Nov 25 2010
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Cultura

Eduardo Pérsico / Borges, aquel compadrito malogrado

Jorge Luis Borges, el exponente más representativo de la literatura argentina, fue aquí, en su país, poco reconocido hasta que desde Europa nos advirtieran sobre su calidad poética y narrativa. Sin afirmar que aguardar la valoración ajena sea tendencia exclusiva de los argentinos, se atribuye al crítico francés Roger Caillois impulsar el reconocimiento de Borges en Europa y también en nuestro país.

El hecho repetiría lo de Carlos Gardel, un cantor popular más hasta que luego del éxito en Estados Unidos resultara una personalidad cultural de nosotros. Igualmente, tanto Jorge Luis Borges como Carlos Gardel son exponentes de esta comarca y si fueron publicitados lejos y luego descubiertos aquí, antecedieron lo sucedido con Julio Cortázar y Astor Piazzolla y, de cualquier modo, todos valieron por ellos sin discusión autóctona, externa o provinciana.

Según creemos, lo más interesante en Borges desde el punto de vista literario es que él escribía como si estuviera escribiendo, y sin dejarse presionar en ese juego donde casi siempre usaba de cómplice al mismo lector. Naturalmente, una complicidad nada fácil y más bien lúdica al bromear con él mismo y los demás: a Leopoldo Lugones, un referente literario obligado, lo definió como "un hombre que se tomaba demasiado en serio", calificación nada casual viendo especialmente la distinta temática de ambos.

La veta fantástica de Borges no le vino desde la literatura sino del propio país, y su inflexión y modo al decir lo fijan como un indudable escritor argentino. Y a quien al leerlo en voz alta —un buen ejercicio— se lo imagina acercado al fogón en una cocina del campo, diciendo "vea don, yo le voy a contar, esto sucedió cuando fuera la crecida grande del noventa", o en la milonga El Títere cierra diciendo "un balazo lo bajó en Thames y Triunvirato. Se mudó a un barrio vecino, el de la quinta del Ñato" (o cementerio).

Borges podía relatar así, y en nuestro país tan poblado por lo europeo, casi sin jungla y sí con una geografía transparente; y con la escasa literatura rural de tres o cuatro obras, lo nacional radica más en el modo de contarnos que por lo temático. Tanto que esa poca literatura rural no sugiere los enigmas ni misterios de un país selvático, tan recreado por el realismo mágico y otras vagas apoyaturas de críticos y editoriales.

Borges enseñó detalles muy valiosos: no se distanciaba del texto según narrador que no se involucra ni esquivaba usar la primera persona. Y con ella nos daba su opinión, recurso que bien se aprecia en su Hombre de la esquina rosada, en el relato impersonal usado en Juan Muraña o en la llaneza coloquial de la milonga Jacinto Chiclana: "Me acuerdo fue en Balvanera en una noche lejana, que alguien dejó caer el nombre de un tal Jacinto Chiclana".

Semejante imprevista sencillez, intimidante a veces, la sabía usar en el trato personal y en mi caso, comencé a ver en él a un compadrito inconcluso, o frustrado, y también a rachas, un provocador payador de boliche. Sensación que me sugirió ver en él a un tal Borges, el inglesito, payador que contrapunteara por milonga en un boliche de Turdera.

Al entrar en confianza Borges era un porteño sobrador y canchero, y charlando con él más aprecié esa idea.. Por 1970 todavía se animaba con algún detalle ingenioso sin llegar a la ingeniosidad, esa malversación de caer en la ramplonería. Solía bromear con él mismo y otros escritores casi sin piedad: de Federico García Lorca sentenció que era un andaluz profesional, una feroz cargada de porteño, aunque al mexicano Alfonso Reyes solía recomendarlo: "si se quiere escribir bien en castellano hay que leerlo".

Borges además era un incansable corrector —"hay que publicar para no seguir corrigiendo"—, y de la palabra trinchante supo decir, en dos ocasiones muy precisas lo confundió. Decía que los mexicanos al sitio de guardar las copas lo llamaban ‘trinchero’; y esa palabra lo disgustaba. Aunque en el cuento El Muerto dice "hay un remoto trinchante con un espejo de luna empañada"; en El Aleph fue y vino varias veces, dijo, con "Beatriz Viterbo, frente al trinchante" hasta decidirse por "Beatriz Viterbo de perfil en colores" —y a otra cosa.

Además, su cuento Hombre de la esquina rosada conoció una especie de crónica policial anterior en el suplemento de Crítica, Hombres pelearon, y luego otra versión al cuento definitivo que indicaba a un entusiasta de la corrección.

