Ago 6 2020
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AmbienteCultura

Diálogos con Pedro: El otro

Pedro esperaba la llegada de su Mareth sentado en «su sitio», ese espacio en la gran mesa de madera noble que había ocupado durante las anteriores sesiones educativas. Tenía a su lado los libros  que ella le había dado para leer, el ensayo que ella le había encargado y el cuaderno donde tomar notas.

Aunque intentaba disimularlo, Pedro estaba nervioso. Se había pasado toda la semana dándole vueltas en la cabeza, y los últimos días solo podía pensar en este momento, en esa sesión educativa que iba a tener lugar en unos instantes.

No entendía porqué su padre le había forzado a seguir esas «clases de refuerzo». A fin de cuentas, su futuro estaba muy claro. En algo más de un año cumpliría la mayoría de edad y se dedicaría al mismo negocio que su padre, el comercio. Un negocio que, además, conocía muy bien, ya que siempre que no estaba en la escuela o estudiando se pasaba el tiempo en la tienda de su padre; incluso, los dos últimos veranos había acompañado a su padre en algunos viajes para cerrar tratos en ciudades cercanas.

No es que las conversaciones con su Mareth (su tutora, su coadjutora) no fueran interesantes. De hecho, María (se estremecía y al tiempo se ufanaba de su osadía de llamarle así, por su nombre de pila) era ya la única persona  cuya conversación le resultaba estimulante. Ni siquiera su padre, quien tantas cosas le enseñó cuando era niño, parecía tener mucho más que aportarle. Su padre hacía tiempo que le parecía tactiturno, algunas veces distante; le trataba como si no le reconociera, a él, a su hijo.

Pero María era diferente. Aunque tenía un sesgo… ¿cómo lo denominaría? ¿ecologista? No, no era exactamente eso. Era un tanto fatalista, quizá incluso catastrofista. No, no era correcto decir «catastrofista», no en ese momento de la Historia, porque el mundo había experimentado, en las décadas anteriores a su nacimiento, diversas catástrofes, según le habían contado. Él mismo había podido ver con sus propios ojos algunos signos escalofriantes y terribles de esos cataclismos, pues se los encontraban aquí y allá en sus viajes con su padre: tierra quemada, tierra quebrada, ciudades hundidas, ciudades destruidas…

Es verdad que había habido una debacle universal, pero el mundo ahora renacía y todo era futuro y esperanza. Sin embargo, María tenía siempre ese dejo triste de quien no ha superado el drama de los años pasados. Quizá el problema de María es que estaba anclada en el pasado, a pesar de que no era tan mayor como para haber vivido lo peor, puesto que tendría quizá solo 10 años más que él, o poco más.

Dejando vagar libremente sus pensamientos sobre María, Pedro se dio cuenta de que estaba yendo de nuevo por un camino que él mismo se había propuesto no volver a transitar, ni siquiera en sus ensoñaciones, así que bloqueó sus pensamientos y se centró en aquello de lo que realmente quería hablar ese día.

Historias de piel: Ponerse en el lugar el otroMaría era una extranjera. Hablaba tan bien la lengua de la isla que hasta la última sesión no se había dado cuenta, pero no era una isleña. Solo una sucia extranjera que había venido aquí para aprovecharse de nuestra bien merecida bonanza.

¿Cómo no se había dado cuenta antes? Ella era demasiado alta, demasiado rubia, demasiado… ¿guapa? Posiblemente porque era tan guapa él no se había dado cuenta, o no había querido darse cuenta, de que era extranjera. Pero el hecho era que María era extranjera. Simplemente, un parásito más, de los que sus amigos y él se habían juramentado para expulsarlos de la isla.

Pero María también era muy lista, y la persona más erudita de toda la isla, o al menos eso se decía. Por eso su padre la había contratado como Mareth, como guía o mentor de su único hijo.

Sin embargo, Pedro tenía un plan. Por más inteligente que fuera María – ¿sería ése su nombre real? – aquel día la batuta la llevaría él. Pedro quería respuestas y las quería ya. No iba a dejar que ella le distrajera con sus rotundos discursos: él iría directamente al grano.

