstante el saldo global negativo, con enormes esfuerzos, algunos países como la India y en menor medidas otros de Asia, lograron avances.

Si bien cierto que para América Latina los años ochentas fueron una década perdida, también lo es que a partir de los noventa surgieron fuerzas que reflotaron las oportunidades y las esperanzas, las más importantes son la revolución bolivariana en Venezuela y el acceso al poder de gobiernos populares y progresistas en varios países del Cono Sur.

No hay que negar la existencia de titubeos, confusiones e incomprensiones en la izquierda latinoamericana que suman obstáculos a la visceral oposición del imperio, no obstante, las nuevas opciones para el desarrollo se abren paso.

La Cumbre Energética concluida en Margarita es un paso y un ejemplo.

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El Sol no sale por el norte

A estas alturas promover el latifundio, el monocultivo y la plantación genéticamente modificada es añadir jorobas a las deformaciones estructurales ya existentes.

Los Estados Unidos son un imperio. Nada les hará cambiar ni renunciar a su estilo de vida y, llegado el caso, son capaces de sacrificar al resto del planeta. Nadie debe hacerse ilusiones, matices y precisiones, aparte los biocombustibles, son una solución norteamericana, para los norteamericanos.

En Estados Unidos circulan más de 250 millones de automóviles. Si se suman todos los vehículos motorizados terrestres, son más de 300 000 000, más de uno por habitante y un promedio de más de tres por familia. Para sostener semejantes lujos, en sus tres cuartas partes irracionales y prescindibles, los estadounidenses consumen quinientos setenta millones de metros cúbicos de gasolina al año, en litros 570 000 000 000.

Estados Unidos no ignora que al sustraer 100 millones de toneladas de maíz y otro tanto de soya del mercado de alimentos para dedicarlos a la producción de etanol y biodiesel, inevitablemente aumentaran los precios de los cereales, que arrastrarán consigo los costos de los derivados de la harina, los piensos, todos los tipos de carne, el pollo, los huevos y los productos lácteos; lo que ocurre es que no les importa.

Ese escenario de crecimiento explosivo, unilateral y desequilibrado de mercancías capaces de generar un efecto dominó, hará la subsistencia más cara.

Naturalmente, los ciudadanos de los países desarrollados donde existen legislaciones que obligan a equiparar los salarios y las prestaciones de la seguridad social con el costo de la vida, no sólo no tendrán problemas con el precio de los alimentos, sino que no se verán en la necesidad de sacrificar sus automóviles y sus muchachos podrán ir a la universidad en un 4×4 que consume combustible como un tanque de guerra.

El problema será para los países y las personas pobres que importan los alimentos y carecen de los ingresos necesarios para adquirirlos.

Según algunos ideólogos del optimismo, existe la peregrina posibilidad de que la subida de los precios de los alimentos exportados por los Estados Unidos y otros países desarrollados sea de tal magnitud que estimule y haga rentable la producción local en algunos países que cuentan con condiciones para ello. México, por ejemplo, pudiera volver a producir el maíz que necesita y que ahora importa.

No obstante, esa perspectiva no existe para los países africanos, algunos de América Latina y parte de Asia, donde más hambre se padece y no se dispone de la infraestructura, la tecnología y los financiamientos imprescindibles para intentar un despegue –y donde tampoco existe el capital humano necesario para una empresa de tal envergadura y, en algunos casos, ni siquiera la tierra–.

El desarrollo económico que pudiera permitir producir los alimentos necesarios o generar los recursos para adquirirlos es para África, algunos países de Centroamérica, y ciertas regiones poco favorecidas de Asia, como partes de Indonesia, Bangladesh, Filipinas y Asia Central, un proyecto añoso que requeriría de una cuantiosa y multilateral asistencia externa de largo aliento.

Doscientos años atrás Haití era la más próspera colonia del Nuevo Mundo y la azucarera de Europa a la que suministraba el ciento por ciento del azúcar y el café consumido y Potosí, en Bolivia, fundada en 1546, fue la primera ciudad americana que pasó de 150.000 habitantes. Hoy son los países más pobres del hemisferio.

Es una burla de inaudita crueldad sostener que la siembra de unas decenas de miles de hectáreas de caña para producir alcohol en Haití o soya para biodiesel en Bolivia, pudieran ser opciones de desarrollo. A estas alturas promover el latifundio, el monocultivo y la plantación genéticamente modificada es añadir jorobas a las deformaciones estructurales ya existentes.

Los países del Tercer Mundo no pueden alegar inocencia ni esperar generosidad o comprensión de Europa y los Estados Unidos, que ahora necesitan las tierras y el sol de los trópicos para cultivar un sucedáneo de la gasolina a la que son adictos.

Ojala no se permita a la oligarquía nativa aliada al imperio repetir la historia de Haití o del cerro de Potosí.

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* Historiador y escritor.

Ambas notas publicadas por ALTERCOM, agencia de prensa de Ecuador. Comunicación para la Libertad.
www.altercom.org.

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