No pocos vieron en Borges a un escritor pletórico de argumentos perfectos, y sin embargo la frescura de su literatura pasaba más porque se divertía escribiendo. Por ejercicio bien vale su trabajo junto a Adolfo Bioy Casares, con seudónimo H. Bustos Domecq, Seis problemas para Don Isidro Parodi. En ese libro, hecho por 1942, insinúan una broma futbolera, seguramente urdida por Bioy, y una vez al comentar eso Borges fingió sorpresa y se sonrió.

En el libro un personaje, Honorio Bustos Domecq dice "durante la intervención de Labruna, fue nombrado primero inspector de Enseñanza y después defensor de Pobres". Esto estaba escrito en el año 42 cuando el River Plate fuera campeón y ellos escribían en el campo, acaso en Pardo, escuchando la radio. Él nunca fue futbolero y tomar a un locutor diciendo "brillante intervención de Labruna" se lo endosaba a Adolfito Bioy Casares.

En otro cuento de Seis problemas.., alguien nombra las figuras del zodíaco y don Isidro Parodi le pide decirlas al revés: en vez de Toro, Roto o por Carnero, Ronecar, y Borges confesó que dar vuelta así las palabras "no era chamuyar al vesre"; una frase que acrecentó nuestra confianza.

La primera vez hablamos por 1971 o 1972. Yo colaboraba con una revista literaria de Lanús, Ateneo, y por eso y otros asuntos iba muy seguido a la Biblioteca Nacional, en la calle México, que por entonces él dirigía. Había gran fervor por el retorno peronista y José Edmundo Clemente renunció a la vice dirección. Ahí actuaban tres delegados gremiales muy jóvenes, con las banderas de la transformación necesaria al país y otras apoyaturas. Un señor Zolezzi y otro empleado, Amón, solían contar que sin estar Clemente los delegados pidieron audiencia y los atendió Borges.

Los muchachos le plantearon cosas tipo hagamos la revolución y muchos creyeron que Borges se aterraría, pero más tarde él mismo le dijo a Zolezzi "hay que atenderlos a estos muchachos; yo estoy de acuerdo en muchas cosas con ellos". Algo asombroso para quienes veían en Borges a un reaccionario absoluto, y esa tarde se habló bastante; que por cierto que él se mandaba alguna opinión retrógrada cada tanto, pero en su obra jamás descalificó al orillero ni al gaucho, al negro o a los laburantes. Y los escritores se estiman y valoran por su obra; más aún, por lo mejor de ella.

Por entonces el despacho de Borges de la calle México estaba en el primer piso y él subía por el ascensor. Al lado de una dependencia oficial, creo de la prefectura, había una casa de inquilinato; un “convoy” típico de Montserrat o San Telmo. En algún mediodía de verano Borges escuchó que abajo, en el zaguán del inquilinato, alguien trataba de tocar una milonga en su guitarra. Zolezzi le preguntó si debía cerrarle la ventana y él le contestó "No, es linda la milonga. Ojalá el hombre no la aprenda nunca y la siga tocando".

A propósito de esto, Borges tenía una idea de la milonga taconera, retrechera, muy propia de loa años diez al veinte, y no la versión nostálgica que adquirió la milonga más tarde. Igual con respecto al tango tenía la lógica de los argentinos de Buenos Aires, hablar de su época de oro negando las transformaciones instrumentales y el cambio de gustos, por ejemplo, de Astor Piazzolla. Tanto que en una reunión alguien con una guitarra frente a Borges y este ya muy cansado de hablar del Papa como un funcionario de la iglesia que enojó a dos o tres, el guitarrero entonaría la milonga de Jacinto Chiclana y le preguntó a Borges si recordaba al autor de la música. Y el viejo respondió "no sé, me parece que fue Guastavino", evitando nombrar a Piazzolla, algo que le afirmaba su placer bucólico a los tangos del año veinte.

En su literatura existe una etapa criollista y otra más cosmopolita, pero aunque notara ciertas exageraciones del criollismo, Borges jamás dejó de serlo. Al preguntarle si Macedonio Fernández tocaba la guitarra, él respondió lo esperado: "le gustaba afinarla y sacarse alguna foto con ella, pero nunca lo escuché tocar". Y a propósito de Ricardo Güiraldes contestó: "Sí, Güiraldes tocaba la guitarra porque creía que con eso defendía el criollismo".