Estaba enfrascado en esos turbios pensamientos cuando, repentinamente, notó un perfume que le resultó familiar. María ya estaba ahí, pero no había dicho nada. Estaba parada a solo dos metros de su espalda, y seguramente llevaba un rato examinándole. Después de varias sesiones, Pedro sabía ya que María era muy vivaz y que ningún detalle se le escapaba, así que no tenía sentido perder el tiempo con formulismos o  comenzando una larga conversación para intentar llevarla a su terreno. Había decidido ser directo.

– ¿De dónde eres, María? – dijo Pedro, arrepintiéndose al instante por lo rudo que sonó. Ni un miserable «hola» le había dicho.

Freidon-kenar International Wetland, the only habitat of "Siberian ...Ella le miró a los ojos, con una expresión que Pedro no pudo definir, y le contestó con una voz calmada y suave. Él esperaba una respuesta evasiva, del tipo «¿qué importa de dónde sea?», pero en vez de eso su mentora contestó directamente.

– Soy de Freidon.

Era peor de lo que esperaba. No era una mestiza del medio norte, ni siquiera provenía de las Planas Halas. No. Venía de Freidon, el agujero del mundo, la cloaca inmunda que se estaba hundiendo en el mar. Hogar de desgraciados, miserables y delincuentes de la peor calaña. Pedro solo había visto a un freidonés en toda su vida, un gigantón rubio e hirsuto al que llevaban detenido por haber asaltado diversas villas; pero sabía que los habitantes de Freidon eran lo peor: sin moral, sin respeto por las costumbres isleñas, con ese sentido de tener derecho a todo y deber de nada…

Ella había tomado asiento delante de él, como solía, aunque no sacó el material que llevaba en su bolsón y simplemente se quedó allí sentada, las manos cruzadas sobre su regazo, esperando. Pero Pedro no se había dado cuenta de nada, ensimismado como estaba en sus pensamientos, mezcla de rabia y desprecio.

– ¿Te preguntas cómo es posible que una freidonesa de mierda sea tu Mareth? – dijo ella al fin.

Él asintió, incapaz de articular una palabra, pues la rabia que sentía le agarrotaba la lengua, mientras la sangre se le agolpaba en las acaloradas mejillas.

Quizá para ignorar los esfuerzos de su pupilo por contener su infantil furia, María miró hacia el gran ventanal, a un punto distante del horizonte, más allá del mar, y comenzó a hablar:

– Hubo un tiempo, hace muchos años, pero no tantos como para que se haya olvidado, que Freidon era una de las naciones más prósperas de Europeé. Aunque es cierto que entonces no se llamaba Freidon.

– ¿Cómo se llamaba? – llegó apenas a pronunciar Pedro, intentando aún contenerse.

– Oh, se le conocía por diversos nombres – dijo ella, posando por un momento su mirada sobre Pedro pero volviendo en seguida a su punto más allá del mar y de la ventana – La Tierra Baja, era el nombre más comúnmente usado – y prosiguió – La Tierra Baja era una zona próspera: era la primera potencia comercial y marítima del mundo, y tenía una gran abundancia de petróleo y gas que extraía del lecho marino, muy somero en las aguas freidonesas.

Pedró consiguió calmarse un poco y empezó a prestar más atención a la explicación de su Mareth, no porque le interesase lo que una freidonesa (de mierda, como ella había dicho con justeza) tuviera que decir, sino porque le servía para distraerse y reganar la compostura.

– Los freidoneses vivían felices, sin pensar que su bienestar pudiera acabar nunca. La freidonesa era una sociedad muy igualitaria, en la que las familias contaban con múltiples ayudas y la inserción social de los desfavorecidos era una de las grandes preocupaciones. Pero un día todo empezó a torcerse…

Pedro recordaba haber leído algo sobre la Tierra Baja, una nación pequeña pero muy próspera de los Tiempos Pasados. No la había relacionado entonces con Freidon, ni se le había pasado por la imaginación que tuvieran algo que ver.

– Como sabes, uno de los motivos del Gran Cataclismo fue la repentina escasez de combustibles fósiles – continuó ella.

– El dichoso peak oil del que siempre hablas – masculló Pedro.

