Ene 25 2010
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Cultura

Ecuador, la memoria, los hechos: Eloy Alfaro, un siglo de presencia revolucionaria

Alberto Maldonado S.*

De aquí a dos años, el 28 de enero de 2012, Ecuador recordará un siglo del asesinato de Alfaro y algunos de sus lugartenientes; y su atroz arrastre por las calles de Quito hasta la incineración de sus despojos en el parque de El Ejido, que en esos tiempos era una arboleda que estaba fuera de los limites de la ciudad, por el lado norte, y que hoy es uno de los pocos espacios verdes que se conservan en el centro citadino de la capital de la república. Y la pregunta –¿quiénes asesinaron a Alfaro?– no pierde vigencia.

La pregunta tiene varias respuestas. Físicamente fue masacrado, junto a los suyos, en una estrecha celda del entonces Panóptico García Moreno, un sórdido centro penitenciario que había sido construido precisamente por García Moreno, uno de los presidentes ultraconservadores que fue asesinado a machetazos, en 1875, cuando salía del Palacio de Gobierno.

Eloy Alfaro, en agosto de 1911, había retornado a Guayaquil, para tratar de mediar en una revuelta cívico-militar protagonizada por sus adversarios políticos: miembros del “liberalismo placista” contra militantes del “liberalismo radical” cuyo jefe histórico era precisamente Alfaro. El viejo general fue “arrestado” en el puerto guayaquileño, dizqué para salvarle la vida ya que uno de sus coidearios (Pedro Montero) había sido asesinado durante un juicio “popular” que se había establecido contra los insurrectos.

Conducido a Quito, Alfaro y sus muchachos fueron llevados al siniestro Panóptico en donde le esperaba una chusma fanática y enloquecida con aguardiente de cantina. Los carniceros no se contentaron con asesinar a los indefensos presos políticos en sus celdas, sino que después organizaron un arrastre canibalesco hasta que sus despojos fueron incinerados en El Ejido. Ninguno de los participantes en esta orgía macabra fue detenido peor enjuiciado o sentenciado. Aplicaron aquello de fuente ovejuna.

Alfredo Pareja Diezcanseco, un historiador y literato de avanzada, escribió el ensayo La hoguera bárbara sobre este triste episodio y también el escritor colombiano Vargas Vila le dedicó un libro titulado La Muerte del Cóndor.

Desde luego, puede afirmarse sin temor a equívocos o a acusaciones falsas a la vieja y corrompida oligarquía criolla, más la poderosa iglesia católica y sus fieles fanáticos, más los “liberales placistas” que no estaban de acuerdo con los principios del liberalismo “machetero”, más un sector ultrista del propio ejército, a pesar de que Alfaro había hecho por ellos lo que sus antecesores no lo habían hecho, como los autores intelectuales de este magnicidio.

En concreto, intelectuales y liberales radicales de esos tiempos, acusaban a Leonidas Plaza Gutiérrez, el general que tranzó, mediante matrimonio, con los sectores más conservadores de la sierra; y a obispos de la iglesia católica, con Federico González Suárez (autor de una Historia del Ecuador) no solo de planificar este magnicidio sino de no haber hecho nada por evitarlo.

Ultimo día del despotismo y primero de lo mismo

La importancia y la dimensión de la lucha por introducir el liberalismo radical en el Ecuador no se entendería sino trazáramos en pocas pinceladas qué era este país durante el siglo 19.

Historiadores de todos los matices coinciden en caracterizar este espacio como el del “Estado clerical”; un país que, si bien había proclamado su independencia del imperio español (1822) bajo la espada de Bolívar, sin embargo, siguió siendo básicamente el mismo. De ahí que la frase “último día del despotismo y primero de lo mismo” que se escribió en una pared al siguiente día de la batalla de Pichincha (24 de mayo/1822) resumía lo que en verdad había ocurrido en lo que entonces se denominaba el “Distrito del Sur” de la Gran Colombia y que en 1930 pasaría a ser Ecuador, país libre y soberano de América del Sur.

