Jun 11 2006
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Ambiente

Desarrollo y criminalidad – LA CARNE DEL SALMÓN

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoCada mañana cuando despierto me pregunto si debiera escribir o si sería preferible dinamitar una represa. Me contesto que debiera seguir escribiendo, aunque en realidad no estoy seguro si eso sea lo correcto. He escrito libros y he hecho activismo, pero no es ni la falta de palabras ni el activismo lo que está matando a los salmones aquí en el noroeste. Son las represas.

Cualquiera que conozca algo sobre salmones entiende que las represas deben desaparecer. Cualquiera que conozca algo de política sabe que las represas van a quedarse. Los estudios científicos, los políticos y la gente de negocios mienten y postergan, los burócratas convocan a fraudulentas reuniones públicas, los activistas escriben cartas y emiten declaraciones de prensa mientras los salmones siguen muriendo.

Lamentablemente no estoy solo en mi inhabilidad o falta de decisión para ponerme en marcha. Miembros de la resistencia alemana contra Hitler entre 1933 y 1945, por ejemplo, exhibieron una increíble ceguera que nos resulta demasiado familiar: a pesar de saber que Hitler tenía que ser removido para que se instalara un gobierno «decente», gastaron más tiempo creando versiones de papel de aquel gobierno teórico, que intentando sacarlo del poder.

No fue falta de valentía lo que causó esa ceguera, sino que un mal encaminado sentido de la moral. Karl Goerdeler, por ejemplo, aunque incansable para intentar crear este nuevo gobierno, firmemente se oponía al asesinato de Hitler, pensando que si los dos pudieran sentarse de cara a cara, Hitler renunciaría.
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También nosotros sufrimos de esta ceguera y debemos aprender a diferenciar entre esperanzas reales y falsas. Debemos eliminar las esperanzas falsas, que nos ciegan ante posibilidades reales y situaciones no vividas.

¿Alguien realmente piensa que nuestras protestas van a causar que Weyerhaeuser u otras trasnacionales de la madera vayan a detenerse en la destrucción de los bosques?

¿Alguien realmente piensa que los mismos administradores corporativos que dicen que «desearían que el salmón estuviera extinto para que pudiéramos continuar con la vida» (Randy Hardy de BPA) actuarían de una manera diferente que no sea para alcanzar sus objetivos?

¿Alguien realmente piensa que una estructura de explotación tan antigua como nuestra civilización puede ser detenida administrativamente, judicialmente o a través de cualquier medio que no sea un total rechazo de la mentalidad que trama la explotación, seguida por acciones basadas en ese rechazo?

¿Cree alguien realmente que los que están destruyendo el planeta vayan a detenerse porque les pedimos con buenas palabras o porque nos tomamos pacíficamente del brazo frente a sus oficinas?

Adicionalmente, todavía puede haber algunos que piensan que el propósito del gobierno es proteger a los ciudadanos de las actividades de aquellos que lo quieren destruir. Lo inverso es la verdad: el economista político Adam Smith estaba en lo correcto al hacer notar que el propósito del gobierno es proteger a aquellos que controlan la economía de la rabia de los ciudadanos ultrajados.

Esperar que algo creado por nuestra cultura haga algo distinto a envenenar las aguas, deforestar las colinas, eliminar formas de vida alternativa y cometer genocidio es enredarse en una ingenua manera de pensar. Muchos conspiradores alemanes vacilaban en sacar a Hitler porque le habían jurado lealtad a su gobierno. Sus escrúpulos les causaron mayor vacilación que su temor.
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¿Cuántos de nosotros todavía tenemos que desraizarnos de las secuelas del mito de la legitimidad de este gobierno al cual, cuando niños, le juramos lealtad? ¿A cuántos de nosotros nos cuesta cruzar la línea para emprender una resistencia violenta porque todavía creemos que, de alguna manera, el sistema puede ser reformado?

Y si no creemos eso, ¿qué estamos esperando? Como lo puso Shakespeare tan acertadamente: «La conciencia nos hace cobardes a todos».

Podría ser argüido que comparar nuestro gobierno al de Hitler es exagerar el asunto. No estoy seguro si los salmones estarían de acuerdo, ni los linces, ni la gente del Perú o de Irán, Java en Indonesia o de cualquier otro lugar donde se paga con la vida por las actividades de nuestra cultura. Si vamos a sobrevivir, debemos reconocer que matamos tan efectivamente por inacción como por acción.

Debemos reconocerlo, tal como lo escribió Herman Hesse: «Matamos cuando cerramos nuestros ojos a la pobreza, la aflicción o la infamia. Matamos, porque es más fácil, cuando consentimos o pretendemos aprobar atrofiadas instituciones sociales, políticas, educacionales y religiosas en vez de combatirlas resueltamente».

La pregunta central –y de muchas maneras la única pregunta de nuestro tiempo– es ésta: ¿Cuáles son las respuestas más sanas, apropiadas y efectivas ante un comportamiento destructivo tan desmesurado?

