Jul 29 2020
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Sociedad

El coronavirus ha destapado otra pandemia que beneficia a los ricos, la de la pobreza

La defectuosa línea de pobreza extrema del Banco Mundial ha dibujado una imagen erróneamente positiva que ha provocado una complacencia peligrosa sobre los progresos. De repente, la pobreza se ha vuelto noticia. Es imposible no ver el impacto absolutamente desproporcionado que el coronavirus está teniendo entre la gente pobre y marginada. Cientos de millones de personas abocadas al desempleo y a la miseria. Con un apoyo insuficiente en la mayoría de los casos, aumentan el hambre, la falta de vivienda y los trabajos peligrosos.

¬ŅC√≥mo puede ser que el relato haya cambiado de la noche a la ma√Īana? Hace tan solo unos meses muchos celebraban el inminente fin de la pobreza y ahora el problema est√° en todas partes. La explicaci√≥n es simple: los l√≠deres mundiales, fil√°ntropos y expertos llevan diez a√Īos con una narrativa enga√Īosamente optimista sobre el progreso en la lucha mundial contra la pobreza. Han dicho que es uno de los ¬ęmayores logros de la humanidad¬ę, una haza√Īa ¬ęin√©dita en la historia de la humanidad¬ę; y un logro ¬ęsin precedentes¬ę. Pero la historia de √©xito siempre ha sido muy enga√Īosa.

Como muestro en mi informe final como relator especial de las Naciones Unidas sobre extrema pobreza y derechos humanos, casi todas estas cuentas se basan en el umbral internacional de la pobreza del Banco Mundial de 1,9 dolares al día. Esta medición, mal comprendida y defectuosa, pinta un panorama erróneamente positivo y es la responsable de la indebida y peligrosa complacencia con el statu quo.

Seg√ļn esa medida, el n√ļmero de personas en ¬ępobreza extrema¬Ľ se redujo de 1.900 millones en 1990 a 736 millones en 2015. Pero una reducci√≥n as√≠ de abrupta solo se consigue cuando el punto de partida es escandalosamente poco ambicioso. La cantidad de 1,9 d√≥lares al d√≠a solo sirve para asegurar una subsistencia miserable. En muchos pa√≠ses, ni siquiera cubre el coste de los alimentos o de la vivienda; no aporta informaci√≥n sobre la pobreza entre las mujeres y las personas a menudo excluidas de las encuestas oficiales, como los refugiados y los trabajadores migrantes; y gran parte de la disminuci√≥n anunciada en la pobreza mundial se debe al aumento de los ingresos en un solo pa√≠s: China.

Tener un panorama poco realista del progreso en la lucha contra la pobreza ha tenido consecuencias nefastas.

En primer lugar, porque este supuesto éxito se ha atribuido al crecimiento económico, justificando así programas procrecimiento caracterizados por la desregulación, la privatización, la reducción de impuestos para empresas y ricos, el libre movimiento de capitales y la excesiva protección para las inversiones.

Es la coartada con la que me encontr√© una y otra vez a lo largo de los seis a√Īos que pas√© dentro de la ONU investigando las medidas de los diferentes Gobiernos contra la pobreza. Todo, desde las exenciones fiscales para los superricos hasta los destructivos megaproyectos de extracci√≥n de riquezas en el Sur global eran justificados como formas de reducir la pobreza, cuando en realidad no estaban haciendo nada de eso.

Presentar los intereses de los ricos como el mejor camino para mitigar la pobreza ha cambiado radicalmente el contrato social, redefiniendo al bien p√ļblico como aquello que ayuda a los ricos a ser m√°s ricos.

En segundo lugar, este relato del progreso se ha usado para tapar los terribles resultados que esta perversión de las políticas procrecimiento han provocado tan a menudo. Muchos de los países que lograron grandes subidas en su PIB también registraron una explosión en la desigualdad y un aumento del hambre.

En muchos casos, el crecimiento ha venido con costes inasumibles en salud y vivienda, con persistentes diferencias raciales en la distribución de la riqueza, con la proliferación de empleos donde no se pagan salarios dignos, con el desmantelamiento de las redes de seguridad social y con la devastación del medio ambiente. Todos estos fenómenos estaban directamente relacionados con las políticas neoliberales pero nunca fueron incluidos en el relato heroico de la lucha contra la pobreza.

En tercer lugar, el cuadro optimista que pinta la medida de pobreza más publicitada del Banco Mundial ha fomentado la complacencia. Miles de millones de personas enfrentan un mundo de pocas oportunidades y muertes evitables, demasiado pobres como para disfrutar de los derechos humanos básicos. Alrededor de la mitad de la población mundial vive con menos de 5,50 dólares al día: se trata de 3.400 millones de personas, una cifra que apenas ha disminuido desde 1990. Ni siquiera los países de ingresos altos y con recursos abundantes han logrado reducir seriamente las tasas de pobreza.

El coronavirus no ha hecho más que destapar una pandemia de pobreza que venía de antes. La Covid-19 llegó a un mundo en el que crecían la pobreza, la desigualdad extrema y el desprecio por la vida humana. Un mundo en el que las leyes y las políticas económicas se conciben para crear y mantener la riqueza de los poderosos, no para acabar con la pobreza. Esta es la elección política que se ha hecho.

En ning√ļn lugar es m√°s evidente que en los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) de las Naciones Unidas que, a menos que haya un reajuste dr√°stico, claramente no se van a cumplir. En lugar de imaginar a los Estados como los agentes clave del cambio y de basarse en pol√≠ticas para redistribuir la riqueza y atajar la precariedad, el marco de los ODS pone una fe inmensa y equivocada en el sector privado y en el crecimiento de la econom√≠a.

La pandemia de pobreza durar√° mucho m√°s que la del coronavirus hasta que los Gobiernos no empiecen a tomarse en serio el derecho de todas las personas a tener un nivel de vida adecuado. Para eso hace falta que dejen de esconderse detr√°s de la miserable l√≠nea de subsistencia fijada por el Banco Mundial y abandonen el triunfalismo con el que hablan del inminente fin de la pobreza. Es imprescindible una transformaci√≥n social y econ√≥mica m√°s profunda para evitar una cat√°strofe clim√°tica, para lograr una protecci√≥n social universal, para redistribuir la riqueza con una aut√©ntica justicia fiscal y, en √ļltima instancia, para encaminarse de verdad hacia el fin de la pobreza.

*Fue relator especial de la ONU sobre pobreza extrema entre 2014 y 2020. Es titular de la c√°tedra John Norton Pomeroy de derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York, donde preside el Centro de Derechos Humanos y Justicia Global. Art√≠culo original en The Guardian, traducido el espa√Īol para eldiario.es por Francisco de Z√°rate.

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