– Sí, ese dichoso peak oil – dijo María, ignorando el tono impertinente de su discípulo – pero también el peak coal, el peak gas, el peak uranium, el peak copper, el peak cobalt, el peak lithium… el peak everything, el pico de todo.  Todo comenzó a escasear más o menos a la vez, incluyendo el agua y los alimentos.

– ¿Y por qué no os preparásteis? ¿Por qué no lo anticipásteis? La culpa de todo lo que os pasó fue vuestra – el ritmo atropellado de Pedro acentuaba su tono acusatorio.

– ¿Fue culpa nuestra, Pedro? – dijo María, y sin darle tiempo a responder se contestó ella misma – Sí, fue culpa nuestra, pero no solo nuestra. También fue vuestra. Y de todo el resto del mundo.

Por un momento, Pedro la miró con esa perplejidad sincera de los niños cuando no alcanzan a comprender algo. Pero sus prejuicios estaban demasiado fuertemente asentados y replicó con aspereza:

– No intentes echarnos la culpa a nosotros – dijo Pedro.

– No lo hago. Solo describo cómo fue la cosa – respondió ella, y prosiguió – ¿Quieres que te explique un poco la historia de la Tierra Baja para tener una mejor perspectiva? Podrás comprobar todo lo que digo en los libros de Historia que tenéis en la Isla.

Pedro no estaba demasiado conforme, pero no tenía argumentos para negarse realmente. Además, realmente sentía curiosidad por saber qué había pasado para que la próspera Tierra Baja se convirtiera en la cloaca de Freidon.

– Lo que ahora te contaré es lo mismo que a mi me contó mi abuelo. Ésta es su historia, y también es la mía aunque yo no la viviera – la voz de la Mareth era tan baja y suave que casi susurraba.

Ella se puso de pie y se fue a la ventana, siempre mirando hacia ese punto distante en el horizonte y ajena al bullicio de la calle, que incluso en lo alto de la colina era perfectamente audible. Ella le daba la espalda y aunque al principio, por culpa de su orgullo mal entendido, Pedro no cambió de postura, al final se giró hacia ella. Tragó saliva. La apariencia de María era sobrecogedora.

Los rayos de Sol del atardecer tornaban dorados los bucles de su cabellera. Ella se giró brevemente hacia Pedro y bajo esa luz sus ojos parecían transparentes, lo cual acentuaba la sensación de irrealidad de toda su persona. Combinado con su vestido blanco, apropiado para los calores del verano, María tenía un aspecto casi angélico, casi sobrenatural, como si fuera un ser de otro mundo. O de otro tiempo.

– A principios del siglo XXI, la abundancia de recursos minerales que había permitido prosperar a las sociedades industrializadas llegó a su fin – los ojos de María se habían vuelto al punto del horizonte. – No se terminó de golpe, por supuesto: la extracción de minerales y combustibles fósiles seguía a buen ritmo, pero cada año se extraía menos.

Pedro carraspeó. Esa historia ya la había oído muchas veces.

– La Tierra Baja producía petróleo y gas, además de contar con una industria muy desarrollada y uno de los mayores puertos comerciales del mundo – la voz de María sonaba un tanto mecánica, distante – Mi país pertenecía al club de los países más ricos del mundo, y además todos sus vecinos eran del mismo club, así que en ningún momento mis compatriotas pensaron que nada malo les pudiera pasar. Sabíamos que a los países pobres se les esquilmaban, prácticamente se les robaban, sus recursos; pero era impensable que eso nos pudiera pasar a nosotros. O al menos eso pensábamos…

Había algo en las palabras de la Mareth que hizo que Pedro sintiera una zozobra extraña, una angustia ahogada.

– La escasez volvió feroces a los grandes países de Europeé, y la Tierra Baja no era un gran país. Faltando de todo, los ojos codiciosos de esos países fuertes, nuestros aliados, nuestros amigos, se volvieron hacia nosotros – María suspiró – Grandes empresas e incluso gobiernos extranjeros nos animaron a extender nuestras explotaciones, y nos ofrecieron mucho dinero y tecnología para hacerlo posible. Pero la población de la Tierra Baja se oponía: esos proyectos pondrían en peligro el subsuelo de nuestras ciudades y podían contaminar nuestra agua. El Gobierno convocó un referéndum y ganó el «no» por abrumadora mayoría. Cuestión zanjada. Eso pensaron: cuestión zanjada.

