Jun 6 2006
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Opinión

EL 18 DE BRUMARIO DE BACHELET

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Un diario popular bautizó así a los estudiantes de la enseñanza secundaria en Chile por el uniforme usado en la mayoría de los colegios. Estos “Pingüinos” están –mientras escribo estas líneas– protagonizando una rebelión generalizada, de envergadura y características asombrosas, que tiene sumido al país en una perplejidad que acepta todos los sinónimos citados antes y hasta algunos epítetos. Como si el jaque a la lógica fuera poco, este fenómeno que mueve a cientos de miles de estudiantes chilenos al unísono, comienza a ser mirado con inquietantes simpatías allende Los Andes.

Sin embargo, camuflado por el vertiginoso devenir de sucesos impensados en un mundo en donde los exabruptos sociales han pasado a ser de mal gusto, hay detrás un horizonte de sombras que, aunque movedizas, es posible identificarlas porque su fisonomía termina siendo siempre inconfundible.

La Rebelión de las Masas

No es un buen subtítulo simplemente porque esta explosión juvenil que ha convertido las calles de todo el país en un campo de batalla, está lejos del espíritu convocado por Ortega y Gasset para su obra. El pensamiento del filósofo español –criticado por algunos como elitista, ensalzado por otros como orientador de los grandes movimientos sociopolíticos del siglo XX– no parece tener en el fenómeno estudiantil chileno un parangón en ninguno de los dos sentidos. Salvo si se quiere tomar el pensamiento del distinguido madrileño de manera literal y calificar al estamento estudiantil como una masa que pretende actuar por sí misma rebelándose contra su destino, señalado así en la obra del filósofo, pero que significa tomarlo deliberadamente fuera de contexto.

Esto porque para Ortega y Gasset el concepto masa no es sinónimo de muchedumbre en el sentido cuantitativo, ni es tampoco un elogio, ya que su hombre-masa expresa una actitud generalmente contemplativa y autocomplaciente, reacia a moverse; es decir es, en esencia, el mismo hombre llamado “mediocre” por José Ingenieros.

Usaremos entonces el famoso título sólo en su sentido terrenal para consignar la sorprendente rebelión de más de medio millón de estudiantes que se han lanzado estos días a protestar en los colegios y en las calles de Chile.

El Factor Ionescu

Es muy probable que lo que voy a decir no va a gustar a muchos. La actitud asumida por el movimiento estudiantil, cuya particularidad más admirable –ya se dijo– es la unanimidad de los cientos de miles de “pingüinos” que participan, tiene una característica inquietante: ser aplaudida por todos los sectores políticos, sociales y gremiales del país, desde las esferas empresariales más reaccionarias con su expresión política, la derecha, a los sectores de la izquierda extraparlamentaria con su expresión política, el partido comunista.

Más inaudito aun, hasta el propio gobierno contra quien se dirigen los dardos y pedradas juveniles, en medio de sorprendentes contorsiones, parece alinearse también al lado del movimiento de los escolares. Al menos así lo hacen los dirigentes de la Concertación. Se podría decir entonces, parodiando la jerga pugilística, que los estudiantes están peleando con la sombra. Pero no es así.

Es cierto que en esta comedia de lo absurdo, la izquierda y la derecha, incluyendo a todos los dirigentes de los partidos en el gobierno, se cuelgan con sospechoso entusiasmo al masivo levantamiento de los estudiantes secundarios. Lo que escapa a la lógica implacable que ha regido siempre los movimientos sociales en el mundo, cual es que inevitablemente ellos conllevan en sí mismos un condicionante político que hace insostenible esta aparente unanimidad. A menos que concordemos nuevamente con el mismo Ortega y Gasset, que dijo que “ser de la izquierda o ser de la derecha es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil” .

Tampoco es así. La estupidez humana no juega acá el papel preponderante, sino que, al contrario, la astucia de ciertos ingenieros hidráulicos para desviar sutilmente hacia sus molinos las aguas de la rebelión estudiantil, es la tónica del coro de sombras imprecisas del que habláramos más arriba.

Las ganancias de un río cada vez más revuelto.

Creo que la debilidad más importante del movimiento juvenil que sacude a Chile nace de un mal entendido apoliticismo, pregonado y aplaudido por los mismos que alabaron el supuesto apoliticismo de la dictadura. Este “purismo apolítico” levantado como bandera insoslayable por el movimiento estudiantil, es precisamente la mayor amenaza que se cierne sobre él de terminar sirviendo finalmente de “tonto útil” de aquellos que se refocilan entre bambalinas con este regalo impensado que les cayó del cielo.

