Mar 17 2006
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Cultura

EDIFICIO DIEGO PORTALES: RECUERDOS – DE LA INFANCIA Y UN ELEFANTE BLANCO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

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Los recuerdos comenzaron a tropezar entre s√≠: la √ļltima v√©z que estuve en el gran sal√≥n de convenciones, fue representando a Chile (qu√© honor) con una ponencia que hab√≠a escrito sobre el estado de la educaci√≥n en el marco de la Conferencia Hispanoamericana sobre Juventud, Pobreza y Desarrollo Social en diciembre de 1994. Fue un encuentro de esperanza y alegr√≠a, junto a las delegaciones de invitados, con los que compart√≠amos juventud, solidaridad y sue√Īos por un mundo m√°s justo.

Sin embargo, las im√°genes del elefante blanco ‚Äďdel edificio Diego Portales‚Äď, me hacen viajar mucho m√°s atr√°s. Cuando la m√≠stica de los trabajadores ‚Äďdurante el gobierno de la Unidad Popular‚Äď dieron todo para llevar a buen t√©rmino la construcci√≥n de este centro de convenciones en un tiempo record de nueve meses. As√≠ nac√≠a al mundo el voluntarismo de un pa√≠s que caminaba con esperanza en la construcci√≥n del nuevo socialismo, la revoluci√≥n del vino tinto y las empanadas, entregaba una demostraci√≥n de esfuerzo, de trabajadores voluntarios que d√≠a y noche se turnaron para construir el (por esos a√Īos) m√°s grande edificio de Chile.

fotoEl presidente Allende lo inauguraría sólo unas horas antes de la llegada de las delegaciones que participarían en la UNTACT III, la tercera Conferencia de Naciones Unidas sobre el Comercio Mundial.

Corr√≠a el a√Īo 1972, claro yo era una ni√Īa pero, el impacto medi√°tico y social que produc√≠a la construcci√≥n del edificio de la UNTACT, era el comentario de los vendedores de verduras de la feria libre de cada s√°bado, donde acompa√Īaba a mi abuela materna; alguno de ellos se jactaba de ser parte de los voluntarios, o conocer a alguien que trabajaba en la obra. Alguno que otro colega de mi padre, profesor normalista, tambi√©n se enorgullec√≠a de su participaci√≥n en esta importante empresa para el pa√≠s y para la historia.

Meses más tarde, la UNTACT ya había finalizado y el edificio era entregado al Ministerio de Educación quién lo bautizaba con el nombre de Gabriela Mistral.

Mi padre me llev√≥ ‚Äďal menos unas cinco veces‚Äď a almorzar al casino y recuerdo que yo me quedaba extasiada frente a un mural que representaba unos elefantes blancos. Desde ah√≠ para mi ser√≠a el edificio del elefante blanco.

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El martes 11 de septiembre, el ruido de los aviones que bombardeaban el palacio presidencial, estremec√≠a las casas de la zona norte de Santiago. Las im√°genes en el televisor Motorola situado en el l√≠ving de mi casa, mostraban un film de guerra: era La Moneda bombardeada y en llamas. El dictador junto a sus secuaces daba lectura a su autoimpuesto poder absoluto y mi querido elefante blanco, se transformar√≠a en el nido de las v√≠boras que mantendr√≠an la oscuridad y el terror durante 17 a√Īos.

Septiembre de 1988, semanas antes del plebiscito los corresponsales extranjeros debíamos obtener la acreditación en la DINACOS, la Dirección de Comunicaciones del gobierno militar, cuyas oficinas estaba en la torre del edificio Diego Portales. No sé por qué absurda razón fui sola. El edificio era custodiado por militares, administrado por militares, invadido de militares.

Me registraron dos veces antes de dejarme entrar a la torre. Estaba nerviosa, asustada, sentía que me estaba metiendo en el corazón mismo de lo que más detestaba. Nunca entendí, como después de tanto registro, verificación de identificación y demás, me dejaran subir sola en el ascensor, creo que al piso 11. Cuando estaba dentro del ascensor mil pensamientos me golpeaban, la adrenalina estaba en su máximo nivel, pensé que debían haber cámaras ocultas que me espiaban. Al fin la puerta se abría y calmaba mi claustrofibia.

Un recibidor alfombrado, l√ļgubre; aparece una mujer ‚Äďla √ļnica que v√≠ en toda la estructura‚Äď con camisa gris y falda larga y recta. Me indica que debo esperar y que me anunciar√° cuando sea recibida por el responsable, un tipo de apellido Vergara. Nuevamente sola. Los minutos parec√≠an horas, ni un solo ruido, la puerta del ascensor se abre y ¬°gracias al cielo! un reportero gr√°fico conocido‚Ķ

Nos abrazamos temerosos y hablamos casi en clave, sospechosos de alg√ļn micr√≥fono oculto. Hoy miro hacia atr√°s y creo que puede parecer paranoia, sin embargo sab√≠amos de historias terribles y est√°bamos en el lugar donde ‚Äďprobablemente‚Äď esas historias hab√≠an sido maquinadas.

Vuelve a aparecer la mujer para avisarme que puedo pasar. Abre una puerta y me introduce en la oficina del responsable. Una oficina enorme, con un gran escritorio y veo a un tipo de terno oscuro, delgado e insignificante pero con el poder que le daba encontrarse al otro lado del escritorio, su trono. Me interroga respecto del medio para el que escribo, qué edad tengo, mis viajes fuera de Chile, mi padre, mi hermano…

Ah√≠ lo interrumpo bruscamente, la adrenalina y mi testigo ‚Äďel reportero gr√°fico que estaba fuera‚Äď me daban fuerza de levantar la voz pese al miedo. fotoLe espet√© que estaba ah√≠ para que me diera una credencial, no para hacer una confesi√≥n y que si ten√≠a algun problema pod√≠a llamar a mi diario en Suecia, para decirles que rechazaba a su corresponsal. Con la respiraci√≥n contenida, tom√© mi bolso y me aprestaba a salir, cuando el tipo me extendi√≥ un oficio timbrado y firmado que deb√≠a entregarle a su secretaria para que me diera la famosa acreditaci√≥n. Lo recib√≠ y en ese momento la puerta se abri√≥ y la mujer me indicaba que deb√≠a salir. El funcionario estiro su mano para despedirse y yo s√≥lo le dije: Hasta luego y gracias. Mi coraz√≥n palpitaba a una vel√≥cidad desconocida, la mano del funcionario se pos√≥ sobre la mesa y yo sal√≠ con un aire triunfante de su oficina.

Afuera, mi amigo el fotógrafo me miraba con cara de pregunta, la secretaria me dice que puedo bajar y que en recepción me entregarán la credencial, pero le digo que bajaré con el reportero y que voy a esperarle. Un poco molesta, la mujer lo hace entrar de inmediato a la oficina de Vergara. Cuando salimos de ahí, nos fuimos al Bierstube, a tomar una cerveza para pasar los nervios y comentar al detalle la experiencia vivida en el elefante blanco.

Hoy, en la capital de la Europa comunitaria, observo at√≥nita el incendio que destruye una parte de la historia de nuestro pa√≠s ‚Äďd√≠as antes de que la hija de un general, asesinado por la dictadura, jur√© como la primera mujer presidenta‚Äď, y pienso que quiz√°s se trate de un fuego purificador, y que sea el signo de los tiempos de esperanza que volver√°n a construir un elefante blanco con la m√≠stica de los trabajadores, los ind√≠genas, las mujeres, los j√≥venes; todos aquellos que creemos que : otro Chile es posible.

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* Periodista.

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