Básicamente (como en la colonia) la Iglesia Católica seguía siendo la gran catalizadora del nuevo Estado –igual que ocurriría con el resto de países latinoamericanos–. Ella era la dueña del quehacer político y religioso; el partido conservador dominaba la escena y gobernaba a sus anchas; pero la iglesia católica controlaba el quehacer económico: era la primera detentadora de riquezas y haciendas, y el quehacer social: imponía su férrea voluntad en ciudades, aldeas, campos. Por algo, la novela de Jorge Icaza, Huasipungo, fue una dramática denuncia de la realidad ecuatoriana hasta bien entrado el siglo 20.

Esta obra literaria que habría de ser traducida a más de 100 idiomas pintaba con mucha precisión, la trilogía dominante en los pueblos y aldeas del Ecuador: “el terrateniente, el cura y la autoridad” Ellos, en realidad, eran dueños de vidas y haciendas.

Para matizar aún más esta situación, diremos que las constituciones conservadoras, especialmente la dictada bajo el mandato del ultra montano García Moreno, establecían que para ser ciudadano (con muchos derechos) la persona debía ser católica militante, tener 21 años de edad, ser poseedora de una pequeña fortuna, en pesos, saber leer y escribir. La mujer estaba excluída de esta posibilidad.

Si consideramos que en esos tiempos, cerca de un 90% de las familias ecuatorianas (especialmente los sectores indígenas y mestizos) vivía en la ignorancia y en extrema pobreza, pues fácilmente hay que convenir que, en realidad, el Estado Ecuatoriano estaba en manos de una “mínima minoría”

Las conquistas del liberalismo

¿Que cómo logró Alfaro y sus macheteros imponer el liberalismo en el Ecuador? Pues, a través de una prédica constante y convincente y de lo que se llamaron “los montoneros” de Alfaro, una especie de fuerza completamente irregular, que no alcanzaba la denominación de “ejército revolucionario” pero que causaba sensación (malestar para los conservadores) en los sectores populares donde se presentaba esporádicamente (especialmente en zonas del litoral ecuatoriano: Esmeraldas, Manabí) Podemos decir que Alfaro es un “aprendiz de guerrillero” que además establece una suerte de “fraternidad revolucionaria continental” Es amigo de próceres y luchadores libertarios de Panamá, Centro América, Cuba (fue amigo de Martí) y su lucha desconcierta al “enemigo conservador”.

Hay que señalar también que los vientos del liberalismo radical llegan a Ecuador de la mano de un incipiente desarrollo tanto de la empresa comercial como de las importaciones y exportaciones, dos elementos que se dan especialmente en el litoral que es el que tiene puertos marítimos y fluviales. Por ello, Guayaquil es el puerto que se identifica como liberal por excelencia.

Además, intelectuales de la talla de Juan Montalvo –el más grande escritor ecuatoriano de todos los tiempos– comienzan a ejercer lo que se llamaría el “periodismo libertario”, aunque en una dimensión pequeña ya que la imprenta era muy poco desarrollada y autores como Montalvo, desde luego, estaban excluidos de la prensa retardataria de esos tiempos. Sin embargo, cuando García Moreno fue asesinado, don Juan Montalvo escribió, desde Paris, “mi pluma lo mató”

El liberalismo alfarista se impone en Guayaquil, un 5 de junio de 1895. Eloy Alfaro es declarado jefe supremo, asume el poder político y llega triunfante a Quito, con sus huestes alfaristas, unas huestes que iban engrosándose conforme avanzaban a pesar de que tuvo vencer algunos puntos de una resistencia conservadora cada vez más débil.

Alfaro y su equipo político gobiernan por dos períodos: de 1895 a 1901 y de 1906 a 1911. Leonidas Plaza lo hace en una primer presidencia, de 1901 a 1906, de acuerdo a las tesis del liberalismo triunfante; y de 1912 a 1916 como un gobierno reformista que trata de retornar al anterior estatus, aunque ya el liberalismo se impone sin retorno en algunas conquistas.

El Ecuador es el primer país de América Latina que impone el laicismo en la educación pública, el respeto a las ideas ajenas, la separación de la iglesia del Estado, la igualdad de todos y todas frente a la ley y la abolición de toda forma de discrimen por razones religiosas, raciales, de educación. Fue un avance formidable de la nación ecuatoriana y no pocos historiadores consideran que estas conquistas se traducen en un espíritu libertario nacional, respetuoso de las ideas ajenas, anticlerical –aunque no antirreligioso.

