Nov 10 2005
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Opinión

DISCUSIÓN: EL SOCIALISMO CHILENO Y LAS ANCHOVETAS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Confieso que me fue difícil desentrañar el artículo de Alberto Adrianzén publicado en este mismo medio (El socialismo chileno y el síndrome de Estocolmo. Me he quedado dudando si acaso la sombra de los años comienza a cernirse sobre mi capacidad intelectual de comprender en toda su profundad la bella y rica retórica de nuestros hermanos peruanos, cuya tradición en el arte de la palabra está fuera de cualquier duda.

A manera de ejemplo, entre tantos otros, persiste en mi memoria como una delicia, el vocablo certero de Mario Vargas Llosa y los aciertos que salen de su pluma. O el drama telúrico que se desgrana de los versos de Cesar Vallejos, a quien todos le daban con un palo, o la nostalgia crónica de José Santos Chocano que vivió poco y se cansó mucho. Mas atrás, en mi juventud, recuerdo aún cuando me sumergí dejándome arrastrar por los profundos ríos de José María Arguedas o cuando en mi niñez me extravié en el mundo de Ciro Alegría, que hoy es más ancho y más ajeno que nunca.

Pero para entender el artículo de este otro peruano, Alberto Adrianzén, proclamo mi derrota. ¿Qué objetivo persigue el columnista con su retórica laberíntica en la cual mezcla una serie de hitos pasados y actuales sin que pueda establecerse un hilo coherente que los una? ¿Defiende la posición de su país en la controversia surgida por el decreto limítrofe del parlamento peruano?

¿O quiere reivindicar la pureza del pensamiento socialista tergiversado por los nuevos socialistas del partido de Lagos? ¿O quizás pretende esgrimir la devolución de lo que él llama “trofeos de guerra” como la panacea para dirimir los conflictos fronterizos entre países?

Lo primero que me resulta sorprendente es la relación que él hace, o intenta hacer, entre un litigio limítrofe que, estamos de acuerdo, puede derivar a mayores si no se le pone coto antes, y la muerte del presidente Allende ocurrida hace más de 30 años y que, siempre según el articulista Adrianzén, puso fin “a los sueños de los socialistas chilenos”.

¿Acaso es posible, por mucho que se quiera arrimar argumentos favorables a la posición peruana en esta controversia, atribuirle a los socialistas chilenos una estrechez ideológica tal que la razón de ser del partido, su ideario, su quehacer de medio siglo en aquel tiempo, se circunscribiera a la permanencia del gobierno de Allende en la Moneda?

Naturalmente que verlo de esta manera es no comprender la vastedad de las expectativas que, no sólo el pueblo chileno, sino gran parte de la humanidad tenían puestas en aquellos tiempos en el ideario del socialismo marxista. El sueño de los socialistas de Allende, y permítame extrapolar, el sueño del propio Presidente-mártir y su pueblo fervoroso, no murieron ni se hicieron ceniza bajo los palos quemados de la Moneda. Mucho menos fue una derrota política y, aún menos, una derrota cultural, esto último ya absolutamente incomprensible en el léxico de Adrianzén.

La muerte de los sueños del socialismo chileno, por desgracia, fue algo mucho más profundo que la visión localista expresada por el columnista peruano.

Los puntos sobre las íes

La traumática interrupción del proceso revolucionario iniciado por Salvador Allende y la Unidad Popular (de la cual los socialistas eran sólo una parte) situada en el contexto histórico de esos años, no representaba más que una de las tantas batallas que se ganaban o perdían en pos de un ideario que aspiraba a transformar el mundo a favor de las mayorías desposeídas.

Basta citar como ejemplo que dos años después, en 1975, Vietnam lograba derrotar definitivamente a los títeres manejados por EEUU y en julio de 1976 nacía la República Socialista de Vietnam reunificada. Es decir, no se había perdido la guerra con la derrota de la UP en Chile y ni se había ganado definitivamente con el triunfo en Vietnam.

Los socialistas chilenos de aquel tiempo, que formaban parte del movimiento revolucionario mundial, no supeditaban sus sueños y sus esperanzas sólo a la experiencia encabezada por Allende. Es cierto que hubo que poner el cuero duro –socialistas, comunistas, miristas y el pueblo chileno en general– para capear el chaparrón de la posterior dictadura, pero nadie, absolutamente nadie sintió que sus sueños de construir una sociedad más justa sobre la base del socialismo científico habían muerto junto con el Presidente mártir.

