Mar 21 2017
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Sociedad

Drogas y narcotráfico: matan abajo, enriquecen arriba


 Las drogas y el narcotráfico, como sistema comercial, son una lacra que produce daños de todo tipo en sectores juveniles, particularmente los más humildes. Pero también enriquece a los distintos escalones de su organización comercial- delictiva. Pero el sumun y la “frutilla” del negocio la hacen los grandes bancos.

Las drogas, mejor dicho el narcotráfico –su manifestación comercial- está entre nosotros. Engrupidos por las autoridades de turno y haciendo alarde de esa cierta omnipotencia cultural que tenemos los argentinos pensamos que “somos Gardel”, nos auto convencíamos que aquí la droga no produciría males mayores. Creímos que eso podía pasar en otras sociedades pero no aquí. Cuando su presencia se hizo inocultable apelamos al latiguillo: “Somos un país de paso”. Cómo el fenómeno siguió creciendo cada uno le fue echando la culpa al otro. Así vinieron aquellas frases: “No se la combate, como corresponde, en los países productores”; “es promovida por inmigrantes extranjeros provenientes de otros países de la región”; “los villeros son responsables de su expansión”. Esas consignas explicativas y exculpatorias, de gran parte de la sociedad, sirvieron de fundamento a lo que vino como respuesta: “El combate (o guerra) al narcotráfico”. Ahora sí la cosa cambiaría, pensaron las buenas conciencias. Pero no, aquello siguió creciendo y su maldita influencia asoma por los cuatro costados.

Todo ello se inscribía en el marco de una situación social que -desde hace años- se viene descomponiendo al amparo del crecimiento de la pobreza y la desigualdad social.

Desde esta misma columna, en reiteradas oportunidades, recordamos que –dentro de la situación mencionada- ese crecimiento estaba vinculado a intereses muy poderosos y que su arraigo local tenía que ver con beneficios recibidos por sucesivos sistemas de poder político y más permanentes expresiones de estructuras policiales y judiciales.

Eso era fácilmente perceptible para quienes quisieran verlo, pero en los últimos días hubo algunos hechos que lo muestran en toda su crudeza. Las autoridades municipales de Itatí (Corrientes) junto a personal de las fuerzas de seguridad (Policía Provincial, Federal y Gendarmería) han sido detenidos como parte de un mega operativo en relación a actividades de narcotráfico. Ahí está la realidad mostrada en su vergonzosa desnudez.

Pero eso, al igual que los innumerables casos delictivos protagonizados por pequeños consumidores y los enfrentamientos entre bandas o los asesinatos –como “ajustes de cuenta”- protagonizados por los “soldaditos”, es solamente una parte de esa realidad. Pero hay otra, que merecerá algunos comentarios sobre los que se benefician, en cifras multimillonarias, con este “negocio”.

 “Abajo”, en el pueblo llano, matan

Da la impresión que no es una mera presunción la asociación entre el avance del narcotráfico y una estrategia gestada en los centros del poder mundial del mundo occidental. Esa estrategia tiene por objetivo no solo adormecer las rebeldías juveniles de quienes podrían cuestionar al sistema, también actúa como una parte del lento pero incontenible genocidio de sucesivas generaciones de jóvenes. En México, país que ha sido un “adelantado” en lo que hace a los avances de este flagelo, después de 11 años de haber declarado la “guerra a las drogas” los asesinatos –vinculados a este tema – suman unos 150 mil, habiendo otros 30 mil desaparecidos.

Las principales víctimas de esa violencia son los jóvenes “ni-ni”, es decir aquellos que ni trabajan, ni estudian. La experiencia de ese país indica que allí está el principal sector de reclutamiento de los “soldaditos” (niños armados para tareas de seguridad), los “bagayeros” (a cargo de tareas de transporte) y los “chajá” (avisadores de la proximidad de novedades que pueden perjudicar esa actividad). Esos mismos niños/jóvenes son la “carne de cañón” de todo tipo de enfrentamientos armados. En la realidad mejicana, el promedio de vida útil de un “soldadito” es estimada en 3 años.

Esa matriz de despliegue del narcotráfico se está desarrollando en nuestro país. En varios sitios: barriadas del Gran Buenos Aires, Córdoba, Rosario y otros grandes centros urbanos, el sistema organizado por los narcotraficantes va ocupando lugares que el Estado deja vacantes. Sin oportunidades laborales, sin justicia, ni seguridad, en muchos casos la organización construida en torno a este negocio ofrece condiciones que algunos aceptan como una forma de sobrevivencia. No son pocas, ni aisladas las situaciones donde el conjunto del núcleo familiar es reclutado para diversas colaboraciones logísticas.