Entiéndase bien que no estoy cuestionando la legítima rebelión de los jóvenes chilenos. Es más: ella debió producirse hace varios años como consecuencia lógica del destape de los abusos y aberraciones dejados por la dictadura, entre ellos la estructura de la educación que fuera el corolario impuesto a última hora por Pinochet.

Cuatro generaciones de muchachos en 16 años de democracia, pasaron por los colegios sin despertar a una conciencia crítica que los llevara, como ocurre ahora, a cuestionar un modelo elitista, injusto y discriminador, legado por el gobierno militar en beneficio de los negociantes de la educación en Chile. Más alentador aún es lo que hoy ocurre si se piensa que estos jóvenes que despiertan por fin a la lucha social, serán los futuros dirigentes en un mundo que se vaticina como de una severa agudización en el campo de las contradicciones socioesconómicas y políticas.

El factor que inquieta en el trasfondo de esta lucha desatada de los jóvenes por sus derechos, es la pérdida del objetivo real al cual deben apuntar sus legítimas demandas y que nacen del origen también real de los problemas que los aquejan.

No soy concertacionista y pertenezco a los por ahora ilusos que confían que más temprano que tarde se abrirán efectivamente las alamedas, no sólo en Chile sino también para las grandes mayorías amenazadas hoy en el mundo por la dictadura del dinero y la agresión imperialista. Pero precisamente por eso, porque la visión marxista de la realidad no permite digresiones, es que no es posible tolerar, so pretexto de la desorientación que da la perplejidad, que se convierta a un gobierno que nació de la lucha antidictatorial, en el principal culpable de una aberración impuesta por los que se abanican hoy transformados en valientes guerrilleros urbanos que bajan al estado llano a solidarizar con la plebe.

Una inquietante imagen del pasado

La actitud timorata de la Concertación, las claudicaciones nacidas de su propia condición heterogénea en la que coexisten los intereses bastardos del oportunismo centrista con el izquierdismo pusilánime de los socialistas, no ha permitido desmantelar totalmente los enclaves dictatoriales legados por el gobierno militar de la derecha, entre ellos el engendro de la Ley Orgánica Constitucional de la Educación, la LOCE.

Ése es el gran pecado de la Concertación y que no se puede soslayar. Pero todavía más aberrante que silenciar esta verdad, es dejar que estos jóvenes, bajo la conveniente bandera del apoliticismo, hagan sin proponérselo tabla rasa del pasado, que es justamente lo que busca la derecha, y conviertan al recién instaurado gobierno de Michelle Bachelet en el chivo expiatorio de una herencia dejada por los sectores políticos a los cuales pertenecen incluso algunos de los dirigentes de esta gran protesta del movimiento estudiantil.

En las imágenes de la violencia callejera que nos entrega la prensa, en especial la televisión, el característico atuendo de los “pingüinos” se va difuminando cada día más entre uniformes muy coloridos e insignias en las que predominan los “college”, los “school”, los “lycée”, los “schule”, las “scuolas”, perdonándome si no los escribo bien ya que me eduqué en el Barros Borgoño, ahí en San Diego. Bajan por Providencia, a veces democráticamente a pié o en el auto familiar hasta Plaza Italia, para incorporarse a la gran protesta contra el gobierno de… Salvador Allende.

Cualquier semejanza con la realidad actual es, espero, pura coincidencia.

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* Escritor y científico.

Addenda

El 18 de Brumario de Luis Bonaparte fue escrito por Marx entre diciembre de 1851 y marzo de 1852. El título del volumen deja en claro el criterio del pensador. Brumario –mes otoñal en la nomenclatura de la Revolución Francesa– hacía tiempo era un mero recuerdo, entre otros, de un asalto a la historia para cambiar el mundo.

El mismo Marx lo plantea desde las prímeras líneas del primer capítulo:

“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío. ¡Y a la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del Dieciocho Brumario!

“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”.

La expresión, pues, ha quedado para caracterizar un momento de crisis social y política aguda, no para anatemizar los movimientos sociales. Marx quiso señalar con la expresión el hecho de que, cuando se desbordan los cauces de una situación política dada, y la maquinaria del Estado –sus instituciones, que incluyen a la prensa– no alcanza para mantener el orden por cuanto ese orden –el provisto por las superestructuras– parece girar en el vacío, como la piedra de un molino sin nada que moler, surgen otras instancias que despiertan a los nuevos incipientes actores a la realidad.

El orden se mantendrá cuando la protesta, por fuerte que sea, carece de conducción política –en el más alto significado del término–, y se mantendrá a cualquier precio. La dominación de la burguesía siempre tiene un Partido del Orden en el revés de la manga, siempre un mensaje de “equilibrio”, siempre la avaricia por garantizar la reproducción de su dominio.

Sin duda a este riesgo –para los estudiantes, no para la forma del Estado– alude Sánchez en su artículo.

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