Si se analizan los hechos históricos de Ecuador durante el siglo XX se encontrará que hay una conciencia libertaria en el pueblo, que no se toleran dictaduras atroces, que los distintos grupos políticos y sociales pueden organizarse y expresarse sin mayores problemas, y un largo etcétera, aspectos que no son precisamente un patrimonio histórico de países vecinos, Perú y Colombia, principalmente.

En Colombia, por ejemplo, hasta hace una década, era obligatorio que colegios y universidades estatales deban dictar obligatoriamente una clase de religión, católica, desde luego.

Y tampoco es por azar que las dictaduras militares en Ecuador son “dictablandas” y no se parecen en nada a los gorilismos que se han dado en otros países (Chile, Argentina, Uruguay, Colombia, Centroamérica). Es un frente de militares jóvenes los que en 1925 promueven lo que se llamó la “Revolución juliana” que rescató para el Estado el manejo de la economía que estaba en manos privadas (bancos de Guayaquil).

En 1938, otro militar en el poder, auspicia la conformación legislativa “tripartita” (conservadores, liberales y socialistas) y dicta el primer Código del Trabajo (una legislación muy avanzada para la época).

Bajo la etiqueta de “gobierno nacionalista y revolucionario” asume el poder la fuerza armada bajo el liderazgo del general Guillermo Rodríguez Lara, y, según historiadores recientes, este régimen “dictatorial” (1972-1975) es amplio, muy liberal, e imprime al Estado una impronta de desarrollo y democracia, como ningún gobierno civil hasta la Presidencia de Rafael Correa Delgado y su revolución ciudadana (2007 en adelante).

Alfaro sigue presente

¿Es absurdo afirmar que este proceso en el Ecuador se da porque Eloy Alfaro pudo imponer, al comenzar el siglo 20, esas reformas ciertamente progresistas y libertarias?

Cuando a Eloy Alfaro, presidente, le sugirió algún comedido que debía convocar a elecciones para que se ratifiquen o se nieguen las reformas liberales, dio una respuesta contundente: “No vamos a perder con papelitos lo que hemos ganado con balas”.

Se puede decir que, a pesar de su bestial asesinato, la herencia revolucionaria de Alfaro sigue vigente. Y sigue en la conciencia popular la imagen de este revolucionario de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Hace un par de años, a una revista tipo magazine de circulación nacional, se le ocurrió convocar a sus lectores a una especie de concurso de popularidad sobre “el ecuatoriano de todos los tiempos”. La votación le fue favorable a Eloy Alfaro Delgado.

En los años 70-80 del siglo veinte, un grupo de jóvenes revolucionarios decidió integrar una especie de guerrilla que adoptó el sonoro nombre de Alfaro Vive Carajo Este grupo, antes de que pueda consolidarse en algún sector apropiado, cometió algunos errores estratégicos y fue duramente combatido, especialmente por el gobierno “democrático” de León Febres Cordero (1984-1988) un fundamentalista retardatario que asesinó a varios de sus dirigentes. El Gobierno del Dr. Rodrigo Borja Cevallos logró su desmovilización total. Pero la expresión Alfaro Vive Carajo sigue fresca y viva en el Ecuador.

La Asamblea Nacional Constituyente se constituyó en Montecristi (la tierra de Alfaro) y levantó un templete en donde reposan los restos de Alfaro con un hermoso busto en su memoria. Alfaro dio luces a esta Constituyente que recogió varios principios del liberalismo radical en la nueva Constitución, que está en vigencia desde hace un poco más de un año.

Y por último, el presidente Correa, en la ciudad de Ambato, en su discurso de conmemoración del tercer aniversario de su ascenso al poder y de la iniciación de la “revolución ciudadana” acaba de declarar que “Montalvo y Alfaro iluminan el proceso revolucionario que (él) impulsa”.

Decir, por lo tanto, que Eloy Alfaro y su revolución liberal ha cumplido un siglo y sigue vigente en el Ecuador no es ninguna exageración ideológica. Es que don Eloy dejó también algunas conquistas inacabadas.

* Periodista.

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