Abr 27 2017
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Cultura

El asesinato de la verdad

La editorial La Fogata, el colectivo Corporación Periferia y la Fundación para la Integración Latinoamericana (Fila) presentaron en la Feria del Libro de Bogotá, la edición colombiana de El Asesinato de la Verdad, del periodista y comunicólogo uruguayo Aram Aharonian, autor anteriormente de Vernos con nuestros propios ojos y La Internacional del Terror Mediático.

Asimismo se informó que la edición argentina, a cargo de la Editorial Ciccus, estará en las librerías el próximo mes de mayo.

Prólogo de la edición colombiana del libro

Olimpo Cárdenas Delgado| Cuando vino a Colombia, en noviembre de 2016, estaba entusiasmado porque conversaría con muchas personas de las organizaciones sociales y políticas del país. En su agenda, el objetivo principal era participar como invitado especial en el Foro de Comunicación para la Paz organizado por la Corporación Periferia, y allí estuvo, rodeado de jóvenes estudiantes, profesores y algunos colectivos de comunicación en la Universidad Santo Tomás de Bogotá.

Creo que la mayoría no sabía quién era y menos qué había hecho en su vida. Además, su pinta de viejo sabio bonachón y su nobleza no dejaban mucho a la imaginación. Estoy hablando del uruguayo Aram Aharonian, fundador de Telesur, decano del periodismo latinoamericano, ser humano en toda su dimensión, convencido de la necesidad de dar la batalla de ideas desde la comunicación popular como herramienta de transformación social.

“Hemos estado ciegos de nosotros mismos… no nos reconocemos en el espejo de nuestra realidad”, escribió en 2007 en su obra Vernos con nuestros propios ojos. Y lo retoma en este trabajo, El asesinato de la verdad, porque una de las mayores preocupaciones de Aram es la falta de autorreconocimiento que tenemos los latinoamericanos: siempre nos vemos con ojos de extranjeros y son ellos nuestro modelo de ser que, en realidad, es un modelo del tener que comporta una mirada xenófoba, racista, patriarcal y, por supuesto, capitalista.

El colonialismo nos dejó toda la cultura del invasor impregnada: sus gustos, sus valores, sus miradas de lo ético
y de lo estético. En especial, nos dejó el complejo de inferioridad que nos empuja a desear ser como ellos, como los conquistadores e invasores, que son “superiores” y por eso queremos copiar todo lo que hagan y dejen de hacer, olvidándonos de nosotros mismos, de nuestra cultura, de nuestros valores y de la construcción de una realidad propia.

En esta obra Aram no pontifica: enseña, conversa y cuenta. Su preocupación intelectual lo sumerge en temas que algunos jóvenes de la era de Internet y de la digitalización no comprenderían, por dos razones: porque no les interesa comprender, o simplemente porque consideran que esta es la era en donde mayor democracia y libertad de expresión hay. ¿Quién lo pone en duda? Aram.asesinato

Solo seis transnacionales de la comunicación controlan miles de emisoras de radio, canales de televisión, revistas, prensas y casas editoriales; y controlan no solo la propiedad y la distribución de servicios en todo el mundo sino también sus contenidos, de manera que cuando creemos estar generando nuestros propios mensajes por las redes, en realidad estamos reproduciendo un discurso único detalladamente elaborado por los monstruos mediáticos. La sociedad de todo el planeta está conectada; eso –plantea Aram– es igual a decir que estamos espiados y por tanto controlados.

Por esa razón hay que tener mayor cuidado y llenarse de argumentos y de propuestas concretas cuando se habla de democratización de los medios y de la comunicación ya que, si no se da el debate de los contenidos, de la propiedad sobre los espacios electromagnéticos, de la legislación que le garantiza el monopolio a los poderosos, entre otros aspectos del mundo de la comunicación, nos quedaríamos aferrados a las viejas reivindicaciones de la izquierda que no se ha dado cuenta que el mundo cambió.

Mientras vamos en un barco viejo y con el motor dañado, ellos van en tren de última tecnología a cientos de kilómetros por hora. Mientras luchamos por arañar unas cuantas frecuencias de radio o una ley que nos permita hacernos de unos minutos en sus controlados medios, ellos ya están saliendo de la tradicional televisión hacia la era digital centralizada en Internet, cuyo negocio es vender espacios privados al gusto del consumidor, gusto que también ellos crearon haciéndolo pasar por autonomía. Aunque sigamos reivindicando la lucha por la verdad y la objetividad de los medios masivos de comunicación, que es justa y necesaria, ellos ya dieron la vuelta completa y están hablando de la posverdad (post-truth).

A los medios masivos y a los controladores del negocio de la comunicación, que van de la mano con el poder político, económico y la objetividad se reproduzcan en la sociedad a través de sus medios. Ahora expresan cínicamente que a las personas no les interesa la verdad, que los medios se deben preocupar por darles lo que quieren ver y escuchar, transmitirles confianza, y para ello es necesario alimentar sus emociones, sus creencias personales, sus imaginarios, que como se ha dicho no son suyos sino creados por la burbuja de la industria cultural y el discurso único que viene
triunfando en las últimas décadas.

aram hablandoLa búsqueda de la democracia, del rescate de la memoria, del contexto de las noticias, de la valoración de los hechos objetivos, de la capacidad de enjuiciar la realidad, de la construcción de sujetos críticos, es decir: todo eso por lo que hemos luchado, está siendo superado por un discurso preconstruido con base en las supuestas exigencias de los consumidores, a los que no les interesa la verdad sino la posverdad, que es música para sus oídos y dinero para los bolsillos de los magnates de la industria cultural y del supuesto entretenimiento.