A menudo los que trabajan para detener la destrucción pueden fácilmente describir esta situación. ¿Quién no podría? Los problemas no son ni sutiles ni cognitivamente desafiantes. Sin embargo, cuando nos enfrentamos a la desmoralizadora tarea de articular una respuesta a estos claramente insolubles problemas, generalmente sufrimos de una falla de valentía e imaginación.
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Gandhi le escribió una carta a Hitler pidiéndole que parara de cometer atrocidades y se quedó perplejo cuando vio que no funcionó. Yo continúo escribiendo cartas al editor del diario local corporativo señalando falsedades y contínuamente me dejan sorprendido nuevas barbaridades.

No estoy sugiriendo que un programa bien diseñado de asesinatos vaya a solucionar todos nuestros problemas. Si fuera tan simple, no escribiría este ensayo. Asesinar a Slade Gorton y Larry Craig, por ejemplo –dos senadores del noroeste cuyos trabajos pueden ser descritos caritativamente como irredimiblemente ecocidas–, probablemente no disminuiría la destrucción mucho más que al escribirles una carta.

Ni únicos ni están solos; Gorton y Craig son solamente herramientas para realizar el ecocidio tanto como son las represas, las corporaciones, las sierras eléctricas, el napalm y las armas nucleares. Si alguien los mata, otros tomarían sus lugares. Los programas de eco y genocidio originados específicamente en las enfermas psiquis de Gorton y Craig morirían con ellos pero la naturaleza compartida de los impulsos dentro de la cultura van a continuar a toda marcha, haciendo el reemplazo tan fácil como comprar una nueva herradura.

También Hitler fue elegido tan legal y «democráticamente» como Craig y Gorton. También Hitler manifestó la urgencia de muerte de su cultura con brillantez suficiente como para capturar los corazones de aquellos que lo pusieron en el poder –y además mantener su lealtad para que llevaran a cabo sus planes–. Hitler como Craig y Gorton, como George Weyerhaeuser y otros jefes corporativos no actúan solos.

¿Por qué entonces los diferencio?

El sistema actual ha comenzado ya a derrumbarse bajo el peso de sus abusos ecológicos, y es aquí donde podemos ayudar. Una vez que hayamos transferido nuestra lealtad de las ilegítimas entidades gubernamentales y económicas a la Tierra, nuestro objetivo debiera ser la protección –por cualquier medio posible– de los habitantes humanos y no humanos de nuestro planeta. Nuestro objetivo, como el de un grupo de demolición en un edificio del centro de la ciudad, debe servir para ayudar a que nuestra cultura se desmorone en su debido lugar, de manera que en su caída se lleve la menor cantidad de vida posible.

Discutir implica distanciar, y el hecho de que estemos hablando de si la violencia es apropiada o no me dice que aún no nos importa lo suficiente. Hay un tipo de acción que no nace de la discusión, de la teoría, sino que de nuestros cuerpos y nuestra tierra.

Esta acción es la de la abeja que pica para defender su colmena, es la de la madre osa que ataca de frente a un tren para defender sus oseznos, es la de la portavoz zapatista Cecilia Rodríguez que dice: «Tengo una pregunta para aquellos hombres que me violaron. ¿Por qué no me mataron? Fue un error dejarme viva. No me quedaré callada, esto no me ha traumatizado hasta el punto de la parálisis».

Y es la del activista y escritor ogoní Ken Saro-Wiwa, asesinado por el gobierno nigeriano por petición de Shell, y cuyas últimas palabras fueron: «¡Señor, llévate mi alma, pero la lucha continúa!» Son las de aquellos que participaron en el levantamiento del Gueto de Varsovia. Es la de Crazy Horse [Caballo Loco], Sitting Bull [Toro Sentado] y Jerónimo.

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Son las de los salmones golpeándose contra el concreto, usando todo lo que tienen, su carne, para intentar demoler aquello que los separa de su lugar de origen.

No creo que la pregunta de si el uso o no de la violencia sea válida. En cambio, la pregunta debiera ser: ¿Siente usted suficientemente la pérdida?

Mientras sigamos discutiendo esto en abstracto, todavía nos queda mucho más que perder. Si comenzamos a perder en nuestros cuerpos la inmensidad y el vacío de lo que estamos perdiendo diariamente –comunidades naturales intactas, horas vendidas por salarios, infancias perdidas en la violencia, la capacidad de las mujeres de caminar seguras– sabremos precisamente lo que hay que hacer.

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* Escritor y ecoactivista estadounidense.

Este ensayo se incluye en el volumen que sobre nuevas corrientes del pensamiento social en América del Norte y del Sur prepara Ediciones del Leopardo y próximo a publicarse, por lo que puede considerarse un adelanto de dicho libro.
Derrick Jensen ha publicado una media docena de libros y colabora habitualmente en diversas revistas de Estados Unidos. Reside en el norte de California.
La traducción del original en inglés pertenece al profesor y escritor Amado Láscar, integrante del equipo compilador del volumen a que se ha hecho referencia.

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