Ago 16 2021
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Política

El adiós a Afganistán, los talibanes y el retorno del fantasma de Vietnam

La prensa hegemónica occidental parece no tener respuesta a la toma de Kabul, la capital de Afganistán,  por las fuerzas rebeldes, ni a la huida del presidente Ashraf Ghani junto al embajador de Estados Unidos, mientras los dirigentes del integrismo sunita triunfante, se instalaron en el palacio presidencial y proclamaron el califato islámico.

Se cerró el ciclo que empezó hace exactamente 20 años, cuando el gobierno de George W. Bush y los aliados tradicionales de Washington invadieron ese país centroasiático con la excusa de la protección que los gobernantes ofrecían a la organización fundamentalista Al Qaeda y a su líder Osama Bin Laden, expulsaron por la fuerza a los talibanes, que se habían hecho con el poder, y emprendieron una larga, sanguinaria, costosa e infructuosa guerra.

El pretexto de entonces fue que Al Qaeda había reivindicado los atentados del 11 de setiembre a las torres del World Trade Center y el edificio principal del Pentágono, el Departamento de Defensa de Estados Unidos. Pero todo había comenzado bastante antes.

Tanto el Talibán como Al Qaeda fueron fundados por antiguos combatientes fundamentalistas que recibieron el respaldo, el financiamiento y el armamento de EU y de Arabia Saudita para enfrentar la invasión soviética que tuvo lugar en los años 70 y 80 del siglo pasado. La destrucción de la República Democrática de Afganistán, respaldada desde Moscú, y la formación de un régimen integrista radical, fue obra de facciones impulsadas por la Casa Blanca y por Arabia Saudita.

La guerra de dos décadas que dejó cientos de miles de muertos afganos, miles de soldados estadounidenses, británicos y mercenarios, una nación arruinada y desarticulada como nunca antes y un gasto de alrededor de dos billones de dólares por parte de los invasores. ¿Un nuevo Vietnam? Las imágenes de helicópteros estadounidenses sobrevolando las embajadas en Saigón (en 1975) y Kabul, el últomo domingo, hablan por sí solas.

En las tres guerras de larga duración que encabezaron con sus propias tropas o mercenarios en suelo extranjero, Estados Unidos fue, sin embargo, rotundamente derrotado, como sucedió en Vietnam, Irak y Afganistán. Las Fuerzas Armadas más poderosas del planeta, y supuestamente imbatibles, fueron expulsadas por fuerzas de resistencia con capacidades militares y tecnológicas incomparablemente menores.

Para la potencia imperial que posee una maquinaria militar más poderosa, sin precedentes en comparación en toda la historia de dominación imperialista, la derrota en la guerra de Afganistán tiene el mismo sabor de vejación y humillación que tuvo en Vietnam.

Washington juró que no negociaría con la facción talibán ni con Al Qaeda, pero durante la administración del demócrata  Barack Obama se estableció una alianza incómoda con esta última en el teatro de operaciones de Siria. Mientras, Donald Trump terminó enzarzado en pláticas de paz con los talibanes en busca de una vía pacífica para el retiro de las fuerzas de ocupación estadounidenses. Joe Biden anunció que en octubre de este año habría de concluir el retiro de las tropas de Washington de suelo afgano.

Pero no se puede dejar de recordar que fue Estados Unidos quien legitimó a los talibanes al llegar a un acuerdo con ellos durante la administración de Donald Trump.

El anuncio del retiro estadounidenses precipitó la ofensiva de los talibanes, quienes en cuestión de dos semanas se hicieron con el control de buena parte del territorio. El 12 de agosto de 2021 será el día en que los talibanes vengaron casi 20 años después 9-11 y el posterior derrocamiento de su reinado de 1996-2001 por los bombardeos estadounidenses, dieron el golpe que derribó a su hombre.

Ahora, el retorno al poder de los talibanes y la proclamación de un emirato basado en la aplicación de la ley coránica, son usados en la campaña de la prensa hegemómnica internacional para insistir en la brutalidad de los vencedores y su determinación de oprimir a las mujeres, a los adversarios políticos y a las minorías sexuales. Demás está decir que la huida de los militares estadounidenses dejó desamparados a miles de afganos que colaboraron o fueron empleados por los ocupantes.

Repercusiones

El secretario estadounidense de Estado, Antony Blinken, rechazó las comparaciones entre la situación en Kabul y la caída de Saigón en Vietnam en 1975, y reiteró que Estados Unidos había logrado sus objetivos en la guerra de Afganistán. “Esto no es Saigón. Entramos a Afganistán hace 20 años con la misión de hacer frente a los que nos atacaron el 11/S. Esa misión fue exitosa”, dijo.

La decisión de EU de retirar sus tropas de Afganistán y la huida del presidente Ashraf Ghani, continúa generando reacomodamientos entre sus aliados de la OTAN en los 20 años de guerra. «Siempre dijimos que nos quedaríamos si los estadounidenses se quedaban», indicó la canciller alemana, Angela Merkel, quien calificó de «amarga» la situación actual.

El primer ministro británico, Boris Johnson, también ordenó el retiro de sus tropas y expresó públicamente que «no hay solución militar en Afganistán», aunque convocó a seguir trabajando para que el país no se transforme en «un caldo de cultivo» para el terrorismo.

Por su parte, la Organización del Tratado del Atlántico Norte consideró que es más urgente que nunca encontrar una solución política al conflicto en la nación centroasiática. El papa Francisco expresó ayer su preocupación por la situación en Afganistán y exhortó al diálogo para resolver el conflicto.

La conquista del Talibán fue aprovechada por el ex presidente Donald Trump, quien exigió la renuncia de su sucesor, el demócrata Joe Biden por la desgracia que ha permitido que ocurra en Afganistán, y en el mismo sentido se pronunnció el líder republicano en el Senado, Mitch McConnell.