Ellos avanzan hacia la construcción de una sociedad de objetos de consumo que abrazan la mentira y defienden a ultranza a sus verdugos. En esta perversa estrategia, el miedo juega un papel fundamental.

Aharonian nos trae fuentes de la academia como el analista internacional Carlos Fazio, quien habla de terrorismo mediático refiriéndose a las estratagemas que el poder político usa a través de sus medios masivos, que consisten en combinar información económica, política, sicológica y social creando una realidad ficticia, una sensación de miedo y una actitud colectiva en contra del personaje, partido u organización a la cual hay que derrotar.

Parafraseando a Florencia Saintout, decana de Comunicación de la Universidad argentina de La Plata, Aram nos recuerda que “la llamada propaganda negra no es otra cosa que la construcción de unos nombres, de unos relatos, de unas categorías, de unas imágenes que ordenan los acontecimientos a partir de un eje de destrucción del otro. Ese proceso se hace ocultando la verdad y, sobre todo, mintiendo acerca de ella”.

Los ejemplos abundan, pero hay uno que marcó una era y un momento político en el planeta: la espectacular y cinematográfica caída de las Torres Gemelas, que dio paso a una arremetida mundial en contra del mundo árabe, de su cultura y sus creencias, logrando incluso que, en lugares donde estas comunidades ni siquiera eran conocidas o referenciadas, se les odiara.

Detrás de este enemigo prefabricado, de este miedo colectivo inoculado a la humanidad, está el interés del imperio, de las transnacionales y del poder político hegemónico. La guerra es un mecanismo de reactivación económica: los presupuestos militares se disparan, la muerte se observa en vivo y en directo y las armas tecnológicas que pueden matar en masa a los enemigos son admiradas. Así, comunidades humildes que jamás habían visto las Torres Gemelas ni por televisión, morían ante el aplauso de millones, sin la compasión de nadie porque, como parte de esa guerra televisada, fueron deshumanizadas, les quitaron el rostro, el pasado y el presente. univ santo tomas

Ahí, detrás de la tragedia, estaban los productores de cine, los genios de los juegos de vídeo, los dueños de las transnacionales de la diversión y el entretenimiento digital e informático. A partir de entonces los niños y niñas pueden jugar a diario sin parpadear, alienados ante una pequeña pantalla portátil, matando terroristas virtuales que salen de todas partes; ellos, inocentemente, también “salvan al mundo” de los terroristas de Medio Oriente.

Estas son las conversas de Aram Aharonian en El asesinato de la verdad, este el impacto que causa en los lectores: alimenta la preocupación y busca movilizar a quienes luchan por la democracia, la verdad, el equilibrio y la humanización de la sociedad planetaria. En su desparpajada y amena retórica, Aram invita a la lucha, con alegría, con creatividad, con ánimo rebosado.

Es necesario que los pueblos, las comunidades, recuperen su derecho natural a comunicarse y aprecien críticamente los medios masivos en donde sus historias de vida y sus sueños no encuentran eco. Eso tiene que ver con la recuperación de su memoria, de su cultura, de sus costumbres y hasta de su propia imagen de latino, negro o negra, indígena, de estatura baja, trigueña; es decir, con acoger para sí mismos sus atributos físicos y reconocerlos como bellos y estéticos, a pesar de los estereotipos anglosajones que nos venden a diario por los medios masivos.

La comunicación popular está íntimamente ligada a la construcción de poder popular. Si las organizaciones sociales reconocieran el valor estratégico que tiene la comunicación en toda clase de proceso emancipatorio, se daría un salto cualitativo en el mejoramiento de las condiciones sociales, económicas y políticas de los territorios en donde estas se expresan. La comunicación asimilada por los procesos como algo necesario, cotidiano y fundamental para la formación de sujetos políticos transformadores, está presente en todas las dinámicas que empoderan a la comunidad: por ejemplo, en la defensa de los derechos humanos, ya que sin libertad de palabra estos no existirían, y tampoco la democracia, porque las razones de la injusticia están preñadas de desinformación, desconocimiento, ignorancia y falta de autonomía.

Es evidente que en los procesos donde se habla y se practica la comunicación popular existe un proyecto emancipatorio. Todos deberíamos encarnar, a nivel individual y colectivo, un medio de comunicación, pero no solo para luchar a brazo partido contra los monstruosos medios masivos y las transnacionales de la comunicación, sino también para trabajar con creatividad en la elaboración de contenidos propios, nacidos de las prácticas emancipadoras de nuestros procesos.

Las historias, los esfuerzos, las luchas dignas de los humildes son los mejores ejemplos para una sociedad indigestada, envenenada con la basura que a diario lanzan al aire los medios masivos. Apropiarse de la comunicación y desarrollar medios acordes a las necesidades de las comunidades no quiere decir renunciar a la tecnología y los avances de la ciencia en la materia; por el contrario, es disputarlos también.

Esta sociedad requiere profundizar la batalla contra el poder hegemónico, representado en la más grande componenda de todos los tiempos entre el poder político, económico e ideológico. Eso se hace con un pueblo organizado, que tome la iniciativa y deje la actitud reactiva que, según Aram, es complicidad con el enemigo; un pueblo convencido de sus capacidades y empoderado, haciendo comunicación, que –como dice el autor del texto que aquí presentamos– es la acción política misma.

*Director de la Corporación Periferia

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