De igual manera rechazaba a las chinas bailando zambas vestidas de celeste y blanco, que entendía una tonta exaltación nacionalista. De la religión repetía "mi madre es católica como todas las señoras argentinas, ¿no?", pero al preguntarle su padre si tomaría la comunión una ceremonia absurda él no quiso. "Mi hermana tomó la comunión y es católica, yo no y soy librepensador; aunque eso también es anticuado".

Para disfrutar una charla con Borges se debía aceptar sus giros y réplicas que lo divertían; de los marxistas decía tantos agravios como del peronismo y ambos lo acusaron de todo, pero sin gorilismo barato a Borges hay que juzgarlo igual que a Gardel y cualquier otro referente de una comarca o país: por sus obras casi siempre inigualables.

Sin duda Borges mucha veces provocó la descalificación con su Borges oral, a ratos propia de un provocador molesto, aunque yo prefiero verlo como a un porteño sobrador y canchero de algún boliche de mi barrio, acallaría con su sonrisa cómplice y burlona no me haga caso, señor, estoy hablando en joda. Pero claro, ni la barata intelectualidad del diario La Nación ni el izquierdismo esquemático entrevieron aquel perfil casi sobrador de esos guitarreros de patio, esos de corbatín y saco oscuro, que es la imagen más sensible de Borges que seguiré imaginando. .
 
Jorge Luis Borges fue el primero en decir que el compadrito era una invención literaria y tal vez por esa atracción surgía en él su provocación permanente. A él lo seducían los payadores de boliche, y las andanzas de los compadritos era una ausencia que confesaba por haberse criado detrás de una cancela colonial, aunque en el fondo se burlaba de todo eso.

Cierta vez recordó pasear una noche con Francisco Luis Bernárdez y Carlos Mastronardi por el barrio sur, la Boca, Barracas, buscando algún bodegón abierto para ver esos hombres de coraje, compadritos o cuchilleros, y no encontraron ni un almacén abierto. Y al preguntarle "¿al fin que recuperó Borges de ese paseo?", se sonríó:  "Que hacía mucho frío y éramos tres ilusos fuera de tiempo". Un carcajada sobre sus mitos, como hicieron con Bioy Casares en Seis problemas para don Isidro Parodi al pintar unos arquetipos que se habrían olvidado.

Luego de conversar en la biblioteca de la calle México un par de veces por el setenta, recién volví a verlo por julio de 1983 (ver imagen arriba). El iría a casa de una escritora amiga, María Luisa Biolcati, y yo fui a la calle Maipú donde vivía. Ahí lo atendía una señora Fanny y fue el mismo día que había operado a Beppo, su gato, que le regalara una familia: "pero se llamaba Pepo, un nombre horrible. Y yo lo bauticé Beppo, como un personajes de Byron. el gato no se enteró y siguió viviendo", era algo que solía repetir.

Guardo su imagen al salir de una habitación en penumbras y la señora Fanny ayudarlo con la corbata. Iríamos a la calle Charcas, a una reunión donde yo le haría las preguntas y le reiteré mi apellido. "Si claro, un apellido italiano, pero también puede haber algo sefardí. Pérsico de Persia", pero él quería explicarme: "Borges tiene ascendencia portuguesa y quiere decir burgués". Una broma para pensar este viejo me está cargando con su estilo de incluir al interlocutor; y si uno era un engreído con Borges, seguro que perdía por gil.

Ya era un anciano y al leerle yo unos sonetos lunfardos que nombraban a Lenín o Pirandello, me sacudió "Me parecen de un reo que escribe para intelectuales"; una crítica borgeana feroz….

Algunos periodistas creían que Borges sólo sabía de libros y uno le preguntó por el director técnico de la selección de fútbol. El tipo insistió y Borges dijo no conocerlo y se disculpó "Usted perdone mi ignorancia". Cualquiera se suicidaría ahí mismo pero el periodista igual que el gato Beppo no se enteró y siguió viviendo. Porque Borges era una persona normal que escuchaba la radio cada mañana.

Al preguntarle si Victoria Ocampo era una mujer hermosa contestó "No sé, la conocí cuando tenía veinticinco años". El cholulismo ambiente jamás lo imaginaría pronunciar la palabra mina, pero él reiteraba que la mujer madura era más hermosa "porque la belleza de los veinte es algo mecánica, y a una mujer de cuarenta detrás de los ojos se le intuye la mirada". Y esa vez me perdonó sonriendo "siempre repito eso y otras cosas". Como cualquier porteño que bien se aprecie, lo aterraba el ridículo y el no entender al otro. .