Es muy difícil separar este fenómeno de la creciente inseguridad y de su contrapartida, la multiplicación de los sistemas represivos. Unos y otros parecen complementarse en una siniestra asociación que tiene de rehén a la mayor parte de la sociedad. Por momentos da la impresión que la mentada “Guerra contra las drogas” se ha convertido en una de las principales formas de represión para controlar a la sociedad, cobrándose innumerables vidas en ese camino.

Bajo estas condiciones, las diferentes manifestaciones del Estado (ejecutivo, legislativo y judicial) parecen estar más cerca de la complicidad que de un combate efectivo y constante.   Ya vimos de qué modo parte de la sociedad va cediendo a las tentaciones que ofrece este negocio. Gran parte del pueblo, sobre todo los jóvenes son quienes más lo padecen. Entre las pocas voces que se alzan denunciando, con cierta autoridad, esta situación se ha oído la de algunos miembros de la Iglesia y unos pocos medios de prensa. En el propio Itatí el cura del pueblo, Gustavo Omar Cadenini, tuvo que dejar sus tareas, al frente de la Basílica, para poner a resguardo su vida.

Por iguales razones, recientemente, el padre Eduardo Farrel fue alejado de sus funciones en Moreno (Provincia de Buenos Aires), ya antes había ocurrido lo mismo con el mediático Padre Pepe, respecto de una villa de Barracas (Caital Federal).  En el mismo sentido se debe inscribir el llamado “suicidio” del Padre Juan Viroche en Florida, Tucumán y las reiteradas denuncias de la monja Marta Pelloni, que ha celebrado la detención de Natividad “Roger” Terán, Intendente de Itatí y la separación de un Secretario del Juez Federal Carlos Soto Ávila, pero insiste en que la droga sigue fuertemente arraigada en la provincia de Corrientes.

“Arriba”, enriquecen sobre todo los bancos

Cuando se habla del enriquecimiento que deriva de los negocios del narcotráfico es imprescindible diferenciar al menos dos niveles.

Uno, es el de los distribuidores y sus protectores, que van desde aquellos que trafican en los barrios hasta los grandes “capo mafia” y la red de complicidad estatal. Todos ellos son prescindibles e intercambiables cuando el sistema lo necesita, más allá del gigantesco y ostentoso poder que llegan a tener. Cualquier integrante de este sector, por presiones sociales, políticas o luchas internas puede caer en desgracia, aunque haya alcanzado un gran poder personal. Los casos del colombiano Pablo Escobar Gaviria, el mejicano Joaquín “El Chapo” Guzmán y la detención o separación en sus funciones de variados funcionarios estatales son un claro ejemplo de ello.

En otro nivel de favorecidos están los grandes bancos. Ellos son los beneficiarios y sostenedores del sistema. Éstos no caen, a lo sumo pagan algunas multas y sigue el juego. Esto es así porque no es ridículo pensar que la plata de la droga  es uno de los sostenes del actual modelo económico imperante.

Resultado de imagen para wachoviaSegún información del Departamento de Justicia norteamericano, un solo banco, el Wachovia Bank –actualmente en manos de Wells Fargo), lavó 378.300 millones de dólares entre el 1 de mayo de 2004 y el 31 de mayo de 2007. Este suceso no es un hecho aislado, por el contrario las denuncias abarcan a  entidades como American Express, Western Union, Citygroup, Bank of America. El mecanismo aplicado es recurrente: Se pagan multas y continúan lavando dinero procedente de la droga. Otro de los casos más emblemáticos es el del HSBC, el tercer banco del mundo, creado en Hong Kong y con sede actual en Londres.

Sus autoridades reconocieron -en el 2012- haber estado involucradas, en los años previos, en negocios de lavado. Pagaron una multa, no hubo detenidos y siguieron funcionando. La máxima autoridad de ese banco en el período 2003/2010, durante el cual se cometieron tales delitos, fue Stephen Green. Esa misma persona, un clérigo inglés, ungido por la corona británica con el título de nobleza de barón, escribió libros sobre ética y fue Ministro de Comercio de Inglaterra entre  el 2011 y 2013.

Para tener una dimensión de estos negocios recordemos que solo la cocaína colombiana reporta unos 300 mil millones de dólares al año. Algunos estudiosos del tema estiman que menos de 8 mil millones quedan en Colombia. El resto va a parar a la banca internacional. Por eso no llaman la atención las palabras de Viktor Ivanov, Director del Servicio Federal Antinarcóticos de Rusia (2008/2016), pronunciadas en Washington en 2011: “El dinero del narcotráfico (…) constituye un segmento vital e indispensable de todo el sistema monetario”.

Por lo visto tenía razón mi abuela cuando decía: “No hay que cuidarse de los malos, sino de lo que parecen buenos”.

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