El ministro del Interior de Alemania, Horst Seehofer, admitió que la misión de las fuerzas armadas de su país en Afganistán fue un fracaso y que el país ahora mismo es un desastre, tras la entrada de los talibanes a la capital, Kabul. Boris Johnson, premier británico, urgió a las naciones occidentales a no reconocer prematuramente al régimen Talibán en Afganistán, luego de negar que la repentina toma de control del país por la milicia islamita fue una sorpresa.

El secretario general de la Organización de Naciones Unidas, Antonio Guterres, exhortó al Talibán y a las demás partes a practicar máxima moderación para proteger la vida de los afganos y asegurar la llegada de ayuda humanitaria.

Ahora, todos, desde el gobierno de Estados Unidos hasta los policías, buscan hacer un trato con los nuevos gobernantes … o huir del país lo antes posible. Las escenas de gente colagada de aviones ya colmados de pasajeros, da cuenta de la exasperación. Habrá un gobierno de transición, se evitará un asalto militar directo a la capital y permitirá una transferencia pacífica del poder.

Desde el punto de vista de los afganos, el ex presidente Trump realizó en 2020 una serie de acuerdos unilaterales que benefician al Talibán, enfoque confirmado por el presidente Biden en su discurso del 14 de abril pasado. Biden, preocupado por el hecho que los ciudadanos de su país se han vuelto hostiles al involucramiento en guerras en el extranjero, reiteró que la retirada final del ejército estadounidense culminará en el vigésimo aniversario del 9-11, pasara lo que pasara.

Muchos afganos pensaron que, si los estadounidenses estaban llegando a un acuerdo con el Talibán, ellos no deberían quedarse atrás. Los milicianos no encontraron oposición militar cuando cruzaron el norte del país, tradicionalmente hostil. En provincias dominadas por comunidades tayikas, uzbecas y hazaras, los talibanes, procedentes en su mayoría de las comunidades pastunes del sur de Afganistán, no encontraron resistencia armada.

Ciudades y poblados se rindieron sin combatir. A muchos les gustaría huir, pero no saben cómo o adónde podrían dirigirse. Además de muerte y destrucción, los estadounidenses han dejado un total desastre.

Los analistas militares quizá prefieran comparar ésta con la Ofensiva Tet de 1968 en Vietnam, pero hay otras razones para el éxito del ataque además de la perspicacia estratégica: corrupción en el Ejército Nacional Afgano; desconexión total entre Kabul y los comandantes del campo de batalla; falta de apoyo aéreo estadounidense; la profunda división política en la propia Kabul.

Existe también un profundo sentimiento de traición por parte de Occidente que sienten aquellos relacionados con el gobierno de Kabul, mezclado con el miedo a la venganza de los talibanes contra los colaboracionistas.

¿Qué hacer con Pashtunistan?

El primer ministro paquistaní, Imran Khan, acusó a Washington de considerar a Pakistán como «útil» solo cuando se trata de presionarlo para que use su influencia sobre los talibanes para negociar un acuerdo, sin considerar el «lío» que dejaron los estadounidenses. Añadió que «dejó muy claro» que no habrá bases militares estadounidenses en Pakistán.

Los paquistaníes están preocupados debido a que en la desordenada retirada, los estadounidenses redujeron su influencia, y la de Pakistán, sobre los talibanes, y temen que los acontecimientos conduzcan a una nueva afluencia de refugiados y puede alentar a los yihadistas del tipo al-Qaeda, TTP e ISIS-Khorasan a desestabilizar Pakistán.

Los paquistaníes cerraron su lado de la frontera. Todos los días, decenas de miles de personas, en su inmensa mayoría pashtunes y baluchis, de ambos lados cruzan de un lado a otro junto a un megaconvoy de camiones que transportan mercancías desde el puerto de Karachi al Afganistán sin litoral. Cerrar una frontera comercial tan vital es una propuesta insostenible.

La Durand Line, diseñada por el imperio británico, es el meollo del asunto cuando se trata de la participación de Pakistán en Afganistán y la interferencia afgana en las áreas tribales paquistaníes. La pesadilla de Islamabad es otra partición. Los pastunes son la tribu más grande del mundo y viven a ambos lados de la frontera (artificial). Islamabad simplemente no puede admitir una entidad nacionalista que gobierne Afganistán porque eso eventualmente fomentará una insurrección pastún en Pakistán.

Y eso explica por qué Islamabad prefiere a los talibanes en comparación con un gobierno nacionalista afgano. Ideológicamente, el Pakistán conservador no es tan diferente del posicionamiento de los talibanes. Y en términos de política exterior, los talibanes en el poder encajan perfectamente con la inamovible doctrina de «profundidad estratégica» que opone Pakistán a India.

La posición de Afganistán es clara. La línea Durand divide a los pastunes a ambos lados de una frontera artificial. Por lo tanto, ningún gobierno nacionalista en Kabul nunca abandonará su deseo de un Pashtunistán unido y más grande. Como los talibanes son de facto una colección de milicias de caudillos, prácticamente todos ellos islámicos, Islamabad ha aprendido por experiencia cómo lidiar con ellos.

Incluso el acuerdo actual de Kabul se basa en la ley islámica y busca el consejo de un consejo de Ulema. Muy pocos en Occidente saben que la ley Sharia es la tendencia predominante en la actual constitución afgana.

En última instancia, todos los miembros del gobierno de Kabul, los militares, así como una gran parte de la sociedad civil, provienen del mismo marco tribal conservador que dio origen a los talibanes.

* Periodista chilena residenciada en Europa, analista asociada al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

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