Fue durante años un provocador un tanto gratuito. El Mío Cid le parecía una cosa ilegible; del Quijote supo hacer alguna broma pero sin ese libro, repetía, no podríamos entender la historia de España. A Calderón de la Barca lo calificó un invento alemán, de Guy de Maupassant sentenció que no era un cuentista genial y que antes de morir había mejorado: "Murió loco pero toda la vida había sido estúpido".

Con estas y otras conjeturas Borges llenó varios tomos, bromeando que los españoles hablaban muy mal el español pero lo respetaban "porque lo consideran un idioma extranjero".

No pocos entendemos hoy que Jorge Luis Borges ha sido un pilar en la cultura de los argentinos del siglo veinte, y al margen de sus contradicciones, apreciamos sus perfiles nacionales y hasta su radicalidad. Algunos comparan la grandiosidad de Borges con Domingo Faustino Sarmiento, otro titán y fundador de nuestra literatura, pero en un país tan contradictorio como el nuestro los personajes más representativos de nuestra cultura no podrían ser diferentes.

Cualquiera puede calificar de contradictorios a Sarmiento, Borges, Facundo, Perón, por decir tres o cuatro, pero así como una vez Borges habló a favor de Pinochet, al enterarse bien que hacía en Argentina el régimen militar de Videla, Massera y esa banda delincuencial, les lastimó con sus críticas publicadas en Europa. En pleno Proceso de los criminales militares nuestros él dijo a toda la prensa francesa:

"Cuando yo era chico quise ser militar, pero con el tiempo me fui haciendo más cobarde y menos estúpido". Una verdadera pintura de la Junta Militar para evitar ser utilizado que él hizo sin infatuarse de referente ético de la Argentina, un país con líneas ideológicas siempre inconciliables y tensas. Pero Borges sabía también de temas terrenales y al escuchar que el Proceso Militar pudo ser una sangrienta interna del peronismo, él agregó "eso es muy posible".

Hoy podría suponerse que tanto Borges como Gardel en esta instancia globalizada hubieran pasado inadvertidos, pero aunque el éxito de Gardel no ocupara todos estos multimedios que suelen devorar la autenticidad, o que Borges fuera olvidable por jamás ser un escritor popular, no sería fácil vaticinar algo sobre el éxito y el fracaso, esos dos impostores. Por más provocador y el excelente Borges oral, él nunca fue renombrado en la calle y ni vale preguntar quiénes son esos escribas, porque en toda su obra hay páginas estupendas.

El Poema conjetural sobre Francisco Narciso de Laprida asesinado el 22 de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, es una pieza histórica invalorable por su muestra de americanismo, y que Borges era un habitante de aquí.

Algo aparte merecen sus cuentos. El muerto vale en cada renglón y no sólo por su remate; Hombre de la esquina rosada es una inigualable pintura de una época del bajo Buenos Aires con pasajes geniales: cuando el personaje Francisco Real da un pechazo y atropella a los gritos la puerta del prostíbulo Borges, el relator que está de espaldas a la puerta, al verlo exclama "el hombre era parecido a la voz". Siete palabras secas para marcar un concepto definitivo del personaje.

Esa sencillez demuestra el gran manejo del Borges cuentista, jugueteando casi con sus frases definitivas pero demostración su vocación incansable por corregir. Y nos referimos a una generación que escribía muy bien aunque en el menester literario es riesgosa una sentencia categórica.

En el cuento Juan Muraña, hace un enfoque del compadrito y lo desarrolla según el relato de un tercero con una precisión envidiable. En El muerto ubica la acción en San José, un pueblo del Uruguay, y en esa pintura casi alardea con el conocimiento de las costumbres. Es que alguna vez en televisión le inquirieron si había conocido algún guapo verdadero y dijo "Sí, en Montevideo".

Y siguió contando que alguien faltara el respeto a una casa y el dueño, que era un hombre respetuoso pero de acción, le mostró dos cuchillos al ofensor diciendo usted elige y ¿qué hizo el otro? le preguntaron y respondió: "Y qué iba a hacer? Se achicó"; habló sin agregar media palabra en homenaje a la autenticidad que respetaba tanto. Y por su estirpe de tipo despojado de empaques, al escucharme: Borges, ¿usted no será un compadrito frustrado?, me sonrió sobrando: "Sí, pero malogrado es más fácil".

Por aquel año 1983 él ya era un anciano en el exilio de la ceguera, y un personaje rodeado de gente ansiosa por andarle cerca. Pero ante su tan valiosa obra literaria, Jorge Luis Borges es un legítimo exponente de nuestra comarca, la de los argentinos.

* Escritor.
Publicado en 2008 en http://cultural.argenpress.info

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