María hizo una pausa. Pedro vió que se mordía levemente su labio inferior derecho. Podía sentír su zozobra, pero no sabía cómo ayudarla. Ella continuó.

– Por supuesto, nada se había acabado. Hubo una sucesión de escándalos y el Gobierno cayó. Las siguientes elecciones las ganó un nuevo partido que prometía mayor transparencia y menos corrupción. El nuevo Gobierno negoció con las grandes compañías extranjeras y los proyectos rechazados en el referéndum se llevaron a cabo. Hubo muchas protestas en la calle y el Gobierno desató una feroz represión, al tiempo que aprobó nuevas leyes que restringían las libertades. La población de la Tierra Baja, antes orgullosa de sus libertades y privilegios, se sometió en silencio, resignadamente.

La rabia resonaba en esas últimas frases. María recompuso el tono y siguió hablando.

– Primero nos arrebataron los minerales y envenenaron el agua. Pero con eso no fue bastante. Luego talaron nuestros bosques y las lluvias desnudaron la tierra de su capa fértil que fue arrastrada hacia el mar. Los pocos lugares cultivables que sobrevivieron se aprovecharon para plantar «cultivos energéticos». Pero tampoco eso fue bastante. Al final, pescaron nuestros peces, y ya no nos quedó nada más que la miseria y el hambre. En ese momento, se fueron.

La voz de María sonaba hueca, en contraste con el ruido cada vez más apagado de la calle. Se acercó más a la ventana, como si quisiera estar más cerca, aunque no fuera más que un milímetro, de ese punto inasible al cual miraba.

– Explotó la guerra civil. Los que pudieron huyeron, pero no era cosa fácil: nuestros vecinos, nuestros antiguos aliados y amigos, habían construido muros y alambradas a lo largo de nuestras fonteras. Y entonces, en el peor momento, el mar reclamó la mitad de nuestro territorio – no por nada mi país se llamaba la Tierra Baja. Sabíamos que ese día iba a llegar, porque nunca hicimos nada para luchar contra el Cambio Climático, y las consecuencias de tantas horas de negligencia nos golpearon cuando teníamos la guardia más baja. Nada muy diferente, por cierto, de lo que le pasó a otros muchos países, incluyendo a nuestros queridos vecinos.

Paró un momento para respirar hondo. Su relato estaba acabando.

– Al final Freeburg colapsó. Nadie quería creer que tal cosa podría pasarnos, pero pasó: nos pasó. A nosotros. A los que nos creíamos tan fuertes y tan poderosos, aislados de las miserias de ese mundo al que mirábamos como inferiores, como tú me miras a mi ahora – acabó María.

– Pero la culpa en realidad fue vuestra. Fue consecuencia de vuestros errores – dijo Pedro, aunque su tono era titubeante: no se sentía tan seguro como al principio.

Ella se volvió hacia Pedro. Su rostro era sereno, lo cual contrastaba con las lágrimas que aún bajaban por sus mejillas. Pedro se sintió miserable por haber sido tan insensible con ella antes, por haberla despreciado de la manera que lo había hecho. Así, vulnerable, María parecía aún más bella.

– Sí, pero también otros se beneficiaron de nuestros recursos. No es por culpar a nadie: nosotros también se lo hicimos a otros países en épocas anteriores. Nunca pensamos que algún día llegaría nuestro turno. Nos creíamos invencibles, y que nuestra situación de privilegio se debía solamente a nuestra inteligencia y buen hacer.

Con un rápido movimiento de su mano, María se enjugó las lágrimas y cambió su tono por uno mucho más jovial, con enunciación profesoral.