“Triste es la verdad
pero no tiene remedio”

El verdadero derrumbe de los sueños del ideario de los socialistas de entonces, y de los revolucionarios del mundo entero, se produjo casi 20 años después, cuando aquellos baluartes, los países socialistas, que se consideraban el ejemplo viviente de que la ilusión de transformar el mundo era factible, se desmoronaron como monumentos construidos sobre arena, arrastrando en su caída no sólo los sueños de los socialistas chilenos, sino de una parte considerable de la humanidad.

De ahí que resulte absurdo, por decir lo menos, buscar las causas de la negativa de Chile a aceptar las imposiciones del parlamento peruano, en la supuesta muerte de los sueños del socialismo chileno al caer el gobierno de la Unidad Popular. No se puede, entonces, vincular la muerte de Allende con las pocas toneladas de anchovetas que dejará de ganar Chile o Perú según se resuelva la controversia en uno u otro sentido.

Que los socialistas aggiornados acá en Chile, y no sólo en Chile, “se hayan convertido en activos lobbistas de los grandes empresarios” como dice Alberto Adrianzén en su artículo, es una verdad del porte de una catedral. Es más: son la garantía para la derecha económica chilena de mantener anestesiado al pueblo e impedir, con un gran despliegue de demagogia, que éste se alce contra el modelo con alguna posibilidad de triunfo.

De ahí que no sólo los Luksic, los Somersville y toda la jauría que profita hoy a manos llenas de los “éxitos” del modelo chileno del neoliberalismo y la globalización esperan en secreto el triunfo casi seguro de Michelle Bachelet, sino que también EEUU –que en pragmatismo son alumnos aventajados– prefieren la sonrisa cautivante de la rubia Michelle con su socialismo desvaído, al tenebroso ceño cetrino de un Evo Morales que podría surgir también en Chile si la derecha política vuelve al gobierno. Pero tampoco esta voltereta circense de los socialistas de ahora tiene nada que ver con que las anchovetas del pequeño fragmento de agua en disputa quieran tener nacionalidad chilena o peruana.

Trofeos de guerra

Más adelante el artículo de Adrianzén nos traslada, sin anestesia ni nada, al terreno de las disputas por lo que él llama “los trofeos de guerra”, como si los viejos dolores dejados como secuelas por la Guerra del Pacífico se esfumaran por encanto con la sola devolución de objetos cuyo simbolismo sentimental es válido por igual para ambos pueblos.

No sé si el distinguido articulista peruano sabe que acá en Chile el Huáscar no es sólo el símbolo de la valentía heroica del Capitán Azul, como Allende llamó a Arturo Prat en un homenaje a las glorias navales, sino también es el símbolo de la muerte homérica de otros dos grandes hombres que cayeron también en cubierta de sus naves: el comandante Thompson y el comandante Miguel Grau.

Este último, uno de los más insignes héroes peruanos, es tomado en Chile como un bello ejemplo de que ni siquiera la guerra puede borrar la nobleza de alma cuando el guerrero es un caballero como lo fue Grau. El contenido de la carta que él enviara a la viuda de Prat junto con las pertenencias de héroe chileno, es parte de lo que se enseña en las escuelas al rememorar los episodios de la Guerra del Pacífico.

Es decir, ni los socialistas, ni la muerte de Allende, ni los “trofeos de guerra”, ni las vicisitudes de la candidatura de Michelle Bachelet, todos elevados a la categoría de piezas claves de la controversia limítrofe por Alberto Adrianzén, constituyen un argumento coherente en el artículo de su autoría reproducido por Piel de Leopardo.

A uno y otro lado de la frontera urge hoy más que nunca que los herederos del pensamiento bolivariano, que trasciende más allá de la fatuidad de chauvinismos de añejo cuño, luchemos juntos por evitar que los conocidos de siempre nos empujen una vez más a enfrentamientos estériles que juegan invariablemente el papel de cortina de humo para tapar la inminencia de una crisis interna.

En esto, el Perú parece ser el más expuesto a un vuelco dramático de su futuro inmediato, ya que en el trasfondo se mueve la figura siniestra de un Fujimori que, a este lado de la frontera, espera el momento propicio de saltar a la palestra montado en un inquietante ruido de orugas.

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* Escritor y científico chileno.

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