Feb 16 2006
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Cultura

DIATRIBA CONTRA LA MOJIGATERÍA DE MEMORIA TRISTE

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.


“Cuando no hay amor, sólo se busca sexo”.

G.G. Márquez en Memoria de mis putas tristes

He leído y releído Memoria de mis putas tristes (Norma/Mondadori, 2004), ultima novela de Gabriel García Márquez inspirada en otra del japonés Yasunari Kawabata, acicateado por la polémica entre la escritora costarricense de origen chileno Tatiana Lobo –secundada por otras lectoras, una de ellas que opina sin haberla leído– y el abogado y reseñador Pablo Salazar en las páginas del Semanario Universidad de San José, Costa Rica, del año 2004, que ahora hojeo con la distancia necesaria; discusión local y un tanto bizantina, prolongación de cierto deseo de escándalo que algunas feministas radicales intentaron levantar en internet y en general en América Latina.

Para no caer en lugares comunes ni llamar a nadie a engaño, debo confesar dos asuntos de entrada: 1 No soy asiduo de la última narrativa garcíamarquiana, la “perfección” de su estilo me atosiga; 2 no es de mi interés defender ninguna tesis levantada por los polemistas de aquí o allá.

fotoMe interesa, sí, una lectura a la luz de lo planteado. Lo primero que salta a la vista es la madurez narrativa del texto, su lenguaje preciso de frases cortas e imágenes contundentes. Allí está el oficio del maestro –aunque al final deba dudarlo–. Lo segundo: no encontré ninguna acción de pedofilia en la narración, a no ser que el deseo por una chica de 14 años por parte de un nonagenario, pueda conceptuarse como tal. Lo digo porque el personaje central nunca llega a poseer al objeto de su deseo: el viejo periodista y la niña nunca se conocen ni se ven despiertos.

El deseo senil, metáfora de cierta resolución espiritual apoyada en sus pulsiones más primitivas, es el símbolo de un amor imposible. La metáfora, nueva experiencia en un viejo que siempre vivió solo, con la negación consciente de no procrear (su única compañera ha sido la empleada doméstica –pues siempre recurrió a las putas– quien cerca del final le dice que “todavía se conserva virgen” ya que únicamente practicaron sexo anal, placer ciertamente sádico, lo que indica, además, su incapacidad para socializar) es la que le da un segundo, o tercer aire al personaje central, haciendo que la vida y su trabajo cobren sentido, al enamorarse de una niña que contempla en éxtasis noche tras noche.

Esa, quizás, y como ya lo han observado algunos críticos, es la proeza del texto: instaurar en el centro de una sexualidad perversa el discurso neoplatónico del amor imposible y eterno. Recordemos que García Márquez ya ha frecuentado lo perverso e insólito en la sexualidad, economía clandestina dominada por la prostitución como en la Cándida Eréndira…, donde el burdel es el centro de una cultura popular sin centro, o descentrada por la ausencia de instituciones del Estado.

Pero nadie se ha referido a las debilidades formales de la novela de 109 páginas. Por ejemplo: un inmenso error de tiempo narrativo. En la página 52 se lee: “La semana siguiente presa de un… pasé por el criadero a recoger el gato que me habían regalado… “, y en la 55: “perdóname el berrinche de esta mañana”, siendo que el berrinche fue por la noche, una semana atrás. A todo mono se le cae el zapote.

fotoFaulkner decía que el mejor lugar para escribir una novela es la planta alta de un burdel. Y García Márquez, que le debe tanto a Faulkner, no se ha quedado atrás. La novelita, a pesar de sus ripios y de su pálido final –tiene dos para burlar a los piratas de sus libros; ¿acaso he leído una versión pirata?– solamente puede ser escrita por alguien que está de vuelta y es capaz de mirar de otra manera el amor. Porque el personaje central siempre despierta en el burdel luego de una noche de castidad con la nínfula de un amor imposible. Por eso se enamora, es decir, sin sexo al fin encuentra el amor.

Lo que exigiría, al final, es que la mojigatería no oscurezca la posibilidad de leer una ficción como eso: una ficción. De lo contrario estaríamos redimiendo la violenta gazmoñería que enfrentaron autores como Sade, Oscar Wilde, Henry Miller, Apollinaire o Nabokov, para citar algunos. O en nuestro medio costarricense Uriel Quesada, o Alexander Obando, dos transgresores de cierta literatura canónica, sacrosanta.

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* Escritor.

(cazadelpoeta@yahoo.com).

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