– ¿Sabes que si esta isla donde nos encontramos se convirtió en un vergel fue por pura casualidad? Todos los modelos climáticos decían que este lugar se volvería inhabitable: demasiado calor, falta de precipitación, desertificación acelerada… Pero se produjo una anomalía, una extraña conjunción climática: en medio del mar abrasador, a medio camino entre dos continentes, se produjo un extraño corredor de humedad persistente. La combinación de temperaturas benignas todo el año, humedad y este suelo volcánico han convertido a la Isla en un insólito paraíso.

No demasiado cerca de los inestables países del Norte y separada de los populosos países del Sur no solo por el mar sino por un infranquable y abrasador desierto, pero al mismo tiempo cerca de las principales rutas comerciales y vestigios de civilización de esta esquina del mundo.  Lo cierto, querido Pedro – a Pedro se le erizó el vello al oír ese «querido» – es que tuvisteis suerte, igual que otros la tuvimos antes. No la desaprovechéis.

Pedro estaba confundido. Estaba tan… enfadado con María (¿realmente sería ese su nombre?) por ser una extranjera, pero de acuerdo con su relato – y por algún motivo él sabía que lo que su Mareth le había contado era completamente cierto – su odio estaba injustificado. Pedro clavaba su codo en la mesa y apoyaba su metón sobre su puño, sin saber qué decir ni pensar. Le sacó de su ensimismamiento la activación de la luz eléctrica. Afuera ya estaba oscuro. ¡Mierda! ¿Realmente era tan tarde? ¿Cómo se había podido alargar tanto esa sesión educacional?

María percibió su agitación y apoyo su mano nívea sobre el hombro del muchacho.

– Tranquilo, Pedro. No tienes que ir a ningún sitio – él se volvió, perplejo, hacia ella – Mañana lo dirán los diarios. El grupo terrorista conocido como «Los Verdaderos Isleños» ha sido desarticulado. A estas horas, la mitad de tus amigos estará en prisión. Tranquilo, solo los que tienen delitos de sangre: tus amigos de toda la vida, muchachos como tú, están a salvo, en sus casas.

– ¿Esto es cosa de mi padre? – preguntó Pedro, sin saber qué más decir.

– En cierto modo sí, porque fue idea suya que yo te impartiera estas sesiones educacionales – dijo ella con suavidad – Pero si te refieres a lo de hoy, no. Tu padre no sabe nada. Éste será nuestro secreto.

Ella se dirigió a la mesa para recoger sus cosas. La sesión tocaba a su fin. María le había salvado de cometer el mayor error de su vida, de hacer algo que en el fondo de su corazón Pedro no deseaba hacer pero a lo que se veía empujado por la presión del grupo. Sintió un gran alivio y, con él, sintió que todo el odio estúpido que había sentido contra aquella mujer se desvanecía. ¿Cómo podía haber sido tan necio? La miró como si la viera por primera vez. Aquella mujer sencilla e inteligente era tan superior a él que no entendía cómo podía haberla despreciado.

Ella debía adivinar sus pensamientos, a juzgar por su sonrisa, y aún añadió unas últimas palabras.

– El Otro nunca es el enemigo, Pedro. El Otro es simplemente otro, alguien diferente. Y, si te fijas bien, en muchos sentidos, el Otro es simplemente un espejo en el que no nos gusta vernos reflejados. Porque si el Otro no es diferente a nosotros, ¿cómo podremos justificar negarle el pan? ¿Cómo podremos justificar no ayudarle?

Tomó su bolsón, pero en vez de dirigirse a la puerta se acercó directamente a él, hasta que estuvo a escaso centímetros.  Pedro casi no podía respirar.

Ella le besó en la mejilla, e inmediatamente se volvió:

– Adiós, Pedro. Te he dejado tus deberes sobre la mesa. Nos vemos la semana que viene.

– Adiós, mi Mareth – no se vio capaz de llamarla María otra vez.

Pedro se quedó ahí, plantado, mirando como ella se iba. Antes de desaparecer, ella se detuvo un momento en el quicio de la puerta.

– Yo no huí de Freidon. A mi me llamaron.

 

* Científico y divulgador licenciado en Física y Matemáticas y doctor en Física Teórica por la Universidad Autónoma de Madrid. Trabaja como científico titular en el Institut de Ciències del Mar del CSIC.​ Editor de The Oil Crash.

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